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El estallido creativo de una lengua menguante

El estallido creativo de una lengua menguante

La reorganización editorial ha propiciado una generación brillante de autores en el momento más bajo del uso social del catalán. 

Recientemente, el profesor Josep Murgades manifestaba, con motivo de su jubilación, que «tenemos una literatura con mucha más vitalidad que la lengua». Esta paradoja evidencia el momento determinante que vive nuestra cultura: la creación literaria experimenta una edad dorada en cuanto a cantidad y calidad justo cuando la lengua sufre el mayor retroceso de su historia y el sector editorial ve nacer multitud de iniciativas independientes que se esfuerzan por crear un catálogo propio.

«Quien considera supremacista que el catalán sea hegemónico ha asumido la continuación de nuestro exterminio cultural» 

De todo ello hablamos con tres auténticos especialistas: Antoni Martí Monterde y Jordi Marrugat, profesores de la Facultad de Filología y Comunicación, y Mireia Sopena, jefa del área de edición de Ediciones UB y gran conocedora del mundo editorial en catalán.

Para Marrugat, autor de Narrativa catalana de la postmodernitat, la recuperación del Gobierno de la Generalitat no resolvió el problema de la lengua: «Se trata de un gobierno con algunos recursos económicos, pero sin poder real, tal como comprobamos cada día. De modo que le ha sido imposible convertir el catalán en una lengua necesaria». A pesar de ello, puntualiza, «tenemos una literatura con una vitalidad extraordinaria, lo que ha hecho posible algunas trayectorias impensables en cualquier otro país, algunas obras grandiosas y únicas que serían la envidia de cualquier cultura occidental». Con todo, se pregunta «quién las leerá dentro de unas décadas si el uso social del catalán continúa en retroceso». Martí Monterde, director de la colección Figura de literatura comparada, coincide con el diagnóstico de Murgades, pero precisa que «no solo ahora la literatura catalana tiene más vitalidad que la lengua; en condiciones mucho más adversas ya había sido así», ya fuera durante la Renaixença, en el XIX, o durante las dictaduras del XX. En esas épocas, «la literatura es el Estado de una nación sin estado o, como diría Von Hofmannsthal en un contexto bastante diferente, la escritura es el espacio espiritual de la nación». Sopena, en cambio, circunscribe la situación a un marco más general: «Históricamente, no ha habido una correlación entre usos sociales y prácticas literarias. Si bien aún no se han cumplido los objetivos de la normalización lingüística de los años 80, en las últimas décadas el acceso de los escritores a la formación, los intercambios entre profesionales y los canales de difusión para llegar a los lectores se han amplificado de una forma nunca vista».

La construcción de un sistema literario catalán moderno, iniciada en el Modernismo, se consolidó con el Novecentismo y se desarrolló plenamente, aunque parezca contradictorio, durante la dictadura de Primo de Rivera. En los años 30, todo ciudadano que quería ser escritor en Cataluña, tanto si era nacionalista como si no, tanto si se sentía más catalán como más español, se hacía escritor en catalán. Para Marrugat, ese sistema fue liquidado por el franquismo: «Como muy bien han estudiado Vilanova, Gallofré, Llanas o Gassol, se destruyó todo ese sistema y se sustituyó por uno escrito exclusivamente en lengua castellana. Fue una construcción artificial impuesta por la violencia (física y simbólica), con la voluntad clara de exterminar toda una lengua, su literatura y su cultura». Y remarca que quienes hoy «consideran supremacista la voluntad de que el catalán sea hegemónico en Cataluña son aquellos que han asumido como tarea propia la continuación de ese exterminio cultural». Para Martí Monterde, «no hay nada más supremacista que la actitud de los escritores españoles respecto al resto de las literaturas del polisistema literario ibérico, que es una comunidad interliteraria en conflicto». «En cuanto a los escritores en castellano en Cataluña —añade—, no se puede hablar de literatura catalana en castellano. Lo que sí podemos hacer es aprender de otros contextos similares como Bélgica, donde comparatistas como Jose Lambert han conseguido pensar esa complejidad para hablar, no de literatura belga, sino de literaturas en Bélgica». Asimismo, ese polisistema complejo también existe dentro de la propia literatura catalana, con cinco territorios repartidos en tres estados que no han conseguido vertebrar un espacio único de comunicación. Para Martí Monterde, «todo el mundo debería hacer autocrítica, sobre todo los medios de comunicación, pero también hay una estructura autonómica, con law fare incluido, que ha fragmentado corpus, mercado y comunidad cultural convirtiendo en un problema la libre circulación de bienes simbólicos, así como de viajeros y mercancías».

El otro gran nodo referencial sobre el que bascula la literatura catalana es la relación con su tradición y las relaciones de apertura que ha mantenido con otras literaturas a través de la traducción, que hoy vive una edad de oro paralela al nivel de su creación. Para Marrugat «la idea de que nuestra tradición está llena de huecos y de debilidades es una idea muy común que considero equivocada: la literatura catalana, además de asimilar la propia tradición, nació en el mundo moderno con la voluntad de enriquecerse incorporando todas las demás tradiciones sin excepción».


Las librerías siguen siendo la principal herramienta de difusión de la literatura.
La eclosión de una serie de nuevas librerías ha sido fundamental en la difusión de la explosión creativa de la literatura catalana.


Pero todo este estallido creativo no sería posible sin una potente industria editorial detrás que le diera difusión y forma. Aunque en los últimos años hemos vivido una concentración editorial sin precedentes, que ha supuesto la absorción de la mayoría de los sellos creados entre los 70 y la actualidad, al mismo tiempo estamos asistiendo a la eclosión de numerosas editoriales independientes con propuestas muy sugerentes. Martí Monterde es absolutamente diáfano en su análisis: «La literatura catalana había tenido a Selecta y después a Edicions 62 como motores culturales potentes. Pero décadas de gestión económica pésima y unas élites editoriales que no supieron estar a la altura fueron degradando el nivel literario de lo que se convirtió en Grup 62. La absorción por Grupo Planeta de editoriales catalanas históricas, con la congelación y destrucción de su fondo, es una auténtica vergüenza. El objetivo no es otro que destruir la continuidad de la tradición, y hacer desaparecer la literatura catalana entrando por la Diagonal, con la colaboración de parte importante de la gauche divine y los círculos académicos y políticos pseudoprogres y falsamente cosmopolitas». En su opinión, «las editoriales literarias de referencia son de pequeña y mediana dimensión, quizá pequeñas en volumen comercial, pero muy grandes desde el punto de vista de la historia cultural de los últimos veinte años, absolutamente independientes y radicalmente culturales», y concluye esperanzado: «Este presente editorial, acompañado de revistas como L’Espill, Mirmanda, Afers, Revista de Catalunya o L’Avenç, es importantísimo, y ha coincidido con unos escritores relativamente jóvenes que están haciendo una literatura europea en catalán impresionante».

Marrugat precisa el papel de estas pequeñas editoriales: «Hacen un esfuerzo muy meritorio para reeditar y mantener viva la tradición catalana. Y eso tiene una gran influencia en la creación y el canon actuales». Pero a la creación de ese canon hace algunas objeciones: «No ha habido ningún gran cambio en el canon catalán desde que se estableció académicamente entre los años 70 y 80. En la recuperación y la reinterpretación de la tradición que se ha hecho en los últimos años, ha habido operaciones culturalmente muy cuestionables. Se ha creado una imagen falsa de la tradición catalana que esconde el conocimiento que se ha producido, principalmente desde la universidad, para responder a intereses comerciales y personales». Para Marrugat es evidente que «el mundo editorial ha optado en la mayoría de los casos de recuperación de la tradición catalana por ignorar el conocimiento de los investigadores y especialistas». Y señala dos causas principales de este hecho: «La destrucción de los estudios literarios catalanes en la universidad y la confusión de la crítica con la opinión, que ha pasado de los periódicos y revistas a las redes sociales».

Sopena, mucho más pragmática, opina que «así como el sector del libro es solo uno de los múltiples estímulos de los creadores, parece indudable que las editoriales y la crítica, en sus diversas plataformas y expresiones, son los principales definidores de las modas literarias». «Por otra parte —afirma—, son los historiadores de la literatura los que podrán definir, con perspectiva histórica y estética, un canon que es esencialmente heterogéneo y mutable», concluye.

La editora y ensayista Mireia Sopena.
El profesor y crítico Jordi Marrugat.
El profesor, escritor y crítico Antoni Martí Monterde.