Rocío Gama, estudiante gitana: “necesitamos escuchar al pueblo gitano, y no hablar por él”

Imagen destacada: Rocío Gama, estudiante de Educación Social (Universidad de Barcelona) y técnica educativa de la Fundació Privada Pere Closa / Fuente: Fundació Privada Pere Closa

Coincidiendo con los seis cientos años de la llegada del pueblo gitano a la península Ibérica, una joven gitana universitaria pone voz a las barreras sociales que aún siguen vigentes a través de su experiencia en las aulas

Rocío Gama vivió una infancia nómada. Recorrió diferentes escuelas e institutos donde afirma que no abundaban las expectativas de futuro para una niña gitana. Ahora se encuentra a las puertas de finalizar los estudios de Educación Social en la Universidad de Barcelona, a la vez que ejerce como técnica educativa en la Fundació Privada Pere Closa.

Barcelona presume de contar con mil metros cuadrados dedicados a narrar la historia y la cultura del pueblo gitano. Un espacio que acoge el Museo de Historia de Cataluña con el fin de reconocer siglos de aportaciones, memoria y resistencia. Sin embargo, fuera de esas paredes los estereotipos, prejuicios y desigualdades siguen marcando el día a día de los gitanos y gitanas. Rocío Gama, una joven gitana que desarrolla su formación en el ámbito social, pone voz a esta realidad a través de su propia experiencia y la de una generación que avanza en las aulas mientras recibe miradas que cuestionan, rompe con tópicos y reclama igualdad.

Rocío trabaja en el proyecto “La Colla”, atendiendo a niños y niñas fuera del horario escolar / Fuente: Fundació Privada Pere Closa
¿Cuál es el prejuicio que más te ha perseguido durante tu infancia?

El que más me ha perseguido, con diferencia, ha sido aquel que dice que todos los gitanos somos iguales; en la forma de vivir, de pensar… Viene a decir que, ser gitano o gitana implica, por definición, ser de una manera concreta, ignorando que la diversidad también existe dentro del pueblo gitano. Pienso que cada persona, sea gitana o no, es única, con su propia historia, sus valores y su manera de ser.

¿Cómo reaccionarías ante ese mismo perjuicio ahora?

Antes, ese prejuicio, incluso me lo podía llegar a creer ya solo por cómo me sentía observada en mi entorno, esa mirada colectiva que te encasilla según tu identidad. Pero hoy en día me basta con saber quién soy y tener claro que eso no es así. Creo que se lo he demostrado a quienes forman parte de mi círculo cercano; amistades, familia… pero, sobre todo, me lo he demostrado a mí misma.

En una entrevista anterior, compartías que Zaragoza, Cataluña, La Rioja y el País Vasco han visto crecer a una Rocío que ha pasado por diferentes escuelas, relaciones líquidas, y que ha aprendido idiomas que olvidaba tan pronto se trasladaba a otro lugar. ¿Es posible construir una identidad cuando estás sujeta al nomadismo?

En absoluto. Muchas veces no me he sentido ni de aquí ni de allá. Creo que crecer de un lado para otro hace que nunca termines de sentirte parte de ningún sitio. No negaré que también tiene sus ventajas, pero las dificultades siempre han abarcado un primer plano. En general, vivir una vida nómada me ha hecho sentir que pertenezco un poco a muchos sitios, ¿pero del todo? A ninguno. Sí que es cierto que, actualmente, la suma de todos los años que llevo viviendo en Cataluña hace que me sienta muy vinculada a esta tierra, a la vez que me identifico con su cultura.

¿Qué significado cobra para ti el concepto de “hogar”?

Va mucho más allá de tener un techo, de si es acogedor, cómodo o espacioso. Yo entiendo por hogar un sitio donde sentirme segura. Si hay ausencia de seguridad, solo hay cuatro paredes levantadas, pero jamás un sentimiento de casa. Con los años me he dado cuenta de que mi hogar son las personas con quien comparto momentos cotidianos e íntimos, aquellos que a veces cuesta más apreciarlos o prestarles atención, pero que son con los que realmente deberíamos quedarnos.

¿Alguna vez has escondido el hecho de ser gitana?

Muy a mi pesar, si hecho la vista atrás… Hasta hace unos años, no escondía directamente el hecho de ser gitana, pero sí sentía que cuanto menos se supiera, mejor. Si salía el tema, no lo negaba, pero en muchas ocasiones lo evitaba. De alguna manera, lo que intentaba era retrasar esa situación difícil de afrontar, que se descubriera lo más tarde posible.

¿Veías algún beneficio o privilegio en ello?

Aunque me duela reconocerlo… Sí que pensaba que había cierta ventaja en ello. Es decir, el hecho de que no supieran mi identidad como gitana me permitía no ser juzgada desde el primer momento; no se me metía en el saco de estereotipos y prejuicios relacionados con los gitanos. Se trataba de pasar desapercibida en una sociedad que, muchas veces, sigue siendo antigitanista. En el fondo, lo que trataba de hacer era protegerme detrás de una máscara.

Eres la primera de tu familia en acceder a la universidad y ahora estás a punto de cruzar la línea de meta del Grado en Educación Social. ¿Qué acogida tiene este hecho en tu entorno familiar?

Pues sí, soy la primera de mi familia. Y desde el primer momento que se supo que estaba dentro, la noticia fue muy celebrada. Siempre me he sentido muy respaldada en toda mi etapa académica. Ha habido altibajos, pero la balanza siempre pesaba más del lado de “seguir” que del de “abandonar”.

¿Te has enfrentado a algún estereotipo vinculado a tu identidad mientras has cursado estos estudios?

Muchísimas veces. Uno de los más comunes es el prejuicio vinculado al hecho de ser mujer gitana y joven, por lo que ya se presupone o se espera de mí que esté casada y con otras prioridades que las de estudiar y seguir formándome. Pero también existen prejuicios más profundos, como el racismo y el clasismo, tan adheridos a la sociedad que en muchas ocasiones pasan desapercibidos. Se trata de aquella mirada que da por hecho que ciertas personas son incapaces de llegar lejos. Eso hace que muchas veces se cuestione mi capacidad no por lo que hago, sino por quien soy.

Más allá de las aulas, también ejerces como técnica educativa en ‘La Colla’, un proyecto de la Fundació Privada Pere Closa dedicado a la infancia en situación de vulnerabilidad. Al trabajar tan cerca de ellos, ¿te has sentido reflejada en las vivencias o en la identidad de alguno de los niños o niñas gitanos que acompañas?

Cada día me siento identificada con algún niño o niña gitana en muchos sentidos: en cómo viven los problemas de casa, los duelos familiares o, sobre todo, en las responsabilidades que muchas veces llegan demasiado pronto. Especialmente, me veo reflejada en las niñas gitanas que, a pesar de que muchas de ellas tienen capacidades excelentes, creen que por el hecho de ser gitana no pueden seguir estudiando ni cumplir sus ilusiones. Yo intento transmitirles un discurso que va totalmente en dirección opuesta, enfatizando que solo necesitan confiar en ellas mismas para poder.

¿Consideras que la pérdida de oportunidades laborales por ser gitana es una realidad lejana o crees que sigue vigente en la actualidad?

Sin duda, sigue vigente en la actualidad; pues una persona racializada siempre va a topar con muchos más obstáculos que se traducen en pérdidas de oportunidades directas. Cuando hablamos del puedo gitano y de la búsqueda de empleo, también hay que hablar de la desconfianza previa, de los prejuicios en las entrevistas y, sobre todo, de la necesidad de demostrar el doble para que te valoren lo mismo. Y pienso que es una realidad a la que no veo fecha de caducidad, aunque muchas veces se quiera invisibilizar.

Como sociedad, ¿qué materias aún tenemos pendientes para alcanzar una sociedad empática, respetuosa e inclusiva con el pueblo gitano?

Aún nos quedan muchas materias pendientes, y pienso que la principal sería acabar con los prejuicios que se siguen transmitiendo de una generación a otra. También estoy convencida de que necesitamos más educación, más referentes gitanos y gitanas visibles en todos los ámbitos, más oportunidades reales en cuanto a empleo, vivienda… Pero, sobre todo, necesitamos escuchar al pueblo gitano sin hablar por él. Cuando dejamos de juzgar y empezamos a escuchar para conocer es cuando una sociedad, realmente, puede avanzar.

Angle