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Carla Lonzi. Autenticidad y reconocimiento en la obra de Carla Lonzi. “Itinerario de reflexiones” y “Mito de la propuesta cultural”. Introducción y edición al cuidado de Gemma del Olmo Campillo.
Al cuidado de Gemma del Olmo Campillo.

Carla Lonzi.
Autenticidad y reconocimiento en la obra de Carla Lonzi. “Itinerario de reflexiones” y “Mito de la propuesta cultural”. Introducción y edición al cuidado de Gemma del Olmo Campillo.

Al cuidado de Gemma del Olmo Campillo.


Autenticidad y reconocimiento en la obra de Carla Lonzi. “Itinerario de reflexiones” y “Mito de la propuesta cultural”. Introducción y edición al cuidado de Gemma del Olmo Campillo (Español)

Introducción, por Gemma del Olmo Campillo

En febrero de 1977 , Maria Grazia Chinese, Carla Lonzi, Marta Lonzi y Anna Jaquinta, todas pertenecientes al grupo de Rivolta femminile, publican el número 8 de los Scritti di Rivolta femminile, que lleva por título È già política 1. En ese volumen está el artículo de Carla Lonzi “Itinerario de reflexiones”2. Poco después, en mayo de 1977 , Rivolta Femminile publica el cuaderno La presenza dell’uomo nel femminismo 3, y en dicho cuaderno Carla Lonzi escribe el artículo “Mito de la propuesta cultural”.

Esos dos años, 1977 y 1978 , son especialmente difíciles para Carla Lonzi, como se puede ver en su diario publicado precisamente en 1978 cuyo último año reflejado es 1977 4. Se trata de una época convulsa, llena de dificultades en su relación de pareja, de problemas importantes de salud y conflictos con amigas significativas para ella. Sin embargo, al mismo tiempo, es una época también muy creativa en la que escribe textos relevantes como los aquí tratados, “Itinerario de reflexiones” ( 1977 ) y “Mito de la propuesta cultural” ( 1978 ), además de publicar su diario. En ellos, reflexiona y analiza temas delicados de afrontar, por ejemplo, en “Itinerario de reflexiones” revela el hecho de que, para mantener una unidad y una cierta armonía en el grupo Rivolta, no se haya puesto en discusión las tensiones que hay. De manera que, sin quererlo, se han acallado e impedido que surjan las distintas individualidades del grupo. Sin duda es un tema difícil de abordar porque puede herir sensibilidades y dañar relaciones de amistad, algo que también ocurre con un tema central del otro artículo tratado aquí, “Mito de la propuesta cultural”, que afronta las dificultades que Lonzi tiene con otras mujeres que dicen ser feministas, cuando sus prácticas están lejos de serlo. En concreto, Carla Lonzi está muy molesta por el hecho de que los textos feministas no tengan repercusión, a veces ni siquiera entre las mismas feministas, lo que hace un flaco favor al movimiento feminista que, al menos, debe tomar conciencia de lo importante que es rescatar del olvido las distintas voces femeninas que han manifestado ya su punto de vista sobre algo.

El feminismo no es algo teórico, afirma Lonzi, es una cuestión práctica5. No sirve con criticar una situación en la que la vida de las mujeres es invivible6, es preciso hacer algo al respecto, y desde luego esas prácticas deben tener que ver con dejar de avalar la cultura masculina.


Crítica a la cultura

Tanto en “Itinerario de reflexiones” como en “Mito de la propuesta cultural” está muy presente una crítica a la cultura que, a su vez, estaba ya en sus primeros textos. En estos últimos escritos, al igual que en los primeros, afirma que toda la cultura masculina, es decir, la que se aprende y en la que crecemos, tiene implícita una jerarquía de los sexos7. De modo que cualquier producto cultural tiene como presupuesto la superioridad de los hombres sobre las mujeres, por lo que toda creación artística, política, religiosa, mítica, etc., de una u otra manera, está basada en esa escala de valores. Solo fuera de ese sistema, esto es, fuera de la cultura que menosprecia lo femenino, será posible una vida vivible para las mujeres. Es decir, es imposible que las mujeres consigan ser libres y saber lo que desean en una cultura que las desprecia y limita sus deseos. Carla Lonzi hace una propuesta clara hacia la desculturación8, que se puede encontrar ya en su obra más conocida: Escupamos sobre Hegel.

En obras posteriores a la que se acaba de mencionar, Lonzi hace una apuesta decidida por los grupos de autoconciencia como la manera de lograr la desculturación, esta idea no está presente en su obra más conocida, Escupamos sobre Hegel, porque Carla Lonzi escribió dicho texto antes del comienzo efectivo de las prácticas de autoconciencia 9, pero en sus textos posteriores el reconocimiento de la labor de los grupos de autoconciencia aparecerá con frecuencia.

Como consecuencia de su toma de conciencia gracias al feminismo y a los grupos de autoconciencia, se da cuenta de que la cultura interpreta la realidad de una manera muy similar a como lo hacen los mitos, la diferencia fundamental estaría en que la cultura propone su interpretación como la única posible, la verdadera, sin apenas flexibilidad ni apertura a otras posibilidades, pero está claro que no es la única ni la verdadera, no es más que una interpretación interesada, que relata la realidad de una forma que ofrece como “normal” o “natural” una situación injusta de dominación y opresión.

Una de las cosas que primero hay que hacer para cambiar esta situación es precisamente ser conscientes de que la cultura no es más que un conjunto de ideas y creencias interesadas, ese es un buen inicio para escapar de su influjo y coacción. Dichas ideas e interpretaciones producidas por una sociedad influye en todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida, por eso les damos tanto peso y tienen tanta importancia, pero no hay que darles la credibilidad que reclaman, no la tienen. Esta forma de interpretar, valorar y ordenar la realidad está sostenida por la fe de quienes creen que es la lectura adecuada. Acabar con esa fe supone acabar con la consideración de ser la única realidad posible, y esa es precisamente la idea de Carla Lonzi: que se deje de creer en una estructura que inferioriza a las mujeres. Solo así será posible construir una cultura en la que las mujeres (y también los hombres, claro) puedan ser libres y llevar a cabo sus propios deseos, esta vez no mediados por un sistema que menosprecia lo femenino. Esta nueva cultura tendrá la capacidad de incluir los deseos de las mujeres, su diversidad, así como nuevas formas de relación más auténticas y menos instrumentales.

Pero para lograrlo, lo primero es ser conscientes de estar viviendo en una cultura basada en una jerarquía de los sexos donde el hombre es el elemento privilegiado y la mujer es inferiorizada y sometida. Esta comprensión se alcanza a través de los grupos de autoconciencia. No es la única manera, claro, pero probablemente es una de las más interesantes para Carla Lonzi. Dichos grupos están formados sobre todo por mujeres (Rivolta Femminile, el grupo fundado por Carla Lonzi en 1970 junto a Carla Accardi 10, estaba formado solo por mujeres) en los que se habla de las propias experiencias y se reflexiona sobre ellas sin intentar buscar explicaciones acudiendo a teorías previamente elaboradas por otras personas, como es el caso del marxismo o el psicoanálisis, tan prestigiosas en aquel momento. El feminismo, señala Carla Lonzi, se ha dejado influir por estas teorías y por aspectos derivados de ideas que provienen del '68 , pero lejos de aportar algo al feminismo, en realidad se vuelve contra él toda vez que de nuevo las mujeres dan crédito a teorías hechas desde presupuestos culturales que están estructurados en el desprecio a lo femenino. El feminismo, para Carla Lonzi, tiene que desligarse completamente de esa cultura, de esas teorías que aparentemente dan respuestas pero que en realidad lo que hacen es acallar el deseo de la búsqueda personal, agravado además por el hecho de que dichas respuestas están construidas sobre presupuestos en los que se privilegia lo masculino por encima de lo femenino.

Así, en “Itinerario de reflexiones”, afirma que es necesario un vacío cultural11 para para poder identificarse en una cultura propia que no menosprecie a las mujeres y lo femenino. Solo así se llegará a un desgaste real de los vínculos afectivos que tenemos con la cultura masculina, algo necesario para encontrar el propio camino. Una buena ayuda para ello son, como ya se ha subrayado, los grupos de autoconciencia.


Grupos de autoconciencia

Los grupos de autoconciencia están pensados para hacer una búsqueda de sí, espacios en los que mostrar los deseos femeninos, su diversidad y complejidad, así como de hacer, desde ahí, una cultura propia. Como se afirma en el texto del “Mito de la propuesta cultural”, la autoconciencia, como su propio nombre indica, es tomar conciencia de sí, sin tener en cuenta lo que la cultura espera de cada cual. Esta búsqueda de sí no es una búsqueda confortable ni fácil, antes bien, se trata de un proceso complicado y difícil. Estos grupos no son un espacio de apoyo incondicional a todo lo que se haga, sino de búsqueda y posicionamiento, de crítica y de autocrítica, un espacio para la política y la responsabilidad, para el trabajo y la construcción consciente de sí.

Saber que se puede salir fuera de las estructuras, comenzar a existir por lo que se es y convertirse en un sujeto político con capacidad para cambiar cosas a su alrededor es una responsabilidad difícil de asumir, provoca pérdidas y miedo, pero es el único camino posible para Lonzi. La transformación de la sociedad comienza por el cambio de sí, esperar a que sea la estructura social la que primero evolucione para dar espacio a la libertad y a la justicia sería una idea bastante ingenua, si no fuera por los efectos demoledores que tiene. La apatía y la desidia, esperar a que los cambios nos vengan dados sin apenas esfuerzo por nuestra parte, en realidad es más un comportamiento negligente que iluso.

Las esperanzas en el cambio, como he subrayado ya, están puestas por Carla Lonzi sobre todo en los grupos de autoconciencia. Lo que quiere decir que el feminismo y las mujeres deben tener un papel protagonista. Ese protagonismo se traduce tanto en lo que se refiere a dar voz a los propios deseos como en reconocer las voces y los deseos de las demás, sus propuestas, trabajos, actividades e ideas. Por eso Carla Lonzi se muestra tan crítica con las feministas que en lugar de reconocer las ideas y los trabajos de otras mujeres parecen más preocupadas por ser aceptadas en la cultura y, con ello, ser reconocidas por los hombres.

La cultura masculina ha fagocitado el feminismo intentando hacer de este una mera teoría con apenas capacidad de transformación. En los años 70 del siglo XX, critica Carla Lonzi, el feminismo se ha visto inmerso en un proceso de usurpación, ideologización e integración en la cultura masculina, lo que le ha hecho perder gran parte de su potencia transformadora. Y las feministas deben reaccionar ante esto. Para ello, lo primero que hay que hacer es romper con la búsqueda de reconocimiento de los hombres y de su cultura. El diálogo debe hacerse fundamentalmente con las mujeres, con otras feministas, no con quienes ocupan el lugar de los opresores.


Reconocimiento

Consciente del potencial transformador que tiene recoger las voces y prácticas de otras mujeres, así como reconocer que son aportaciones importantes en nuestra vida y nuestras reflexiones, Carla Lonzi, en “Itinerario de reflexiones”, se refiere a varias autoras que han sido muy relevantes para ella, tanto porque han supuesto una ayuda en momentos de crisis al verse reflejada en algunas de sus propuestas, como por no verse reflejada en ellas y, por tanto, sentirse desilusionada. No oculta a ninguna aunque, eso sí, tienen un espacio de reconocimiento especial las mujeres que han conseguido expresar estados interiores casi inefables, como por ejemplo las místicas y las poetas, pues en ellas encontró consuelo, cobijo y comprensión.

Lo que Lonzi muestra con ello es la importancia de reconocer y nombrar a las autoras que han reflexionado sobre algo y lo han expresado. Es preciso transmitir sus palabras, incluso aunque no se esté de acuerdo con ellas. Es el caso de Kate Millett o Simone de Beauvoir. Las propuestas y prácticas de Carla Lonzi difieren de ellas, pero eso no significa que tenga que ocultar su relevancia para el feminismo o dejar de reconocer la presencia de sus voces en el panorama del pensamiento. La postura política relevante, para Lonzi, no es mostrar sus sintonías con otras feministas o con otras mujeres, sino subrayar que ha habido mujeres que ya han hablado de algo y establecer un diálogo con ellas. El feminismo debe romper el hábito de la cultura de ignorar lo que dicen o hacen las mujeres. Poner en valor las prácticas y pensamientos de las mujeres pasa por exponerlos, incluso aunque sea para mostrar desacuerdo con ellos. No se trata de estar siempre en concordancia con las opiniones de las demás, se trata de interrumpir el procedimiento acostumbrado mediante el cual se relega, cuando no se ridiculiza, cualquier expresión pública realizada por una mujer.

En esta línea está, precisamente, una autora con la que Carla Lonzi parece estar muy dolida. Coetánea de Lonzi, Lea Melandri escribió un libro en el que se hacía caso omiso de las aportaciones de Lonzi. Es más, los autores citados por Melandri son todos hombres, dice Lonzi, y se pregunta qué feminismo es ese. Si las feministas niegan las voces y aportaciones de otras feministas, difícilmente se podrá hacer desaparecer una cultura que menosprecia lo femenino. Para acabar con esa situación lo primero es empezar reconociendo la existencia de otras mujeres que han pensado y actuado de manera inteligente antes que nosotras, hacernos eco de ellas, si queremos ofrecer otra manera de ser y de actuar. La ocultación es una práctica común en la cultura masculina, dirigida sobre todo a las producciones femeninas, seguir por esa línea supone mantener el estado de cosas.

Sin embargo, por otra parte, reconocer la valía de todo lo que han hecho las mujeres a lo largo de la historia, lo que han supuesto para la humanidad, la convivencia, el arte, la espiritualidad, etc., es el inicio del camino hacia la autenticidad. Dejar de menospreciar y empezar a valorar como se merece todo lo que han hecho las mujeres supone dejar atrás las artimañas que intentan desprestigiar a toda costa cualquier cosa que hagan. Este sería el fin de la farsa y de los mitos, y el comienzo de las relaciones sinceras.


Autenticidad

Al igual que el reconocimiento, la autenticidad, para Lonzi, supone un elemento central en sus reflexiones. Lo podemos encontrar ya en el primer manifiesto del grupo Rivolta Femminile, de 1970 , escrito por Lonzi, Carla Accardi y Elvira Banotti. La última línea de dicho manifiesto dice así: “Nosotras buscamos la autenticidad del gesto de rebelión y no la sacrificaremos ni a la organización ni al proselitismo”12. Es decir, su intención es poner la autenticidad por encima de las ideas, de la organización y de cualquier cosa que habitualmente sea mencionada como un bien superior por el que muchas veces nos dejamos convencer y terminamos renunciando a nuestros principios. En su caso, la autenticidad es un irrenunciable.

Pero, dado que la cultura es el lugar de la inautenticidad, del engaño y de la ocultación, llegar a la autenticidad es algo muy difícil. Para poder hacerlo están los grupos de autoconciencia, esta es la manera de llegar a poner en claro los propios deseos: a través de la expresión de sí en los grupos, además de una escucha atenta y crítica de las demás, que permitirá, precisamente, encontrarse a sí misma. Ese encuentro, por lo tanto, solo puede darse con ayuda, nunca en soledad. Es verdad que se necesitarán momentos de reflexión a solas, pero el impulso y la verdad de sí solo se logrará con la ayuda de otra, con otra mujer que haga de mediadora y no permita posicionamientos acomodaticios hacia la cultura, que tanto daño hacen a las mujeres. Así, un texto firmado por Rivolta Femminile13 de 1972 afirma: "el feminismo comienza cuando la mujer busca la resonancia de sí en la autenticidad de otra mujer, porque comprende que el único modo de afirmarse a sí misma reside en su propia especie"14.

Una afirmación en este sentido la podemos encontrar en el artículo “Itinerario de reflexiones”, donde señala la necesidad de identificarse con el vacío cultural generado a partir del desgaste continuo de los vínculos inconscientes con el mundo masculino15. En ese proceso es donde Carla Lonzi afirma que se pone a prueba la autenticidad posible de cada mujer 16.

También en su diario (Taci, anzi parla) la autenticidad tiene un papel muy relevante. Así, afirma que “la liberación es promesa en la autenticidad”17 y un poco más adelante: “Se es revolucionario si se es sí mismo”18. Es decir, la autenticidad, y con ella el reconocimiento del valor de lo que han hecho las mujeres, es lo que hará factible una nueva cultura. Lo que, entre otras cosas, significa que la autenticidad nunca puede ser repetir las verdades aprendidas desde la cultura, las verdades abstractas y aparentemente compartidas, sino que la autenticidad tiene que ver con la búsqueda de sí, con una postura honesta consigo y con el mundo. No es, por tanto, una concepción que tenga que ver con la verdad en sentido clásico, no se pretende llegar a verdades que deben ser compartidas (de forma inducida o no), lo que Lonzi propone es el desarrollo pleno de la libertad, con el reconocimiento de las demás personas y de su libertad.

En el texto de “Mito de la propuesta cultural”, Lonzi denuncia que la autenticidad de los grupos de autoconciencia ha sido malinterpretada y considerada más un espontaneísmo que una práctica política. Critica la concepción de que los grupos de autoconciencia sean lugares donde cada cual dice lo primero que le viene a la cabeza, sin más. Su experiencia desde luego no es esa, se trata de re-construirse, de ser críticas con la cultura y consigo mismas, por lo que difícilmente en esos grupos sus integrantes se limitan a decir cualquier cosa. Son lugares políticos, lugares en los que arriesgar y pensar. Es decir, la autenticidad que encuentra Lonzi en los grupos de autoconciencia no tiene nada que ver con lanzar ideas sin pensar ni tampoco con decir lo que la ideología o la cultura espera que digas, sino que es un trabajo serio y duro de búsqueda de sí.

El feminismo, en opinión de Lonzi, se había ido separando de esta búsqueda, algo que ella interpreta como signos de cansancio, pero se trata de un agotamiento que no tiene que ver, en realidad, con el feminismo como pensamiento y práctica crítica, sino con intentar mostrar su valía dentro de los viejos esquemas políticos que, precisamente el feminismo, debe intentar eliminar. Esa, para ella, es la incongruencia del feminismo que hay que resolver. El problema, sigue afirmando, es el olvido de ese espíritu contrario a la cultura, que, en su opinión, es necesario rescatar y volver a él para que continúe teniendo sentido y fuerza.

Esa crítica a la cultura la encuentra Lonzi en la vida de las santas, como afirma en el artículo de “Itinerario de reflexiones”:

También las santas a menudo me han parecido carac­terizadas por ese vacío cultural, que les permitió vivir su propia identidad al límite de la locura. Renunciando voluntaria y conscientemente a su sexualidad renuncia­ban no sólo a la vagina (como Electra), sino sobre todo a la identidad vaginal19.

El vacío cultural necesario para hacer una transformación social radical es algo que se puede encontrar en algunas mujeres a lo largo de la historia. Son mujeres que no se sienten identificadas con la cultura y buscan una en la que se sientan cómodas y reconocidas, valoradas y libres. Lonzi encuentra un ejemplo en las santas, pero hay otros. Lo que dice Lonzi no es que haya que seguir el modelo de vida de las santas, antes bien, ella misma señala la valía y significado de que estas mujeres apostaran por la castidad, pero eso no quiere decir que Lonzi proponga ese camino como el único posible, porque ella misma no es el que quiere seguir. Reconocer la valía de algo no significa proponerlo como el único posible. Lonzi no quiere renunciar al placer sexual y, precisamente, señala que ese es su acto creativo20 con respecto a las santas de las que habla. Vivir siendo mujer sin tener que renunciar a la sexualidad, a pesar de que la sexualidad esté muy connotada en la cultura y sea muy difícil salir de esa connotación.

De esta manera, cada cual tendrá que encontrar su vía creativa para salir de la cultura y proponer una nueva en la que sea posible la libertad de las mujeres y sea impensable su menosprecio. En esa creación, las mujeres tienen un papel muy relevante, son ellas quienes tienen que decir lo que desean, lo que necesitan, y hacerlo existir. El problema fundamental no es, por tanto, que los hombres no reconozcan a las mujeres, ese obstáculo está, claro, pero la dificultad mayor se presenta en el hecho de que sean las propias mujeres quienes no reconozcan la valía de otras mujeres. O de otra manera, está en las mujeres que se niegan a tomar conciencia de su situación de menosprecio por el miedo a no ser aceptadas por la cultura masculina y por los hombres que comparten sus vidas con ellas.

Acabar con ese ideal imposible de ser aceptadas es lo que facilitará la transformación cultural necesaria para dar espacio a lo femenino, para que las mujeres estén presentes en la cultura sin ser los sujetos oprimidos, y es responsabilidad de las mujeres hacerlo posible, pues “el sujeto no busca aquello que necesita sino que lo hace existir”21. Ellas son las que necesitan imperiosamente poder vivir de otra forma, porque su vida está al límite de lo invivible, y ellas deben ser las protagonistas de ese giro radical. Hace tiempo que es hora de la revuelta femenina.


Bibliografía recomendada

Boccia, Maria Luisa (1990). L’io in rivolta. Vissuto e pensiero di Carla Lonzi, Milán: La Tartaruga.

Boccia, Maria Luisa (2014). Con Carla Lonzi. La mia opera è la mia vita, Roma: Ediesse.

Chinese, Maria Grazia, Lonzi, Carla, Lonzi, Marta y Jaquinta, Anna (1977). È già politica, Milán: Scritti di Rivolta Femminile.

Cigarini, Lia (1996). La política del deseo. La diferencia femenina se hace historia, Barcelona: Icaria.

Conte, Lara, Fiorino, Vinzia y Martini, Vanessa (ed.) (2011). Carla Lonzi: la duplice radicalità. Dalla critica militante al Femminismo di Rivolta, Florencia: Edizioni ETS.

Diotima (2003). Il pensiero della differenza sessuale, Milán: La Tartaruga.

Diotima (1996). La sapienza di partire da sé, Nápoles: Liguori.

Diotima (2002). Approfittare dell’assenza. Punti di avvistamento sulla tradizione, Nápoles: Liguori.

Librería de Mujeres de Milán (2004). No creas tener derechos. La generación de la libertad femenina en las ideas y vivencias de un grupo, Madrid: Horas y horas.

Diotima (2006). La cultura patas arriba. Selección de la Revista Sottosopra (1973-1996), Madrid: Horas y horas.

Lonzi, Carla (1978). Escupamos sobre Hegel. Y otros escritos de Liberación femenina, Buenos Aires: La Pleyade.

Lonzi, Carla (1985). Scacco ragionato. Poesie dal ’58 al ‘63, Milán: Scritti di Rivolta Femminile.

Lonzi, Carla (1992). Armande sono io!, Milán: Scritti di Rivolta Femminile.

Lonzi, Carla (2010). Taci, anzi parla. Diario di una femminista, vol. I (1972-1973) y II (1974-1977), Milán: Et al Edizioni.

Lonzi, Carla (2011). Vai pure. Dialogo con Pietro Consagra, Milán: Et al Edizioni.

Lonzi, Carla (2012). “Itinerario de reflexiones”, en Duoda. Estudios de la Diferencia Sexual , Barcelona, n. 42, 2012, pp. 56-91.

Lonzi, Marta, Jaquinta, Anna, Fonte, Moderata y Lonzi, Carla (1978). La presenza dell’uomo nel femminismo, Milán: Scritti di Rivolta Femminile.

Rivolta Femminile, “Manifiesto de Rivolta”, en Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel. Y otros escritos de Liberación femenina, Buenos Aires, La Pleyade, 1978, pp. 14-20.

Rivolta Femminile, “Significado de la autoconciencia de los grupos feministas”, en Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel. Y otros escritos de Liberación femenina, Buenos Aires, La Pleyade, 1978, p. 121-128.

Spadaccini, Debora (2005). «Carla Lonzi», en Buttarelli, Annarosa, Muraro, Luisa y Rampello, Liliana (eds). Dos mil una mujeres que cambian Italia, Xátiva, Crec, pp. 213-215.


Publicaciones

En 1977 Maria Grazia Chinese, Lonzi, Lonzi y Anna Jaquinta, todas ellas integrantes del grupo de Rivolta Femminile, publican el número 8 de los Scritti di Rivolta femminile, titulado È già política. Dentro de ese número Lonzi publica el artículo “Itinerario di riflessioni”, traducido por Agnès González Dalmau y Ángela Lorena Fuster Peiró en el número 42 de la revista Duoda como “Itinerario de reflexiones”, en 2012 .

Al año siguiente, Rivolta Femminile publica el cuaderno La presenza dell’uomo nel femminismo, en mayo de 1978 . En dicho cuaderno Lonzi escribe el artículo “Mito della proposta culturale”, traducido por Gemma del Olmo Campillo para la Biblioteca Virtual de investigación y Docencia Duoda en 2016, con el título “Mito de la propuesta cultural”.

Tanto este año 1978 como el año anterior, 1977 , son años difíciles para Lonzi. Tiene problemas de salud importantes así como problemas en sus relaciones de amistad y de pareja. No obstante, se trata también de una época creativa puesto que no solo publica los artículos que se acaban de mencionar, sino que acaba y publica una obra realmente importante para ella y para conocer su pensamiento, su diario Taci, anzi parla. Diario di una femminista.


Estudios sobre Carla Lonzi

Boccia, Maria Luisa (1990). L’io in rivolta. Vissuto e pensiero di Carla Lonzi, Milán: La Tartaruga.

Boccia, Maria Luisa (2014). Con Carla Lonzi. La mia opera è la mia vita, Roma: Ediesse.

Conte, Lara, Fiorino, Vinzia y Martini, Vanessa (ed.) (2011). Carla Lonzi: la duplice radicalità. Dalla critica militante al Femminismo di Rivolta, Florencia: Edizioni ETS.

Spadaccini, Debora (2005). «Carla Lonzi», en Buttarelli, Annarosa, Muraro, Luisa y Rampello, Liliana (eds). Dos mil una mujeres que cambian Italia, Xátiva, Crec, pp. 213-215.

Itinerario de reflexiones22

Siempre me han gustado los libros autobiográficos de santas. Podría decir de monjas, pero éstas no son reconocidas por la iglesia, si han escrito no han sido publicadas. Los leía en el colegio, entre los diez y los trece años, y luego han seguido siendo de mi predilección: los he tenido presentes sobre todo en los momentos de crisis, cuando tenía que admitir una ilusión y encontrar la paz interior desde donde volver a empezar.

A la Historia de un alma , de Teresa Martin, es decir, santa Teresa del Niño Jesús, he vuelto varias veces, como también al Libro de su vida , de Teresa de Ávila. Ambos, escritos por petición y por obediencia, están en primera persona y expresan fenómenos y estados interiores para mí naturales y que no encontraba en ninguna otra parte. Era un consuelo que otras mujeres los hubieran experimentado y hubieran hablado de ello con sencillez: a través de sus palabras tomaba consistencia lo que, de lo contrario, hubiera tenido que negar como consecuencia de emociones morbosas e irreales. Los descubrí antes en el lenguaje religioso de las dos Teresas que en los escrúpulos literarios de las escritoras. Sus personalidades eran muy distintas, pero yo no veía límites a sus capacidades de indagar y dudar: los recursos eran buscados dentro de sí incluso con la conciencia de que no existen recursos adecuados.

Aparte de la época del colegio, al haber vivido en ambientes no religiosos como mi familia y luego decididamente laicos que ignoraban la existencia de estas mujeres o que la habrían considerado con toda clase de prejuicios, me identificaba con ellas por esa parte de mí que era ignorada o que se retraía ante las expectativas de varios tipos, desde las más tradicionales hasta las más emancipadas, con las que se suponía que debía medirme. Me gustaban porque estaban embarcadas en una aventura invisible y no criticable, abstracta como el amor, concreta como el sufrimiento. No veía cómo podía prescindirse de ello. No he encontrado obstáculos con respecto a ellas, incluso el aspecto edificante resulta secundario: me iluminan acerca de la identidad, me preceden en este camino y, si bien parece que renuncien a todo, me resulta evidente que no han renunciado a lo esencial. Al contrario, me han revelado qué es lo esencial. Yo esperaba una confirmación.

Cuando leí en The Prostitution Papers de Kate Millett que la prostitución es la condición extrema que pone al descubierto la condición femenina en esta sociedad, me pregunté si era verdad o no esta observación. En lugar de una respuesta, me vino a la mente el lugar hacia el cual, por contraposición, me impulsaba en cuanto símbolo más acorde, si no con mi manera de ser y sentir por naturaleza, sí con mi manera de sentir y reaccionar ante esta sociedad: la clausura y el Carmelo. Lugar de privación, pero no de destrucción, gestionado por sepultas-vivas, lugar existente aunque esté fuera de la Historia, lugar de ineficiencia, pero no estéril, que yo sabía que era intenso con toda la intensidad reclusa de mi vida de mujer.

Se ha insistido mucho en la mala salud psíquica de las monjas, en los orígenes histéricos y melancólicos de su personalidad, en el masoquismo y el complejo del padre. Pero lo que yo veía con mis ojos de las mujeres consideradas normales porque eran compañeras de hombres considerados normales me llevaba a pensar que la tiranía de una imagen interiorizada dejaba mayores márgenes de libertad que el desgaste debido al contacto físico con un individuo de carne y hueso, a menudo tiránico en su mediocridad y presunción. Un Señor y amo amante y omnipotente vivía también gracias a una exigencia, a un desencadenamiento que llevaba a esas mujeres muy lejos, mientras la rutina de la vida familiar, el derroche de sí mismas, las continuas interferencias, un ser real con quien ponerse de acuerdo, a quien complacer y aplacar, terminaban produciendo olvido de sí o autoanulación. La cuestión es que sabemos muy poco acerca de la expresión de las mujeres que han entrado en el engranaje del matrimonio y los hijos.

Una de las tres poesías que nos quedan de la primera poeta italiana citada, la florentina Compiuta Donzella, del siglo xiii, aborda este tema: la salvación se ve en el convento contrapuesto al matrimonio, querido por el padre como era costumbre. Pero más en general casarse significaba permanecer en un mundo violento, entonces como ahora, sufrirlo y correr el riesgo de verse arrollada; tampoco la institución literaria resguardaba a las mujeres: lo único que quedaba era el convento con torturas que, en comparación, parecen menos definitivas, si eran elegidas.

Dejar quiero el mundo y a Dios servir,
y alejarme de toda vanidad,
porque veo acrecentarse y subir
locura, villanía y falsedad;
también juicio y cortesía morir,
y la virtud y toda la bondad;
ni esposo ni señor quiero pedir,
ni estar en el mundo por voluntad.
Recuerdo que el hombre de mal se adorna,
con todos ellos soy muy desdeñosa,
y para Dios mi persona retorna.
Mi padre me lleva a estar cavilosa,
pues de servir a Cristo me dehorta:
no sé a quién quiere darme por esposa.

El feminismo se me presentó como la salida posible entre las alternativas simbólicas de la condición femenina, la prostitución y la clausura: lograr vivir sin vender el propio cuerpo y sin renunciar a él. Sin perderse y sin ponerse a cubierto. Reencontrar una completud, una identidad contra una civilización masculina que la había vuelto inalcanzable.

Al salir del colegio, me pareció que el mundo estaba a mi alcance: habiendo dejado de lado el paréntesis religioso, empecé a responder a los estímulos a los que poco a poco iba descubriendo que era sensible. Sentía el deseo de participar.

Me puse a buscar el punto de encuentro entre yo y los otros, entre yo y la realidad. Creí haber dado con él en varias ocasiones (la Universidad, el marxismo y la actividad política, la crítica de arte): se consumían una tras otra. Encontraba consideración, pero no resonancia y atmósfera favorable al despliegue de mí misma. Tuve que admitir que ese punto de encuentro se me escapaba. La unión de dos entidades incompatibles no podía confiarse a mi sola voluntad individual.

Cuando al principio del feminismo busqué mis orígenes, entre las mujeres que me podían ayudar, menos ilusas que otras, menos comprometidas, más sólidas en la experiencia personal y en el modo de conducirla, con un núcleo indestructible en la reconocida fragilidad, se volvieron a presentar Teresa Martin y Teresa de Ávila. Incluso antes, al finalizar el periodo dedicado a la crítica artística, mientras compilaba un libro de conversaciones con algunos artistas que contenía fotografías mías y suyas, ya había tenido el deseo, imprevisto e injustificado, de inserir una foto de Teresa Martin. Me había enterado de que existía un volumen de retratos suyos, realizados por una hermana que había entrado, carmelita también, en el Carmelo de Lisieux con una máquina fotográfica 13/18, objetivo Darlot, y la había utilizado para capturar algunos momentos de la comunidad. Pero no estaba permitido reproducir sus imágenes, así que tuve que recurrir a una estratagema: uno de los artistas del libro propuso hacer un cuadro utilizando el retrato de Teresa, algo lícito, de modo que luego fuera posible tener el retrato reproduciendo el cuadro. Y así lo hicimos: la obra en cuestión se reproduce en las primeras páginas de Autoritratto (1969), donde hablo de mí misma, y la obra de verdad está en mi dormitorio. Animada por esta solución, le propuse al editor que en la cubierta hubiera otra foto de Teresa vestida de Juana de Arco con cadenas para una representación en el Carmelo. No tenía argumentos para defender esa elección en un libro de arte y artistas: la propuesta fue descartada como una torpeza típicamente femenina. Me puse a vomitar por la desilusión y la impotencia.

Por eso, cuando leí en una entrevista de Ida Magli, antropóloga, la afirmación de que las feministas no han entendido la importancia de las santas y que, en concreto, desprecian a santa Teresa del Niño Jesús, tuve la misma sensación de atropello. Ciertamente nadie podía saber de mis entresijos al respecto, pero el interés por las monjas era compartido en el grupo de Rivolta hasta el punto de que uno de los volúmenes que publicamos en nuestros escritos23 estaba dedicado a Teresa Martin. Y eso podía saberlo cualquiera. Respondí a la entrevista con una refutación polémica: la provocación había despertado mi competitividad: si había una indicación de haber creído en Teresa Martin no soportaba que nos fuera negada. La antropóloga al amparo de su interés de estudiosa, yo al amparo de mi participación en el feminismo, chocábamos: más allá de la razón y el error, con análoga necesidad de afirmarnos a nosotras mismas. Pero ¿por qué para afirmarse había despejado el campo de presuntas rivales? ¿Quién era el destinatario de ese choque?

Me pregunto, al ver ese apremio en torno a los temas del feminismo en busca de competencias, qué sería de nosotras si realmente el hombre hubiera sido abordado como nuestro modelo cultural. No en una palingenesia del futuro, sino en las posibilidades del presente a nuestra disposición. ¿Alguna seguiría perdiendo el tiempo “estudiando” la cuestión femenina en la ilusión de acortar los tiempos de las feministas? Tomo el ejemplo de Julia Kristeva, que me estimuló en la introducción del volumen Le Cinesi ( 1974 ): reconocí intuiciones y sutileza, preocupaciones que yo también tengo. Se abren paso en la medida en que son compatibles con los presupuestos de su cultura, pero al mismo tiempo son precisamente éstos los que la conducen a conclusiones obligadas. A conclusiones prefeminismo.

No hay cultura, por mucho prestigio que tenga, que no sea engañosa para la mujer, no hay mujer de cultura para la que no se llegue a la constatación de que, poco o mucho, lleva leña al monte.

El razonamiento de Kristeva es impecable: el hombre es falo, palabra, porque se ha absolutizado negando la existencia del otro sexo, de la mujer, es decir, de la vagina, que ha sido cancelada convirtiéndose en el lugar mudo del gozo. Así, Electra, la hija soltera del padre muerto del que es portavoz, es una no-vaginada (en cuanto incrédula de los gozos de la madre), en contraposición con la balbuciente hermana Crisótemis, hija de la madre (y en último análisis con la madre), vaginada.

El espacio de la mujer estaría entre esos dos polos: el silencio (la falta de símbolo) y la palabra paterna, la Ley, el Valor. En Electra, Kristeva reconoce el antecedente de la figura de la santa, de la revolucionaria, de la feminista.

Ahora bien, yo no me reconozco en la figura de Electra, como no reconozco a las amigas de Rivolta ni a las santas de mi predilección, mientras que sí que reconozco en ella a buena parte de las feministas en cuanto mujeres emancipadas, a la totalidad de las revolucionarias y a la tropa de las militantes de la cultura. Además, observo que, considerando incluso la necesidad de que sean no vaginadas, son, sin embargo vaginales, en caso de que el estado de virginidad sea, por así decirlo, transgredido. ¿Y entonces? Este esquema, por más aparentemente irreprochable que sea, no me convence, es precisamente un esquema que tiene sus apoyos en presupuestos que no han nacido para aclararme las ideas, sino para confundírmelas, o sea que son de procedencia masculina. Si abandono esos presupuestos, reencuentro mi vivencia, donde la hija muda y la hija portavoz son intercambiables y equivalentes, pues ambas se identifican no consigo mismas, sino de un modo funcional al patriarcado. No son más que momentos de roles.

Mientras el dilema se sitúe entre identificación con la vagina o rechazo de la vagina, estamos en la lógica de la vaginalidad, esto es, en la lógica de una identificación de la mujer que sostiene la identificación del hombre (padre vivo o muerto) con el falo. El camino de la búsqueda de sí y de la propia autonomía por parte de la mujer no puede sino excluir ese dilema. Y, de hecho, el hombre ha excluido a las mujeres que lo han intentado. Tanto Electra, como Crisótemis, son entidades femeninas en las que la cultura se ha congratulado consigo misma por la obra realizada, la obra de cancelación de la mujer en dos frentes: el placer vaginal funciona como confirmación del placer del otro, así como la palabra paterna reproducida es confirmación de la identidad absoluta del otro.

Kristeva recupera lo femenino fuera de los roles reconociendo en la mujer la “eterna ironía de la comunidad” (la misma frase que yo citaba de Hegel en Escupamos sobre Hegel) intentando sugerir un comportamiento que lo haga realidad. Es decir, ni Electra, ni Crisótemis, sino un continuo trabajo de la mujer que ilumina la parte en la sombra, lo reprimido de toda formulación masculina. Mientras que en la mujer como “eterna ironía de la comunidad” yo veía sólo la perfilación de la instancia feminista en todos los tiempos, Kristeva ve un axioma que no es necesario dejar de intentar realizar a través de un masoquista trabajo de Sísifo, una colaboración-lucha que cuestione continuamente la pretensión de absoluto masculino. Un destino subalterno recompensado con saberlo casi todo acerca de las ilusiones del destino dominante. Que, sin embargo, sigue siendo dominante y que incluso va siendo progresivamente iluminado y va tomando más conciencia de sí mismo.

Es lo que la autenticidad aconsejaba hacer, a fondo perdido, antes del feminismo, lo que yo hacía “entonces”; “ahora” ha intervenido la conciencia individual que lleva a la constitución de un yo bien diferente, tanto del yo del hombre (fálico) como del pseudo-yo femenino como estructura complementaria de él, que alcanza su máxima potencialidad mejorando la realidad masculina en todos los campos sin saltar nunca a la afirmación de sí. Mientras la identificación femenina se determine sobre la base de la vagina y no otro lugar, en vez del descubrimiento de sí misma por parte de la mujer, de las mujeres individuales, seguirá existiendo en la sociedad un indistinto movimiento de disidencia femenina (la “ironía de la comunidad”) que Hegel ya había entendido de qué manera la astucia de la razón no dejaría de volver funcional al patriarcado. Yo me reconozco en una identificación en otro lugar.

Se ha dicho que con las tesis de La mujer clitórica y la mujer vaginal yo entraba en el lesbianismo en la medida en que consideraba como sexo femenino el clítoris. Pero el clítoris, si es un órgano no funcional a la relación heterosexual, tampoco lo es a la relación homosexual: de hecho, entre mujeres no existe otra facilitación a la relación clitórica que la falta de un obstáculo, el falo, no el pene, por lo tanto un concepto. El clítoris vale como sexo tanto para el hombre no identificado con el falo como para la mujer no identificada con la vagina. Está más allá de las categorías de homo- y heterosexualidad. La distinción entre complementariedad y subalternidad entre los dos sexos desaparece. Y es la mujer, revelando y simultáneamente sustrayendo el apoyo de la vagina y su identificación vaginal, quien pone en cuestión el mito del falo y la identificación fálica del hombre.

Muchas feministas afirman: “Redescubramos nuestro cuerpo, redescubramos la vagina”, y buscan tomar posesión, a través del conocimiento, de esa parte anatómica de su cuerpo. Pero el impedimento de sentirla como propia no es de naturaleza sensorial, debido a la represión, sino de naturaleza cultural y estructural: ¿cómo puede redescubrirse si antes no vuelve a ser terreno neutro? Ahora es una zona señalada de nuestro cuerpo que nosotras aceptamos, para permitirle al hombre su cultura y su yo. Esa zona señalada impide nuestra cultura y la constitución de un yo nuestro. Como dice justamente Solanas, nuestro yo se ha convertido en lo que su yo no quiere ser, y esta operación le ha resultado posible gracias al hecho de que “nuestra” vagina forma parte de “su” cultura. En esta cultura amarla es amar la identidad que implica.

La identidad que nace del clítoris parte de una nada, de un vacío cultural, y poco a poco va constituyéndose por una aceptación de sí que se convierte en el propio destino, pero no puede fijarse en un rol, para no caer en la vaginalidad. Y no puede revelarse en la palabra cultural, sino en la que nace directamente de la asunción de una identidad sexual no conforme que, única, permite pronunciar auténtica y completamente: “yo”. Este yo como vacío cultural es el que constituye el presupuesto para un redescubrimiento de nuestro cuerpo, es decir, de nuestra cultura. Todos los estadios precedentes son vanos. Pero ese vacío cada una lo afronta, lo mide sola: apenas es soportable, es el riesgo de perder la razón del que habla Maria Grazia Chinese. Es un riesgo en el que me he cerciorado de ser capaz de vivir ahora que sé que es compartido: el feminismo me ha dado esto, del feminismo he querido esto. Ese riesgo es mi sentido de la feminidad.

También las santas a menudo me han parecido caracterizadas por ese vacío cultural, que les permitió vivir su propia identidad al límite de la locura. Renunciando voluntaria y conscientemente a su sexualidad renunciaban no sólo a la vagina (como Electra), sino sobre todo a la identidad vaginal. Puesto que vivían una emotividad erótica, precisamente es definida como mística, de hecho ya no tiene una base en la identidad sexual, sino en una identidad diferente. Respecto a ellas, y contrariamente al misticismo, a mí me interesa una identidad sexual porque entreveo en ella una salida, de todos modos la he intuido y me corresponde. Para ser yo misma, para no tener un destino alienado no tengo que abdicar de mi cuerpo; al contrario, encuentro en él el elemento sobre el que fundar mi autonomía. Éste es el primer acto que he reconocido en mí como creativo.

Si todo esto parece excesivo, que al menos no se transforme este riesgo en ideología: tras haber escrito La mujer clitórica y la mujer vaginal me quedé confundida al constatar que se tomaba o bien en el sentido de una normativa sexual, o bien en el sentido de la homosexualidad programática. Pero es evidente que la adhesión ideológica a la homosexualidad lleva a una reconfirmación de la ideología en lugar de a una apertura del amor entre mujeres: reconfirmando la sujeción a un valor masculino, revela que nace de una identificación vaginal, de hecho implica la desconfianza en que el erotismo entre mujeres pueda ocurrir por impulsos auténticos y personales.

Me gustaría citar algunos fragmentos que no han sido recogidos y que me parecía que ya contenían un aviso.

“No nos pronunciamos sobre la heterosexualidad: no estamos tan ciegas como para no ver que es un pilar del patriarcado, no somos tan ideológicas como para rechazarla a priori.

“La mujer clitórica no es la mujer liberada, ni la mujer que no ha padecido el mito masculino —puesto que estas mujeres no existen en la civilización en la que nos encontramos—, sino aquella que se ha enfrentado momento a momento a ese mito y no ha sido presa de él. Su operación no ha sido ideológica, sino vivida…

“La mujer clitórica no tiene nada esencial que ofrecer al hombre y no espera nada esencial de él. No sufre la dualidad y no quiere convertirse en uno. No aspira al matriarcado que es una mítica época de mujeres vaginales glorificadas… Fuera del vínculo insustituible empieza la vida entre los sexos. Ya no es la heterosexualidad a cualquier precio, sino la heterosexualidad si no tiene precio.

“Nosotras queremos afirmar el amor clitórico como modelo de sexualidad femenina en la relación heterosexual, puesto que no nos basta tener el clítoris como punto de referencia consciente durante el coito ni queremos que la oficialidad del clítoris pertenezca a la relación lésbica. Pero estamos convencidas de que mientras la heterosexualidad siga siendo un dogma, la mujer seguirá complementando de algún modo al hombre...

“Permanecer mucho tiempo en esa condición de irrealización, o sea de pérdida de la personalidad, sin recurrir a soluciones alternativas de identificación ha sido un proceso existencial de la mujer clitórica cuyo éxito imprevisto ha sido la constitución de su autonomía. De hecho, ella no se ha definido en los gestos alejados de la norma, sino que se ha consolidado en los gestos auténticos de concentración sobre sí misma. Esa aclaración le ha permitido observar que su conducta no sólo nace de la rebelión o participación negativa, sino de algo diferente que no podía identificarse antes del feminismo. Al contrario, el feminismo, en alguno de sus extremos, nació precisamente de la autoconciencia de la mujer que conduce su lucha contra el patriarcado manteniéndose en su propio terreno. El vacío de humanidad que puede vislumbrarse en ella desde el punto de vista patriarcal se convierte, al otro lado, en necesidad de humanidad como presencia de sí.

“La afirmación del clítoris como sexo por sí mismo es la fase actual de liberación de la mujer que descubre su identidad en el transcurso de la especie, de la historia y en el presente.

“La suya es una conquista de sí y de la propia feminidad que no se concentra en el espacio complementario del espacio del hombre, sino que se extiende fuera de la heterosexualidad patriarcal.”

En la época de La mujer clitórica y la mujer vaginal, aunque contaba conmigo misma, todavía no era consciente de que precisamente en ese punto se decidía todo. No fue sencillo darme cuenta de que esa falta de identidad, que siempre he sentido como típicamente mía y que ha sido fuente de satisfacción y desesperación, era yo misma, mi única posibilidad de serlo. Ciertas poesías mías escritas entre 1958 y 1963 bajo el título conjunto de Jaque razonado me ayudan a entender de qué forma conseguí mantener a raya el momento en que eso se me reveló por primera vez como dato irrefutable. No he querido publicarlas nunca porque no veía quién habría podido leerlas; sólo sabía que habrían corrido una suerte extraña en la cultura. Era inútil que me dirigiera a quien no podía darme resonancia; he seguido otros caminos. Ahora tengo la conciencia de que fueron el medio para ejercitarme en resistir en una condición que todo me impulsaba a repudiar y a resolver con la adecuación.

Eran los años en los que Sylvia Plath, escribía sus versos y se familiarizaba con la muerte. Ella buscaba una salida en las poesías, yo a través de las poesías buscaba una salida en la realidad. Yo conseguí llegar al feminismo, era lo que yo quería; ella logró revelarse en la poesía, que era lo que ella quería. Yo no pedía ser algo distinto de lo que era (ni escritora, ni poeta, ni otra cosa) y apostaba conmigo misma si conseguiría aceptarme como tal. La falta de identidad que me corroía era también el único enganche al que mantenerme fiel.

A Plath la siento cernirse libre, libre sobre la vertiente del suicidio. Puedo descubrir una hermana en ella, ahora; antes no sé si habría podido: me habría arrastrado demasiado abajo, me habría elevado demasiado arriba. Donde ella aceptaba estar viva por casualidad (“by accident”), yo me descubría viva por milagro. Puesto que yo no quería morir y contaba con el milagro, tenía un motivo más para dudar de mí misma. Creo que Plath encontró una solución a su problema de identidad adentrándose en la tierra de nadie de la muerte (de la pre-muerte, del retorno desde la muerte), que se convirtió en su tierra. Había creído en la cultura, pero había encontrado esa vía de salida “casual” que involucraba el último mito en la consideración de la futilidad de todo.

La poesía más antigua que he encontrado en los cuadernos de cuando empezaba a ir al instituto la dedico a Sylvia Plath. La llamada a la que respondió ella formaba parte también de mis voces, y tal vez de las de cada una de nosotras. Me ha recordado que también para mí vivir parecía remontarse a una decisión de vivir.

El mar

Oh, glauco mar que bañas la orilla
[...]

He aquí el agua infinita que fascina
que te atrae hacia el seno tranquilo
que te dice “descansa” y domina
a tu espíritu tan cansado y desilusionado.

Oh, qué extraño deseo que me emerge
de lanzarme a las aguas sonoras
de ponerme sobre la ola que extiende
su liviano refrescante velo.

Aquí me desacuerdo lo olvido todo
y mecida por los tranquilos remolinos
no veo no siento más que el roto
sollozo contenido del mar.

Florencia, 28 de enero de 1945

Un escaso número de poesías de algunos años más tarde me permite localizar el momento en que esa decisión de vivir se manifiesta. Es precisamente en una superación de las “aguas sonoras” y de su invitación, a través de la adquisición de la palabra, “materia no resonante”. Este punto también se me aclaró gracias a las observaciones de Kristeva al respecto.

Una palabra omnicomprensiva
inamovible que al decirla deviene materia dura.
Tierra o piedra.
Que yo la vea
y la toque luego.
Materia no resonante.

Florencia, 20 de octubre de 1953

Pero enseguida surge la constatación de que esa palabra no es comunicativa y no me expresa.

Hablo: nadie
se deja persuadir.
Cada uno sigue su discurso.
Paralelos correremos
hasta el infinito
sobre nuestras palabras.

Escucha: no puede
perderse esta palabra
como no puede
perderse mi alma
en un rincón de lo creado.
...Tú me dices en cambio
que todo puede
perderse y olvidarse.

Cuando me miró fijamente
y me hizo la pregunta
me rendí:
emití sólo
algún sonido para dar
señales de vida.

Florencia, octubre - noviembre de 1953

Luego vienen las poesías de Jaque razonado. Cito algunas.

Jaque razonado

Así cuando en alarma
siempre en alarma
de una vistazo descubres
muchas situaciones
interrogativas y no hay
objeto o imagen o sonido
o nada de nada
que no parezca metido ahí
un instante en actitud
hermética y provocativa
como quien no dejará
la pose si no has resuelto
el enigma de la neutra
familiaridad de siempre
y la toalla el árbol
la barandilla con firmeza
inamovible bajo miradas
pacientes y escépticamente
razonables obstruyen
cada centímetro en que
desplegar la indiscutida
superioridad, salta
la puerta secreta
la antigua impotencia
de caracol naciente
en la oscuridad a la agresión
que pretende diseminar
oscuro derrotismo
en el curso de tus pensamientos
e incluso uno a uno
ponerlos en jaque
con voz de pura cosa
tras larga espera
apartada del silencio.

Roma, 10 de julio de 1958

Fragancia

Era tan fragante, incluso
la fragancia en sí cuando la barca
se volvió con el golpe sobre la vela y en el bosque
el azul crecía bajo los pies
o peinando cabellos de miel se indagaba
con narinas arqueadas porque ese año
la primavera se soltó en manojos de mimosas
que iban terriblemente bien
con el abrigo de tela azul aunque
un árbol fuera ornamento excesivo
y una ramita pérdida de tiempo. Sentía
que había nacido para flotar
ni demasiado alto ni demasiado bajo
sino sin interrupción así no tomó
las debidas precauciones y el tiempo afrontado
sin malicia no le reservó
un tratamiento especial. Las cosas
deben emprenderse para no perder
y donde se pone el pie debe
ponerse el corazón; flotar es una idea
de lo más absurda. Fragancia
fragancia ¿qué quieres decir?

Milán, 27 de octubre de 1959

Estratagemas

Así no perderé la costumbre
no dejaré escapar la ocasión
ni que algo pase en vano
mientras todo pasa en vano
ni dejaré de repetir los gestos
y producir nuevos en el aire
detenida de modo desalentador pero tampoco
perderé coraje ni confianza ni gusto
por bebidas burbujeantes ni posibilidades
dinámicamente verticales ni vestidos
veraniegos color limón ni corazón menudo
por el amor ni la capacidad de hundirme
como clavo en la madera ni de sacar
la voz ni de escucharme escondida
en un tiempo precedente o siguiente. Así
más que valorarme me sigo incluso
me reservo me persigo abuso de estratagemas
porque temo sólo el momento en que
me perderé de vista.

Milán, 13 de abril de 1960

No querer y no hacer

A fuerza de no querer no he querido
a fuerza de no hacer no he hecho
demasiado rígida para afrontar
algo definitivo y también
algo efímero me han
excluido los pesos medios y por razón
opuesta los pesos pluma poco caracterizada
para hacerme categoría a mí misma y poco
ardiente para todo lo demás el desdén
me ha impedido pedir y un sentido
de la aventura osar donde todos osaban
hasta que he visto el miedo correr con alas
perforadas de todo esto no sabría a quién
dar la culpa sólo un anciano
habría sabido amar con la flamante
pierna de metal y el rostro fino como
una mariposa heroico combatiente
de Verdun.

Milán, 7 de junio de 1960

Alternancia

Todo se fundamenta en movimientos de alternancia
con un secreto de músculos y riñones
y desapasionada elasticidad en el invertir
el rumbo por invitaciones de sonido imperceptible
el corazón pesca en el vacío como una hélice
que no muerde entonces la obediencia a la seña
debe ser irreprensible bajar enseguida
con adhesión aristocrática y también
orgullo de casta hacia algo presumiblemente
sofocante como falta de aire o mal de asma
que extrae lentamente sudor en fisuras
de espeleólogos desclasados que gimen sin
saberlo al descubrimiento cada vez más adentro
de verdades hostiles en todo su cuerpo
viscoso de insignificancia hasta que actúa
el polo alternante y un destino definitivo
huye por un destino definitivo que sobreviene
con zancadas juveniles sobre objetivos al alcance
del aire y la luz donde es admitido un hacer
vagamente placentero y frases francas casi
desdeñosas e irresistible certidumbre de conseguir
sólo que dure en buena pose algunos momentos
todavía inagotable movimiento de alternancia.

Milán, 12 de diciembre de 1960

Sentido femenino

Ininterrumpidos pensamientos y acciones una sobre otra
para desbloquear la condición sin éxito
de un paralizante sentido femenino donde
en el puro impulso de liberarse no de esto
o de aquello sino de todo en el mundo de las cosas
gobernadas por otros con sonrisa descarada, se hunde
una aguja imperceptible que va quemando
que desciende dentro de heridas improductivas y
totalmente por cauterizar para ser
más bien silencio que algo
decididamente en segundo plano que pide ayuda
con ojos acuosos donde decae el miedo
connatural a las células más vegetales
continuo escalofrío de la vida y el sexo
en el torrente de los años devastadores que
ensanchan el campo visual con consecuencias
inevitables mientras la cosecha vira
hacia desechos ardientes con la única esperanza
que consiste en la redención de haber sabido
actuar como los primeros tiranos de sí mismos.

Milán, 26 de diciembre de 1960

Migración

Ocurrirá que con el impacto
de una herida precisa el enigma
que se oculta se resuelva en aireada
migración de la sangre nube
obediente al reclamo de situaciones
incolmables en la estela migratoria
de plumas irisadas dóciles
en vuelos de efusión en la felicidad
vertiginiosa que acompaña la rotura
de una vértebra o un músculo
rígidamente oculto la andadura
inocente de quien se mantiene
equidistante de la nada.

Milán, 23 de noviembre de 1961

Caso excepcional entre las mujeres de cultura, Simone de Beauvoir ha admitido en una entrevista reciente su deuda con las feministas, aunque con el habitual aire cansado de quien obedece a la Verdad: “Han radicalizado muchas de mis convicciones. Yo estoy más o menos acostumbrada a vivir en esta sociedad en la que los hombres son lo que son, es decir, opresores. Personalmente no lo he sufrido demasiado. Me he librado de la mayor parte de las servidumbres femeninas: la maternidad, la vida doméstica. Por otra parte, en mis tiempos había menos mujeres que terminasen los estudios. Conseguir una licenciatura en filosofía significaba situarse como una privilegiada entre las mujeres. El reconocimiento masculino fue inmediato: yo era la mujer excepcional. Lo acepté. Hoy las feministas se niegan a ser las mujeres-coartada como fui yo. Tienen razón”. Pero, precisamente, la vía de la Verdad lleva a abandonar el “caminito todo nuevo”: Teresa Martin sabía mucho sobre esto. Aun así, de Beauvoir se expone y yo la respeto, aunque no simpatice. ¿Quién de nuestras privilegiadas se ha atrevido a debatir, a prestarse a las críticas?

Cuando de Beauvoir confiesa tener “relaciones personales con mujeres solas, no con grupos o corrientes del feminismo” y trabajar “junto a ellas sobre cuestiones específicas”, nos hace entender qué es lo que le ha faltado en su experiencia para pasar de admitir el privilegio a ver su servidumbre. Toda la cuestión radica en eso: seguir convencidas de ser mejor que las otras, que las que no han tomado el camino de la inserción, que las que se han quedado en la “inmanencia”. Este concepto, que es uno de los temas centrales de El segundo sexo, me hizo sufrir cuando leí el libro por primera vez, poco después de que saliera en Francia. Dentro de mí tomé posición desde entonces: es uno de los muchos estímulos lejanos que dieron origen a Escupamos sobre Hegel. El feminismo no es una idea, es una práctica, y precisamente la práctica del grupo de autoconciencia, el contacto verdadero, nunca mantenido antes con mujeres no identificadas con la cultura, que, sin embargo, están buscando una cultura suya, desvela el engaño de un reconocimiento pagado al precio de construirse sobre la única imagen que el hombre es capaz de reconocer: la que él ofrece. Éste es el punto que de Beauvoir no acepta y sobre el que construye teorías defensivas: según ella, la mujer puede descubrir sólo lo que el hombre ha descubierto, los mismos valores. De Beauvoir no consigue captar modalidades femeninas ya sea porque no admite una acepción femenina de la existencia o porque la encuentra de algún modo formulada o elevada a valor en la mente omnívora de Sartre. Pero cuando en 1971 le enviamos la traducción francesa de Sessualità femminile e aborto no nos respondió. Unos meses después salió en Le Nouvel Observateur una entrevista suya donde encontraba “irritante y molesta la mística del clítoris”24 promovida por las homosexuales.

En el curso de pocos años, pocos meses, se han vuelto a crear alrededor o dentro del feminismo las tensiones enmascaradas típicas de los ambientes culturales. ¿Qué ha cambiado? Ciertamente algo ha cambiado, pero la tensión entre mujeres permanece porque el hombre permanece. Puesto que todavía es el interlocutor anhelado, siembra rivalidades. Y no habría nada de lo que sorprenderse si, precisamente, este efecto se revelara, se admitiera, como un problema que afrontar. ¿La cultura femenina de qué otra cosa puede nacer si no es de eso?

El feminismo ha reaparecido de improviso tras un largo silencio (las causas de este silencio, que son las causas de una derrota, me interesan, pero no podría “estudiarlas” porque sean interesantes, importantes para nosotras: algo tiene que suceder en mi vida que cree una concomitancia, un motivo personal) y con una cosecha de intuiciones desbordante. Todas habríamos querido que se respondiese a las intuiciones con nuevas intuiciones, a las subjetividades nacientes con nuevas subjetividades, enriqueciéndonos todas sin empobrecer a ninguna; viviendo la inseguridad sin institucionalizar roles o competencias para mantenerla a raya de forma externa; reconociendo las incomodidades y los movimientos que implica tanto en el sentido de la huida como en el de la resistencia; distinguiendo entre paz interior y pasividad, momento para la acción y activismo; aceptando los propios límites pero sin darlos por descontados; sobre todo buscando de qué forma la cultura, la civilización masculina son superables, una forma a nuestro alcance y que dependa de nosotras, de la vigilancia y del amor de sí.

Pero nos han asaltado dificultades imprevistas: lo que parecía al alcance de la mano volvía a ser un espejismo. Las relaciones entre nosotras representaban una incógnita que amenazaba con volver veleidosa cualquier formulación, cualquier gesto de buena voluntad.

Al principio del feminismo, cuando reconocí las renuncias a la expresión de mí misma que implicaba mi trabajo como crítica de arte, no vi otra posibilidad que la de retirarme y concentrarme en la liberación. Mientras que Solanas liquidó su pertenencia al mundo artístico con tres disparos de pistola, yo abandoné el mismo mundo, pero sin renegar de nada: la experiencia realizada no se merecía ser anulada con un gesto autodestructivo.

Aunque en el grupo, en contacto con mujeres que se habían mantenido apartadas de la cultura, experimenté entonces una verdadera añoranza de la integridad originaria de la que sentía que me había alejado; y en la desorientación de encontrarme deseando la resonancia en una mujer inexperta, tomé conciencia de mí misma. Pero luego, a través de vicisitudes tan intensas como reveladoras, descubrí que esa integridad era una proyección mía de valor, en realidad una forma de defensa en los plazos propios de toda historia individual, durante la cual no hay mujer que no tenga inexorablemente que digerir esa parte de implicación con la cultura y el hombre que le concierne. Y es ahí donde se revela a sí misma. Ni radicalismo revolucionario (trascendencia) ni reserva ignorante e inocente (inmanencia) están a salvo del destino común: es mejor saberlo, aunque hace falta sólo ir a estrellarse contra ello.

El feminismo corre el riesgo de institucionalizar la inhibición típica de las mujeres que establecen una hermandad ocultándose una a otra la existencia del mito masculino en una alianza que produce ideología, y el consiguiente desengaño. Negar la evidencia puede ser una necesidad inicial con la que se da crédito al reclamo de la propia autonomía, pero no puede continuarse hasta el infinito en la paradoja. El vacío cultural con el que identificarse no es la integridad originaria, sino un desgastar continuamente los vínculos inconscientes con el mundo masculino viviéndolos y tomando conciencia de ellos. La autenticidad posible de cada una se pone a prueba en ese proceso.

Esta conquista de certidumbre, nacida de una duda que siempre he llevado conmigo, casi tributo que debía pagar por haber intentado vivir frente a quien no tenía fuerzas para ello y que yo había absorbido como perpetuo reproche a mis deseos y a los actos que implicaban, me hizo entender que en nuestro grupo yo misma puedo haber funcionado como freno para las otras idealizadas por mí en su integridad, en el momento en que han buscado darse vía libre a sí mismas y a sus necesidades para digerirlas, como había hecho yo, aunque a su manera y con sus orientaciones. Una vez desvelado el mecanismo experimenté una atroz sensación de liberación saludable: carente de la hipoteca recíproca, la relación con las amigas se sustrajo de una ambigüedad que era fuente de sospechas y represalias. Más allá del desapego, existen nuevos desarrollos ya no fundamentados en la afinidad que sustenta un ideal.

Una mañana de hace unos meses, paseando por Roma, entré en una iglesia, y en el mostrador vi un opúsculo que me llamó la atención: Appunti autobiografici de la venerable Caterina Paluzzi. Lo compré y empecé a leerlo: no conocía ese nombre, uno de los muchos de santas, fundadoras de monasterios que, supongo, pululan en la historia de la iglesia, pero enseguida sentí que se establecía un contacto. Otra vez no me molestaron ni la diversidad de creencias, términos, rituales, ni una escritura al límite de la agramaticalidad (como la de Teresa de Ávila, por cierto), pero seguramente también por ese motivo fresca, eficaz y como fuera del tiempo. Que Paluzzi formara parte de la doctrina de la iglesia no importa para nada si allí dentro consiguió expresarse como no es fácil conseguirlo una vez vinculadas a una concepción del mundo. Tomemos las mujeres marxistas, por ejemplo, cuya ideología y actividad política han hecho estragos.

Hay un momento dramático en las cartas de Rosa Luxemburgo a Leo Jogichesen el que tiene como la revelación de qué estrago se trata.

“¡Querido!... Ayer por la noche, por un extraño conjunto de circunstancias, saqué la caja con las últimas cartas de mamá y papá, de Andzia y Jozio; las leí todas, lloré a lágrima viva hasta que se me hincharon los ojos, y me fui a la cama con un gran deseo de no volver a despertarme. En concreto, llegué a odiar toda la ‘política’ por culpa de la cual (garabateaba Von Stufe zu Stufe) no respondía durante semanas enteras a las cartas de papá y mamá, nunca tenía tiempo para ellos debido a esos deberes destinados a conmocionar el mundo, (y esto perdura) y llegué a odiarte a ti también por ser quien siempre me ha encadenado a esa maldita política. Me acordé de que fuiste tú quien me convenció de no hacer venir a la señora Lübeck a Weggis, para que no me estorbara mientras terminaba ‘el artículo de valor histórico’ para [Sozialistische] Monatshefte, y lo que ella me traía era ¡la noticia de la muerte de mamá! Ves con qué franqueza te lo escribo todo. Hoy he dado un paseo y me siento un poco mejor. Ayer estaba casi decidida a abandonar ‘de golpe’ toda esta ‘maldita política’ o más bien esta parodia cruenta de la vida ‘política’ que llevamos y a ‘mandar al diablo a todo el mundo’. Es una especie de estúpido culto al dios Baal y nada más, en el que se sacrifica la existencia humana sobre el altar de la propia deficiencia intelectual, de la propia confusión mental. Si creyera en Dios estaría segura de que Dios nos castigaría severamente por este tormento.”

Berlín – Friedenau, 20 de octubre de 1905

Me despierta la curiosidad imaginarme qué pensarán las feministas del futuro o, simplemente, las mujeres que vendrán al tener que pronunciarse sobre la actual recepción del Verbo por parte de las mujeres (también este feminismo se acabará, gracias a nosotras). Sería un buen interlocutor, un juez aceptable, en el caso de que no pudiésemos prescindir de ello. Teresa Martin en sus escritos fue censurada, al parecer, por las hermanas: no lo habría hecho ella misma, pero sí Kollontai, una comunista sexualmente emancipada. Aparte del esfuerzo, leerla o no leerla para mí ha sido casi lo mismo.

En el convento las monjas no tenían otro deber que el de ocuparse de sí mismas en una comunidad de mujeres, condición única entre todas, y lo hicieron, las que habían entrado en él con este deseo. Puesto que en el opúsculo de Paluzzi no hay la prohibición de reproducción, voy a transcribir algunos fragmentos. Ahora me pregunto: ¿qué mujer de cultura a finales del siglo xvi expresó emociones pánicas de su infancia? ¿O relató sueños? ¿O se enfrentó a los asaltos y los disfraces del inconsciente? ¿O consiguió orientarse entre las sutilezas que distinguen engaño y verdad en una vivencia? ¿O dio sentido al hic et nunc de cualquier descubrimiento? En la cultura no la hubo y no iba a haberla después salvo raras excepciones (indagar en los motivos de estas excepciones es algo que siento muy relacionado conmigo misma).

Los Appunti autobiografici de Caterina Paluzzi se habrían quedado fuera del mundo si, en 1971 , cuarto centenario del nacimiento de Caterina (fallecida en 1645 ), no los hubiese publicado un lejano pariente suyo, franciscano, por devoción y por orgullo de descendencia. Una casualidad, como por casualidad se publicaron el diario de Ana Frank y el de la anónima vienesa. El testimonio más antiguo que certifica el manuscrito como autógrafo de Paluzzi es anterior al mes de agosto de 1608 .

Carla Lonzi

[Hasta aquí el Itinerario… de Carla Lonzi. A continuación incluye pasajes de los Appunti… de Caterina Paluzzi].


Caterina Paluzzi

Alrededor de los cuatro o cinco años, me encontré en compañía de las otras niñas, aunque a mí no me gustaba estar en compañía. Me asaltó un pensamiento violento de observar la variedad de las criaturas, aunque yo no sabía por qué causa; así veía quién era pequeña y quién grande, quién bella y quién fea, y cómo cada una tenía su carácter sin poder cambiarse; y yo estaba pensando en quién sabía hacer tantas cosas que yo no lo conocía, y yo no sabía hacer nada y habría querido conocerlo para que me enseñara algo. Y lo mismo me aconteció otro día y fue contemplando la variedad del campo; y sentía afán de saber qué debía hacer para ir al Paraíso y huir del infierno. Y si bien yo no sabía qué era el bien del Paraíso, ni el mal del infierno, iba departiendo acerca de si bastaba no decir mal que yo no quería decir, pero yo no sentía que aquello bastase, y así lo pregunté a los de casa y molestos por mi importunidad y mi pregunta se burlaron de mí y me dieron una bofetada; y así me retiraba en algún rincón de la casa delante de alguna imagen y lloraba por no tener quien me enseñase; porque en ese tiempo en nuestra iglesia no se recitaba la doctrina, ni tampoco iban a la iglesia las chicas; y cuando veía a alguien rezando el rosario, iba a sus pies para que me lo enseñase.

Un día me vino el pensamiento de llorar la pasión de Cristo y no sabía lo que era; y entonces con la ocasión de la muerte de mi tío, recuerdo que, mientras la gente lloraba, yo quería llorar la muerte de Cristo, así la gente habría pensado que había llorado a mí tío, y entonces me retiré a otra estancia donde no había el muerto y me dispuse para poder llorar y no podía, porque no entendía qué era, pero me pareció ver a un hombre con las manos atadas, todo flagelado y comprendí interiormente que aquél era Cristo y era de una belleza infinita y así comencé a llorar. Otro día por accidente le vino un ahogo a una muchacha a la que yo conocía y pensé que se había ido al Paraíso. Cuando volvió en sí, yo la llevé a un lugar secreto para no ser vista y así la mimaba, no sé si era con manzana o rosquilla y le pregunté dónde había ido, y si había estado en el paraíso, y qué había visto, y si quería llevarme si volvía a ir, pero ella no me supo decir nada y yo pensaba que no me lo quería decir porque yo creía que todo el mundo buscaba lo que yo buscaba.

Otro día estaba departiendo conmigo misma qué podría hacer para ir al Paraíso, que yo sentía que estaba dispuesta a padecer cualquier gran tormento, y que si era preciso morir de fuego o espada o caer de algún precipicio me contentaba. Y entonces me asaltó un violento pensamiento de que debía hacerlo yo misma y así iría al Paraíso. Yo le respondí (¿al demonio?) que no quería hacerlo yo misma porque me quemaría y sola no sabría ir al Paraíso; pero si Cristo lo hacía yo me contentaba porque iría al Paraíso, porque él sabe y puede hacer todas las cosas. Ésta y otras cosas parecidas me sucedieron hasta los diez años más o menos.

Tras haberme sucedido cuanto he dicho comenzó una gran tribulación interior y exterior. La interior era de blasfemia y desprecio de ese Cristo que buscaba y del Paraíso, y me decía que no era cierto que se hallara y que yo me engañaba, pues el Paraíso era gozar en esta vida, y me mostraba algunos placeres de vanidad y que eso era el Paraíso. Sólo Dios sabe lo que pasé por eso, sin tener a quien decir una palabra porque en ese tiempo no tenía un confesor fijo ni tampoco habría sabido decirlo.

Por la imaginación luego cuántas formas feas; y a veces de noche me parecía que me diera bofetadas y cuando me parecía que me agarraba para llevárseme; y de día cuántas veces comparecía ante mí para asustarme y me llamaba por mi nombre. Mientras trabajando estaba con la cabeza baja, al alzarla para ver quién me llamaba, vi un toro negro, y yo no pensé qué era ese toro, pero se envalentonó tanto que me quedé muerta de miedo; y aunque yo sentía siempre interiormente una fe viva de que lo que buscaba existía, que eso lo hacía para engañarme y luego tuviera que arrepentirme si yo le creía. Y eso me era de gran ayuda y consuelo. Y particularmente cuando estaba aprendiendo a tejer me daba gran fastidio presentándose ante mí con varias y distintas formas de monstruos para asustarme. Así padecí una larga enfermedad, y los médicos no supieron nunca encontrar qué forma tenía la fiebre. Esas imaginaciones me daban tanto fastidio que no podía aquietarme ni de día ni de noche. A veces me cubría los ojos para no verlas y me duraron casi tres años... De noche me parecía que caminaba sobre serpientes y, si de día salía al campo, las encontraba en número infinito, pero no me daban miedo. Otro día encontré por casualidad a un joven que había ido a la universidad en Siena que hablaba con algunos de santa Catalina de Siena; me detuve a escuchar y oí que era soltera y era santa y me pareció sentir algo nuevo porque yo no lo había oído nunca porque en ese tiempo no era como ahora en nuestra iglesia, que siempre se oye algo espiritual que no aprende quien no quiere. Y tras haber oído acerca de esa gloriosa santa Catalina me llené de ánimo de que ella podría ayudarme y guiarme por el camino para servir a Dios y creía que ella todavía estaba viva y la esperaba por si acaso pasaba, que habría querido hablarle a fin de que me enseñara algo; y cuando veía llegar a alguna persona forastera pensaba si acaso fuera ella, y cada día sentía más sentimiento por ella y devoción.

[...]

Por la devoción que sentía hacia esa santa Catalina deseaba hacerme monja de su religión y así acudí a mi R. P. Confesor, que si a él le parecía bien me ayudara a entrar en algún monasterio que yo me contentaba de entrar como conversa porque creía que las monjas estaban siempre en oración y así imploré a mi padre y a mi madre que, por todo el amor que profesaban a Dios, no me impidieran y me ayudaran con lo poco que pudiesen; ellos animados por el amor que me profesaban, bastante conmovidos, me respondieron que ellos nunca habrían pensado que yo les diera tal disgusto; que habrían pensado que si entrase habría intentado salir para ayudarles en su vejez y necesidades de su familia; yo que no tenía prudencia ni caridad les respondí que bueno era el papel de Marta, pero óptimo el de Magdalena y después que estaba resuelta a servir a Dios incluso si me hubiera encontrado en Turquía; que ellos me habían de ayudar; que si yo no hacía bien para mí, no habría quien lo hiciera. Cuando recuerdo haberles dado tal respuesta siento pesar, pues la caridad quería que yo callara.

[...]

Estaba una noche tras el sonido del Ave María trabajando en el telar… y entonces me pareció ver encima de mí y enfrente que aparecía una luna y sobre ella se alzaba el sol y esos rayos que hacía me parecía que se me posaran sobre el cuerpo y en particular en el corazón y así entre el temor y la nueva visión permanecí maravillada y me pareció que me hablaba y me decía que yo debía ser monja como santa Catalina y que no debía marcharme de Morlupo y me parecía que me mostraba la casa donde debía vivir con las otras compañeras25 y que debía cuidar de ellas, y luego desapareció; y yo me quedé confortada pero con temor de que eso fuera engaño del demonio que lo hiciera para engañarme y entonces, recordando esa locura y la dificultad que había para llegar a eso, me decía para mis adentros que sería necesario que muriese mi padre y mi madre con su familia, y ni siquiera hablé de ello con mi R. P. Confesor. Al cabo de poco murió mi madre y poco después de ella murió mi padre y a mí me quedó el cuidado de casa con ocho hijos cuatro chicos y cuatro chicas y yo era la primera aunque uno de los chicos iba antes que yo. Dios sabe lo mucho que había por hacer. No por ello perdí ánimo de servir a Dios… Otra noche estaba en oración: me pareció que me agarraban y me levantaban del suelo y yo un poco asustada tuve miedo de que fuera el demonio que así quería engañarme y luego me quedé muy confortada y me pareció sentir interiormente una certidumbre de que fuera santa Catalina y durante la noche soñé que venían dos volando, aunque yo no vi que tuvieran alas, pero vi que venían del cielo y querían cogerme y yo estaba pensando quiénes eran y me pareció oír que habían venido ambas para enseñarme a volar y que eran santa Catalina de Siena y santa María Magdalena; y yo dije que no me movieran que pesaba, que no me dejaran en la calle que yo me colgaría de ellas y que las tiraría hacia abajo y me pusieron en medio de las dos y me llevaron volando y cuando estuve en mitad del aire quisieron soltarme y yo me colgué de ellas y ellas riendo me abrazaron y me llevaron a un lugar de mucha suavidad; y eso no fue sólo una vez, sino infinitas; y me llevaban a algunas iglesias y en particular a San Pedro en Roma y a la Santa Casa de Loreto y otros lugares parecidos que cuando luego he ido a ellos he encontrado la misma cosa. Tantas veces me llevaron volando hasta que me enseñaron a volar por mí misma y me volvieron a poner en tierra y yo sola, desde el suelo, volaba hasta al cielo y llamaba a las otras compañeras que les quería enseñar a volar que esa era una agradable cosa.

[...]

El día de san Miguel Arcángel de mayo murió mi padre y yo había estado muy afligida durante los ocho días que duró su enfermedad no tanto por la pérdida de él como por el cuidado de casa que me quedaba y porque me parecía que eso me era un gran impedimento para alcanzar la perfección. El mismo día que se hicieron las exequias yo estaba en la iglesia y había comulgado haciendo oración particular por el alma de mi padre y me vino la quietud habitual y ese calor, y me pareció ver llegar a Nuestro Señor y a santa Catalina y les encomendé su alma y me pareció que ellos me llevaron adonde él estaba, que me parecía que era el Purgatorio, y luego me dejaron y me parecía ver a mi padre con grandes tormentos y que él parecía que se encomendara a mí como si yo hubiese podido liberarlo de esas penas y me pareció que me dirigía a ellos dos que me parecía que estaban lejos y que les gritara con gran voz y lágrimas que liberaran a mi padre de esas penas que no me importaba quedarme yo en su lugar y me pareció que él miraba a mi padre y se lo acercaba. Me volví a encontrar en la iglesia tan cansada de llorar que me parecía que hubiera sido verdad.

[...]

Esta mañana me sentía mal, y ahora me siento bien. Por la noche, cuando quise ir a la cama... me pareció ver en la cama un jardín de flores, y al dormirme soñé que veía a mi madre que estaba muerta, y me traía algunos trozos de oro y me los mostraba; y yo los miraba pero no los cogía, y ella me dijo que los cogiera que los había traído para mí; y cuando quise cogerlos me punzaban. Yo temía que me hicieran daño, pero por la belleza que tenían los cogí, pero cuando los tuve en la mano se convirtieron en ángeles vivos. Mi madre me dijo que yo sabía qué era aquello, y yo le respondí que no lo sabía, y ella me respondió que así eran las mortificaciones; que no serían mortificaciones si no punzaban, porque van contra el sentido, pero tras haberlas hecho serán ángeles para vuestra alma, y ella desapareció y yo me desperté toda confortada.

Tras haber sucedido lo que he dicho me crecía cada vez más el deseo de tener las mortificaciones y quien me las hubiese dado me parecía que me daba el Paraíso, aunque yo no mostraba nunca con las palabras que mi intención fuera tal, porque tenía miedo de que fuera hipocresía, porque antes habría sido considerada incapaz de tal virtud o tal otra que observante; y si iba entre la gente me avergonzaba de mí misma y temía hablar y actuar por el bien del prójimo, porque, por mi imperfección, en lugar de hacerles bien no les hubiera causado mal; porque no me parecía hacerlo con esa caridad y perfección con que lo hacían las otras; y si caminaba siempre temía que la tierra se abriera bajo mis pies por mi ceguera e ingratitud…

[...]

Me ha sucedido más veces que tanto fuera de la oración como en ella de improviso me vienen ciertos arrebatos de amor de Dios a guisa de un potente rayo, me parece que me atraviesa y se me detiene en el corazón, y hace que me quede fuera de mí y tan enardecida como embriagada por unirme con su divina majestad que siento que me desmayo…

[...]

El día de la misma fiesta por la mañana quise retirarme en mí misma para prepararme para tal solemnidad: me añadió tal confusión de mí misma que fui el impedimento de la propia preparación y no sólo para mí sino para todas las otras por mi ingratitud hasta el punto de no osar alzar los ojos del suelo, y quería que la propia tierra me cubriese para no oler mal ni causar escándalo, primero ante Dios y luego ante el prójimo, como me lo causo a mí misma que querría ser objeto de abominación para toda criatura como lo soy para mí misma, que me avergüenzo de ser vista, porque si así fuera no sólo no se me acercarían, sino que me rehuirían y me expulsarían de la iglesia y yo me conocería más a mí misma y así empezaría a servir a Dios con ese medio, y entonces siento que me deshago en lágrimas por confusión de mí misma que no oso acercarme al Santísimo Sacramento del altar: y después de haberme acercado con muchas lágrimas y vergüenza a recibir tanta pureza como es Nuestro Señor cuando debo decir esas palabras “Señor, no soy digna” no me parece que haya criatura que lo pueda decir con tanta verdad como yo.

Tras haberlo recibido me colma cierto estupor y maravilla que hace que me quede atónita y con cierta luz extraordinaria que me atrapa y me deja fuera de mí misma y parece que sienta pena de oír y ver las cosas de la presente vida y me parece que lo entiendo, tan fuera estoy de mí presa de esa nueva luz.

[...]

Cuando recordaba que hacía meses y años que no me aquietaba nunca ni de día, ni de noche, me entristecía pensando que en todo el tiempo de mi vida no me aquietaría nunca, yo me decía para mis adentros que no quería pensar en el pasado pues ya no me da fastidio, ni en el porvenir, Dios sabe si lo tendré, así que quiero pensar en pasar bien la hora presente…

[...]

Cuanto he dicho más arriba parece que no sea a propósito… pero yo lo he dicho en más sentidos que uno. Primero porque desde el principio puede conjeturarse el final, y porque he deseado enormemente saber qué principio han tenido las otras que han pasado las mismas materias interiormente, y qué sentimientos habían pasado antes de aquietarse y probar espíritu: pero no he podido encontrarlo nunca y me hubiera sido de gran ayuda y alivio; y por eso digo lo que he pasado yo.

[...] tras haber pasado muchas veces por estas locuras mías habituales, un día estaba en casa sola trabajando y estaba triste y creo que también lloraba departiendo para mis adentros sobre el peligro en el que me encontraba por esas cosas imaginarias y que el demonio en ese camino me hiciera caer diciéndome a mí misma: Señor, sabéis bien que yo no he deseado serviros para tener consolación, ni por curiosidad de saber, ni sentir cosas extraordinarias porque me basta creer lo que cree la Santa Iglesia y tengo gran envidia de aquellas que os siguen con la cruz porque muestran un ánimo generoso y constante de serviros por puro amor como yo querría; pero cómo lo haré Señor para saberlo. Liberadme si esto es engaño del demonio...

No dudéis esposa mía...yo doy la gracia conveniente a cada criatura y elijo y llamo a todos por aquel camino que es más oportuno para su bien, aunque a cada uno le parezca que si se hallara en otro estado que en el que se halla haría grandes cosas...

Las señales que tenéis de mi visita... Al principio sentiréis temor por miedo de ser engañada y luego os daré luz y cognición de mi alteza y de vuestra bajeza... y cuanto más hagáis para purificaros menos os parecerá haber hecho y estar purificada y así siempre sentiréis nuevo afán de purgar y purificar vuestra alma para poder amarme, y luego os dejará quietísima y toda confortada y resignada en mi divina voluntad y beneplácito… Cuando luego será engaño del maligno espíritu, si no tenéis señal exterior la tendréis interior y serán éstas y otros parecidas. Primero sentiréis cierta alegría y luz, pero no quietud, y sentiréis curiosidad por sentir y saber cosas nuevas para poder luego relatarlas, y os hará sentir y ver por vos misma ser merecedora de muchas gracias por haberos ejercitado en la adquisición de la virtud, y luego os dejará con temor e inquieta que por vos misma no sabréis declarar por la confusión que os dejará y cierta estima oculta por vos misma y complacencia secreta que no os parecerá poder defenderos y aunque os ejercitéis en los actos de humildad exterior no los sentiréis... y cuando os sea dada alguna advertencia sentiréis interiormente que no deben oíros ni entender lo que decís; que si os oyeran y entendieran os tendrían en cuenta y siempre iríais buscando quien os haga buena la partida. Y si decís ocultar la virtud querríais que todo el mundo lo supiera y os tuviera por tal y os parecerá haber llegado al final que ya no necesitáis tanta mortificación interior y exterior sino manteneros con lo que habéis tenido y siempre os hallaríais en un mismo estado y antes volveríais atrás que ir hacia adelante y creceríais en tinieblas y no en luz para conocerme.

[...]

Según mi poco juicio me parece que esas visiones imaginarias las primeras veces que se pasan entrañan mucho peligro de algún engaño y por eso debe estar muy bien advertida aquella que las pasa y relatarlo todo al P. Confesor; y si él no es capaz y no lo entiende, debe aconsejarse con quien entienda y no mandar a los penitentes ni a éste ni a aquel porque siendo de diferentes humores las penitentes se aferrarán a aquel que más les plazca y no sabrán si para ellas es bueno o malo ni si deben considerar siempre buenas o sospechosas aun cuando fueran buenas porque siempre están en temor. Y si las penitentes están dispuestas a creer lo que les decís y a obedecer sin buscar otra cosa, consideradlo buena señal, porque quien tiene la verdad dentro de sí poco se preocupa de encontrar a quien le haga buena la partida. Pero cuando quieren multiplicar las palabras y defenderse diciendo que no son engaños, entonces son peligrosas, aunque no lo harán con malicia, ni tendrán mala intención, sino que les parecerá que así sea.

Mito de la propuesta cultural26


Incongruencia

Escribir es un acto público. Se escribe para expresarse y para tener repercusión, para que otra pueda expresarse y tener repercusión. Cualquier otro modo de escribir es una manifestación de inserción cultural. Si no nos reconocemos la una a la otra quien es reconocido es el hombre: de esta manera se difunde su cultura.

Es lo que encuentro en el libro de Lea Melandri “La infamia originaria facciamola finita con el Cuore e la Politica!” (ed. Erba Voglio, 1977). Melandri señala el problema de forma indirecta confesando sentir “embarazo y sufrimiento al tener que mantener la contradicción de un trabajo individual dentro de una práctica común con otras mujeres” (p. 7). Lo que quiere decir que es un problema tomar la palabra en público mientras las otras hablan solo en privado, y por tanto pueden sentirse prevaricadas. Pero formulado así el problema se desliza hacia una captatio benevolentiae. De hecho, el paso del hablar al escribir es una toma de conciencia de sí que no puede volverse contra quien lo ha hecho —a no ser que se trate de un paso instrumental.

Cuando a Melandri se le presenta la ocasión de corresponder a quien le ha ofrecido algo no anónimo en ese grupo extenso que es el feminismo, calla, mejor dicho, niega. ¿Por qué no aprovecha para disminuir el embarazo y el sufrimiento que dice sentir al hacerse protagonista entre quienes no lo es? El caso al que me refiero es la distinción entre una sexualidad femenina y una sexualidad impuesta por el hombre sobre la que Melandri basa esencialmente sus argumentaciones.

Esta distinción se remonta exactamente a “Sexualidad femenina y aborto” y “La mujer clitórica y la mujer vaginal”, es decir al ’71 , año en el que Melandri declara haberse acercado al feminismo: “Debo decir que desde el primer impacto con el feminismo en el ’71 , cuando aún se hablaba de análisis de lo profundo, cuando el problema era aún el de reconstruir la fisionomía social y política de la problemática vinculada a la relación hombre-mujer, ya entonces, a mí personalmente, se me presentaba la exigencia de releer y reconstruir mi historia sobre la base de la conciencia política que adquiría” (p. 122).

Al contrario, ya entonces, a mí personalmente me había pasado escribir y publicar un cuaderno sobre el sexo, fruto de una toma de conciencia que había hecho en el grupo de Rivolta precisamente en Milán, y que en cualquier caso no derivaba del análisis de lo profundo.

¿Por qué Melandri no me da lo que me corresponde? Entre los motivos de su vacilación a la hora de publicar la recopilación de sus escritos leo: “ambición mal disimulada de decir cosas totalmente originales” (p. 7). Pero yo había dicho algo original, y esto Melandri no puede aceptarlo ya que ella considera un éxito justo el haber renunciado a ello. En el lugar de la necesidad está la envidia y por tanto la anulación de la otra que no puede, no debe existir.

Melandri no especifica qué es esta sexualidad femenina, la ensombrece en términos eruditos “sexualidad pregenital” (¿por qué pre-algo más? ¿por qué definirse en relación a lo otro?). Sea como sea ¿puede no tener que ver con la subversión entre vagina y clítoris, entre identidad vaginal e identidad clitórica? No, no puede. En 1971 escribí: el sexo femenino es el clítoris, la vagina es el lugar de la colonización masculina y de la procreación. Melandri no tiene ni idea de qué es afirmar por primera vez algo parecido. No tiene ni idea de porque no ha tenido la experiencia de ello.

No cita ni a una sola mujer: su debate se desarrolla todo, pros y contras, con nombres y apellidos, en un ámbito masculino. Toma en consideración las objeciones a la práctica del inconsciente que pueden venir del mundo político, de los marxistas; ni una palabra sobre las objeciones que vienen del feminismo, gracias al cual se ha situado en la vía de la autoconciencia. Pero ¿qué clase de política femenina es esta?

Y podría continuar: Melandri no hace referencia tampoco a “Escupamos sobre Hegel” (yo hablo por mí), ni en los puntos donde concuerda ni en el significado más general de texto feminista que ha abierto una brecha en los chantajes marxistas hacia las mujeres y en el planteamiento patriarcal de la política y de la revolución. ¿Cómo ha podido pasarme por encima? ¿Por qué afirmar que en el ’71 los discursos políticos de dentro del feminismo eran “aún bastante tradicionales” cuando los puntos novedosos eran tales que no podían ser acogidos sino era echando por tierra la injerencia política del ’68 ? Injerencia que Melandri, con el conveniente reconocimiento típicamente mal puesto pero justamente admitido, recuerda: “En la fantasía, el estar entre mujeres se asociaba continuamente a la idea de ser fagocitada, ahogada por la madre… como si la existencia, ese atisbo de existencia que yo creía haber encontrado después del ’68 , estuviera aún estrechamente vinculada al mundo masculino. (Había comenzado entonces mi participación en la revista L’Erba Voglio)” (p. 123)

¿Por qué esta ligereza de pasar por alto los momentos de la expresión de otras de los que se obtienen verificaciones y confirmaciones?

O no se trata tanto de verificaciones y confirmaciones como de soportes culturalmente establecidos. Creo que es el caso de Melandri, por su tesis en la que profundizar. Así advierto la incongruencia de sufrir por ella, y al mismo tiempo no compartir la forma con la que conecta la distinción entre sexualidad femenina y sexualidad impuesta (distinción que para mí solo tiene valor en tanto que refleja datos recabados en la autoconciencia) con la interpretación psicoanalítica de la Madre. Esta incongruencia es el indicador de un viejo problema mío: siempre he sentido tal necesidad de repercusión para calmar el ajetreo ininterrumpido con el que yo trataba de mantener la confianza en mi expresión, que las imposibilidades de otra me afectaban sobre todo como una privación infligida a mí misma. Como algo (repercusión) que me era arrebatado y no como cualquier cosa (conciencia de sí) que la otra no estaba en posición de dar. Pero sin poder dejar de poner en relación la no conciencia de sí con una dependencia del hombre (cultura), terminaba por sentir justificada mi agresividad, aunque en un segundo momento tenía sentimiento de culpa por haber reaccionado así ante las imposibilidades de otros. Desde este tormento poco a poco me he dado cuenta de que no existe una conciencia de sí sin otra conciencia de sí, y que esto se verifica en la repercusión. El sentido de culpa implicaba el hallazgo, sobrevenido a continuación, de que mi vía de salida y la de otra se entrelazan. El feminismo, es decir el grupo, ha tenido para mí este significado.

Hasta ahora he encontrado confirmaciones, indirectas, en quien, por ejemplo Solanas, se expresa aceptando la urgencia y el riesgo de una condición solitaria, más que en quien ha podido contar la práctica con otras mujeres en pleno feminismo como Melandri, de la cual me separa justo el tener en común algunos presupuestos con un significado muy distinto. Solanas está presa de la incomodidad de odiar a los hombres, de este estrés surge la lucidez sobre ellos. Si bien lejos de su odio, que en el pasado he deseado a menudo sin alcanzarlo como elemento resolutivo de dudas y medias verdades, advertiría lo pusilánime de la historia de una opresión como la nuestra sin su voz. Me pregunto: ¿por qué el obrero de Bovisa27 no debe saber qué es el odio de una mujer? ¿Por qué ponerlo a salvo de la expresividad? ¿Tal vez en otros campos es habitual reservar tratamientos blandos a quien debe tomar conciencia de prevaricar? ¿Por qué los ataques directos se mantienen suspendidos hasta que no se haya encontrado la forma de ajustarlos entre dos citas de Marx? ¿Por qué acercarse a los hombres como si fueran niños que necesitan recitar las propias verdades adoptando el lenguaje de sus libros de lectura? ¿Por qué esta gravedad, esta aflicción? Para hacerles entender, es decir, para no perder la conexión cultural. ¿Entonces cuál es la práctica que deteriora la Política (y las mayúsculas en general)? ¿La de “hacer preguntas que molestan al poder-saber constituido”, o bien hacer todos los gestos de expresión de sí y de reconocimiento de la otra que abran las puertas del limbo en el que las mujeres buscan, sin encontrarla, una encarnación real? El bloque tiene que ser forzado una a una: este es el paso necesario para el nacimiento de la propia individualidad, el presupuesto de cualquier cambio.

Cada una de nosotras debe dar por descontado los mitos, debe hacerlo para liberarse de ellos. Pero debe aceptar que las otras distingan las aperturas reales de las aparentes. Cito de la “autobiografía política” de Melandri (“Per un’analisi della diversità”, 1975) con la que termina el volumen: “También porque yo he tenido un gran interés intelectual en la relación con el hombre, siempre he buscado relaciones en las que había creatividad y posibilidad de elaborar algo juntos. Entendía que con las mujeres habría debido crear algo igualmente intenso tanto afectivamente como intelectualmente, para poder distanciarme del hombre” (p. 125). Y luego: “…tener experiencia analítica no es ser expertos, sino tener conciencia de lo que se juega a nivel profundo y estar habituados a poner atención ahí” (p. 125). A mí me parece que Melandri se ha dado un tiro a sí misma cuando se ha propuesto distanciarse del hombre a través de relaciones igualmente intensas con mujeres (¿por qué distanciarse del hombre? no lo dice, en un ámbito feminista le parece algo por descontado, pero no lo es: como dato personal alude a la angustia del abandono). Dado que no lo ha logrado, como demuestra el libro en cuestión, solo ha afirmado haber estrechado relaciones intensas con mujeres y contemporáneamente llevado a cabo su lazo intelectual con el hombre.

En suma, me admira encontrar en Melandri tan poca conciencia a propósito de su relación con el hombre, la cultura, la política. No sé cómo podía pensar desviar un deseo tan arraigado solo haciendo una interpretación de por qué está tan arraigado y tomando medidas basándose en esa interpretación. Cito más: “…decía: veis que yo estoy mal, vengo aquí pero esta noche he tenido una pesadilla, ha sido terrible, el pensamiento de encontrarme solo entre mujeres restaura en mi interior los fantasmas del miedo. Yo insistía mucho en las resistencias que nacen en las mujeres con respecto a una práctica que las ve separadas de los hombres. La elección de la autonomía me convencía inmediatamente a nivel político, pero a nivel profundo me despertaba temores” (p. 122).

Melandri no tiene ninguna duda sobre si hay motivos de autenticidad para estar mal, y no en el estar solo entre mujeres; ninguna duda sobre si las resistencias corresponden a un momento suyo particular de relación con el hombre; ninguna duda sobre si el nivel político del que estaba convencida fuera aún una hipoteca ideológica sobre ella; ninguna duda de que los temores no manifestaran algún mensaje de confirmación a nivel inconsciente.

En suma, para Melandri, estar mal entre mujeres es fruto de resistencias debidas a la elección de la autonomía con respecto al hombre. ¿Se puede imaginar algo más predeterminado? Según mi experiencia, se está mal entre mujeres cuando esta elección de autonomía es ambigua, cuando el hombre está presente, pero escondido por una connivencia ideológica. Se empieza a estar bien entre mujeres cuando el problema está admitido, signo de que la necesidad de autonomía no se presenta ya como un deber ser, un deber demostrar, sino como búsqueda de sí y de la conciencia de sí.

Por el contrario, la formulación de Melandri suprime toda señal personal del problema y revela que su atención se dirige no tanto a lo que ella vive cuanto a la propuesta cultural que de ahí puede salir. Y el destinatario de una propuesta cultural, cualquiera que esta sea, es el hombre. Cada una elabora un tipo de propuesta cultural según el hombre que tiene en la cabeza puesto que cada una lleva al feminismo su fe cultural, si de un modo u otro no la ha consumido viviéndola. Habiéndola vivido como para consumirla. La autoconciencia no es una propuesta cultural. Pero tampoco es amontonar historias sobre historias como parece entenderla Melandri. ¿Por qué no se refiere a un texto que existe y que se llama precisamente “Autoconciencia” de Alice Martinelli? Es del ’75, año en el que Melandri escribía su “autobiografía política”: la diferencia salta inmediatamente a los ojos. Alice Martinelli aspira a la aceptación de sí, Melandri justifica su no lograr aceptarse, la justificación es ofrecida por una teoría.

La tesis de Melandri sobre la Madre como primer objeto de amor, precisamente por su ambición de convertirse en una tesis clave de la identidad femenina en lugar de una etapa de autoconciencia, funciona como pantalla respecto al nudo de la identidad: echado por la puerta, el problema aparece por la ventana como objetivo cultural. De hecho Melandri no se expresa: habla sobre sí, se interpreta, por consiguiente es todavía prisionera de una sujeción que la impide salir al descubierto. ¿Sujeción a quién? ¿Ella quién es?

Yo no tengo teorías que contraponer, solo puedo decir que esta formulación de la Madre expresa la censura típica de las mujeres que hasta ahora se han solidarizado a condición de negar recíprocamente, racionalizando, la propia mitad en el hombre. El feminismo ha heredado este presupuesto de la realidad de la relación entre mujeres.


Ninguna Respuesta

Este cambio de rumbo de las relaciones, en los grupos feministas, hacia el análisis de lo profundo o práctica del inconsciente no me va por diversos motivos, pero sobre todo porque, por más que se diga que no existe ya analista ni analizada, hay circularidad, etc. No es verdad: existe la cultura del análisis. O sea: lo que se dice se abandona y queda solo lo que, como teoría, es elaborado.

Siempre me ha impresionado como característica de una relación institucional el hecho de que ni la iglesia ni el psicoanálisis hubieran sabido qué hacer con ese momento de contacto individual representado por la práctica del confesionario y de la cama. La cultura del pecado y de la enfermedad mental estaba allí para destruir la expresión de una vivencia que desbordaba bajo impulsos incontenibles de sufrimiento. Si pienso en momentos en los que la desilusión humana puede haber tocado cumbres me vienen a la cabeza estos dos tipos de confesión.

Si uno se dirige a las instituciones quiere decir que en su vida privada ha llegado a un impasse en la comunicación, que ninguna de las relaciones que se ha creado logra satisfacer su necesidad de repercusión. Esta necesidad no puede estar satisfecha tampoco por las instituciones que sin embargo, en cuanto tales, saben cómo tratar a un individuo que ha llegado a tales extremos. La una promete restituir la paz liberándolo del pecado, la otra de la enfermedad mental. Desde entonces esta persona ya no solo es incapaz de procurarse una repercusión adecuada, sino que ha encontrado una escucha inadecuada que precisamente se le garantiza como lo justo para ella. De este equívoco comienza la construcción de su identidad como respuesta coherente con las premisas culturales.

Si no se imaginan alternativas no queda más que contar mil bondades de lo que hay y que sirve como conmutador de situaciones intolerables en situaciones tolerables. Tolerables por conformes a una cultura que con sus dogmas se graba como principio de autoridad en la masa fluida de un ser y la solidifica. Pero cuando la alternativa es intuida y experimentada, entonces la adopción del statu quo cultural ya no tiene razón de ser.

¿Por qué la autoconciencia ha sido malinterpretada y abandonada en muchos grupos que dicen haberla hecho sin haberla hecho? ¿Por qué se ha considerado un paso adelante haberla sustituido por la práctica del inconsciente? Porque en la cultura masculina y sus derivados en femenino nadie entiende nada de la expresión de sí en cuanto tal.

En estos años en el feminismo se han escuchado y dicho un montón de palabras: ¿quién sabía cómo meterlas mano? Se pasaba del entusiasmo a la incomodidad, del todo claro al todo confuso. Hasta que pareció una salvación la intervención de la interpretación psicoanalítica, no como asunción de doctrina, sino como búsqueda de una doctrina “nuestra”. Siempre he sentido que las cosas comienzan a ir mal no en los gestos clamorosos de abdicación sino en propuestas constructivas28.

Se necesitaba una escucha distinta (repercusión) y una palabra distinta para un diálogo efectivo, ese del cual todas advertíamos la falta. Bastaba con no tirar al mar las premisas, no ser presas de la urgencia de presentar un balance. Sobre todo bastaba con neutralizar el momento cultural, el no expresivo, exponerlo, analizarlo, desacreditarlo, desenraizarlo de la tierra fértil de la aprobación masculina.

Muchas habían perdido la naturalidad a la hora de expresarse, desde luego las más culturizadas, y les parecía que no la podían reencontrar (de esto nos hemos percatado con horror en los grupos): para ellas la práctica del inconsciente representaba una tentación pero, para las otras no conscientes de una expresión que constituía su hilo de Ariadna, ¿por qué dirigirse hacia donde la palabra viva se toma en consideración como si estuviera muerta? En los grupos se instauró una insensibilidad hacia la expresión, insensibilidad debida precisamente a una culturización ansiosa por convertirse en operativa.

Y a esto llamo autoconciencia: hacer de manera que quien hable tome conciencia de que encontrarse a sí mismo es reconocerse en la expresión de sí, que no existe verdad fuera de la adhesión o del uso de claves interpretativas. Cierto es que no resulta fácil, a menudo es desesperante, pero ¿quién ha dicho que sería fácil y no desesperante?

Si yo he vivido tensiones dolorosas y extravíos no ha sido porque no supiera que la Madre me ha traicionado, sino porque las mujeres continuaban haciéndolo, con la misma inconsciencia y mimetización, por lo que no encontraba un eco adecuado y perdía la confianza hasta el punto de que habría podido renunciar a mí misma. No he renunciado, no he enloquecido. Y no he renunciado porque no he dejado de buscar a quien pudiera darme repercusión y no me he desanimado cuando me he dado cuenta de que la repercusión era parcial porque he intentado enlazar relaciones que la involucraran cada vez más.

El padecimiento del caso de Dora no lo es tanto por la inadecuación de Freud para interpretarla (cada interpretación satisface a quien la hace no a quien es objeto de ella), como por el hecho de que no hubiera otro tipo de escucha y de conversación para la pobre Dora que la de con alguno que la habría interpretado recabando teorías. Es ese otro tipo de escucha que aún no hemos logrado aplicar fuera del feminismo, no obstante está allí, está alcanzado. Como cada una de nosotras, Dora quiere expresar una complejidad de emociones y de interrogaciones, cerciorarse de si es legítimo sentir lo que ella siente y de lo que parece no haber rastro en la creación. La falta de repercusión produce sobre quien la sufre el efecto de no existir, de ser un error viviente, y se configura como Pregunta que necesita una Respuesta. Ofrecerse como Respuesta a quien no puede más que formular la Pregunta, no provoca más que continuar en esa inconsciencia de sí que se manifiesta precisamente en el diseño de esta relación.

En el feminismo existe la expectativa de una Respuesta, y una invocación permanente a una teoría que evite el estancamiento no hace más que reclamarla por vía indirecta, mientras que yo veo que solo la demolición de tal expectativa puede liberar energías inferiorizantes (no conscientes) que permanecen inoperantes en el mundo femenino y dar espacio a la autoconsciencia, es decir, a esa presencia de sí mismas en cada instante que cala en el presente y hace tocar la sustancia de sí. La identidad surge de esta radical renuncia a una Pregunta y por lo tanto a una Respuesta: hace añicos la Pregunta en millares de expresiones de conciencia que reclaman en el diálogo millares de repercusiones, la repercusión (y no la Respuesta) al tener el efecto que la expresión de la otra conciencia produce en mí cuando me pongo en contacto con ella.

No ha sido poca cosa haber pronunciado la fórmula “talking cure” (“curar hablando”) por parte de Anna O., la paciente de Breuer: él iba y la chica hablaba. Después de haber hablado estaba mejor, pero ¿era esa escucha por lo que la chica hablaba? Sin saber continuar por el camino por ella indicado, nosotras hemos comenzado a escribir y publicar nuestras autoconciencias. El hablar solamente es demasiado aleatorio, no queda rastro de nada, ni de lo que se ha dicho ni de lo que se ha escuchado: las mediaciones tienen todas las posibilidades de interferir.

Las relaciones con mujeres y la palabra personal escrita representan la condición distinta del pasado, tal vez decisiva, para dar una salida a las mujeres que ven en la autonomía de la cultura la posibilidad de fundar relaciones, diálogos y expresiones de sí.

Las disparidades entre los seres dependen de la disparidad de reconocimiento y de escucha. Ahí se inferioriza, se desaparece si no se encuentra espacio para el propio ser y su manifestación. La disparidad del encuentro psicoanalítico, también en sus formas salvajes dentro del feminismo, está en esto: que la analizante puede contar con una cultura que la reconoce en sus teorizaciones, mientras que la analizada29 no puede contar con una cultura que la reconozca en su expresión. Es esta última la que debe hacer el recorrido en el terreno de los demás.


Diálogo

¿Qué es hoy nuestro grupo? Es un grupo de mujeres que descubren el verdadero motivo para estar juntas cuando todos los motivos ideológicos, pese a que sirvieron como reclamo al comienzo, han caído. Otras mujeres poco a poco se han alejado. Aquellas que quedan sin tener ninguna razón para hacerlo más que el deseo y la intención de hacerlo, esas constituyen el grupo.

Esto vive de su misma vida, es decir, vive de las relaciones que logra desarrollar, de las crisis de las relaciones, de las reactivaciones y de las clarificaciones, vive de todo lo que llega a poner cada una frente a sí misma y a las otras.

Si hay un ámbito donde la vida se parece más a mí misma, me resulta más agradable, responde más a aquello por lo que soy y me siento adecuada, este es el grupo. Y me siento adecuada no porque sea un rincón protegido y selecto de encuentros, sino al contrario porque puedo dar a los encuentros toda la amplitud, la aventura y la evolución que ni la vida privada ni la pública, ambas estructuradas y transformadas en previsibles por los roles, me han permitido experimentar como aportación mía.

La conciencia de mí como sujeto político nace en el grupo, de la realidad que ha podido recoger una experiencia colectiva no ideológica. Haber logrado hacer existir este tipo de grupo nos ha dado la medida de nuestra capacidad de salir fuera de las estructuras y de los esquemas masculinos, de liberarnos de su poder de opresión, de comenzar a existir por lo que somos. No es más que un paso, pero de naturaleza política. Nos ha hecho entender qué es estar juntas potenciando ser sí mismas en lugar de traicionarse, nos ha permitido vivir un sentido de completud que históricamente nos faltaba como criaturas perennemente gregarias.

Cuando se dice que la Política ha terminado se alude al hecho de que ha terminado la confianza en una concepción ideológica del ser humano al cual se dirigía la Política y por el cual se planteaba tanto la restauración como la revolución. Ya en el primer Manifiesto nos habíamos pronunciado contra la ideología y en los primeros años del grupo nos hemos debatido para eliminar esos restos que llevábamos encima incluso sin querer. Hemos confiado en el diálogo.

Así nos hemos dado cuenta de que el paso de una concepción ideológica a una no ideológica de la sociedad se detiene precisamente en el caos indistinto que el hablar provoca al no ser ya sostenido por el modelo ideal a través del cual los individuos se ponen en contacto los unos con los otros dirigiéndose a metas comunes. Apenas hay orden hay acuerdo sobre valores, cuando eso estalla sucede la disgregación.

Es en este preciso momento cuando un grupo como el nuestro se forma y continúa adelante, no porque haya propuestas, sino porque recupera y lleva a la conciencia una confianza en el diálogo que forma parte del pasado femenino y que ha sido siempre aplastado por la omnipresencia de ciertas ideologías. Que el feminismo no se dé cuenta de este ámbito suyo de actuación y venda, por cuatro monedas de aprobación instrumental, su idoneidad en el punto de inflexión, me parece la mofa más colosal que una Cultura y una Política hayan logrado nunca organizar en los agravios a los sometidos.

Dicho esto, no sé qué le puede pasar al grupo y a mí que formo parte de él. Todavía tengo la tendencia de protegerlo por delante de mí misma, pero es solo un mal hábito. En efecto no puedo afirmar nada. Cuando al comienzo escribía “El problema femenino… no es dirigido ni organizado, ni difundido ni promocionado”, ponía en el punto de mira la salvaguardia de un estado de autenticidad entre las mujeres que ha sido malinterpretado como espontaneísmo político, y ahora sufre esa suerte. Los llamamientos a la organización que se escuchan cada vez más insistentemente en el feminismo son señales de cansancio de un movimiento arruinado por la ambición de demostrar su peso sobre el viejo terreno político y olvidar los orígenes, no lejanos en el tiempo, pero muy lejos ahora del espíritu de los puntos de vista hacia los que se siente atraído.

Si las relaciones tienen una verdad suya que no puede ser sustentada por el exterior sin ser desvirtuada, ¿por qué debería negarme a aceptarla? Hace un tiempo el temor de una ruptura con una amiga, una del grupo, me angustiaba. Ahí veía un fracaso de alguna premisa, el fracaso de un ideal que había superpuesto a la relación, y que yo mantenía. Ahora he adquirido una serenidad antes desconocida: esto se debe al hecho de que a una incomunicabilidad sobrevenida ya no le corresponde ninguna nobleza obliga que habría querido yo superar a toda costa, habiendo entendido que también las incomprensiones son preciosas, incluso las rupturas cuando se capta su inevitabilidad. El problema para mí —lo he aprendido con el tiempo— no es mantener en pie el pleno de las relaciones, sino aceptar distanciarme de una relación cuando mi voluntad de que dure pueda constituir un impedimento a la clarificación recíproca.

Las relaciones se desligan poco a poco de los modelos familiares sobre los que la experiencia precedente las atraía orientándolas hacia vías sin salida. De hecho, en la relación familiar la pretensión o la obligación o la garantía de la no-disolución son concedidos al otro en forma de poder pasar el límite sin darse cuenta del riesgo, confiando en un chantaje implícito. En cambio, en el grupo se arriesga, no es un núcleo indisoluble de consanguíneos, y de este riesgo brota el propio sentido de responsabilidad hacia mí misma y hacia las otras. En el grupo la inmunidad y el círculo vicioso de la familia se rompen dando lugar a situaciones individuales a las que no se le concede la escapatoria de culpabilizar al grupo (institución), dado que lo que lo hace existir es que ninguna lo desee más allá de aquello que es. Y el grupo “es” disgregable.

Sin embargo, el placer del descubrimiento se ha introducido como dato consciente en nuestras relaciones junto con los contenidos de las mismas, y consigue cada vez más equilibrar y llevar a lo activo las evoluciones de algo que por definición huye del control. Aunque, para mantener el equilibrio en una situación tan inestable, es indudable que contribuyen factores vinculados al cuadro más amplio de la propia vida y a las satisfacciones que se consiguen obtener en otros frentes, mas satisfacciones siempre de naturaleza análoga. De lo contrario, en el grupo terminarían por confluir peticiones de desahogo personal que el grupo no puede dar sin convertirse en un sustituto de soluciones que están en otro lugar. En el grupo se toma conciencia de la propia vida y del pensamiento propio, se reúnen las fuerzas para vivir y para pensar, que en la vida personal se habían interrumpido. Desde allí se vuelven a poner en marcha para romper esta detención. Y allí vuelven con la carga vital de la detención rota.

Las relaciones en el grupo constituyen una realidad nueva, fuera de las posibilidades de ser manipulada.

Por el contrario, el feminismo como temática ya ha dado lugar a un fenómeno de masificación: en casi diez años de vida se ha ido uniformando cada vez más hacia lo que por feminismo entienden los hombres, los pone en crisis, los hace conceder entrevistas, escribir libros, artículos, hacer películas, debatir y discutir. Se ha convertido en la farsa de sí mismo: se ha dejado robar las palabras de la boca para luego ir a escucharlas y repetirlas bajo la elaboración oficial de los problemas. El eslogan tan celebrado que lo resume, “lo personal es político”, puede dar la medida menoscabada a la que se ha adecuado al convertirse en temática: se reconoce la meta (política) del feminismo en la denuncia de los roles (privado) y se espera que extraigas las consecuencias, “¿qué hacer?”.

1 Marta Lonzi y Anna Jaquinta, “Biografia”, en Carla Lonzi, Scacco ragionato. Poesie dal ’58 al ‘63, Milán, Scritti di Rivolta Femminile, 1985, p. 44.

2 Carla Lonzi, “Itinerario de reflexiones”, en Duoda. Estudios de la Diferencia Sexual , Barcelona, n. 42, 2012, pp. 56-91.

3 Marta Lonzi y Anna Jaquinta, “Biografia”, p. 47.

4 Carla Lonzi, Taci, anzi parla. Diario di una femminista, vol. II (1974-1977), Milán, Et al Edizioni, 2010, pp. 1045-1046.

5 Carla Lonzi, “Itinerario de reflexiones”, p. 75.

6 Carla Lonzi, Vai pure. Dialogo con Pietro Consagra, Milán, Et al Edizioni, 2011, p. 30.

7 Rivolta Femminile, “Manifiesto de Rivolta”, en Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel. Y otros escritos de Liberación femenina, Buenos Aires, La Pleyade, 1978, p. 17. Publicado también en la editorial Anagrama: Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel. La mujer clitórica y la mujer vaginal, Barcelona, Anagrama, 1981.

8 Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel, p. 45.

9 Maria Luisa Boccia, L’io in rivolta. Vissuto e pensiero di Carla Lonzi, Milán, La Tartaruga, 1990, p. 89.

10 Carla Lonzi, Taci, anzi parla. Diario di una femminista, vol. I (1972-1973), Milán, Et al Edizioni, 2010, p. 28.

11 Carla Lonzi, “Itinerario de reflexiones”, p. 78.

12 Rivolta Femminile, “Manifiesto de Rivolta”, p. 20.

13 Marta Lonzi y Anna Jaquinta afirman en la biografía que escribieron sobre Carla Lonzi que este texto fue elaborado por Carla Lonzi. De hecho parecen sugerir que muchos de los textos firmados por Rivolta fueron escritos por Carla Lonzi. Ver Marta Lonzi y Anna Jaquinta, “Biografia”, p. 33.

14 Rivolta Femminile, “Significado de la autoconciencia de los grupos feministas”, en Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel, p. 128.

15 Carla Lonzi, “Itinerario de reflexiones”, p. 78.

16 Carla Lonzi, “Itinerario de reflexiones”, p. 78.

17 Carla Lonzi, Taci, anzi parla, 132 (traducción mía).

18 Carla Lonzi, Taci, anzi parla, 142 (traducción mía).

19 Carla Lonzi, “Itinerario de reflexiones”, p. 64.

20 Carla Lonzi, “Itinerario de reflexiones”, p. 65.

21 Carla Lonzi, Taci, anzi parla, p. 31 (traducción mía).

22 Traducción del italiano de Agnès González Dalmau y Àngela Lorena Fuster Peiró.

23 Alice Martinelli, “Autocoscienza”, Scritti di Rivolta Femminile, 1975, p. 6.

24 Recuerdo de Los mandarines, típica lectura de la posguerra, una frase suya (cito de memoria): “Algo ahí abajo se exaltaba, se deshojaba, pero yo, yo me aburría”. Me sorprendió enterarme de que Alice Schwarzer, conocida defensora de las teorías contra el coito, es una de sus seguidoras.

25 En 1602 Paluzzi, que ya había tomado el hábito monástico, inició con su hermana, su prima, dos tías y una amiga la vida religiosa en común.

26 Traducción de Gemma del Olmo Campillo. Artículo publicado por Rivolta Femminile, en La presenza dell’uomo nel femminismo, Milán, Scritti di Rivolta Femminile, n. 9, 1978, pp. 137-154.

27 Barrio obrero de Milán en los años en que Carla Lonzi escribió este artículo. (N. de la T.)

28 En la reanudación del feminismo, hacia el ’70, algunas mujeres consideraban una conquista teorizar que las mujeres constituyen una clase de la misma forma en que esta categoría es aplicable al proletariado y a la burguesía. Parecía un buen argumento para poner en evidencia que, en el patriarcado, también las convicciones revolucionarias están de parte de colectivos de hombres. Pero yo sentía como una violencia que este argumento terminara por enmascarar la apropiación de conceptos que pertenecen a otra historia y que han sido elaborados por otros, y para cubrir el hecho de que, sin identificarse como clase, las mujeres no se sintieran autorizadas para reunirse entre ellas. Para reaccionar a la violencia de este enganche cultural disfrazado de autonomía de juicio, he escrito “Escupamos sobre Hegel”. O al menos ahí he encontrado el estímulo contingente para hacerlo.

29 Lacan, por el contrario, llama analizante precisamente al analizado con una gratificación que tiene todo el aire de resarcir daños. Me hace pensar en la mala conciencia que ha desplazado la terminología en el arte: el espectador ha sido aprobado primero a la persona que disfruta, luego a co-autor, compañero, actor, etc. La cultura patriarcal trata de remediar.

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Gemma del Olmo Campillo

Es profesora del Departamento de Filosofía de la Universidad de Zaragoza y también da clases en el Máster en Estudios de la Libertad Femenina de Duoda (Universidad de Barcelona).

Es autora del libro Lo divino en el lenguaje. Introducción al pensamiento de Diótima del siglo XXI. Ha traducido diversos textos del italiano, entre ellos, Diótima. La mágica fuerza de lo negativo, Madrid: horas y HORAS, 2009.


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