Por Elena García Dalmau
«Terror en la noche». «La muerte pasó por Barcelona». Así titularon, respectivamente, La Gaceta Ilustrada y Ondas las noticias que daban cuenta de las riadas del Vallès del 25 de septiembre de 1962. Después del Gran Terremoto de Lisboa de 1755, donde hubo entre 60.000 y 100.000 muertos, la del Vallès fue la catástrofe natural que causó un mayor número de fallecidos en la península ibérica desde que hay registros.
La estadística oficial de víctimas, elaborada por la Sección Femenina de Falange Española y cerrada el 12 de noviembre de 1962, contabilizó 617 fallecidos, la mayoría en Rubí y Terrassa. No obstante, estudios posteriores elevan el número real de muertos a más de 700. Además, 4.400 personas perdieron sus hogares y otras 12.000 quedaron en la miseria. Las pérdidas económicas se cifraron en 5.000 millones de pesetas, y el sector textil, crucial en la región, fue duramente golpeado.
La estadística oficial de víctimas contabilizó 617 fallecidos, la mayoría en Rubí y Terrassa
La tormenta descargó hasta 215 litros por metro cuadrado en menos de tres horas en algunas zonas del Vallès. Los ríos y rieras desbordados arrasaron casas, fábricas e infraestructuras en municipios como Terrassa, Rubí y Sabadell. Barrios enteros, como Les Arenes, en Terrassa, o L’Escardívol, en Rubí, desaparecieron por completo. “Al llegar a Rubí, lo primero que hice fue buscar el barrio de Escardívol”, escribía Josep Maria Espinàs en Destino el 6 de octubre de 1962. “Pero no lo encontré, porque el barrio ya no existe”.
“La noche de la gran riada no había nadie en el puesto de mando”, escribieron Ferran Sales y Lluís Sales en La riuada de Franco (Pagès Editors). Los titulares de los días posteriores lo confirmaban: Matías Vega Guerra, gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, y José María de Porcioles, alcalde de Barcelona, se encontraban en Madrid el día de la catástrofe.
La tardanza de la respuesta institucional propició lo que los autores describen como un “paréntesis democrático”. Miles de voluntarios, guiados por los mensajes de Radio Barcelona y liderados por figuras como Joaquín Soler Serrano, se movilizaron al margen de las estructuras de la dictadura para rescatar supervivientes, recuperar cuerpos y atender a los damnificados. Aunque el régimen intentó inicialmente interrumpir las emisiones de la cadena de radio, el sector más moderado del Movimiento trató de canalizar la movilización popular y convertirla en una operación propagandística en favor de Franco.
Miles de voluntarios se movilizaron para rescatar supervivientes, recuperar cuerpos y atender a los damnificados
El 2 de octubre, el dictador recorrió, en menos de siete horas, Sant Adrià de Besòs, Santa Coloma de Gramenet, Montcada, Ripollet, Rubí, Les Fonts, Terrassa y Sabadell. Los medios bajo control estatal difundieron imágenes y discursos que presentaban la riada como un desastre natural inevitable, eludiendo las responsabilidades estructurales y centrando la narrativa en los esfuerzos de reconstrucción. Pero las ayudas gubernamentales y donaciones no siempre llegaron a las familias damnificadas.

“Tanta muerte y destrucción no fueron un capricho de la providencia ni de la brutalidad del aguacero”, afirmaba el periodista Jaume Valls en La riuada de 1962 (Ayuntamiento de Terrassa). La deficiente planificación urbanística del Vallès, con asentamientos en zonas inundables derivados del rápido crecimiento industrial y demográfico, y agravada por la indiferencia de las autoridades franquistas, fue decisiva. La inmigración masiva desde las regiones más empobrecidas de España durante los años 50 no fue acompañada de medidas de protección básicas para las nuevas comunidades. La ausencia de infraestructuras esenciales, como sistemas de drenaje y canalización de ríos, condenó a parte de la población, en su mayoría trabajadores poco cualificados, a vivir en condiciones precarias, en barrios sin regulación cerca de ríos y riberas.
“Tanta muerte y destrucción no fueron un capricho de la providencia ni de la brutalidad del aguacero”, afirmó Jaume Valls
La de 1962 no fue la primera inundación de la zona. Como cuenta Jaume Parras en el estudio La Riuada del 62. Perspectiva històrica i social d’una catàstrofe al Vallès (Arxiu Comarcal del Vallès Occidental – Arxiu Històric de Terrassa, 2022), desde 1870 se habían registrado múltiples episodios similares. Pero las consecuencias habían sido principalmente económicas: hasta mediados del siglo XX, estas áreas estaban destinadas a huertos agrícolas, por lo que los daños solo afectaban a las cosechas.
El problema llegó cuando, debido al rápido crecimiento industrial y demográfico de los años 50, estos terrenos comenzaron a ocuparse con viviendas precarias, construidas sin regulación y en zonas inundables.
El terremoto de Lisboa de 1755 marcó un punto de inflexión en la filosofía europea. Josep Pla también creyó ver en las riadas un motor del cambio: “Con el paso del tiempo –y muy a corto plazo–, la desgracia del Vallès la presentaremos a través del aumento de nuestra potencialidad”, escribió en Destino. Pla también aseguraba que el suceso formaría parte de nuestra vida habitual durante muchos años. Pero los últimos sucesos plantean si hemos aprendido algo sobre lo que el escritor ampurdanés, un 6 de octubre de 1962, juzgó como un deber moral.

