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Norbert Bilbeny: «La Facultad da una formación polivalente con el objetivo de enseñar a pensar con rigor»

Bilbeny es catedrático del Departamento de Filosofía Teorética y Práctica de la Universidad de Barcelona y ha sido elegido decano de la Facultad de Filosofía el pasado mes de octubre.

Bilbeny es catedrático del Departamento de Filosofía Teorética y Práctica de la Universidad de Barcelona y ha sido elegido decano de la Facultad de Filosofía el pasado mes de octubre.

En 32 años de docencia universitaria, Bilbeny ha sido investigador y profesor invitado en varias universidades del continente americano (Berkeley, Harvard, Toronto, Chicago, México). Empezó trabajando sobre temas de historia de la filosofía catalana y sobre ética kantiana. Su especialidad son las cuestiones interculturales, la ética de la ciudadanía y el cosmopolitismo.

En 32 años de docencia universitaria, Bilbeny ha sido investigador y profesor invitado en varias universidades del continente americano (Berkeley, Harvard, Toronto, Chicago, México). Empezó trabajando sobre temas de historia de la filosofía catalana y sobre ética kantiana. Su especialidad son las cuestiones interculturales, la ética de la ciudadanía y el cosmopolitismo.

Colaborador habitual en los medios de comunicación (actualmente en La Vanguardia y Público), es autor de una numerosa bibliografía tanto en catalán como en castellano. Ganó el Premio Josep Pla en 1984 con Papers contra la cinta magnètica, y el Anagrama de ensayo en 1987 con La revolución en la ética. Hábitos y creencias en la sociedad digital. También ha publicado Carta a un estudiant d’humanitats (Ara Llibres, 2005).

Colaborador habitual en los medios de comunicación (actualmente en La Vanguardia y Público), es autor de una numerosa bibliografía tanto en catalán como en castellano. Ganó el Premio Josep Pla en 1984 con Papers contra la cinta magnètica, y el Anagrama de ensayo en 1987 con La revolución en la ética. Hábitos y creencias en la sociedad digital. También ha publicado Carta a un estudiant d’humanitats (Ara Llibres, 2005).

23/01/2012

Entrevistes

Norbert Bilbeny (Barcelona, 1953) es catedrático del Departamento de Filosofía Teorética y Práctica de la Universidad de Barcelona. Actualmente forma parte de la Comisión de Gobernanza y del Consejo de Gobierno de la UB y ha sido elegido decano de la Facultad de Filosofía el pasado mes de octubre. En 32 años de docencia universitaria, Bilbeny ha sido investigador y profesor invitado en varias universidades del continente americano (Berkeley, Harvard, Toronto, Chicago, México). Empezó trabajando sobre temas de historia de la filosofía catalana y sobre ética kantiana. Su especialidad son las cuestiones interculturales, la ética de la ciudadanía y el cosmopolitismo. No en vano es catedrático de Ética desde el año 2003. Colaborador habitual en los medios de comunicación (actualmente en La Vanguardia y Público), es autor de una numerosa bibliografía tanto en catalán como en castellano. Ganó el Premio Josep Pla en 1984 con Papers contra la cinta magnètica, y el Anagrama de ensayo en 1987 con La revolución en la ética. Hábitos y creencias en la sociedad digital. También ha publicado Carta a un estudiant d’humanitats (Ara Llibres, 2005).

 

Cuando fue nombrado decano manifestó que sus objetivos eran, por una parte, aumentar la presencia de la Facultad en el ámbito cultural de Barcelona y, por otra, consolidarla internacionalmente con buenos programas de máster y proyectos de investigación ambiciosos. ¿Qué balance haría de ambos retos?
Creo que hemos ganado mucho desde que nos hemos trasladado al Raval. Ya hace cinco años que estamos aquí y el cambio de ubicación ha supuesto un incremento de la proyección de la Facultad. Aun así, todavía queda trabajo por hacer para conseguir conectar con el tejido cultural, cívico y asociativo de nuestro entorno y de la ciudad de Barcelona. El edificio está muy solicitado, nos lo piden para llevar a cabo varios acontecimientos culturales y congresos académicos. Además, también se realizan en él las actividades propias de extensión cultural y académica de nuestra Facultad.
 
La cooperación de los alumnos es fundamental. Por eso, uno de mis retos como decano es hacer más fluidas las relaciones con el alumnado y dar las máximas facilidades para que los estudiantes se impliquen. Por este motivo, hemos incorporado a una alumna en las actividades gestoras y directivas del Decanato. Un centro no es potente si su personal no está implicado, tanto los estudiantes como el PAS y el PDI. Esta es una de las grandes demandas de la universidad catalana y la española en general. Una de las principales misiones de la universidad pública española es demostrar que no somos una oficina del Estado, dependemos en muchas cosas del Estado pero somos una universidad y tenemos autonomía y un proyecto propio.
 
Sucede lo mismo con el profesorado: tenemos una buena comunicación pero tenemos que mejorar en lo que se denomina la interlocución. Es fundamental que una facultad como la nuestra, que vive, en el mejor sentido, de la palabra, utilice este instrumento tan propio de la filosofía, que es el logos, para conocernos mejor.
 
En relación con la proyección internacional de la Facultad, cabe decir que tenemos proyectos de investigación consolidados en los tres departamentos, y que en varias áreas la Facultad es fuerte, como en lógica y filosofía del lenguaje, historia de la filosofía, tanto clásica como contemporánea, o en filosofía teórica, más cercana al pensamiento y a la metafísica. Además, cada vez tiene mayor difusión la actividad de ética y de ética aplicada. La Facultad ha dado un salto cualitativo en las últimas décadas. De aquella Facultad más provisoria de los años 50 o 60, ha pasado a ser la Facultad de Filosofía más grande de España, en cuanto a número de alumnos, tanto de grado como de posgrado, así como de profesorado, y a su vez despierta bastante interés en el profesorado extranjero.
 
¿Qué aptitudes cree que debe tener un estudiante de filosofía?
Una inclinación por el pensamiento. Deben ser personas pensativas. Deben estar instigados por un afán de saber y deben sentir curiosidad por conocer.
 
¿Con qué preparación y qué conocimiento acceden a la Facultad?
Cada vez con más diversidad. No solo provienen del bachillerato, sino que también hay alumnos que están estudiando otros grados o incluso licenciados en otras enseñanzas y de otras universidades. Eso quiere decir que, tal y como debe ser, la Filosofía se va volviendo interdisciplinaria y resulta un motivo de atracción para intereses varios, tanto de carácter profesional, como científico o humanista.
 
De las salidas profesionales que tienen los titulados en Filosofía (desde docentes hasta gestores culturales, pasando por asesores de relaciones humanas), ¿cuáles son las más habituales?
Debo empezar diciendo que esta no es una facultad profesionalista. Es cierto que te prepara para ser profesional, pero no solo para la profesión específica de filósofo o filósofa. Cada año salen titulados que se dedicarán a la filosofía como enseñantes, como investigadores o como autores de libros, o que trabajarán en otros ámbitos vinculados a la filosofía, pero desde el mundo editorial, de la gestión cultural, en archivos, bibliotecas, etc. La Facultad da una formación polivalente con el objetivo de enseñar a pensar con rigor. Pensar con rigor quiere decir ser capaz de organizar el trabajo, de ayudar a los otros a organizarlo, de tener iniciativas colaborando con equipos en empresas o instituciones, etc. Y si eso se hace con un reconocimiento universitario, mejor todavía.
 
¿Cómo se explica que tengamos tan presentes a los filósofos clásicos (Sócrates, Platón, Kant, Hume), que gozan de una reputación irrefutable, y, en cambio, la presencia mediática de los pensadores contemporáneos sea, a menudo, tan escasa?
Este es un hecho que se ha dado siempre, el carácter minoritario del saber filosófico. Es un saber muy escogido y para escogidos, en el sentido intelectual de la palabra. Este interés por estudiar saberes difíciles y a la vez poder expresarlos de manera clara, realmente, no es fácil para cualquiera. Como el resto de las formaciones especializadas que están reservadas para gente competente en cada materia.
 
Ciertamente, no está en la boca de prácticamente nadie el nombre de filósofos o filósofas contemporáneos, pero si lo preguntáramos respecto a físicos, ¿qué nos dirían? Stephen Hawking, no muchos más. En cualquier caso, sí que creo que cada vez los filósofos contemporáneos están más presentes en las instituciones públicas y en las empresas a la hora de dar asesoramiento respecto a proyectos de cierta envergadura, internacionales, tanto si están relacionados con las ciencias de la vida o con ciencias experimentales. Y cada vez también están más presentes en los medios de comunicación. Una prueba de ello es el incremento de libros de divulgación filosófica y de revistas de filosofía quincenales, mensuales, así como de las asociaciones o los denominados cafés filosóficos. Yo no diría que la filosofía no despierta interés para una minoría afortunadamente cada vez más amplia. No hace mucho, un mecánico que me reparaba el coche, al saber que yo era filósofo, me pidió que le recomendara lecturas. Le propuse que leyera Bertrand Russell, Platón, y descubrí que el hombre ya había leído libros de filosofía.
 
¿Qué papel tiene la irrupción de las redes sociales en la difusión de los ideales y del pensamiento?
Es un elemento de instigación. Moviliza, lo cual que está bien. Sin embargo, tienen un papel insuficiente, limitado, porque a veces en la red te encuentras informaciones erróneas y no suficientemente contrastadas. Es bastante frecuente encontrar errores en webs sobre filosofía, por lo tanto, debe tenerse un criterio formal para saber discernir entre las informaciones rigurosas y las que no lo son. De la misma manera que hay libros que no están bien hechos, en la red también hay que ir con cuidado y saber seleccionar.
 
Y no debe de ser fácil saber seleccionar entre toda la información, que hoy en día no es poca.
Sí, hoy en día hay mucho ruido, y eso hace que la carrera de Filosofía esté muy solicitada. Porque hay la necesidad de encontrar el saber. ¿Cuáles son las bases del saber? ¿Cuáles son los criterios? ¿Qué vale la pena saber? ¿A qué debemos dar preferencia de entre todas las informaciones? ¿La información es conocimiento? ¿El conocimiento es saber? ¿Qué papel tiene la comunicación en torno a todo ello? Nosotros, en la Facultad, queremos ayudar a responder estas preguntas.
 
Hábleme de sus líneas de investigación.
Mi interés es por la filosofía en general, pero como estudioso no puedo abarcarlo todo, ni mucho menos, por lo que he centrado mi campo de estudio en lo que se denomina la ética o la filosofía moral. En el marco de la ética, voy oscilando. Hay temporadas que soy más teórico, otras más práctico, a veces me interesa más la ética y la sociedad, otras veces me centro en la ética y la ciencia, en la ética y la diversidad cultural, en la ética y la ciudadanía, en la ética y los temas relacionados con la salud, etc. Pero por mis publicaciones y por mi investigación, mi línea es la de la ética teórica, y más concretamente la de la ética aplicada al mundo del debate de las culturas.
 
¿Cuáles son sus referentes?
Los referentes debemos tomarlos de todas partes, tanto de las aportaciones más cercanas a la ciencia como de las más vinculadas al humanismo. Estoy en la línea de lo que se denomina cognitivismo, es decir, creo que la ética no se basa en la naturaleza ni en la tradición cultural sino en nuestras capacidades de conocimiento y en el ejercicio de estas capacidades. Por lo tanto, considero que la crítica y la autocrítica tienen un protagonismo muy destacado.
 
Mi enfoque se acerca más a lo que defienden la ciencia cognitiva y las neurociencias sobre cómo funciona nuestro cerebro, cómo se estructura nuestra mente. Este enfoque me da una base más fiable para desarrollar mi actividad principal, el estudio de la ética. Eso no quiere decir que reduzca mi pensamiento filosófico a los fundamentos científicos, pero estos nos ayudan a explicar en qué consiste la moralidad, aunque no nos den la respuesta de los principios morales ni de por qué nos interesa ser morales. Estas respuestas nos las vamos haciendo los humanos con la conversación, con el debate.
 
¿Cómo y cuándo decidió que se dedicaría a la filosofía?
De pequeño quería ser médico, y de hecho hice el bachillerato de ciencias. Pero por motivos económicos —en casa no podían pagarme una carrera de medicina—, tuve que recular. Coincidí en que era el primer año en que se hacía COU y escogí la opción de humanidades para poder dedicarme a la filosofía, que era mi segunda opción.
 
De hecho, de pequeño ya me sentía pensador, me sentía pensativo. Los niños, entre los cuatro y los siete años, tienen una filosofía propia, se preguntan por las cosas, se extrañan. Tienen una actitud innata por el saber. Tienen el ardor de la curiosidad, que después se les va apagando. Yo era uno de esos niños pensativos, y quizá es que no he dejado nunca de ser niño y continúo siendo pensativo. Las cosas me hacen pensar. A los que nos dedicamos a la filosofía, tanto si escribimos sobre ella como si la enseñamos, nos pasa eso. Cada día estamos afectados por la inquietud del pensamiento. Y llegas a conclusiones —siempre provisionales y muchas veces insignificantes—, pero son tus conclusiones. Entonces te maravillas de ver cómo otros, que eran niños pensativos como tú, han hecho mucho mejor que tú y con mayor profundidad una carrera de ahondamiento y de dimensión de su saber que les ha puesto al frente de la cultura humana.
 
Cíteme alguno.
Usted los ha dicho antes: Platón, Aristóteles, etc.
 
Contemporáneo.
Hay muchos. Valoro a muchos pensadores catalanes y españoles de hoy en día, por ejemplo el profesor Javier Muguerza, y también me interesa mucho la tarea de Daniel Innerarity y Ulises Moulines, entre otros. ¡Es que no querría ser injusto! Aprendo incluso de gente más joven que yo.
 
¿Qué es lo que más le preocupa, como filósofo, de la crisis económica mundial que estamos sufriendo? ¿Qué propuestas haría para paliarla?
Creo que nos falta coraje. Nos falta la valentía de ver en qué hemos fallado, en qué no podemos volver a fallar, y qué deberíamos hacer. No creo que nos falten los conocimientos ni la imaginación. Hay mucha gente que tiene imaginación, especialmente la gente joven. Nos falta el coraje de actuar. Los más jóvenes, de decirlo, los más imaginativos, de expresarlo, los que tienen conocimientos e inquietudes (sociólogos, filósofos, economistas), de intervenir. La universidad debería ser una pantalla sensible de lo que pasa en el exterior. En la universidad se tiene que poder decir todo. Con respeto, pero se tiene que poder decir todo.
 
La universidad debe facilitar este debate y tener el coraje para decir: «Tenemos que ir hacia aquí y tenemos que hacer estos sacrificios y mejorar nuestra calidad de vida». Quizá deberíamos atrevernos a ser más felices, a preocuparnos más de la felicidad y menos de tener o asegurar lo poco que hemos ganado. Creo que la crisis nos intimida y nos inhibe porque de repente nos encontramos con un panorama inesperado y negativo, también en el ámbito del saber. Hay que romper esta inhibición —que a mi parecer es miedo personal y miedo de los grupos a dar su opinión— e imaginar una salida viable, y a su vez atractiva, de la denominada crisis. Yo ya no sé si esto es una crisis o no. Creo que es un cambio de época que nos pide que removamos muchas estructuras del saber y de la convivencia. Las universidades tendríamos que llevar la voz cantante y no lo hacemos, deberían reñirnos...
 
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