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Jaume Bech i Borràs: «Sin los suelos, la superficie del planeta Tierra sería como la de la Luna»

Jaume Bech, un referente internacional en el ámbito de la edafología, es el único experto de todo el Estado que es miembro honorífico de la Unión Internacional de las Ciencias del Suelo (IUSS) desde 2016.

Jaume Bech, un referente internacional en el ámbito de la edafología, es el único experto de todo el Estado que es miembro honorífico de la Unión Internacional de las Ciencias del Suelo (IUSS) desde 2016.

Bech dirigió la Escuela de Agricultura de Barcelona (1979-1986) —donde fundó el Laboratorio de Suelos— e impulsó diversas asignaturas en los planes docentes de Biología, Geología y Geografía.

Bech dirigió la Escuela de Agricultura de Barcelona (1979-1986) —donde fundó el Laboratorio de Suelos— e impulsó diversas asignaturas en los planes docentes de Biología, Geología y Geografía.

Fundador y presidente de la Subdivisión de Contaminación y Remediación de Suelos de la Unión Europea de Geociencias (EGU), es el descubridor de varias especies de plantas metalófitas en Perú y Ecuador.

Fundador y presidente de la Subdivisión de Contaminación y Remediación de Suelos de la Unión Europea de Geociencias (EGU), es el descubridor de varias especies de plantas metalófitas en Perú y Ecuador.

Con una amplia actividad docente en todo el mundo, ha sido profesor de la Universidad de Minas de San Petersburgo —la más prestigiosa de Rusia— y del Buryat Interscience Research Institute de Ulán-Udé (República de Buriatia), e instituciones superiores de Italia, Georgia, Polonia, Eslovenia, Ecuador, Perú y Chile, entre otros países.

Con una amplia actividad docente en todo el mundo, ha sido profesor de la Universidad de Minas de San Petersburgo —la más prestigiosa de Rusia— y del Buryat Interscience Research Institute de Ulán-Udé (República de Buriatia), e instituciones superiores de Italia, Georgia, Polonia, Eslovenia, Ecuador, Perú y Chile, entre otros países.

La legendaria y misteriosa <i>terra lemnia</i> centró su discurso de investidura como doctor honoris causa de la Universidad Miguel Hernández, de Elche, el 29 de septiembre de 2016.

La legendaria y misteriosa terra lemnia centró su discurso de investidura como doctor honoris causa de la Universidad Miguel Hernández, de Elche, el 29 de septiembre de 2016.

«Si quieres dedicarte a la actividad investigadora, es imprescindible que te guste la ciencia, tener paciencia y ser muy constante. Este es el mensaje que me gustaría hacer llegar a los jóvenes que serán las futuras generaciones de investigadores».

«Si quieres dedicarte a la actividad investigadora, es imprescindible que te guste la ciencia, tener paciencia y ser muy constante. Este es el mensaje que me gustaría hacer llegar a los jóvenes que serán las futuras generaciones de investigadores».

Diploma acreditativo del profesor Bech —impulsor de la formación de generaciones de biólogos, geólogos, químicos, geógrafos, arqueólogos, ingenieros agrónomos e ingenieros agrícolas— como miembro honorífico de la IUSS.

Diploma acreditativo del profesor Bech —impulsor de la formación de generaciones de biólogos, geólogos, químicos, geógrafos, arqueólogos, ingenieros agrónomos e ingenieros agrícolas— como miembro honorífico de la IUSS.

02/10/2018

Entrevistes

«Descubrimientos geológicos de un estudiante barcelonés, en Burgos», anunciaba una crónica de La Vanguardia el 20 de septiembre de 1960.«Jaime Bech ha encontrado restos óseos de mastodontes y rinocerontes, entre los que destaca una mandíbula, incrustados en arcillas rojizas, y plantas fósiles en arcillas azules, todo ello a una profundidad de treinta metros». El estudiante catalán de veinticuatro años que descubrió la primera flora fósil miocénica en Castilla durante las milicias universitarias es Jaume Bech i Borràs (Barcelona, 1936), actualmente catedrático emérito de la Universidad de Barcelona y el único científico del Estado que es miembro del cuadro de honor de la Unión Internacional de las Ciencias del Suelo (IUSS) desde 2016.

Licenciado en Geología (premio extraordinario de licenciatura), en Biología y en Farmacia en la UB —también es doctor en Biología y en Farmacia—, Jaume Bech completó los estudios en la Escuela Nacional Superior Agronómica de Montpellier (ENSA) y en el Instituto Nacional Agronómico de París-Grignon (INA). Gracias a la maestría adquirida en el extranjero en micromorfología y cartografía de suelos —estudiando el Languedoc, los valles del Ródano y del Aveyron, y la Auvernia, de la mano de Servat, Legros, Fedoroff, Segalen, Ruellan, Millot, Quantin y otros expertos—, Bech abrió un nuevo capítulo en las ciencias del suelo en todo el país cuando investigar en Cataluña era una empresa notablemente dificultosa. Equipado con los utensilios del geólogo y con una gran vocación científica —«mi padre me hizo amar la geología, los fósiles y los minerales», recuerda—, ha estudiado los suelos del clima mediterráneo y de zonas tropicales, la taiga siberiana, cordilleras —Pirineos, Cárpatos y Andes— y desiertos —Atacama (Chile) o Sechura (Perú)—, así como otras regiones tanto cercanas como remotas afectadas por residuos tóxicos.

Este catedrático de la UB —inspirador del nombre del bivalvo fósil Ceratomya bechi (Calzada)— destaca en la portada principal de títulos de referencia en edafología, como Assessment, restoration and reclamation of mining influenced soils (Academic Press, 2017) o PHEs, Environment and human health (Springer, 2014). Ha publicado más de quinientos artículos y contribuciones a congresos, ha dirigido veintiuna tesis doctorales, diez de licenciatura y dieciséis trabajos de fin de carrera de Ingeniería Agrícola.

Los méritos científicos de Jaume Bech son reconocidos por instituciones como la Academia de Ciencias de Nueva York, la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, la Real Academia de Medicina de Cataluña, la Real Academia de Farmacia de Cataluña o la Academia de Ciencias Veterinarias de Cataluña. También es miembro de honor de las sociedades de edafología de Azerbaiyán, Bulgaria, Ecuador, Georgia, Rumanía y Rusia, y miembro correspondiente de la de Grecia. Francia lo honró como oficial de la Orden de las Palmas Académicas. Es doctor honoris causa de diez universidades de España, Ecuador, Chile, Perú, Bulgaria y Georgia. En Rusia, auténtica cuna de la edafología y de la geoquímica, el Instituto Vernadsky de Geoquímica y Química Analítica de Moscú lo ha premiado con la Medalla Kovalsky.

 

La palabra edafología proviene del griego ἔδαφος (‘superficie de la Tierra’) y, según algunos expertos, es una ciencia que estudia el componente más olvidado de todos los ecosistemas naturales.

En un sentido amplio, edafología, ciencia del suelo y pedología pueden considerarse sinónimos. En castellano, el término edafología lo adaptó el geógrafo catalán Emilio Huguet del Villar, uno de los fundadores de la ciencia del suelo en España, y nunca suficientemente reconocido, por cierto. Es una ciencia compleja, que estudia los suelos según la estructura, la composición, la evolución, etc. Porque la idea de que el suelo es solo una mezcla de limos, arcilla y arena no es cierta: el suelo tiene estructura, porosidad, componentes minerales y orgánicos, y seres vivos, agua y aire. La pedosfera es una intercapa que conecta la atmósfera, la hidrosfera, la litosfera y la biosfera. Todos los ciclos biogeoquímicos —carbono, nitrógeno, fósforo y azufre— pasan por el suelo, y si falta esta película edáfica, el flujo de los elementos en los ecosistemas se acabaría rompiendo. Sin los suelos, la superficie del planeta Tierra sería como la de la Luna. Eso significa que hay que mantener y preservar la calidad de los suelos para que la vida siga en nuestro planeta. No podemos olvidar que hasta el siglo XIX no se conocía bien la función de los suelos en el ciclo de la vida en la Tierra. Se cultivaban, se abonaban, pero no se entendía qué papel tenían en ese ciclo. Piense que hoy en día se conoce incluso su papel en la problemática del cambio climático....

 

Cuando usted estudiaba en la Universidad de Barcelona, fue alumno de profesores como Ramon Margalef, Carmina Virgili, Oriol de Bolòs, Lluís Solé i Sabarís, Arturo Caballero, Ramon Bataller, Rafael Candel Vila... ¿Cómo recuerda la vida universitaria en aquella época?

Sin duda, era un momento histórico complicado. La universidad estaba en proceso de transformación, la situación era precaria, sin medios económicos, con oposiciones en Madrid y juramento oficial de nuestros cargos... Yo me doctoré en la UB, y para terminar la tesis tuve que hacerme un instrumento científico propio —¡dos años de trabajo para hacer un percolador automático, el primer aparato original en todo el país!— que pudiera trabajar con las condiciones ambientales de nuestro entorno, no como otros aparatos que había en Francia. En la Facultad de Farmacia también puse a punto un sistema de análisis de nitrógeno y un calcímetro para medir carbonatos. En ese período —de 1940 a 1975— aquí trabajábamos con muchas dificultades, mientras que en Madrid la ciencia tenía muchos más recursos.

Como alumno, tengo un recuerdo especial para la profesora Carmina Virgili. Era un punto y aparte: inquieta, generosa, comprometida con la docencia, la investigación y los jóvenes estudiantes. Una auténtica eminencia, que más que explicar, preguntaba, dialogaba con los alumnos. Salíamos con ella a hacer prácticas de campo, de los Ports de Tortosa hasta el Montseny, en la época en que preparaba su tesis doctoral —El Triásico de los Catalánides—, y no paraba de hacernos preguntas: «¿Qué son estas franjas de color rojo en contacto con rocas del Paleozoico?» Pues eran paleosuelos, unos materiales antiquísimos de hace millones de años. Y todos esos descubrimientos me inspiraron mucho.

Con el profesor Ramon Margalef, el tema de debate siempre era el fósforo. Era un gran sabio, modesto, accesible, difícil de seguir en las explicaciones —como el profesor Oriol de Bolòs—, pero un gran científico. Siempre que nos encontrábamos en la cafetería de la Facultad de Biología, me decía: «Escúchame, Jaume, ¿y el fósforo del medio marino procedente de los suelos y sedimentos, de dónde sale?». No era un campo muy conocido en la Península, el de la edafología. Recuerdo el trabajo que elaboré para el primer mapa de suelos del delta del Llobregat, en 1970. Era un proyecto encargado por el Área Metropolitana de Barcelona que tenía que ayudar a determinar las distintas cualidades y funcionalidades potenciales de los suelos en ese territorio. Cuando indiqué la localización de los mejores suelos de todo el delta para cultivar, el ingeniero de caminos y responsable del encargo, Albert Serratosa, me dijo: «Jaume, ¡todo esto está destinado a ser una estación de autobuses!».

 

Todavía hoy sorprenden muchos aspectos de las propiedades del suelo. Pero las tierras medicinales —la mítica terra lemnia o sigillata— ya eran remedios curativos para sanar enfermedades en la época de Hipócrates, Dioscórides o Galeno…

Es cierto, la misma naturaleza nos aporta una alternativa curativa y natural a través de las propiedades del suelo. Algunos hablan de geología médica, pero a mí no me gusta ese concepto, prefiero llamarlo edafomedicina o geomedicina. De hecho, muchos animales se revuelcan en los lodos de humedales, lagos y ríos —a veces, también se los comen—, y así matan o inactivan los parásitos, que son absorbidos por las arcillas. En algunos países y culturas primitivas, la población también come arcilla cuando pasa hambre, y eso es la geofagia. Pero la función medicinal de los componentes del suelo, cuyo conocimiento viene de la Antigüedad, solo se mantiene si la tierra conserva su buena calidad. El suelo tiene una resiliencia, pero la capacidad para contrarrestar las agresiones de los contaminantes que lo afectan tiene un límite. Es un problema de dosis, tal como decía el médico Paracelso.

 

No podemos olvidar que los suelos son grandes acumuladores, transformadores y transmisores de compuestos químicos. Precisamente, me decanté por los estudios de contaminantes que afectan a la calidad del suelo a raíz de un congreso de paleosuelos en Ámsterdam, en 1970. Durante una salida de campo, llegamos a una región de Limburgo en la que las vacas enfermaban después de comer forraje. Los campesinos estaban desesperados, no sabían de dónde venía el problema. Entonces nos fijamos en unos pequeños montículos que había al lado... ¡y eureka! Allí estaba la razón de la intoxicación —e incluso muerte— del ganado: eran unos depósitos antiguos de la minería de carbón, llenos de metales tóxicos, que contaminaban los pastos de los alrededores.

 

También he visto en alguna zona de Rumanía cómo el agua de los pozos naturales —rica en nitrosaminas, derivados tóxicos de los nitratos— causaba la muerte de bebés. En algunos pueblos mineros de Ecuador y Perú constaté la existencia de ganado enfermo —«se ponen malitos», decía la población— por la ingesta de aguas de drenaje de las minas.

 

En Cataluña, todavía recuerdo la imagen de la primera persona afectada de bocio: la vi en un pueblo de La Garrotxa y es difícil de olvidar. Con el tiempo, llegué a establecer una relación entre la incidencia geográfica del bocio en distintas áreas del país y las alteraciones en el proceso de fijación del humus ácido del suelo. Presenté las hipótesis basadas en mis observaciones en 1978, durante la festividad de la patrona de la Facultad de Farmacia de la UB, en la conferencia « L’edafogeomedicina, nou aspecte de la sanitat ambiental: aplicació al cas del goll endèmic». Curiosamente, muchos años después, un equipo científico de Taiwán pudo corroborar mi hipótesis en un trabajo experimental.

 

Cuando 2015 se declaró Año Internacional de los Suelos, la ONU alertaba de que cerca del 33 % de la superficie terrestre ya está degradada. ¿Luchar contra la contaminación de los suelos es una de las prioridades de la agenda global?

El mundo ha pasado de las poblaciones rurales a las grandes urbes, y eso implica tapar y ahogar los suelos, abonarlos en exceso y verter plaguicidas y contaminantes. Los suelos pueden mantener su pureza ante la contaminación, pero la naturaleza tiene una capacidad limitada, y por eso son importantes todas las iniciativas europeas e internacionales para protegerlos. Cada día se descubren más lugares contaminados en todo el planeta, y aun así, todavía hay suelos de gran calidad. En América del Sur, he contemplado extasiado suelos de dos o tres metros de profundidad —eso aquí no se ve— que se han formado gracias a otras condiciones ambientales y una mínima explotación agraria. Por el contrario, en el continente europeo, en general, los suelos son muy delgados —son terrenos explotados por la agricultura desde antes de la época de los romanos—, y enseguida encuentras la roca madre. Tampoco nos podemos engañar, a veces las apariencias no son siempre ciertas. Puedes encontrar un bosque aparentemente frondoso, con una capa muy gruesa de hojarasca en el suelo... ¡Cuidado! ¡Eso puede ser una señal de alerta y nos indica que el ciclo de descomposición de la materia orgánica fresca y la formación del humus están bloqueados! ¿Por qué? Probablemente por algún contaminante.

 

Ahora bien, no toda la contaminación es de origen humano. Cerca del desierto de Atacama, en el norte de Chile, las aguas de bastantes arroyos están contaminadas de arsénico de una forma natural. Eso también ocurre en otras regiones del planeta, como en Bangladesh. Por lo tanto, es importante conocer cada tipo de suelo y sus propiedades. En Ecuador, he llegado a ver urbanizaciones completamente agrietadas —parecen bombardeadas— porque habían sido edificadas sobre un vertisuelo, que es rico en arcillas expansibles. No hablamos de contaminación, sino de mala gestión, ya que la ausencia de una red adecuada de alcantarillado puede favorecer infiltraciones de agua que hidratan esas arcillas. ¡Eso puede conllevar verdaderos desastres! Y todo por no tener en cuenta un tipo de suelo con propiedades delicadas. Si lo sabes, puedes emplear redes de contención, pero si no lo sabes...

 

Los problemas de degradación y contaminación de los suelos hay que diagnosticarlos y encontrarles soluciones. Ciertamente, a veces conoces bien el problema, también la solución, y te encuentras con respuestas muy curiosas: «Señor, aquí no hay ningún problema. Nosotros lo solucionaremos a nuestra manera», oí decir a una autoridad durante la clausura de un curso sobre contaminación y descontaminación de suelos que yo había impartido en América del Sur.

 

La naturaleza también da respuestas a la contaminación ambiental. Por ejemplo, las plantas metalófitas, que pueden extraer metales del medio terrestre. ¿La fitorremediación es una técnica eficaz para descontaminar los suelos?

Algunos vegetales son útiles para recuperar los suelos contaminados por actividades mineras. En eso consiste la fitorremediación, es decir, el uso plantas metalófitas que acumulan metales de un modo natural, como las que pude descubrir en Ecuador y Perú. Es un método económico que se puede aplicar en suelos contaminados por plomo, cadmio, arsénico y zinc, pero no siempre es útil si el impacto ambiental es muy grave. Esta problemática afecta a muchos países de América del Sur, con grandes explotaciones mineras. Mire, una vez estaba estudiando el efecto en el suelo del arsénico y de metales pesados en la mina Turmalina, en el distrito de Canchaque, en los Andes peruanos. Recogía unas muestras de suelos y plantas nativas cuando, de repente, un colaborador empezó a gritar: «¡Profesor, vayámonos!» ¡No entendía nada de lo que pasaba, hasta que vi bajar de la montaña a los de Sendero Luminoso! Como no hacía mucho que los guerrilleros habían matado a personas en una zona cercana, dimos por terminado el trabajo bien deprisa para marcharnos de allí. Y es curioso: ¡con las pocas muestras recogidas en aquella campaña, publicamos un artículo científico en 1997 que es el más citado de mi bibliografía científica!

 

Hoy en día, es imposible poner fronteras a muchos contaminantes. Los productos químicos se esparcen más allá de las fronteras entre países: es el problema de la contaminación difusa. En la Cataluña norte, por ejemplo, no hay grandes factorías industriales que contaminen, pero el viento nos acaba llevando tóxicos de fábricas de otras regiones. Otro ejemplo paradigmático fue la explosión de la central nuclear de Chernóbil (Ucrania), en la que la dispersión de elementos radiactivos contaminó suelos y aguas de muchas naciones europeas. Por cierto, ¡ahora el presidente Trump vuelve apoyar la minería del carbón, que es altamente contaminante!

 

Investigar, impartir docencia, despertar vocaciones: ¿la proyección social del científico es todavía una asignatura pendiente en el currículum de los investigadores?

No he despreciado nunca hacer actividades para el gran público. El científico no puede desentenderse de su papel social, que es relevante y tiene un gran valor formativo, sobre todo para los jóvenes. Cuando estudiaba el curso común de Química, en 1953, entró en clase el profesor Kubiena y nos enseñó unas diapositivas. Eran imágenes sobre micromorfología de suelos. Yo tenía diecisiete años y no las he podido olvidar nunca, porque son cosas que vives cuando eres joven. El científico debe sembrar para poder recoger, y crear vocaciones. No puede quedarse encerrado en su despacho: debe ser una persona abierta y generosa, como lo era la doctora Virgili.

 

Yo he participado en excursiones, salidas guiadas a la naturaleza, charlas, conferencias, congresos, y también he dedicado tiempo a la edición de publicaciones de la Sociedad Catalana de Historia Natural, a los encuentros de estudiosos de la Diputación de Barcelona, a los trabajos en publicaciones como el Reboll, el boletín del Centro de Historia Natural de la Conca de Barberà, el Gimbernat, la revista catalana de historia de la medicina y de la ciencia, y a libros divulgativos (, La filla de Caleb, Roques i sòls, Sòls per viure, etc.), que fueron editados por la CIRIT en el programa Encuentro con la Ciencia para despertar vocaciones científicas en la juventud.

 

A la ciencia se le atribuye un alto grado de especialización, una compartimentación de contenidos para que pueda fluir el conocimiento. ¿Son esos los signos de identidad de la ciencia del siglo XXI?

En mi opinión, la ciencia es cada vez más transversal. Eso puede suponer una dispersión del núcleo de estudio, del alma de la materia, como dice algún autor. Por lo tanto, lo que hay que hacer es buscar un equilibrio para no perder de vista los conocimientos básicos de la ciencia, y luego relacionarlos con disciplinas como la biología, la geología, la medicina, etc. Si no lo haces así, existe el riesgo de quedarse solo con unas chispas de conocimiento totalmente superficiales. Si quieres dedicarte a la actividad investigadora, es imprescindible que te guste la ciencia, tener paciencia y ser muy constante. Este es el mensaje que me gustaría hacer llegar a los jóvenes que formarán las futuras generaciones de investigadores. En lo que a mí respecta, no sería justo concluir esta entrevista sin agradecer a mi querida esposa Joana todo el sacrificio que le suponen mis muchas horas sustraídas a ella y a la familia, así como hacer constar que su coraje, buen criterio y sólidos conocimientos científicos han sido esenciales en mi vida universitaria, incluida nuestra común cotidianidad.

 

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