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Sir Leszek Borysiewicz, vicecanciller de la Universidad de Cambridge: «El crecimiento económico provendrá de las universidades de investigación europeas»

Leszek Borysiewicz.

Leszek Borysiewicz.

10/05/2012

El profesor Sir Leszek Borysiewicz es vicecanciller de la Universidad de Cambridge y anteriormente había sido director del Consejo de Investigación Médica del Reino Unido. A continuación se presenta el resumen de la conferencia inaugural que impartirá el 10 de mayo de 2012 en Barcelona ​​con motivo del congreso que organiza la LERU para celebrar su décimo aniversario.

El crecimiento económico es la prioridad de todos los gobiernos europeos, y se espera que llegue pronto. Pero, ¿cómo pueden contribuir a conseguirlo las universidades? Las universidades de investigación europeas ya están contribuyendo económicamente de manera considerable, eso es evidente. Educamos a la fuerza de trabajo del futuro, llevamos a cabo investigaciones que los gobiernos, las empresas y la industria nos encargan mediante contratos de investigación, así como descubrimientos e inventos que se han formalizado en los últimos años con el nombre de transferencia tecnológica y que el sector privado utiliza para generar beneficios económicos.

Podemos encontrar un ejemplo de ello en mi Universidad: en 1960, dos licenciados de Cambridge crearon una empresa denominada Cambridge Consultants e iniciaron el desarrollo de un clúster de empresas de alta tecnología alrededor de la Universidad. Posteriormente recibió el nombre de el fenómeno Cambridge, puesto que pasó a ser un proceso mediante el cual los científicos emprendedores crearon empresas para beneficiarse de la proximidad de una gran universidad de investigación y, a medida que el clúster crecía, de la proximidad de otras empresas que realizaban tareas semejantes. Alrededor de la ciudad ahora tenemos más de 1.400 empresas de alta tecnología y biotecnología, desde pequeñas empresas derivadas (spin-outs)de los laboratorios universitarios que se han creado recientemente hasta filiales de empresas multinacionales como Microsoft. Once empresas de las que empezaron en el clúster de Cambridge están valoradas actualmente en más de mil millones de euros, como, por ejemplo, Autonomy, puesto que todas las empresas utilizan su software, o ARM, cuyos microchips se encuentran en los teléfonos móviles, coches y televisores de todas las personas.

 

Lo que no es tan obvio es que la contribución de las universidades a la economía es tan eficaz precisamente porque no es nuestro objetivo principal. La productividad económica es un subproducto de la enseñanza y la investigación que llevamos a cabo por otros motivos. Si este fuera nuestro principal objetivo, si las universidades se convirtieran en la rama de investigación y desarrollo de la gran industria, nuestra destacada contribución se perdería. El fenómeno Cambridge no se planeó y, en muchos aspectos, fue inesperado. Es difícil creer que habría tenido más éxito si la Universidad se hubiera propuesto crear intencionadamente este efecto económico.

 

Una de las razones es que los descubrimientos que reciben mayor contribución económica suelen proceder de la investigación básica y fundamental, sin objetivos prácticos inmediatos, y no de la investigación aplicada, cercana al mercado. Si, pongamos por caso, una empresa farmacéutica encarga a las universidades mejorar la eficacia de un determinado fármaco, el resultado será útil económica y socialmente, pero limitado, y quizá sería más eficaz llevarlo a cabo en el seno de la empresa. Ahora bien, otras tareas más fundamentales, como identificar una nueva molécula, se ubican mucho mejor en una universidad de investigación intensiva pluridisciplinar. En este caso, un investigador universitario intenta principalmente descubrir, por curiosidad, cómo funciona un proceso biológico básico, y los resultados pueden ser ilimitados y transformadores. Eso es precisamente lo que hicieron Francis Crick y James Watson en los laboratorios Cavendish de Cambridge en 1952. Su descubrimiento de la estructura del ADN ha tenido un efecto en nuestras vidas, y, como ejemplo de beneficio económico de un subproducto, ha generado miles de millones de euros.

 

Ambos ejemplos están evidentemente conectados: la investigación farmacéutica que se lleva a cabo hoy en día se basa en la investigación fundamental desarrollada en el pasado. Aunque la transferencia de una a otra es larga (diecisiete años en algunos campos de estudio), es evidente que no puede romperse. La investigación básica que estamos desarrollando ahora se aplicará en los próximos años. No podemos dejar sin reservas a nuestros sucesores. George Porter, ex presidente de la Royal Society, la academia de la ciencia del Reino Unido, fue más allá e insistió en que la investigación básica y la aplicada son, en el fondo, lo mismo: «hay dos tipos de investigación: la aplicada y la que aún no se ha aplicado».

 

Europa tiene la suerte de tener universidades de investigación intensiva fuertes que pueden dar un paso adelante para hacer frente a los desafíos actuales. Muchas son miembros de la Liga de Universidades Europeas de Investigación (LERU), que, en el marco del congreso que celebra el décimo aniversario de esta asociación, se pregunta cómo serán las universidades de investigación del futuro. Es una pregunta oportuna, ya que la Unión Europea está ultimando el diseño del futuro marco de financiación de investigación, Horizonte 2020, un programa que destinará más de 80.000 millones de euros en siete años a la investigación y la innovación en Europa. Esta cantidad de dinero tan grande es el factor que acaba determinando cómo se desarrollarán las universidades europeas.

 

¿Es necesario que nuestras universidades se centren única y exclusivamente en la investigación básica y dejen la investigación aplicada y la innovación a los institutos de investigación y los laboratorios de I+D del sector privado? El ejemplo del fenómeno Cambridge lo desaconseja por completo. La Universidad de Cambridge puede ofrecer a las empresas del clúster acceso a un amplio abanico de investigación, básica y aplicada, con los correspondientes servicios de apoyo (oficinas de transferencia tecnológica, parques científicos e incubadoras de empresas, capital inicial). No es aconsejable separar la investigación aplicada de la que todavía no se ha aplicado y puede que ni siquiera sea posible.

 

Es importante, pues, que las universidades sean el lugar en el que se lleve a cabo cualquier tipo de investigación, sobre todo porque las universidades son las últimas instituciones capaces de integrar el conocimiento procedente de fuentes y disciplinas muy diversas. Las universidades pueden identificar progresos interesantes en momentos inesperados y combinarlos para aportar soluciones prácticas a grandes problemas. Podemos conseguirlo gracias a nuestro alcance académico, porque somos autónomos y porque damos libertad a nuestros investigadores, a título individual, para seguir indicios prometedores. Por otra parte, aunque nuestros físicos y bioingenieros puedan inventar un aparato con capacidad de generar beneficios económicos, nuestras facultades de letras y humanidades —sociólogos, economistas, abogados—pueden transformar esta capacidad en un beneficio socioeconómico sostenible. Como integradores, podemos equiparar financiación en investigación y problemas sociales.

 

Así pues, a la hora de diseñar el programa Horizonte 2020, la Unión Europea debería reconocer que es precisamente la investigación universitaria, tanto la aplicada como la que aún no se ha aplicado, la que produce el crecimiento sostenible a largo plazo que tanto necesita Europa.

 

Vale la pena preguntarnos por qué las universidades quieren tener estas arduas responsabilidades. La respuesta se encuentra en nuestra misión: servir a la sociedad. Si en algún momento el ámbito académico contrastaba con el mundo real, ese momento ya ha pasado del todo. Servir a la sociedad es la esencia de lo que hacemos. Solo si continuamos investigando en todas las disciplinas y en cualquier punto del amplio abanico de la investigación, desde la forma más directa de innovación aplicada hasta la indagación más fundamental sobre cómo funciona el mundo, las universidades europeas tendrán la clave del crecimiento de nuestras economías y de nuestras sociedades.

 

Los rectores de la LERU suscriben el contenido de este documento:

 

Dymph van den Boom (Universida de Amsterdam), Dídac Ramírez i Sarrió (Universidad de Barcelona), Timothy O’Shea (Universidad de Edimburgo), Hans-Jochen Schiewer (Universidad Albert Ludwig de Friburgo), Jean-Dominique Vassalli (Universidad de Ginebra), Bernhard Eitel (Universidad Ruprecht Karl de Heidelberg),Thomas Wilhelmsson (Universidad de Helsinki), Paul F. van der Heijden (Universidad de Leiden), Mark Waer (Universidad Católica de Lovaina), Keith O'Nions (Imperial College de Londres), Malcolm Grant (University College de Londres), Per Eriksson (Universidad de Lund), Enrico Decleva (Universidad de Milán), Bernd Huber (Universidad Ludwig Maximilian de Múnich), Andrew Hamilton (Universidad de Oxford), Jean Chambaz (Universidad Pierre y Marie Curie), Guy Couarraze (Universidad París Sur), Alain Beretz (Universidad de Estrasburgo), Bert Van der Zwaan (Universidad de Utrecht), Andreas Fischer (Universidad de Zúrich).

 

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