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Noemí Pereda: «Debemos situar la violencia contra la infancia en el centro del debate público, como se ha hecho con la violencia de género»

Noemí Pereda durante la comparecencia.

Noemí Pereda durante la comparecencia.

20/04/2018

Entrevistes

«Hay que impulsar campañas de sensibilización sobre la violencia contra la infancia, que muestren su extensión y los graves efectos que conlleva a lo largo de la vida, del mismo modo que se ha hecho con la violencia de género». Así de contundente fue Noemí Pereda, directora del Grupo de Investigación en Victimización Infantil y Adolescente (GReVIA) de la Universidad de Barcelona, en su comparecencia de la semana pasada ante la Comisión de Derechos de la Familia, la Infancia y la Adolescencia del Senado.

Pereda, que es profesora de Victimología de la Facultad de Psicología, presentó los resultados de los últimos trabajos publicados en España respecto a múltiples formas de violencia contra niños y jóvenes, y explicó cuáles son las consecuencias de estos malos tratos.

 

En su comparecencia insistió, sobre todo, en la elaboración de una ley orgánica para la erradicación de la violencia contra la infancia. ¿Por qué cree que eso es tan importante?

Porque hay que situar la violencia contra la infancia en el centro del debate público, fuera del ámbito privado. Como sociedad, es necesario dejar de ser cómplices del silencio y el secreto que acompañan a este tipo de situaciones. No podemos tratar a los niños como ciudadanos de segunda categoría y sin derechos. Todavía hay muchas personas tolerantes con la cultura de la violencia en la que estamos inmersos y que justifican dibujando una imagen de los niños y las niñas como pequeños adultos manipuladores, desafiantes, difíciles y sexualizados. Se ha demostrado que estas creencias son falsas y acientíficas. Una ley que regulara la violencia hacia la infancia evitaría perpetuar este problema.


Hizo varias recomendaciones que ayudarían a gestionar mejor este problema. En el caso de las familias, ¿cuáles serían?

Son muy importantes los programas que promueven el uso del refuerzo positivo cuando el niño o la niña tienen una conducta adecuada. Por otra parte, en caso de que la conducta no sea apropiada, debe evitarse absolutamente el uso del castigo corporal. También es clave, desde los servicios sociales, elaborar programas de intervención para familias con alto riesgo de maltrato. Y, si se quiere ser realmente efectivo, esos programas deberían comenzar durante el embarazo, interviniendo en la creación del vínculo entre madre e hijo, y no en el momento en que la familia ya se encuentra en riesgo.
 

¿De qué manera puede intervenir la escuela?

Es necesario que desde la escuela se trabajen los derechos de los niños y las niñas, tal como insta la Convención Internacional de los Derechos del Niño y de la Niña, ratificada en España hace más de veinticinco años. Además, se ha de potenciar el desarrollo de programas de prevención para formas específicas de violencia, no solo para el acoso escolar o la violencia en el ámbito de pareja, sino también para formas sobre las que existe mucha menos sensibilización, como el abuso sexual.
 

¿Qué papel juega la universidad?

Respecto a los profesionales, es fundamental que la universidad asuma la responsabilidad que tiene en este problema y ofrezca una formación especializada en la prevención y tratamiento de las víctimas de la violencia en la infancia en los estudios de magisterio, psicología, medicina, derecho y todos los que tengan una vinculación más o menos directa con este tema. Asimismo, es imprescindible apostar por la investigación en este ámbito y destinar a ella los recursos necesarios.

 

¿Qué consecuencias a largo plazo tiene esta violencia ejercida contra los niños?

Debemos ser conscientes de que el futuro de nuestro país viene marcado por cómo tratamos hoy a nuestros niños y niñas. El maltrato perjudica a los niños y las niñas en tres áreas fundamentales para un correcto desarrollo: daña la confianza en uno mismo (lo que supone una baja autoestima), daña la confianza en los demás (con las dificultades que ello implica para un buen establecimiento de relaciones sociales y afectivas), y daña la confianza en el futuro. Además, algunas experiencias de violencia aparentemente leves, cuando se acumulan en la vida del niño, pueden generar múltiples problemas psicológicos.





 







 

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