La apócope es un tipo de cambio fonético consistente en la pérdida de un fonema en posición final de palabra. La apócope de –e átona final en castellano es un cambio fonético que caracteriza al castellano desde el siglo VI, identificándolo con otras lenguas de la Romania Occidental. Sin embargo, a diferencia, por ejemplo, del francés y del catalán, la pérdida de la –e solo revistió un carácter extremo en el período comprendido entre mediados del siglo XI y mediados del siglo XIII.
Contenidos
Motivaciones de la apócope extrema
Restitución de la –e átona final
Explicación
La apócope de –e átona final ya se daba en el siglo VI cuando la consonante precedente era <l, r, s, n, d, z> (vid. Menéndez Pidal 1926: 186 y ss.). Así, en una moneda sueva se lee leonés moneta, si bien en testimonios posteriores se recoge también la forma leonese. Es decir, la apócope en esos primeros estadios era irregular, con una tendencia marcada al mantenimiento de la vocal hasta la primera mitad del siglo XI. Conprobabilidad, la ausencia de la vocal tendría connotaciones peyorativas (Lapesa 1951/1985, Ariza 1989: 68). A partir de ese momento, y hasta mediados del siglo XIII, se documenta una pérdida extrema de la vocal, independientemente de la consonante o grupo consonántico que la precediese:
Monte > mont
Nueve > nuef
Adelante > adelant
Part > part
A partir de mediados del siglo XIII, se inicia un movimiento restitutivo de la –e átona final que acabará, en apenas medio siglo, con la apócope extrema, esto es, con la pérdida de la vocal átona después de cualquier consonante e, incluso, después de grupos consonánticos. A principios del siglo xiv la apócope de la –e queda prácticamente limitada a los contextos originales, esto es, cuando la consonante precedente es <l, r, s, n, d, z>.
Con todo, quedan restos de la apócope extrema en el siglo XIV. En el siglo XV la apócope se documenta también en formas pronominales combinadas con verbos, conjunciones o adverbios: diol(e), diom(e), quel(e), nol(e), así como en formas verbales en las que acabará restituyéndose por analogía (tien, diz se rehicieron como tiene y dice siguiendo el modelo de las restantes formas de tercera persona del singular de la segunda y tercera conjugaciones, acabadas en vocal).
Motivaciones de la apócope extrema
La apócope extrema de –e ha recibido explicaciones diversas que la definen como un fenómeno multicausal. Así, Lapesa (1951/1985) apunta tres posibles motivaciones para la apócope extrema:
(i) la introducción en castellano de palabras procedentes de otras lenguas (por ejemplo, el árabe) cuya estructura silábica admitía en posición implosiva (final de sílaba) consonantes que en castellano no aparecían nunca en tal contexto;
(ii) la síncopa, que afectó a numerosas palabras y que dejó en posición implosiva consonantes que normalmente no aparecían en tal contexto (catenatu > cadenadu > cadnado; comitem > comide > comde, entre otras);
(iii) el influjo franco, que debió de extenderse también al plano lingüístico a tenor de lo sostenido por Lapesa:
No puede ser casual que las regiones de más intensa apócope en los siglos XII-XIII coincidan en varios casos con diócesis largo tiempo regentadas por francos[1] (Lapesa 1951/1985: 175)
En lo referente a la influencia franca, hay que recordar que Sancho el Mayor, rey de Navarra (1000-1035) y heredero del condado de Castilla y de gran parte de León, cambió el camino de peregrinaje a Santiago de Compostela. El camino de Santiago dejó de discurrir por las zonas montañosas y costeras de Álava y Asturias para transcurrir por tierra llana (Logroño, Nájera, Briviesca, Amaya, Carrión). Este nuevo camino acabaría siendo una importante vía de relaciones entre Castilla y Francia. En él se establecen a lo largo del siglo XI colonias de francos. Además, Sancho el Mayor instauró la regla cluniacense en los monasterios, con lo que la influencia franca se dejó sentir aún más, llegando a su punto más alto durante el reinado de Alfonso VI (1072-1109). El hecho de que las lenguas romances en aquella época no estuviesen tan alejadas lingüísticamente como en la actualidad hubo de favorecer la extensión de la apócope extrema de –e.
La influencia franca habría contribuido a eliminar la connotación peyorativa de este cambio fonético: eliminar la –e átona final se convirtió en una norma de buen hablar. Por lo demás, los tres factores apuntados contribuyeron a hacer más familiar la presencia en posición final de palabra de grupos consonánticos o de consonantes que tradicionalmente no aparecían sin ir seguidos de vocal. Y a estos factores se añadió, con el avance de la Reconquista, la influencia de pobladores aragoneses y navarros, cuyas variedades dialectales se caracterizaban por la pérdida regular de la –e átona final.
Diego Catalán, sin embargo, atribuye la apócope extrema a una tendencia natural de la lengua, y relativiza así el posible influjo oriental (Catalán 1971/1989).
Restitución de la –e átona final
La restitución de la vocal final átona ha sido explicada por la influencia de Alfonso X el Sabio, quien en los prólogos de sus libros rehúye sistemáticamente el empleo de la apócope extrema, limitando los casos de pérdida de –e a los conservados actualmente, a saber, <l, r, s, n, d, z>. Lapesa (1951/1985) plantea la hipótesis de que esta restitución tuvo un fundamento sociológico. Concretamente, Lapesa sostiene que la reposición de la –e átona final está estrechamente relacionada con el cambio de hábitos lingüísticos que supuso el declinar del prestigio de los francos en el reino castellano. Este declive se observa, por ejemplo, en los diplomas reales, donde cada vez firman menos dignatarios extranjeros.
Este cambio de rumbo se habría iniciado con el avance de la Reconquista. A medida que los cristianos avanzaban hacia el sur, la ayuda franca era menos precisa. Esto se puso de manifiesto de manera remarcable en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), donde los francos abandonaron al ejército castellano a punto en enfrentarse a los almohades. El triunfo castellano contribuyó a la pérdida de prestigio de los francos como representantes de la cristiandad europea.
Tras el reinado de Alfonso X el Sabio la presencia de la apócope extrema se debilita de manera remarcable, de modo que desde finales del siglo XIII-principios del XIX solo se conserva con alguna intensidad en La Montaña, Álava, la Rioja Baja y Murcia (Lapesa 1951/1985: 193). Algunos restos quedan en el habla popular. Por ejemplo, utiliza la apócope el Arcipreste de Hita, de manera especial en las cánticas de serrana. Asimismo, es posible que la población judía conservase hasta más allá de mediados del siglo XIV la apócope extrema, a tenor de la obra de Sem Tob de Carrión. A partir del siglo XV, dejando a un lado las voces en que a la –e le preceden las consonantes <l, r, s, n, d, z>, la apócope solo se da en los contextos señalados, a saber, formas verbales (diz, fiz, tien, val, quier, fuer) y pronombres enclíticos combinados con verbos, adverbios o conjunciones: dijom(e), nol(e), quel(e). Estos restos fueron eliminados bajo la acción de la analogía de otras formas verbales de igual tiempo y persona, así como por la identificación de los pronombres con las formas pronominales que no entran en contracciones.
Conceptos relacionados
Asimilación
Disimilación
Síncopa
Paragoge
Aféresis
Bibliografía básica
Ariza, Manuel (1989), Manual de fonología histórica del español, Madrid, Síntesis.
Catalán, Diego (1971/1989), “En torno a la estructura silábica del español de ayer y del español de mañana”, Sprache und Geschichte. Festschrift für H. Meier, München, Fink-Verlag, 78-110; reproducido en Catalán, Diego, El español. Orígenes de su diversidad, Madrid, Paraninfo, 77-104.
Lapesa, Rafael (1951/1985), “La apócope de la vocal en castellano antiguo. Intento de explicación histórica”, Estudios dedicados a R.Menéndez Pidal, II, Madrid, 185-226; reproducido en Lapesa, Rafael, Estudios de historia lingüística española, Madrid, Paraninfo, 1985, 167-197.
Lapesa, Rafael (1975/1985), “De nuevo sobre la apócope vocálica en castellano medieval”, NRFH, xxiv, 1, 13-23; reproducido en en Lapesa, Rafael, Estudios de historia lingüística española, Madrid, Paraninfo, 1985,198-208.
Lloyd, Paul M. (1993), Del latín al español. I. Fonología y morfología históricas de la lengua española, Madrid, Gredos, 335-344 y 510-513.
Menéndez Pidal, Ramón (1926/1950), Orígenes del español, Madrid, Espasa-Calpe.