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Laura Minguzzi. Luciana Tavernini. Marina Santini. La práctica de la historia viviente. Con un prólogo de María-Milagros Rivera Garretas.

Laura Minguzzi. Luciana Tavernini. Marina Santini.
La práctica de la historia viviente. Con un prólogo de María-Milagros Rivera Garretas.

Prólogo. La semilla de un método viviente, por María-Milagros Rivera Garretas


El descubrimiento de la historia viviente

La práctica de la historia viviente nació en el año 2005, en el contexto de la Librería de mujeres de Milán (Italia) en un grupo de la política de las mujeres que entonces se llamaba Comunità di pratica e riflessione pedagogica e di ricerca storica. Como todo nacimiento verdadero, no salió de la nada sino de una gestación lenta y apasionante compartida por una madre (Marirì Martinengo) con las pocas que formaban esta comunidad de historiadoras y amigas: Luciana Tavernini, Laura Minguzzi y Marina Santini, acompañadas a veces por otras que iban y van entrando en el grupo y, también, saliendo de él cuando la apuesta es demasiado alta o por otros motivos. Pocas y amigas, "Pocas, pero bastantes”1, como en las fundaciones revolucionarias de Teresa de Jesús (1515-15822 o del feminismo radical del último tercio del siglo XX como, por ejemplo, Rivolta Femminile (19703. En el año 2006, el grupo cambió de nombre y pasó a llamarse Comunità di storia vivente.

Nació la historia viviente con la publicación por Marirì Martinengo del libro titulado La voce del silenzio. Memoria e storia di Maria Massone, donna “sottratta" 4. El libro reconstruye la historia de la abuela paterna de Marirì, Maria Massone, una mujer que a los 31 años y después de cinco maternidades en seis años fue internada (1895) hasta su muerte (1924) en una supuesta Casa de Salud. Así, Maria Massone fue borrada de la memoria de la familia que ella misma había fundado, sustraída silenciosamente de su mundo y de la historia por algo de su ser mujer que amenazaba en sus arbotantes las pretensiones de la clase social a la que ella pertenecía, la burguesía. Al principio del libro, Marirì Martinengo escribió su idea esencial: "Hay una historia viviente anidada en cada una y cada uno de nosotros, formada por memorias, por afectos, por signos en el inconsciente; no creo que solo tenga valor histórico lo que está afuera, lo que otro ha certificado, la famosa historia objetiva. Yo narro una historia viviente que no rechaza la imaginación, una imaginación que hunde sus raíces en la experiencia personal, historia más verdadera porque no borra las razones del amor, no expulsa las relaciones de su proceso cognitivo”5. Yo leí enseguida este libro porque algunas del Centro de Investigación Duoda de la Universidad de Barcelona teníamos ya entonces una relación política con Marirì Martinengo. Unos meses más tarde fui a presentarlo en la Librería de mujeres de Milán y, al preparar el texto, traduciendo el párrafo que he citado, recuerdo que me detuve un tiempo precisamente en las palabras "historia viviente", sin entender por qué no estaba en cursiva la palabra "viviente", como a mí me parecía que tenía que estar porque, que aquello fuera historia, me resultaba evidente, y lo revolucionario era, en cambio, la idea de una historia viviente. Dudé bastante entre ser fiel como traductora y ser fiel a la genialidad de la idea. Y dejé la vacilación.

La vacilación era el signo de la importancia misma de la idea: el signo de la sombra, de la oscuridad mezclada ya de luz. El libro, en realidad, es una muestra de que lo que más cuesta aceptar todavía hoy (2016), es que la historia viviente sea historia, no que esté viva y que vivifique. Le cuesta aceptarlo a la historiografía masculina tradicional y, también, a una parte importante de la historiografía de las mujeres, la nacida de los estudios de género. Es así a pesar de que la historia viviente no tiene pretensiones totalitarias, es decir, no pretende ser la única manera de escribir historia: no pretende ni llenar un vacío ni tampoco proponer un nuevo paradigma.


La vida de las entrañas

Lo que la historia viviente pretende es, en mi opinión, buscar y encontrar la verdad histórica por el camino de la diferencia sexual, es decir, por el camino del sentido libre del ser mujer u hombre: por el camino de las entrañas, por usar las palabras indispensables de Zambrano, ya que es en las entrañas donde echa sus raíces la diferencia sexual, donde radica su sentir. Pero las entrañas no entran en el conocimiento universitario: son demasiado sucias, inciertas, malolientes, deformes, volubles, tajantes, oscuras y molestas. Son molestas precisamente por su vinculación inevitable con la verdad de la madre y de la lengua materna. La madre no entra o entra a duras penas en el conocimiento universitario actual. La universidad se concibió a sí misma a finales del siglo XII como Alma Mater (madre nutricia), y le cuesta dejar el sitio a la madre.

Así, la Historia se dirime hoy entre la verdad pactada, o sea la verdad del lenguaje acordado por los Estados, y la verdad de la madre y de la lengua materna. La verdad del lenguaje acordado es segura, asegurada como está por la fuerza de los Estados que la acuerdan; la verdad de la lengua materna es incierta y delicada, como somos delicadas e inciertas las madres. Hoy en día, sin embargo, la obsesión por la seguridad delata algo feo. En este estado de cosas, la verdad incierta y delicada de las madres suscita una curiosidad que preocupa a la verdad pactada. Por eso, se puede decir que estamos viviendo en la historiografía y en la política una batalla por lo simbólico en la que compiten por el sentido de la verdad histórica, por un lado, la historia de raíz positiva y social, y, por otro, la historia viviente. No porque sean dos historias antagónicas sino porque el paradigma de lo social pretende desde que nació ser total, escribir una historia total, y en esto ha fracasado, afortunadamente, aunque le cueste reconocerlo. Ha fracasado porque era una pretensión vana, tomada quizás sin saberlo de las ideologías totalitarias del siglo XX. Hay mucho en la vida humana que no cabe en el paradigma de lo social sino que está más allá, no en contra de lo social, y que nunca ha dejado de existir, aunque fuera oscuramente, a su lado, al lado de lo social. En este más allá (no en contra) está, entre otras cosas, la historia viviente 6.

Por eso, porque la historia social y la historia viviente no forman una antinomia del pensamiento sino que son dos propuestas y dos apuestas dispares, la batalla por lo simbólico no se libra en la historiografía como una contraposición dialéctica sino como un movimiento de las entrañas: un movimiento de las entrañas que no conduce a acuerdos y desacuerdos escribibles sino a encuentros y desencuentros espirituales al modo de las afinidades electivas. En este libro, por ejemplo, se discuten y se objetan en el debate cosas que no han sido ni siquiera dichas. No es demencia sino aurora, aurora de lo oscuro que deja boquiabierta, todavía inconexa entre el blanco, el gris y el rosa.

A lo oscuro de las entrañas se le ha llamado, entre pensadoras del siglo XX y de hoy, la vida pasiva 7. Y con la vida pasiva, la llamada de las entrañas 8. En uno de sus textos autobiográficos, Zambrano dijo de su filosofía: "Yo siempre he ido al rescate de la pasividad, de la receptividad. Yo no lo sabía, pero desde hacía muchos años yo también andaba haciendo alquimia"9. La vida pasiva es lo que en mí no me deja hacer con éxito lo que no tiene que ser hecho por mí, aunque lo parezca, y lo impide, a la vez, custodiando bajo la superficie de las cosas un deseo mío vital que allí no puede acceder a la luz; es lo que en mí no me deja ser feliz cuando hago muy bien las cosas equivocadas, custodiando pasivamente mi deseo de grandeza en el hacer activo que esté en ese momento a mi alcance.

Hacer cuentas con la vida pasiva es necesario para hacer simbólico. La propia palabra "simbólico" lo indica; deriva del griego συν−βαλλειν, que significa "lanzar con": el "con" es lo oscuro de las entrañas, oscuro inseparable de la palabra que, lanzada, hace simbólico. Esto tiene consecuencias importantes en la acción y, por tanto, en la historia y en la política. Cuando las palabras son lanzadas al aire sin el peso de las entrañas, sin su suciedad, sin su impotencia, vuelan, ideológicas, e inmolan vidas, sacrificadas a la idea desmaterializada. La suciedad no tenida en cuenta se desborda entonces aterradora en destrucción y sangre.

La historia viviente rescata y redime la vida pasiva, la vida de las entrañas 10. Y no la de las entrañas de cualquiera, no la de las entrañas de "las otras", sino las propias. Esto es una revolución en la escritura de Historia: una revolución que deja por fin atrás la pretensión decimonónica de objetividad, sin afectar en nada al uso, para escribir historia, de la erudición más exquisita.

¿Para qué rescatar la vida de las entrañas? Para que la historia no olvide la vida pasiva, la imposibilidad de la acción al lado de su posibilidad y, así, haga simbólico y sea fecunda. Todos los textos de este libro que tratan de la historia viviente, que son los de Laura Minguzzi, Luciana Tavernini, Marina Santini, Marirì Martinengo y, como promesa, los de Marina Canal, Piera Moretti y Désirée Urizio, han nacido y han sido escritos después de un proceso difícil de indagación en lo profundo de la propia experiencia, indagación en busca de los nudos, obstáculos y grumos oscuros del desorden simbólico que le interceptaban la interpretación libre de la Historia a cada historiadora concreta. Esta indagación no es solitaria sino que ha sido hecha siempre en relación: en relación dentro de la Comunidad de historia viviente o fuera de ella en una relación dual de confianza. Que la indagación en lo profundo de la vida de las entrañas se haga en relación es importantísimo, porque de ello depende que la práctica de la historia viviente sea política. A su vez, que sea política implica que la historia que finalmente se escribe es historia común, no solo una historia personal, aunque lo sea también. La relación da el contexto y contextualiza los hallazgos de luz que cada autora persigue y obtiene investigando los nudos de su experiencia. Así, las autoras de este libro ofrecen y proponen interpretaciones generales de períodos y de acontecimientos históricos como la reurbanización y migraciones de los años sesenta en Europa, las guerras del siglo XX, el genocidio en Istria a finales de la segunda guerra mundial, o la influencia de los abusos sexuales difusos y casi indecibles de hombres socialmente bien considerados en la perpetuación del patriarcado y, con él, de la dificultad femenina de hablar como mujer 11.


El método viviente

Así, la historia viviente siembra las semillas de un método de conocimiento que se puede llamar el método viviente, entendiendo la palabra método como lo que es: un camino en movimiento. Es un método de búsqueda de la verdad en la práctica de la relación más que en la supuesta objetividad y el rigor positivistas. Es un método femenino que interpreta la Historia desde la propia historia, pasada por el cedazo del contraste con otras mujeres que están comprometidas en el mismo proceso. Es un método que mide la Historia con la libertad femenina y, en los resultados de la medición, funda interpretaciones de los acontecimientos orientadas por el orden simbólico de la madre. Es un método que aflojando o desatando los nudos vitales de la propia historiadora, intenta liberar tanto el sentido de la vida y de la verdad de la historiadora como la veracidad histórica.

Es un método que responde a la necesidad personal, compartida por un número indeterminado de mujeres y de hombres de hoy, de que la historia sea la historia de las mujeres:12 de que, como escribió Zambrano en 1958 hablando de la democracia, "la sociedad sea adecuada a la persona humana; su espacio adecuado y no su lugar de tortura"13. Por eso, no separa la historia de la historiadora de la historia que la historiadora escribe, como ya no separamos, ni al hablar ni al estudiar la lengua, el significante del significado, dejando caer así de paso el estructuralismo lingüístico, que construyó una antinomia de lo que no lo es14. Por eso, el método viviente no pretende llegar a una historia total sino mantenerse apegado a la incertidumbre y a la delicadeza de la verdad de la madre y de la lengua materna. La madre es la materia, la sustancia. “Y como la sustancia:” –ha escrito Zambrano– “nagotable, prolífica, desbordante de toda forma, plena de promesas. Pues las sustancias vivientes, siendo acto, poseen una potencia nunca enteramente actualizada; señal de vida. El cristal aparece como la identificación plena de forma y materia, de potencia y acto; el cristal es la imagen del acto puro. Mas no vive. Lo viviente nunca se actualiza del todo y sólo cuando ha pasado por completo, deja una imagen fija. Pero aun esa imagen se desdibuja, cambia como dotada de vida ella misma, cuando la miramos y según desde dónde la miramos. Y cambia, mas no como la imagen de una montaña a la cual damos la vuelta a su alrededor. Todo lo que estuvo vivo, desde el momento que lo miramos, vuelve a estarlo, lo restituimos a la vida con sólo atender a ello un instante. Lo vivo, aunque ya no lo esté, revive al contacto de la vida” 15.

En consecuencia, en los textos que forman este libro se dicen cosas desdibujadas y, por ello, apasionantes, de la vida y de la Historia. Entresaco algunas: “Entre las ganancias simbólicas de la práctica de la historia viviente, quiero mencionar, aparte de la de haber recibido voz y palabra sobre mi experiencia, el haber obtenido justicia, necesidad universal que ha encontrado una salida positiva a través de un recorrido político de crecimiento en relación y no reivindicando ni abriendo conflictos destructivos” (Laura Minguzzi). “Sé que he tocado algo verdadero porque se ha dado en mí un cambio visible. La práctica de la historia viviente transforma. Consigo hablar partiendo de mí y las citas de otras y otros, que sigo usando, ya no son un escondite sino un diálogo en el que yo soy el sujeto que abre la interlocución” (Luciana Tavernini). “La práctica de la historia viviente abre la posibilidad de releer de otro modo la historia desde el punto de vista femenino, indagando en los nudos personales que fatigosamente vamos reencontrando dentro de nosotras y les decimos a las otras las cuales, a su vez, nos devuelven, en un diálogo continuo, en una reactivación continua, nuestras palabras. Nos comprometemos a destilar un relato que valga también para otras y otros” (Marina Santini). “Sea cual sea la respuesta a esto que para mí sigue siendo un enigma, tal vez su renuncia, aunque le haya costado mucho y le haya impedido una comunicación fluida con nosotras sus hijas e hijos, seguramente le permitió preservar su única forma de libertad: la capacidad de estar cerca de sí, de nutrirse con la música, la lectura de libros de espiritualidad, las bellas fotos de familia, los recuerdos, el silencio” (Marina Canal). “La lectura del número de DWF sobre la historia viviente ha vuelto a sacar a la superficie este nudo de la relación con la madre que creía ya resuelto y me ha obligado a darme cuenta de que tenía que ser indagado todavía más en profundidad para entender quién soy yo ahora. Cada vez que voy a Fratta Polesine a ver a mis hermanas y veo sus ojos brillar de alegría, pienso que he mantenido la promesa que le hice a mamá y esto me da fuerza” (Piera Moretti). “Ahora mi deseo es todavía más grande: hay un significado simbólico universal que obtener del éxodo istriano y de los graves hechos ocurridos a finales de la segunda guerra mundial a lo largo de la frontera italiana oriental, en Istria, Dalmacia y Venecia Julia. Ahora el propósito de mi investigación es el de ir más allá de los innumerables relatos, los recuerdos, los testimonios, los escritos literarios, más allá del plano de los sentimientos y de las reivindicaciones de justicia y liberar de falsas interpretaciones esta historia que marcó profundamente no solo la vida de mi padre y de sus parientes exiliados, cuyos descendientes están hoy esparcidos por todo el mundo, sino también la mía y la de mis hermanos. El éxodo de Istria, región italiana, habitada por gente que hablaba italiano en dialecto véneto-triestino, es un nudo no solo de mi vida y de la de mi familia sino de la historia. Querría que emerja en toda su complejidad, con la confianza de que solo la verdad podrá restituir sentido y salida positiva a esas trágicas vicisitudes” (Désirée Urizio).

Este bello libro revolucionario va precedido por la invitación de la Asociación Le Vicine di casa, promotora del encuentro, y por una introducción de Alessandra De Perini. Los dos textos resumen los aspectos esenciales e innovadores de la práctica de la historia viviente y reconstruyen amorosamente los veinte años de reflexión, intercambio e investigación que han llevado a las miembras de la Comunidad al momento decisivo que aquí se presenta. Les sigue una desafortunada lectura de Tiziana Plebani en la que, confundiendo incluso los ejemplos de biografía e historia personal que las autoras habían incluido en el número de la revista DWF precisamente para mostrar las diferencias entre ellas, intenta demostrar que la historia viviente sobre la que está hablando no existe, porque –escribe– “en conclusión, la afirmación de nuestras amigas milanesas sobre lo imprescindible de la relación entre la historiadora y su objeto de investigación procede en el lecho ya señalado de la mejor tradición de la reflexión sobre la historia”. Ciertamente, eso de lo que ella escribe no es historia viviente. Es más bien una mezcla contradictoria de algunas palabras que salen en el libro con la historiografía patriarcal, con la historia del género y con el paradigma de lo social, cuyo marco ella considera fijo, reduciéndose la libertad a la confrontación dentro de él. En consecuencia, con su lectura no dialogan directamente las autoras del libro; lo que hacen es mostrar y concretar el sentido de su práctica y los cambios que esta ha generado, evitando contraposiciones estériles y prefiriendo la interlocución con las mujeres presentes en el encuentro, como muestran las intervenciones en el debate. Además, en un texto posterior y teniendo en cuenta las objeciones recibidas en diversas ocasiones, aclaran todavía más su novedad. La lectura de Tiziana Plebani es, sin embargo, útil como ejemplo de lo que ocurre cuando la historia moribunda se enfrenta con la historia viviente: ni la roza ni la alcanza.

La práctica de la historia viviente, Comunità di Storia Vivente di Milano

Viernes 26 settembre 2014 (17:00-19:30)

Centro Culturale Candiani, sala de conferencias, cuarto piso.

Le Vicine di casa, en colaboración con el Servizio Cittadinanza delle Donne e Culture delle differenze del Ayuntamiento de Venecia y con el Centro Culturale Candiani de Mestre, organizaron para el viernes 26 settembre un encuentro público con Laura Minguzzi, Luciana Tavernini y Marina Santini, de la Comunidad de Historia Viviente de Milán, autoras, con Marirì Martinengo, María-Milagros Rivera Garretas y otras, de un número monográfico de la revista DWF titulado La práctica de la historia viviente (núm. 95, julio-septiembre 2012), punto de referencia de la reflexión de este encuentro. Lo presenta Alessandra De Perini. Dialoga con las autoras invitadas Tiziana Plebani.

Partiendo de la afirmación de Marirì Martinengo: “Hay una historia viviente anidada en cada una y cada uno de nosotros", nace en 2006 una modalidad original e innovadora de hacer historia, una escritura femenina de la historia que, en conflicto con la pretendida objetividad del relato histórico, desvela sus presupuestos ideológicos y asume la experiencia subjetiva, los recuerdos personales, los relatos, los lugares de los acontecimientos, junto con las fotos, cartas y objetos de uso cotidiano, como auténticas "fuentes". Esta escritura intenta sacar a la luz los nudos no resueltos del pasado, abriéndolo a una nueva vida, y, para narrar la experiencia vivida, usa como instrumentos de trabajo la autoconciencia del feminismo de los orígenes, la piedad, la empatía, la imaginación”.

Conscientes de que no toda la historia se puede contar, no todo es explicable, que hay un vacío en la historia que no hay que colmar sino aceptar e interrogar, las mujeres de la Comunidad de historia viviente se han planteado el problema de las condiciones de una lectura libre del pasado que sepa llevar el relato histórico a un nivel que lo haga válido para todas y todos.

¿Cómo acompañar el pasado, en particular el de las mujeres, afuera de los equívocos culturales, de las interpretaciones prefabricadas y reductivas? ¿Cuál es el vínculo entre la autobiografía y la historia colectiva, entre el vivir en primera persona los acontecimientos y el relatarlos de modo que otras y otros puedan reconocerlos como parte de su propia historia? ¿Cómo puede la política de las mujeres restituir espesor y sentido imprevisto al relato del pasado?

La "práctica de la historia viviente", que no hay que confundir con la simple autobiografía ni con la historia oral, muestra que el pasado no es irreversible: se puede volver atrás para recoger del pasado lo que había quedado olvidado; se puede restituir justicia, dando nombre y visibilidad, volviendo a poner en el juego del presente lo que se había perdido y olvidado o había sido olvidado a la fuerza. Esta práctica consiste en comprometerse a no tirar pedazos de la propia historia, superando la necesidad de revancha o de resarcimiento de las injusticias sufridas o de la falta de testimonios. Se trata de concebir la historia como fuente de fuerza subjetiva, no como fresco "objetivo" ni como reconstrucción plausible de los hechos que ocurrieron. "Hacer historia" significa estar disponible para bajar a las "entrañas del propio tiempo", a los "delitos", a las zonas "infernales" del pasado, sacando a la luz conflictos que devanar, heridas antiguas que curar. Inicialmente, el relato de esta historia es singular; sin embargo, luego se vuelve polifónico. El presente y el pasado no están separados rígidamente: las ganancias en libertad del pasado pueden ser traídas a la vida actual, y al revés: se puede releer el pasado a la luz de la libertad de la que se dispone en el presente. Historia viviente es sobre todo una historia ligada a la vida realmente vivida por quien hace investigación histórica: esta es la historia más desconocida y más apasionante, la historia más importante. Una narración que libera de los conflictos no resueltos y, reforzando la subjetividad, da autoridad a la palabra pública femenina. Un "hacer limpieza" cuya urgencia y necesidad se sienten en este tiempo de crisis de la democracia para prefigurar una comunidad de subjetividades libres.

Actas del encuento

Isabella Stevanato (bibliotecaria del Centro-Donna

Os traigo los saludos de la responsable del Centro Donna de Venecia-Mestre, Gabriela Camozzi, que no ha podido venir y se disculpa. Un saludo especial a las Vicine di casaque llevan ya muchos años colaborando con el Centro Donna y juntas conseguimos siempre celebrar encuentros de gran calidad. Paso inmediatamente la palabra a Alessandra De Perini, que presentará a nuestras invitadas y dirá el sentido de este encuentro sobre "La práctica de la historia viviente". Gracias por estar aquí y buen trabajo.

Alessandra De Perini (asociación Le Vicine di casa

Bienvenidas y bienvenidos a este encuentro público. Veo presentes –y en nombre de Las Vecinas de casa, asociación de la que formo parte desde hace más de veinte años, les doy las gracias por venir – a Grazia Sterlocchi de la Settima Stanza de Venecia, a Adriana Sbrogiò de Identità e Differenza de Spinea, a Loredana Aldegheri de la Mag de Verona con algunas amigas y colaboradoras, a Luciana Talozzi y Carla Neri de Insieme arte-Amare Chioggia e il suo territorio, a Antonella Cunico y otras amigas de Femminile Plurale de Vicenza, a algunas amigas de Trento, Maria Teresa Menotto y Franca Marcomin, presidenta y vicepresidenta de la Consulta delle cittadine, a Chiara Puppini, delegada de la Municipalità di Mestre Carpenedo, que se dedica desde hace muchos años a la investigación histórica y forma parte de StoriaMestre, a Luisella Conti de Mirano, presidenta de las asociaciones de voluntariado de la Provincia de Venecia, a Renata Cibin, concejala de cultura de Mirano, a Loredana Mainardi, concejala de cultura de Spinea, a Vittoria Surian de la editorial Eidos, nacida en 1987 en Mirano-Venecia con el propósito de promover y valorar el genio artístico y literario de las mujeres.

Doy las gracias al Centro Culturale Candiani por poner a nuestra disposición esta sala bella y grande, al Assessorato alla Cittadinanza delle Donne y Cultura delle differenze, en particular a la responsable del Centro-Donna Gabriela Camozzi y la bibliotecaria del Centro Isabella Stevanato que nos ha traído sus saludos. A pesar de la falta de gobierno político en nuestra ciudad, estas mujeres, como otras y otros empleados municipales hacen con su trabajo, sentido de la responsabilidad y compromiso, que sigan funcionando los servicios de la Administración.

Este encuentro se sitúa en el ciclo de las innumerables manifestaciones, iniciativas culturales y políticas de "Mestre in centro" del Ayuntamiento de Venecia que, cada año, en septiembre y octubre, implican a la ciudad entera.

Estamos aquí no solo para reflexionar sobre la práctica de la historia viviente, a partir de la lectura del número 3 de la revista DWF de 2012 16, sino también para comprobar si hay en nuestro territorio deseo de poner en marcha, también en nuestra ciudad, una práctica y un compromiso de pensamiento en esta dirección.

Os presento a nuestras invitadas: Laura Minguzzi, Luciana Tavernini y Marina Santini de la Comunidad de Historia Viviente de Milán, que no se declaran "historiadoras de profesión" pero tienen una larga práctica de enseñanza entrelazada con la investigación histórica y la política de la diferencia; y Tiziana Plebani, historiadora, escritora, de la Società Italiana delle Storiche (SIS), a la que hemos pedido que lea el texto que debatiremos hoy aquí y que lo comente partiendo de sí, de su experiencia de historiadora que desde 2009, después de quince años dirigiendo la Conservación y Restauración, es responsable del servicio Histórico-Didáctico de la Biblioteca Nazionale Marciana. Tiziana es una mujer comprometida política y culturalmente desde hace más de treinta años con nuestra ciudad de Venecia-Mestre.

Hemos preparado un breve perfil de las ponentes.

Este encuentro nace de nuestro deseo, deseo de las Vicine di casa, "mujeres del otro mundo", inactuales, "antiquísimas", de volver a reflexionar, después de varios años, sobre la historia de las mujeres, que en nuestro camino de toma de conciencia fue una mediación fundamental para orientarnos en el presente y reconocer figuras y genealogías femeninas de las que sacar fuerza.

Creo que es una experiencia común a muchas la desilusión de no encontrar en el pasado huella alguna de sus semejantas, la humillación por la ausencia femenina de los libros de texto y el deseo de cambiar las cosas. De ahí la búsqueda de figuras femeninas en las que reflejarse y modelos de mujeres fuertes y con autoridad en las que inspirarse, y la lectura apasionada de las grandes escritoras de ayer y de hoy, que para muchas de nosotras han sido maestras de vida y de pensamiento.

Somos conscientes de lo inexacto que puede ser el hablar de "historia de las mujeres", como si hubiera dos historias, la de la historiografía oficial y la desconocida y olvidada del sexo femenino, sacada a la luz por las investigaciones históricas recientes. Ahora que, gracias al feminismo, se ha dado la vuelta al tópico según el cual las mujeres no están en la historia, desenmascarada la falsa narración de la "historia universal" basada en los grandes hombres, en las relaciones de fuerza, las guerras y las luchas de poder, sabemos que la historia está escrita solo en una pequeñísima parte y que son otras fuerzas muy distintas las que determinan los acontecimientos y han de ser tenidas en cuenta. Ha sido un gran error el excluir de la historia el juego libre de las relaciones entre mujeres y entre mujeres y hombres, el renunciar a la subjetividad y a los contextos relacionales del pasado en nombre del vínculo de la verdad fáctica, verificable con documentos. El corte de la diferencia nos restituye el sentido más verdadero de la historia que está enraizada en el saber de la vida, en las relaciones entre los sexos y las generaciones. En el estado actual de los estudios, de la investigación y de la conciencia obtenida –afirman Marirì Martinengo y Laura Minguzzi– el propósito, la apuesta de quien hace investigación histórica, mujeres y hombres, no es el de incluir a la mujer en la historia ya existente, sino el de escribir simbólicamente la historia, vivificada por la subjetividad femenina. Han pasado dos años desde la publicación Italiana del texto que Laura, Luciana y Marina escribieron junto a Marirì Martinengo, María-Milagros Rivera y otras, pero no hay pérdida de actualidad, porque su investigación tiene que ver con el nivel profundo, simbólico, de la realidad.

La historia viviente se presenta como una práctica nueva. No nace de la nada. Hay un camino.

El punto de partida son los años ochenta del siglo pasado. En Italia se estaba difundiendo el feminismo de la diferencia, que tenía como referente a la Librería de mujeres de Milán. Laura Minguzzi, Luciana Tavernini y Marina Santini, en los años ochenta eran profesoras que deseaban estar bien en el colegio con las alumnas y los alumnos, trabajando con placer en relación. En la Librería estaba Marirì Martinengo, que en esos años había fundado con otras un seminario de pedagogía de la diferencia: eran cursos dirigidos a profesoras que se transformaron muy pronto en un contexto ampliado en el que, superada la lógica de la subdivisión por materias, por categoría y grado, se discutía de cómo introducir en las escuelas el lenguaje sexuado. Allí fue donde se comprendió lo central que era la mediación femenina en la escuela. A partir de aquella experiencia, unos años después se constituyó la Comunidad de práctica y reflexión pedagógica y de investigación histórica, que se reunía en torno a la autoridad de Marirì Martinengo con la intención de enfocar la atención en la historia, la más política de las materias, y de cambiar la historia que se enseña en la escuela introduciendo en ella la riqueza de estudios y de saber de origen femenino. Sobre la base del común amor a la historia, las mujeres de la Comunidad empezaron así un camino que las llevó a distanciarse de los manuales de historia, a abrir debate sobre el uso del lenguaje neutro, a abandonar el universalismo de los saberes prefabricados que no responden a las preguntas por el sentido ni de quien enseña ni de quien se dispone a aprender. Empezaron a deshojar el pasado, fueron a ver los niveles femeninos de resistencia que las interpretaciones historiográficas reduccionistas y equívocas habían vuelto opacos, razonaron sobre la ausencia de la historia de las vidas cotidianas comunes de mujeres y hombres, ausencia que hacía de la historia un "planeta desierto, frío, estéril, en el que gesticulaban marionetas". Descubrieron así un hilo continuo de libertad femenina que atravesaba el pasado y llegaba hasta el presente, perceptible en algunas "huellas" dejadas en el tiempo: los salones de piedra de las trovadoras, las cortes de amor feudales, las cortes renacentistas, los salones de las preciosas, los salones ilustrados y del risorgimento y, así, hasta las reuniones feministas de autoconciencia de los años setenta. Reconocieron la importancia fundamental de los contextos relacionales para entender los acontecimientos del pasado y asumieron la libertad femenina como categoría historiográfica. La investigación histórica fue llevada a cabo con fines educativos y políticos: trabajar por un cambio de civilización. El hacer concretamente investigación las acercó a las especialistas del sector, las "historiadoras de profesión". Se articuló así un intercambio entre competencias especializadas, por un lado, y competencia pedagógica y didáctica por otro, pero después de un inicio prometedor, el diálogo se estancó y fue recuperado solo varios años más tarde.

En 1996 la publicación de Libere di esistere 17 fue un primer punto de llegada de su camino de investigación histórica en relación. La preferencia por la Edad Media se debe al reconocimiento de esta época como una raíz profunda de nuestro ser mujeres y hombres que viven en el Occidente europeo; son los siglos en los que se da la síntesis entre la herencia greco-romana, la cultura germánica y la cristiana, en la que la lengua materna iba siendo en Europa lengua común "vulgar". Los siglos XII y XIII, en particular, se revelaron como tiempos de libertad y autoridad femenina en los que las voces de algunas mujeres (santas, visionarias, místicas, abadesas) eran escuchadas y acreditadas.

En 1996, precedido por una serie de encuentros en la Librería llamados "Té, historia y pastas", la comunidad organizó el congreso Cambia il mondo cambia la storia – La differenza sessuale nella ricerca storica e nell'insegnamento (Suplemento al número 60/2002 de "Via Dogana"), en el que yo misma participé junto con Tiziana Plebani y algunas Vecinas de casa. Las Actas fueron editadas por Marina Santini.

Siguen dos libros bellísimos de Marirì Martinengo sobre las trovadoras, testigas de la revolución de la relación entre los sexos que fue el amor cortés, apreciadas y escuchadas por la belleza de sus baladas y canciones en las cortes de Europa como "maestras de civilización" (Le Trovatore, poetesse dell'amor cortese; Le Trovatore II. Poetesse e poeti in conflitto, (Quaderni di "Via Dogana", Milán 1996 y 1999)18.

Finalmente, en el 2005, después de años de investigación sobre su abuela paterna Maria Massone, mujer "sustraída", como la define ella, Marirì Martinengo publicó La voce del silenzio. Memoria e storia di Maria Massone, donna "sottratta" (Génova, ECIG, 200519. Al año siguiente, en el XII Simposio internazionale delle filosofe (Roma, 2006), la historiadora María-Milagros Rivera reconoció en la investigación de Marirì sobre su abuela una modalidad innovadora de hacer historia y habló por primera vez públicamente de "historia viviente" señalando en el libro de Marirì el primer ejemplo de un texto de historia viviente 20.

Fue un punto de inflexión. Desde ese reconocimiento, De Marirì propuso a las componentes de la comunidad que llamaran "Historia viviente" la práctica que hacían entre ellas, que consiste en asumir la indagación interior como motor de un modo, no el único, de escribir las mujeres historia21.

De esto nos hablarán más en profundidad las autoras que hemos invitado.

Ahora paso la palabra a Tiziana Plebani, que dialogará con nuestras invitadas partiendo de su experiencia de historiadora.

Tiziana Plebani (historiadora, escritora, de la Società Italiana delle Storiche). Comentario introductorio

Antes de comentar los textos que se suceden en el tomo de la revista, es bueno que yo ponga en común contenidos y temas con el fin de que quien todavía no lo haya leído pueda entender la propuesta formulada por las autoras y su puesta en juego.

En la introducción al tomo las amigas de la Comunidad de práctica de la historia viviente nos advierten del cambio de camino respecto a su historia precedente: si antes habían "identificado en la libertad femenina una categoría de la historia, conscientes de que han existido siempre mujeres libres que en su referirse a una semejante se sintieron autorizadas a expresar lo que pensaban o deseaban" y, por tanto, se habían dedicado a buscar las huellas de trovadoras y abadesas medievales que expresasen esa libertad, desde 2006 han tomado otra dirección. Impulsadas por la afirmación de Marirì Martinengo de que “hay una historia viviente anidada en cada una y cada uno de nosotros”, en vez de buscar mujeres ilustres o mujeres oscuras en la historia, empezaron una investigación interior como motor de un modo de escribir historia las mujeres, de una investigación que pone en el centro el desvelamiento del sujeto que escribe historia, el cual se convierte así en el documento principal al que recurrir. En el trasfondo está la idea de María-Milagros Rivera Garretas: “la historia más verdadera es la que expresa el amor, no solo los datos de las fuentes tradicionalmente consideradas históricas, y el amor lo expresa relatando la historia que resulta del diálogo implacable entre la historiadora y la relación (con una persona, con una cuestión, con una pregunta, con un deseo) que están en el origen de su propia vocación de historiadora” 22.

Pero ¿de qué se parte para poner en marcha esta investigación? Las amigas milanesas responden: de la narración de episodios que hacen de obstáculo dentro de cada una. Traer a la luz este obstáculo en relación con otras te hace más libre, les ha hecho más libres y, según ellas, es un camino que conduce a la "escritura femenina de la historia".

Así pues, en el tomo encontramos los relatos del núcleo de los obstáculos de cada una, su singular punto de partida.

Para Marirì Martinengo, estos están en la ausencia, eliminación y olvido de la figura de su abuela: gracias a la reconstrucción de su vida, remontándose a los recuerdos de sus hermanas y de sus parientes y al trabajo de recuperación simbólica y biográfica, De Marirì ha podido reconocer en esta figura femenina el origen de su deseo de saber, de interioridad, de sentimientos, de corporeidad liberada y de belleza.

Laura Minguzzi: la muerte violenta de su madre, que es leída como respuesta al abandono de la tierra y del mundo campesino, resultaba contradictoria con su propia decisión de estudiar, de irse a la ciudad y entrar en el mundo de las letras. Unas vicisitudes que narran las heridas del paso de una Italia agrícola a un contexto industrial. “Pero ¿a qué precio se ha llevado a cabo la modernización?” –se pregunta Laura– “el precio es la pérdida de mi madre23.

Marina Santini ha elaborado el conflicto vivido entre la experiencia positiva de apoyo y valoración que le ofrecía su maestra y el comportamiento clasista que esta profesora mostraba con las chicas de origen humilde; esto le ha servido a Marina para reflexionar, saliéndose del esquema igualitario y ratificando el valor de la disparidad pedagógica que sin embargo no puede significar sustraer potenciales y rescate a la otra, como, en cambio, ocurrió en este caso.

Luciana Tavernini reflexiona sobre el obstáculo a la palabra pública femenina, que es puesto en relación con el vínculo entre palabra y verdad y, en concreto, en la relación con la sexualidad y la figura materna. Lo que puede obstaculizar es la vivencia transmitida por la madre de devaluación del acto sexual en el origen de la vida y de la concepción y, sobre todo, una falta de verdad sobre los abusos sexuales: de ello se deriva una despotenciación de la capacidad de "decir el mundo", encallada en lo "no dicho".

Graziella Bernabò en Scrivere biografie di donne nos habla de la fecunda relación que se entabla entre la mujer que narra la vida de la otra y la figura narrada, una relación que conduce a un movimiento continuo entre "empatía" (interpretada como vivir dentro la historia que se relata) y distancia (aquí significa no ponerse en posición de árbitro sino asumir una posición de concienciación y responsabilidad con respecto a lo que se narra).

Marirì Martinengo nos recuerda después el origen de un librito suyo, La signora del Monte, ricordi d'infanzia di un paese delle Langhe (Rivoli, Turín, Neos, 2011), explicando las razones de lo que ella llama una "historia personal", insistiendo en el valor de la memoria y distinguiéndola de la práctica de la historia viviente.

Para María-Milagros Rivera Garretas la historia viviente se refiere a la propia historiadora, a su experiencia personal que requiere ser dicha, si no, "se refugia en la histeria sabia"24; en cambio, la historia viviente se apoya en la capacidad de pensar y de mostrarse sin separaciones, íntegramente, una habilidad que se aprende por el hecho de pertenecer al mismo sexo que la madre. "La historia viviente acierta a manejarse y a escribir en el lugar arriesgado en el que lo real y lo irreal se acercan. En este lugar está la experiencia concretísima de la historiadora: la experiencia que funda su vocación por la historia y que reclama ser dicha y leída u oída en el presente para que la historiografía no decaiga y muera, para que consume finalmente la crisis en la que la historiografía está sumida desde la caída del muro de Berlín en 1989"25. De ello resulta la implicación política de dejar caer la antinomia público / privado que impide a lo privado permear y vivificar la lucha política.

Afrontemos ahora los nudos del discurso propuesto por las autoras, a través de mi lectura, que ha sido facilitada por el conocimiento que ya tenía de su "cambio de ruta", cuya autenticidad reconozco y va acompañada de una escritura hábil, aspecto que me suscita un interés específico porque cultivo una escritura sobria y expresiva también de la historia.

Ante todo hay que reconocer que su recorrido tiene el gran valor de abrir muchas cuestiones, provocar conflictos, planteando problemáticas de no poco alcance. No es posible quedarse indemne ni indiferente: sus tomas de posición, tan precisas y nítidas, piden a gritos respuestas, sobre todo me las piden a mí que soy historiadora, convocándome a volver a atravesar mi experiencia.

"No es el único modo de escribir historia", dicen nuestras amigas en la conclusión de la introducción al tomo, dejando así abierta una puerta, por más que estrecha.Y este pasadizo deja un espacio de diálogo y me permite a mí, que no practico la historia viviente o, más bien, no la practico desde el punto de vista del relato de "obstáculos", posicionarme, moviéndome también yo entre empatía y distancia, que son, por lo demás, instrumentos con los que trabajan los historiadores y las historiadoras. Esta es una perspectiva que tenemos en común y, por lo demás, la empatía y la distancia sirven para afrontar el pasado a la luz del presente, son los instrumentos de navegación para cruzar los tiempos históricos.

Para contestar a sus peticiones me he preguntado sobre lo que me había impresionado: os propongo, pues, que sigamos el hilo de mis razonamientos sobre las preguntas más candentes que me ha suscitado la práctica de la historia viviente.

El primer tema es la relación entre la historiadora y su objeto de investigación, ese diálogo que en el texto es descrito como "implacable". Me he preguntado si hay alguna diversidad con mi modo de indagar y de proceder, mi punto de partida, la pregunta que pone en marcha una investigación mía. Mi experiencia y lo que sé de otras y otros me llevan a decir que quienquiera que realmente haga investigación histórica, antes de empezar, se posiciona con respecto a su objeto, lo corteja, lo ama, encuentra dentro de sí las relaciones que piden que indague sobre ese tema concreto. Las necesidades del trabajo histórico están muy presentes en el momento de arranque y se vuelven más claras y vibrantes en el proceder de la ruta. La subjetividad de quien está implicado o implicada –mi subjetividad– es puesta toda ella trabajar: sensibilidad, mirada, capacidades, arraigo de género. Es precisamente todo esto lo que hace de la investigación una tensión saciante y una fuente de placer que reconozco en mí, tal y como fue expresado por Natalie Zemon Davis: “La investigación histórica es para mí un espacio de alegría y de pasión intelectual” (La passione della storia. Un dialogo con Denis Crouzet, Roma, Viella, 2007). Esta relación con el objeto de la propia investigación se ancla en mí (como en otras y otros) en el placer que se prueba al adentrarse en vidas desconocidas, al afrontar lo distinto, al acercar fragmentos, huellas, al dar forma a vidas y contextos oscuros: casi una obra de obstetricia para traer a la luz un mundo sumergido.

Desde hace ya décadas el papel crucial de la subjetividad de quien escribe historia no solo ha sido ampliamente estudiado sino reconocido como componente fundamental del estatuto científico mismo de la disciplina sea por hombres (Giovanni De Luna, La passione e la ragione. Il mestiere dello storico contemporaneo, Milán, Bruno Mondadori, 2004) sea por historiadoras. La irrupción del feminismo y de la historia de las mujeres ha aguzado la conciencia de ello. No se trata por lo demás de un real descubrimiento de hoy: basta leer las páginas de Jules Michelet, un gran historiador francés del siglo XIX, para ser transportados por una escritura documentada pero llena de pasión. Y la pasión tiene la gran capacidad de implicar a quien lee, de modo que la relación se transforma: ya no es a dos (la historidora o el historiador y su objeto de investigación) sino que se abre a lo múltiple y pone en marcha el deseo ajeno.

En conclusión, la afirmación de nuestras amigas milanesas sobre lo imprescindible de la relación entre la historiadora y su objeto de investigación procede en el álveo ya señalado de la mejor tradición de la reflexión sobre la historia. No obstante, hay que aclarar tanto la propia posición –yo hablo y parto de una posición de oficio– como el "marco de sentido": la subjetividad debe, pues, saber dialogar cerradamente con el estatuto de la historia, con una comunidad científica que tiene sus reglas y la necesidad de comprobaciones, que se pueden también transgredir, pero con las que hay que confrontarse, estando precisamente en relación. Y sobre esto se ha sedimentado un terreno de amplio debate dentro de la Società Italiana delle Storiche de la que formo parte.

El segundo tema afecta a la historia y las entrañas. Lo que sé de mí, de mi modo de afrontar la indagación histórica, inspirándome también en su metodología y ética, es que a lo largo de la investigación se viaja, se pasea, se dialoga, se emperra una y se discute con el propio deseo, pero no por ello se acarician las entrañas. Sé, y sabemos, que la materia pulsante de la vida que se narra debe destilarse o, mejor, alcanzar a representarse, porque lo que se persigue al escribir historia no es el amor, como dicen nuestras amigas, ni la felicidad, la paz o la ausencia de conflictos, sino es la verdad histórica, no la verdad absoluta, obviamente, sino un recorrido de desvelamiento gradual "que se realiza progresivamente, colectivamente, gracias al trabajo de generaciones de estudiosos… verdad como proceso" (Angelo d'Orsi, Piccolo manuale di storiografia, Milán, Bruno Mondadori, 2002), porque esta palabra abre una serie de cuestiones (sobre todo esto, es iluminador Carlo Ginzburg, Il filo e le tracce. Vero, falso, finto, Milán, Feltrinelli, 2006).

Aunque las contaminaciones sean oportunas y los terrenos se crucen, filosofía, derecho, religión, literatura, antropología, arte e historia, cada ámbito disciplinar tiene metodologías, finalidades y perspectivas diversas. Los "géneros" nos sirven de marcos de sentido con los que nos confrontamos sin dogmas ni sometimientos, pero reconociendo la autoridad, el trabajo y la tradición que nos han precedido.

Los propios nudos-obstáculo han de ser, pues, puestos al servicio del análisis y gobernados con los instrumentos de hacer historia y así se vuelven productivos, más "generosos" y se disuelven en el flujo de la historia. Mis progenitores, por cultura y mentalidad, no sostuvieron, desafortunadamente, mi deseo de estudio, sobre todo mi madre no fue para mí una aliada, en comparación, por suerte, con una abuela extraordinaria y "nutritiva". Una vez hube entrado en el mundo de los libros y del saber con un itinerario de fatiga y empeño, sentí fuertemente el deseo de reescribir la historia del libro, demostrando que las mujeres pertenecieron plenamente al mundo de los saberes, su participación en la producción del libro, su peculiar libertad como lectoras, rescatando también las prácticas orales de transmisión de cultura. Nació de ahí un libro, Il "genere" dei libri (Milán, Franco Angeli, 2001), fruto de diez años de investigación, que conquistó un puesto reconocido en la historia de la disciplina y que puso en movimiento otras muchas investigaciones. Mi historia personal –mi "obstáculo"– es por lo demás una historia bastante corriente que elaboré, gracias a la autoconciencia, en la relación con las amigas, el grupito y la política de las mujeres. Es indudable que esta rigurosa confrontación con las fuentes, con los instrumentos concretos del hacer historia, desde el punto de vista de la eficacia y del enriquecimiento de la historiografía y del estímulo al deseo de otras, ha conmovido mucho más que lo que habría hecho un relato de las entrañas, que pertenece a un horizonte bastante más restringido y que necesita, para ser transmitido, de un diálogo entre pocas. El trasfondo en el que me pongo es el de un uso "público" de la historia, dirigida a una multiplicidad de destinatarias y destinatarios.

La otra cuestión espinosa que nuestras amigas nos entregan, y que se asocia con las notas precedentes, es la relación entre historia y memoria porque su narrar se adentra en la memoria individual. Este es verdaderamente un tema crucial, sobre todo en nuestros días que ven un continuo uso político de la memoria (Eric Hobsbawm, Nazioni e nazionalismo, Turín, Einaudi, 1991).

En la tradición historiográfica, la memoria y la historia se han enfrentado largamente. La memoria es la facultad humana de conservar huellas de las experiencias pasadas y de tener acceso a ellas mediante el recuerdo. Característica de la memoria es su capacidad de reconstruir continuamente el pasado a través de las exigencias del presente. En otras palabras, es el presente lo que da forma al pasado, ordenando, reconstruyendo, seleccionando e interpretando sus legados. La memoria está ya, por tanto, densamente entretejida de metaconstrucciones, no es una fuente directa y menos aún algo a lo que podemos acceder sin instrumentos. Quien se ocupa de historia oral conoce bien estos problemas (Alessandro Portelli) y quien ha trabajado sobre la memoria de las mujeres y del feminismo (Luisa Passerini) conoce su riqueza y también sus riesgos: la necesidad de afinar el acercamiento no solo para no ser trastornadas por la empatía sino todavía más para no caer en las trampas del relato autojustificativo, auto-consolador si no directamente seductor de quien escucha o lee.

Además, la memoria es inestable y ambivalente, cambia con el transcurso del tiempo también en el relato de la misma persona. Maurice Halbwachs, el gran estudioso de la memoria colectiva, sostuvo, precisamente, que la historia empieza allí donde la memoria termina (La memoria collettiva, Milán, Unicopli, 1987); por lo demás, memoria e historia responden a lógicas no similares: la primera es movida por la exigencia de preservar la identidad (individual o de grupo); la historia, en cambio, es movida por el deseo de conocer lo que sucedió. La memoria tiende a hacer presente el pasado, mientras la historia –tomo prestadas las palabras de una gran historiadora que ha trabajado mucho sobre las memorias de guerra y de deportación, Anna Rossi Doria–, partiendo de las preguntas del presente, sanciona respecto al pasado una separación definitiva, "en cierto sentido la memoria rechaza la muerte y la historia la acepta" ( Memoria e storia: il caso della deportazione, Soveria Mannelli, Rubbettino, 1998). La relación con el tiempo, que es una categoría crucial de la historia, es, por tanto, fundamental. Aun así, la historia se nutre de las memorias individuales y colectivas, interactúa con ellas y desde el siglo XX la historiografía ha, si no descubierto, ciertamente valorado e incrementado el uso de los llamados "ego-documentos", memorias, diarios, autobiografías y recuerdos orales que se confrontan con la historia "oficial", con frecuencia produciendo otras historias que han echado por tierra y subvertido narraciones consolidadas. Las "fuentes de subjetividad" han entrado de manera difusa, por tanto, a formar parte de la "caja de herramientas" de los historiadores (sobre todo vinculadas con los estudios de historia social, del movimiento obrero, de la deportación y de la historia de las mujeres).

El uso de la memoria sabe iluminar las zonas de sombra y es capaz de proyectarnos dentro de una vicisitud y captar su esencia. Una historia (sobre todo del presente) sin memorias corre el riesgo de serlo sin pasiones, sin emociones.

Reconstruir hechos históricos usando solo fuentes subjetivas o de memoria es, no obstante, una operación arriesgada y poco fehaciente. Se trata de fuentes con un fuerte poder evocativo y con una materia muy difícil de tratar. La memoria sola no basta, en especial si creemos poder con ella "hacer justicia" (Carlo Ginzburg: "En el mundo que habitamos, desgarrado por odios interminables, insistir exclusivamente sobre el poder de la memoria de restañar las heridas del pasado sería frívolo. La memoria es una fuerza ambivalente: puede producir fidelidad u obstinación, odio, intolerancia ciega. La memoria es, como Platón tuvo a bien decir de la escritura, un pharmakon: una medicina y, al mismo tiempo, un veneno" ( Memoria e globalizzazione, "Quaderni Storici" 120, 2005).

Además, como han observado muchos estudiosos y estudiosas, entre estas Annette Wieviorka, autora de L'era del testimone (Milán, Raffaello Cortina Editore, 1999), asistimos desde hace tiempo a una transformación del vínculo entre memoria e historia, en el sentido de que la memoria entra en conflicto con la historia, en su ambición de sustituirla con una visión menos árida y más subjetiva de los hechos, pero privándose de contextos más amplios y de una criba más rigurosa; algunos advierten del carácter casi obsesivo que ha asumido la memoria en las sociedades contemporáneas, como Jacques Revel (gran historiador francés, especialista en historia sociocultural de la Edad Moderna): "es como si nuestras sociedades se hubieran convertido en empresas productoras de memoria y emplean buena parte de su narcisista actividad en reflexionar sobre medios para fijar su imagen mientras están todavía vivas. Y mientras están obsesionadas por su memoria, se han vuelto ampliamente ignorantes de su historia" (La memoria e la storia, en Enciclopedia Multimediale delle Scienze Filosofiche, 1995).

Además querría plantear otra cuestión que creo que todas han podido experimentar: un exceso de narraciones individuales, de historias vividas, pensemos en la Shoah, produce un bajón de atención: un exceso de dolor, de entrañas, de emotividad tiene el riesgo de entregarnos a lo acostumbrado y a la indiferencia. Como ha escrito la historiadora india Parita Mukta, se asiste a un "consumirse de las memorias vividas": nos encontramos ante "un exceso de testimonios sobre la violencia que impregna cada aspecto de la vida de nuestro tiempo" que va acompañado sin embargo "de un defecto de conocimiento del verdadero sufrimiento" (Il logoramento della memoria: etica, moralità e futuro, "Quaderni Storici", 2005).

Así pues, si en cada una de nosotras se encierra una historia sobre la que es oportuno trabajar, desatando nudos y obstáculos, no es igual de deseable que esto se convierta en narración pública. No todo, por lo demas, ha de codificarse en géneros de escritura mientras permanece en el ámbito de los intercambios entre personas, en los relatos de los que se nutren las relaciones, los sentimientos, la intimidad.

En el caso, encima, de nuestras amigas, lo que a mí me crea problema es que no se trata de usar la fuente memorialística ajena, sino la propia. Hay en esto un exceso, un desbordar: ser sujeto y al mismo tiempo fuente, testimonio y documento crea un cortocircuito, un relato todo interno, se arriesga la implosión. En la práctica de la historia viviente la medida es ofrecida por la relación con otras, pero esto pone sobre la mesa una medida bastante relativa y escasamente eficaz, porque toda ella circunscrita al interior del mismo paradigma, enfoque y método.

En los artículos del tomo he notado una percepción que considero morbosa de la disciplina histórica, una acusación y prejuicios que no toman en consideración ni siquiera la gran tradición consolidada de historia hecha por las mujeres, incluida yo misma. Querría asegurar, por tanto, que no hay una historia con mayúscula, fría, construida solo con hechos, neutra y despersonalizadora que se opone a la historia viviente. El laboratorio historiográfico es riquísimo, está atravesado por aproximaciones bastante diversificadas y por reflexiones que ramifican e interrogan la disciplina. El campo de la historia está en perenne transformación, como escribió Marc Bloch en los años treinta del siglo pasado: "La historia es la ciencia del cambio" (Apologia della storia o mestiere di storico, Turín, Einaudi, 1969).

En los últimos años me he dedicado a la historia de los sentimientos con el deseo de afirmar también a nivel teórico e historiográfico lo que siempre he sentido dentro de mí: la relevancia de las emociones en los procesos cognitivos y sociales, la influencia del cuerpo y su íntima conexión con la mente contra la presunta superioridad o separación de la parte racional (pensemos, en el campo filosófico, en Martha Nussbaum, L'intelligenza delle emozioni, o en Roberta de Monticelli, L'ordine del cuore, Milán, Garzanti, 2008): a esto está dedicado mi último libro Un secolo di sentimenti. Amori e conflitti generazionali nella Venezia del Settecento, (Istituto Veneto di Scienze Lettere ed Arti, 2012). Este deseo mío no es, sin embargo, un cuerpo extraño en el ámbito de la disciplina sino que está plenamente integrado en las rutas de renovación de la historiografía (hay cuatro centros internacionales de History of Emotions), donde tienen amplio espacio cuestiones de género, de subjetividad y temáticas propiamente feministas. No es historia de las entrañas sino una historia que intenta afrontar, con criterios, metodologías y aproximaciones interdisciplinares, la riqueza de la experiencia humana.

He leído con mucho interés estos textos sobre la práctica de la historia viviente: son memorias reelaboradas con un uso bastante preciso y refinado de la autoconciencia, cribada con el filtro del pensamiento de la diferencia. Son escrituras "militantes" que dan muchas ocasiones a la historia, en ese continuum que podríamos entrever entre los dos polos de memoria e historia, pero que se quedan por lo general en la vertiente de la memoria o, más bien, a través de una escritura vigilada, pueden renovar un género literario concreto: la autobiografía política. Y un modelo de referencia solo puede ser la escritura de Carla Lonzi. Y por otra parte, hacen notar la urgencia de un relanzamiento de la práctica de la autoconciencia, refundada con los instrumentos que tenemos hoy, con las necesidades de hogaño.

Si el horizonte en el que se proponen estos escritos afecta a una esfera de circulación pública, entonces se abre otra cuestión crucial: ¿por qué pensamos que es la historia la que debe transportar algunas narraciones que están fatigosamente en su álveo? ¿Por qué no podemos cambiar de registro, si queremos contar esta adherencia de vivencia, entrañas, recorrido intelectual y político?

Las páginas de Marirì tienen para mí el sabor de una escritura literaria con una gran potencia. Y no por casualidad Luciana Tavernini concluye su artículo con una poesía, porque es eso lo que mejor representa sus palabras reencontradas.

Más que en el vínculo entre memoria e historia la tensión que se puede crear –siempre que se quiera permanecer en una esfera de circulación pública de los textos– es la que hay entre memoria y literatura. He escrito recientemente una novela, Un posto dove stare (Venecia, Toletta Edizioni, 2014) precisamente porque he comprendido que, aun partiendo de una historia de lo real, no habría podido restituir plenamente la puesta en juego, lo simbólico y la metáfora que estaban ocultos en el presente, cosas que la imaginación y la creación de personajes de ficción me permitían en cambio expresar.

Concluiría por tanto con una invitación a nuestras amigas a ser en su radicalidad todavía más radicales, aferrando la libertad de estar más allá de la historia.

Debate

Laura Minguzzi

Partiendo de la reflexión de Tiziana Plebani, a la que sigo desde hace años, en concreto cuando escribe de Venecia preocupándose por el destino de esta ciudad, a la que también yo estoy muy vinculada por haber estudiado en la Università di Ca' Foscari, querría analizar las cuestiones de la objetividad / subjetividad de la verdad histórica, diciendo las ganancias de nuestro trabajo.

La historia "objetiva" que nos ha sido transmitida y enseñada no es verdadera sino verosímil, porque calla la experiencia femenina. Buscar y amar la verdad histórica significa desear un contacto auténtico con los diversos contextos y las figuras del pasado: es amor a la realidad. Como dice Simone Weil en La prima radice en 1943 (Milán, SE, 1990), el logos no es solo palabra, es también relación, vínculo. Por eso es importante una Comunidad que ofrezca interdependencia de miradas y de palabras, de retornos entre una y otra, entre el presente y el pasado; entre las historias mismas que narramos de nosotras, que representan las decisiones, los nudos-enredos que han condicionado pesadamente nuestras vidas y que hemos decidido revelar y hacer públicos. Éramos una comunidad de cuatro; recientemente el grupo se ha ampliado a ocho; por eso estamos afrontando las contradicciones y las dificultades de nacer otra vez como comunidad ampliada. Hace poco, dos del grupo se distanciaron y, después de dos años de trabajo juntas, han seguido otro camino.

Nuestra práctica es todavía un fruto de la autoconciencia del primer feminismo. Hace falta sentir desde dentro el impulso de afrontar con las otras, en relación de confianza, un determinado nudo, y quererlo desenredar. Un impulso imprescindible, que se transforma en deseo profundo de abrirse a la palabra pública, de plantearse preguntas y desear encontrar respuestas nuevas, porque las que están disponibles no satisfacen. Luego viene el movimiento de la escritura, que es importante porque la escritura purifica, sirve para enfocar y finalmente depositar un simbólico femenino. En mi texto "La historia rechazada, historia como vida significante", publicado en DUODA y en DWF excavando en la tragedia de mi madre, he conseguido ver una conexión con la historia italiana de los años sesenta: fue ese un período de violenta transformación de Italia de país campesino en país industrializado. La política de desarraigo de Italia de sus raíces campesinas provocó mucho sufrimiento y empobrecimiento del alma. Ahí ocurrió el suicidio de mi madre, que se negó a abandonar esos campos porque para ella eran su vida misma. Hoy, después de un largo período de conflicto interior debido a la dificultad de aceptar esa trágica muerte, a través de la práctica de la historia viviente veo en el gesto extremo de mi madre un acto de revuelta y de libertad femenina, no de resignación o desesperación. A pesar de carecer ella totalmente de instrucción, había sostenido incondicionalmente mi deseo de proseguir mis estudios y de vivir en la ciudad. Nuestros deseos eran ambos fuertes e irrenunciables: el mío, que nacía del amor al estudio y la cultura, el suyo de seguir criando animales, ordeñar las vacas, hacer queso, cultivar el huerto, vender achicoria en el mercado y cultivar los campos. Pero las decisiones económicas de ese período histórico –la industrialización de los años sesenta, el afincamiento urbano con la destrucción de la agricultura– no permitieron mantener ambos, y la obligación a la renuncia, a la disyuntiva, condujo a la tragedia. Así, con solo veinte años, perdí a mi madre. El movimiento feminista de los años sesenta y setenta, nacido de nuestro deseo de libertad, trajo al mundo la figura de la "madre simbólica", desvelando que éramos todas "huérfanas" de madre. Hoy, sin embargo, cuando estamos escribiendo nuestra historia, no nos podemos ya llamar así.

Para mí, el camino trazado por Marirì Martinengo con La voz del silencio. Maria Massone, mujer "sustraída", ha sido determinante. Me fie, seguí el pasadizo abierto por ella en el muro de los afectos familiares y seguí andando. Me dije: se hace camino al andar. Mediante el filtro de la práctica de la relación que vuelve fiable mi relato, los años sesenta pueden ser ahora leídos de otra manera. No se trata de historia personal, porque afecta a hechos, personas y procesos en un contexto concreto. Como ha escrito María-Milagros Rivera, historiadora española con la que estamos en relación estrecha y a la que reconocemos autoridad, los años sesenta en Italia, después de mi relato, tienen una nueva clave interpretativa. Recuerdo que durante un debate público de 2006 en la Librería de mujeres de Milán sobre el libro de Marirì, una lectora dijo que la historia de su abuela contada por ella era importante porque ofrecía un cuadro emblemático de una clase social, la clase burguesa, y no era solo una historia personal porque desvelaba una realidad de mentiras, de encubrimientos y de compromisos típica de un momento histórico preciso, a la cual la autora, a través de su subjetividad, restituía las características de una época.

Entre las ganancias simbólicas de la práctica de la historia viviente, quiero enumerar, aparte de la de haber recibido voz y palabra sobre mi experiencia, el haber obtenido justicia, necesidad universal que ha encontrado una salida positiva a través de un recorrido político de crecimiento en relación, y no reivindicando ni abriendo conflictos destructivos. En el sentido de que, si hubiera sostenido con mi hermano o mi padre una relación conflictiva, culpándoles de la muerte de mi madre, habría perdido tiempo y energías. Desplazando, en cambio, el discurso a mi madre y a mí, pude reanudar los hilos rotos e hice de ambas sujetos de la búsqueda de verdad histórica. El reconocimiento de autoridad a Marirì Martinengo me soltó la lengua y el nudo de dolor que bloqueaba mi palabra pública. Un agujero en el estómago que me quitaba fuerza y confianza en mí y en las otras. La práctica de la narración en la Comunidad de historia viviente se convirtió así en un tomar yo misma la responsabilidad del presente y del pasado, un rescate: dejé de hacer sitio a la complicidad de la victimización o al sentimiento de culpabilidad que paralizan la mente y no liberan el pensamiento. Ha sido y es una práctica vivificante de la historia, campo de batalla por la narración de la realidad. Como ha reconocido María-Milagros Rivera, a través de mi relato se puede sacar a la luz una articulación crucial, un paso de la historia de Italia que hizo época, y resignificarlo. Hoy es particularmente urgente repensar ese período, considerando el estado actual de la economía y de la crisis de la idea de desarrollo y de modernización.

La lectura del pasado cambia y se transforma si, al mismo tiempo, nosotras nos transformamos, si trabajamos para inscribir la libertad femenina en la historia, para constituir una nueva civilización en la que los deseos femeninos sean decibles y realizables. Pero si no tenemos una relación viva con la realidad y con la historia, la historia viviente no se traduce en una transformación general.

Luciana Tavernini

Titularé mi intervención El espesor invisible de los hechos. Cuando en 2005 salió el libro de Marirì Martinengo, La voce del silenzio. Memoria e storia di Maria Massone, donna "sottratta", yo lo consideré una historia personal que sacaba a la luz de modo subjetivo las vicisitudes históricas de una mujer de vida "infinitamente oscura". Me parecía interesante el método de proceder mediante indicios y a través de la voz de testimonios, me parecía una denuncia de la sociedad patriarcal, veía hasta qué punto la cancelación de la abuela había sido dañina también para la nieta, que no la había siquiera conocido. Entendí solo más tarde que en ese libro estaba in nuce la propuesta de un nuevo inicio para la historia; fue cuando María-Milagros Rivera Garretas, primero en el Circolo della rosa de Milán en junio de 2006 y después en septiembre en Roma en el XII Simposio de la Asociación Internacional de Filósofas (IAPh)26 nos mostró que "Sacar a la luz la historia que anida en cada una / cada uno de nosotros y sacarla con un método capaz de combinar la erudición crítica con el pensamiento que sabe descifrar lo que se siente (Zambrano), puede –pienso– ser un momento de simbólico que no perpetúe el odio y la venganza"27.

Pensando en ella, María-Milagros Rivera Garretas había devuelto a la luz su experiencia de cómo la guerra civil truncó los proyectos de vida de su madre y su padre, a pesar de que estuvieran del lado de los vencedores. Había así entendido que las explicaciones de la Guerra civil española, basadas en el esquema vencedores / vencidos, eran inadecuadas y constituían una interpretación mecánicamente repetida. Había descubierto que en ella anida "la necesidad de traer al mundo una paz que no tenga como referente ni la guerra ni la ausencia de guerra". Su irrenunciable "no es el 'No a la guerra' sino cómo hacer para que la guerra se vuelva impensable"28.

Milagros se dio cuenta de que era incapaz de aprender y de explicar la guerras y de que sentía angustia y frustración al hablar del Holocausto porque, aunque suscitaba gran interés y participación en las clases, sentía que en el fondo "quedaba siempre, entre bastidores, el odio al pueblo alemán por el delito cometido"29. En realidad, si el odio prevalece la historia se puede repetir, pero en las clases no conseguía ofrecer una interpretación de la historia que dejara pasar el amor, poniendo en juego precisamente la experiencia personal que tenía al alcance de la mano y que, expresada, puede ir "más allá –no en contra– del esquema víctimas / verdugos", guerra justa / guerra injusta, superando el pensamiento dominante, "cuyo horizonte es la guerra o su ausencia"30. La modificación interior de la historiadora sirve para hacer pensable un mundo sin guerras y permite encontrar mediaciones para decirlo.

La postura de Milagros me llevó a entender que la investigación en la que la historiadora sondea nudos no resueltos no es un autoanálisis ni un análisis de grupo, sino que tiene la capacidad de sacar a la luz elementos de simbólico que nos ayudan a leer el período en el que los nudos se han creado, porque los liberan de interpretaciones "apócrifas", por usar términos de Zambrano, que esconden la "historia verdadera", y se consigue así modificar el presente.

Esta apuesta ha sido lo que me llevó a participar en el cambio de rumbo de 2006 en la práctica de investigación de nuestra comunidad, donde reconozco a Marirì Martinengo la autoridad de quien emprendió la primera el camino y tiene el deseo fuerte de seguir descubriéndolo con nosotras.

Para este tipo de investigación, como dice Annarosa Buttarelli en Sovrane. L'autorità femminile al governo, "más que los hechos transmitidos –a los que en cualquier caso se hace siempre la referencia debida– cuenta lo que de ellos queda, lo que han producido en la vida de quien los ha vivido, lo que han transformado o no podido transformar, las relaciones que los generaron, recorriendo todo el terreno que constituye el espesor invisible de los hechos. Se trata de una escucha de los hechos en posición de pasividad, de acogida de su querer decir (no limitarse a su análisis) para recibir la 'revelación' de su sentido histórico y/o extrahistórico"31.

Ha hecho falta tiempo, escucha mía y de las otras de la Comunidad, para que yo pudiera dilucidar algunos de los nudos de los que he escrito en el artículo de DUODA y de DWF, no por casualidad titulado "Los grumos oscuros del desorden simbólico".

Aquí hablaré solo de los que me impedían tomar públicamente la palabra, fiándome de lo que sentía.

Sobre la importancia del sentir como signo de veracidad, cito palabras de Zambrano que pueden ayudar a comprender su sentido:

"Todo, todo aquello que puede ser objeto del conocimiento, lo que puede ser pensado o sometido a experiencia, todo lo que puede ser querido, o calculado, es sentido previamente sentido de alguna manera; [...]. El sentir, pues, nos constituye más que ninguna otra de las funciones psíquicas, diríase que las demás las tenemos, mientras que el sentir lo somos. Y así, el signo supremo de veracidad, de verdad viva ha sido siempre el sentir; la fuente última de legitimidad de cuanto el hombre dice, hace o piensa"32.

Yo no tenía mayores dificultades de hablar en público, porque me servía de varias estrategias, de las que me di cuenta con la práctica de la historia viviente y que reconocí en otras que cito en mi artículo.

Una estrategia es el uso de la ironía sobre sí en todas las narraciones, también públicas: relatos cautivadores, fabuladores, divertidos, sobre todo miméticos.

Otra es probablemente el hacer, pero un hacer vinculado con el agradar: una dificultad, por tanto, de decir no, de rechazar las peticiones, también de hablar en público. Te dejas exprimir. También la decisión de decir que no cuando es de verdad indispensable, está guiada por la jerarquía de los afectos más que por el propio deseo.

Y para tomar la palabra en público sobre temas que te importan, se habla con las palabras de otra o de otro, casi una máscara que cela y, sin embargo, revela. Y explicando puntualmente los pensamientos y peripecias ajenas, gracias a la porosidad que el lenguaje puede consentir, se deja filtrar algo de sí.

Una historia basada en los hechos podía solo decir que era una mujer que hablaba en público, pero yo sabía que mi palabra no tenía la fuerza que viene del partir de sí, del fiarse de lo que se siente.

Intenté entender qué era lo que había minado esta fuerza que con frecuencia reconozco en las niñas pequeñas y hoy en algunas jóvenes. Identifiqué primero un nexo entre palabra pública femenina auténticamente ligada con el propio sentir y el cambio ocurrido desde mediados de los años cincuenta y luego en los setenta en lo relativo a la sexualidad.

A partir de los años cincuenta empieza un desvelar los progenitores los misterios del nacimiento y la concepción, pero a menudo se hace torpemente, generando un sentimiento de vergüenza de los orígenes y una devaluación de la capacidad del lenguaje de decir la verdad, reduciéndolo a un mero instrumento de comunicación de la cotidianeidad, contacto afectivo, sonido agradable. No solo en mi experiencia sino también en la de otras amigas está el recuerdo de la quiebra de la confianza en que la palabra de la madre fuera guía para el descubrimiento de la verdad, determinada por el sentimiento de haber sido engañadas y, luego, por el de miseria sobre el origen.

Solo en los años setenta, con el feminismo, empieza a ser decible el nacimiento con narrativas que no disminuían el acontecimiento y a la vez no lo volvían prosaico, con invenciones vinculadas con la relación, con el aquí y ahora.

Esto proporcionó a nuestras hijas una lengua capaz de decir lo que somos y hacemos y a no tener miedo de hacerlo públicamente. Hay pues en este acontecimiento privado una fuerte cualidad pública.

Identifiqué después otra situación que dificulta el entender y fiarse de lo que se siente y, por tanto, el ser capaz de juzgar y de hablar en público.

Es la que tiene que ver con los abusos sexuales, sobre todo si proceden de personas que la madre valora. Son episodios muy difundidos y extremamente ambiguos. Aunque la joven encuentre el modo de evitar que la experiencia se repita, aun así queda dentro de ella la duda sobre el comportamiento del hombre. ¿Quería hacerme bien o hacerme daño? ¿Los gestos, son los del afecto? ¿Era yo importante para él o era sustituible? ¿Qué tenía de bueno, si mi madre lo estimaba? Si mi madre se equivocaba ¿cómo puedo fiarme de su juicio? ¿Cómo hacer para hablar con ella, si lo que ha ocurrido es tan ambiguo? La duda es también un modo de sustraerse a la reificación que la violencia de un ser humano causa siempre en quien la padece. Además, en comparación con las trágicas narraciones de violencia contra las mujeres, lo que ha sucedido resulta insignificante y, sin embargo, sabemos cuánto nos ha marcado.

Ocurre que solo después de la muerte de la madre se consiga reconocer y juzgar lo ocurrido o, como le pasó a Ornela Vorspi, escritora albanesa que escribe en italiano y fue por ella narrado en el relato Corona de Cristo (El país donde nadie muere, Barcelona, Lumen, 2006) se puede hablar de ello en una lengua que la madre no puede leer.

Este tipo de acosos es prácticamente invisible e indecible: además de crear una sexualidad distorsionada porque vinculada con el placer de él y no con un descubrimiento recíproco, crean desconfianza en el propio sentir y nos obligan a activar las estrategias de las que hablaba antes. He encontrado una similitud importante entre mi camino y el de Azar Nafisi, tanto por lo que ha relatado en Cosas que he callado (Barcelona, Duomo editorial, 2010) como en su obra como escritora.

Sé que he tocado algo verdadero porque se ha dado en mí un cambio visible. La práctica de la historia viviente transforma. Consigo hablar partiendo de mí y las citas de otras y otros, que sigo usando, ya no son un escondite sino un diálogo en el que yo soy el sujeto que abre la interlocución.

Es una tensión por la verdad lo que me guía. La verdad obtenida no es, por tanto, algo estático, una explicación única y definitiva. Es una propuesta de comprensión que otras/os pueden compartir, sobre todo en un intercambio vivo "de dos en dos", como he aprendido en el feminismo.

Tampoco significa que aquel nudo no siga planteando preguntas.

He seguido preguntándome por qué aquel médico, que ahora sé que abusó de mi ingenuidad y de la confianza de mi madre, y me hizo daño, no mostraba signo alguno de culpabilidad.

Leyendo Questa guerra è una guerra di religione de Simone Weil, he encontrado una explicación, a la que puedo añadir un punto de vista mío. No os resumo el texto: merece ser leído íntegramente. Fue escrito entre finales de 1942 y la primera mitad de 1943. Simone Weil se pregunta cómo afrontan los hombres el problema del bien y del mal. Identifica tres modos. El segundo es el que iluminó mis interrogantes. El método para no sentir el peso del problema moral, de la elección entre el bien y el mal, es el de la idolatría, que "consiste en delimitar un ámbito social en el que la pareja bien y mal ya no tiene derecho de entrar. En la medida en la que es partícipe de ese ámbito, el hombre deja de estar sometido a esta pareja.

El recurso a este método es frecuente. Un científico, un artista, en cuanto tales, creen con frecuencia que están desligados de toda obligación, desde el momento en el que han hecho de la ciencia o del arte un espacio precintado en el que la virtud y el vicio no penetran. Lo mismo le pasa también a veces al soldado o al sacerdote: se explican así los saqueos de ciudades y la Inquisición. En sentido general, esta técnica de la compartimentación ha llevado a cometer, a lo largo de los siglos, muchas monstruosidades a hombres que no parecían en absoluto monstruos"33.

Esta era la posición de aquel estimado y prestigioso profesional de la salud. Yo puedo añadir que quien elimina para sí la diferencia entre vicio y virtud, entre bien y mal, infecta también la capacidad de distinguirlo en quien padece el mal. A mí, por ejemplo, me resultó posible considerar culpable a aquel hombre solo después del largo camino del que os he hablado: aquella confusión me había embridado durante años.

Marina Santini

Son tantísimas las cosas que se han dicho que ahora a mí me gustaría escucharos a vosotras. Pruebo a puntualizar solo un par de cosas. Lo primero que quiero decir es esto: la práctica de la historia viviente abre la posibilidad de releer de otro modo la historia desde el punto de vista femenino, indagando en los nudos personales que fatigosamente vamos reencontrando dentro de nosotras y les decimos a las otras las cuales, a su vez, nos devuelven, en un diálogo continuo, en una reactivación continua, nuestras palabras. Nos comprometemos a destilar un relato que valga también para otras y otros; por tanto, no es solo historia individual. Hemos descubierto una manera de leer la historia de las mujeres distinta con respecto a la construida sobre la contraposición entre vencedores y vencidos, citada antes por Luciana Tavernini remitiéndose al texto de María-Milagros Rivera. Aquí había un nudo evidente. Pienso en la obra reciente de Anna Bravo (La conta dei salvati. Storie di sangue risparmiato: dalla Grande Guerra al Tibet, Bari, Laterza, 2013) que de la Resistencia italiana entre 1943 y 1945, fue a mirar no la más conocida lucha armada contra el nazifascismo sino la lucha más oculta, silenciosa y desarmada que se desarrolló por todas partes del Centro-Norte (cuarteles, escuelas, fábricas, campos, casas, conventos, calles, lugares de trabajo y lugares de encarcelamiento) en los que fue posible decir no a la opresión y a la vergüenza, salvar una vida y salvar la propia conciencia. Este es un ejemplo de lo que de distinto puede decir una mujer sobre la guerra.

Lo otro que quiero decir afecta al modo de leer, al corte con el que se narra la historia. Ha sido citado mi texto en el que digo que uno de mis nudos, ciertamente no traumático como los de Laura y de Luciana, era la relación entre la justicia, por una parte, y la preferencia, por otra. He vivido siempre de modo muy conflictivo la preferencia por mí o por otras, también cuando más tarde practiqué yo misma la preferencia con mis alumnas, fiel a la práctica feminista por la cual el "preferir" a una chica sobre un chico significaba también darle ese "más" que necesitaba para valorarse, medirla de un modo distinto que a otras y otros. Esto, que me creó problemas de niña y durante mi vida laboral, fue leído por las amigas de la Comunidad de historia viviente en una clave completamente distinta. De modo que esa preferencia, que yo consideraba discriminadora, de hecho no excluía sino que hacía crecer y, por tanto, aquello en lo que me convertí después se lo debo precisamente a esa maestra por la que había sido preferida. Así me reconcilié con esa maestra, a la que antes recordaba con fastidio y ahora, en cambio, reconozco como figura positiva en mi camino a pesar de todos sus defectos: ella me hizo salir adelante. Esta modalidad subjetiva de interrogar la historia que hemos identificado, abre vías nuevas no solo a la investigación histórica sino también a la escritura de la historia, por lo que aunque sea cierto que se trata de una escritura que está entre la literatura y la historia, es una escritura que quizás nos acerque más a la historia. Esto quería precisar. Luego tal vez con vuestras preguntas volveré a intervenir.

Alessandra

El tema es difícil, muy interesante, para mí y algunas aquí presentes sin duda apasionante. Nosotras hemos preparado preguntas, pero quizás sea mejor oír de vosotras que estáis aquí y habéis escuchado qué impresiones tenéis, qué observaciones, críticas o consideraciones deseáis plantear en este contexto.

Mariella

¿Cómo trabajáis en vuestra práctica, también con respecto a la escritura?

Grazia Sterlocchi (asociación La settima stanza)

Os doy muchísimas gracias a todas, porque cada una se ha revelado con una plenitud que aprecio mucho con todas las diferencias de discurso. Yo quiero decir solo dos cosas. La primera es esta: a propósito de la intervención de Luciana Tavernini, en la que he sentido un transfondo importante del pensamiento de Zambrano, esa condición de pasividad en la que ponerse, respecto a esta operación de grandísimo misterio, como si se entrase en una zona misteriosa, quería añadir otra palabra de Zambrano que tiene que ver con las "entrañas", palabra clave de su pensamiento, esas entrañas que encontramos como metáfora también en los Claros del bosque (Barcelona, Seix Barral, 1977), porque los claros o las entrañas son las zonas de máxima verdad, abren a la cuestión de lo verdadero, de la gran historia que proponía Tiziana. Está claro que yo, a través de una experiencia mía y una práctica de investigación de filosofía y de poesía, asumo como muy veraz esta propuesta y esta revelación de Zambrano. Es una tarea muy comprometedora porque es necesario convivir con las entrañas y las entrañas se mueven con una lengua muy desarticulada y precisamente esta desarticulación es su encanto y su dificultad: componer los fragmentos de mensaje según van siendo adquiridos. Componerlos es un gran ejercicio que pertenece ya, creo, a cada una de nosotras y, en este caso concreto, a vosotras que os presentáis como historiadoras, como investigadoras que escuchan el plano profundo. De lo que he oído hasta ahora, dos cosas me han interesado muchísimo, más allá del cuestionamiento de Tiziana. Una es cómo salvaguardar la relación entre madre e hija. Salvaguardar la estima de la madre cuando esta es puesta en discusión, es una cuestión importantísima que creo que forma parte de la historia de muchas de nosotras. En un determinado momento se ha dicho, pero no recuerdo por quién, que para responder a nuestra exigencia que no es solo de inmediatez sino de verdad, una historiografía no puede ser tomada por verdadera si no tiene en cuenta y no deja pasar el río del amor. Gracias a quien ha citado esto en contexto porque me parece una verdad que abre, que recoge y sintentiza ante todo un problema y una tensión que hasta ahora no había oído decir con tanta fuerza y simplicidad. Y esta es la cuestión que pienso que podría interesar a Tiziana, respecto a las preguntas que al comienzo planteaba, cuando Luciana decía que el sentir no son solo las entrañas, no son solo sentimientos, sino sede primera de veracidad, y no por casualidad Zambrano pone el sentir incluso en el inicio de la relación vertical, de la trascendencia.

Chiara Puppini (asociación StoriAMestre)

Muy interesante lo que habéis dicho, pero yo tengo dudas que quiero presentar aquí en contexto. Hablo como profesora de Historia. Mi problema era para qué sirve esta materia. Me lo planteaba todos los días ante mis estudiantes. Las profesoras que están aquí me entienden. La Historia, es cierto, sirve para comprender el presente. Miro al pasado, no para hacer un ejercicio puramente erudito intelectual, sino para entender el presente. Lo miro con los ojos del presente. Vosotras estáis haciendo un trabajo muy de excavación personal, intentáis saber cómo se desanuda la historia de las mujeres, habláis de las abuelas, de las madres que afrontaron el paso dramático de la agricultura a la industralización, pero yo hoy querría entender por qué las mujeres de Arabia Saudita están en esa condición, por qué tanta violencia contra las mujeres en el mundo, querría tener instrumentos mucho más articulados sobre la autoexploración. Quiero entender los orígenes de tanta violencia y esto me lo dice solo el historiador de profesión, el historiador que sabe usar las fuentes, que sabe mirar los hechos y distinguirlos de las interpretaciones. Los hechos me cuentan las transformaciones económicas industriales. Finalmente los historiadores han aprendido que la historia es de los hombres y de las mujeres. Las historia es en todo caso y siempre de hombres y de mujeres, no habla de estructuras. Esta es la historia: hombres y mujeres que actúan en el tiempo. Para entender el sentido de las vicisitudes históricas necesito nuevos instrumentos, no me basta, aunque sea muy útil, la excavación interior que quizás se acerque más a la memoria. A mis alumnos les decía que contaran su historias. Porque en la historia que uno se cuenta están presentes las categorías del historiador: hay cambios, períodos, hechos clamorosos y hechos menos clamorosos. Estoy convencida de que las categorías que usamos para contar nuestra historia personal son, de hecho, las mismas que las de los historiadores. Pero hay que dejar claro que mi historia es mi historia; la historia de los hombres y de las mujeres, en cambio, debe explicar por qué los hombres, ante un radical cambio femenino ¡no están cambiando! Entonces digo que la historia tiene que convertirse en compromiso político en sentido alto y generoso, dar a entender lo que sucede verdaderamente y ser instrumento para cambiar el mundo, hacer la propia contribución de conocimiento. Pienso en el uso distorsionado e ignorante que se está haciendo de la "historia local". Creo que los profesores pueden dar a las generaciones jóvenes los instrumentos fundamentales que después les servirán durante toda la vida para entender la realidad. Esto es la historia, su propósito: entender la realidad, el presente, y no mirar hacia otro lado.

Marina Santini

Querría contestar a la pregunta de Mariella sobre la escritura. Nuestra práctica es esta: nos reunimos una vez al mes; no somos solo nosotras cuatro; últimamente se han incorporado otras, luego alguna lo ha dejado porque el camino no es fácil y es a veces doloroso. Cada una de nosotras intenta sacar el nudo que tiene dentro en un relato, que es acogido y analizado por las otras. Quien siente resonar dentro de sí o por analogía o por contraste algo de ese relato, lo relanza a quien ha hecho el relato, y en un encuentro tras otro se vuelve sobre ello, destilándolo cada vez más, hasta quitar las partes no significativas o que crean confusión y llegar así a un relato que tenga una densidad mayor. Luego, un tiempo después, se llega a la escritura. El paso a la escritura es individual, pero el texto escrito es leído continuadamente por las otras, que aportan críticas y sugerencias; es, pues, fruto de un trabajo en relación. Marirì Martinengo nos dice una y otra vez: "Sobre todo, atención al contexto, a la historia: esto no es autoconciencia". En el fondo está la autoconciencia, el deseo de decir, pero este decir tiene que estar en contexto. Solo entonces, en realidad, se llega a la escritura femenina de la historia que tiene en cuenta el relato individual, el pensamiento de las otras y la elaboración que hace cada una autónomamente. Por eso la nuestra es una escritura femenina relacional. Ninguna de nosotras escribe encerrada en su cuarto. La dificultad está, precisamente, en mantener unidos estos varios niveles.

Luciana Tavernini

Respondo a Chiara Puppini, teniendo presente lo que ha dicho Grazia Sterlocchi. La historia que nos han transmitido los historiadores es, con frecuencia, una historia del poder o de la opresión del poder, y es una historia que nos induce sobre todo a admirar lo que es resultado de la fuerza y nos lleva a pensar que la fuerza es ineludible. No nos da, por tanto, los instrumentos políticos para cambiar la realidad. En este momento volvemos a estar ante la disyuntiva de luchar contra el enemigo con la guerra. Salió mal hace diez años, cincuenta años, cien años, pero la propuesta es siempre la misma: yo soy más fuerte que tú y antes o después te venceré. Nosotras pensamos que en la realidad, en nuestra experiencia, hay mucho que no es tenido en consideración: la práctica de las relaciones, el amor que circula entre las relaciones, los modos, que son históricos, de hacer que circule este amor y de vivificar las relaciones en épocas distintas. En mi artículo describo modos de construir la vida que antes no veía. Más bien me avergonzaba, por ejemplo, de cómo mi madre creaba y recreaba las relaciones. Leía estas maneras suyas como típicas de las mujeres pobres y las rechazaba; después conseguí reconocer la categoría "munificencia", que es muy distinta de la riqueza. Y consigue que también en una situación de tantos prófugos se logre vivir con dignidad, sin masacrarse. Estas categorías que modifican una interpretación falsa logramos sacarlas a la luz –y aquí me refiero a la intervención de Grazia– buscando dónde están sus entrañas, los "claros del bosque" de Zambrano: ahí descubrimos que hay verdad. Pienso en la vergüenza que me hacía pasar mi madre, que me parecía una metomentodo porque llevaba la sopa a la viuda del último piso. Ahora he entendido que de aquel modo ella hizo que una situación dramática no acabara en tragedia. Está en la historia la posibilidad de detenerse antes: antes de la desesperación, de la violencia, antes del conflicto cuerpo a cuerpo, como decía Anna Bravo en su libro sobre la sangre salvada.

Tiziana Plebani

La historia ya no se ocupa solo de los hechos. ¡Intentemos no minusvalorar el trabajo de las historiadoras que desde hace ya tantísimo tiempo no transmiten historias de poder! Yo formo parte de la Società delle Storiche y desde hace treinta o cuarenta años estamos subvertiendo la historia oficial, hemos hecho salir los contextos, las prácticas de relación. Os lo ruego ¡no anuléis el trabajo honesto y riguroso de tantas estudiosas e investigadoras! Ya no es así la historia, ni la de las mujeres ni la de los hombres. La historia ha sido cambiada y seguimos cambiándola. ¡No suscitemos fantasmas sobre la historia! Ahora tenemos una riqueza. Yo respeto vuestra posición pero, vosotras, respetad el trabajo enorme que ha sido hecho por tantas mujeres y también por algunos hombres.

Désirée Urizio (empleada del Ayuntamiento de Venecia, asociación Le Vicine di casa

Mi itinerario de estudio está íntimamente ligado con el interés por la historia. Al acabar la licenciatura me especialicé primero en Historia del Arte y luego en Archivística. Me gusta mucho la investigación histórica. Las horas pasadas en las bibliotecas, en los archivos y en los centros de documentación me han fascinado siempre y el abrir una carpeta de archivo toma para mí el aspecto de un momento mágico: como un juego comprometido y misterioso, los viejos papeles están ahí, a la espera de ser leídos y de transmitirme saberes y emociones. Ahora, con internet, la investigación parece más fácil, en el sentido de que tecleando la palabra justa se obtienen inmediatamente innumerables informaciones e imágenes, pero, en realidad, hay que saber después discernir entre las muchas noticias y tener la paciencia y el cuidado de controlar su fiabilidad: un juego que me fascina y que me lleva de una información a otra hasta descubrir hechos, figuras y documentos inimaginables. Pienso, sin embargo, que el haber aprendido a investigar mediante fichas de papel, yendo en persona a los lugares que las custodiaban, ha sido una experiencia impagable y una base metodológica óptima que me sirve todavía hoy. En lo relativo al estudio de los documentos, hay diversos obstáculos, principalmente dos: el primero viene de la pretensión de objetividad de quien investiga la historia con documentos, porque sabemos perfectamente que, según las varias ideologías o los presupuestos teóricos asumidos como datos indiscutibles, la historia puede ser escrita de un modo o de otro. Durante años hemos tenido ejemplos de historia "oficial" que no decía del todo lo verdadero, sino lo verosímil. El segundo obstáculo tiene que ver con la ley que permite la publicación de los documentos de archivos privados solo pasados cincuenta años de la muerte de quien los poseyera. También los archivos de los ministerios están sometidos a la obligación del secreto. Por ejemplo, si quisiera estudiar el caso Aldo Moro, sabría ya desde ahora que el archivo privado de Andreotti, muerto hace poco, o de otros personajes significativos vinculados al caso Moro, están bajo secreto. Que la posibilidad de consultar los documentos esté sometida a vínculos legales, es un obstáculo notable. Ahora, por ejemplo, se sabe mucho más de los hechos acaecidos en Istria en la segunda postguerra y se alcanza a saber lo que verdaderamente escribieron sobre ello personajes políticos como De Gasperi, Togliatti o Churchill. Lástima que siga habiendo leyes que restringen la posibilidad de consultar algunos documentos y que, por tanto, no se pueda clarificar como se querría hasta muchos años después del acontecimiento estudiado: esta es una condición a tener presente en el campo de la investigación. Por eso no estoy de acuerdo con quien habla de investigaciones históricas "científicas". Porque en el ámbito de la investigación histórica de cualquier período la escena está en continuo movimiento con hallazgos de documentos que se daban por perdidos o incluso cuya existencia se desconocía, y que descabalan los conocimientos y las conjeturas hechas hasta ese momento.

Releyendo el libro de Marirì sobre su abuela literalmente "desaparecida", de la que no hablaba nadie de la familia, suscitando su curiosidad de niña, he podido darme cuenta de que, para relatar este suceso dramático, Marirì Martinengo ha contrastado documentos, ha buscado fotografías, ha encontrado cartas que su prima había conservado, ha hecho, resumiendo, una investigación documental. Por eso veo la historia viviente como una verificación de la historia oficial, una modalidad de la narración histórica que hace de equilibrio entre la historia a la que estamos habituadas y la que surge de nuestra subjetividad. Y es muy cierto lo que decía Chiara Puppini sobre la importancia de las fuentes. Con un estudio riguroso de las fuentes ha sido efectivamente restituida visibilidad a figuras de mujeres que han dejado un signo en la historia, contribuyendo con inteligencia, compromiso, y pagando también precios muy altos, a la construcción de la sociedad en la que vivimos. A propósito de esto me viene a la cabeza la presentación pública de la figura de Ida D'Este, una mujer extraordinaria de Mestre, partisana y política de la que hasta hace pocos años no hablaba ya nadie y que ahora está en la memoria colectiva de nuestra ciudad. Se puede seguir investigado "sobre" las mujeres pero hoy, con la historia viviente, si lo deseamos, podemos ir más allá y situarnos en un plano más alto, el de las mujeres que hacen investigación histórica a partir de sí, indagando en los nudos y los pasadizos de su propia historia. Del mismo modo que la archivera cuando abre las carpetas de un archivo y empieza a leer los documentos, tiene la posibilidad de ir más allá, de ver más, si tiene paciencia, curiosidad e intuición, así quien investiga en la historia tiene en cualquier caso que ir más allá de las narraciones oficiales y, después de haber hallado noticias, documentos y testimonios, saber contrastarlas, encontrar relaciones nuevas entre hechos y acontecimientos, y saber relacionar los acontecimientos entre sí.

Adriana Sbrogiò (asociación Identità e Differenza de Spinea

Os doy las gracias porque he recibido muchos estímulos. Quiero hacer una pregunta relacionada con el "tomar la palabra, fiándose de lo que se siente". Yo siempre me he fiado de lo que siento, pero no siempre consigo hablar, aunque sienta que lo que experimento es verdad. Luego me impresiona Tiziana, cuando ha dicho que el amor no está en la historia. Yo soy vieja y en mis tiempos la historia era la historia de las guerras, no había historia de los hombres y de las mujeres, pero me pregunto si este modo de contar la historia, de investigar, del que hablan las mujeres de la Comunidad de historia viviente, no será tal vez un modo de amor a las mujeres y a los hombres. Yo pienso que hacer historia de este modo, en el que no sirve una guerra para contar lo que sucedió o está sucediendo en el presente, como en cambio sí sirve para la vieja historia que hemos conocido, es un modo de amor a los seres humanos, mujeres y hombres, de la misma forma que veo un modo de amor en el ayudar a las mujeres, y también a los hombres, a hacer historia viviente. Si los hombres consiguieran ver su propia historia viviente, tal vez harían menos guerras. Y otra cosa que me ha llamado la atención y me ha gustado es el uso de la ironía del que hablaba Luciana para contar la propia historia. Este modo de decirse irónicamente ayuda a superar la timidez.

Luciana Tavernini

Querría decirle a Tiziana que no estoy pensando en una contraposición entre historiadoras: yo contestaba a la intervención de Chiara. Y he intentado mostrar lo que aporta la práctica de la historia viviente. Cómo ha cambiado la capacidad de las historiadoras que ya no miran solo a la historia del poder sino también a otras historias, otras categorías; nosotras ofrecemos, con este tipo de trabajo, la posibilidad de identificar otras categorías históricas que pueden ayudar a leer de otro modo la historia del pasado y del presente. Por ejemplo, hay estudiosas y estudiosos que han visto que la práctica del don cimenta la sociedad tal vez más que la práctica del mercado, pero quiero entender si la munificencia es lo mismo que el don o es otra cosa distinta, porque quiero permanecer, como bien dice Adriana, vinculada con lo que siento. Yo sé bien qué siento, pero con frecuencia no me fío de lo que sé, porque a veces el saber nos ayuda a borrar. Nosotras hemos pasado por esta experiencia: estudiando en la universidad me encontré siendo una buena repetidora, no ponía nada mío, de modo que me iba muy bien en la universidad, precisamente porque repetía. Faltaba, sin embargo, la aportación de algo nuevo. Pienso que la práctica de la historia viviente puede servir también a la investigación de quien no se ve en grado de ponerse a hacer esta excavación interior (de las cuatro que se nos han acercado, dos se han retirado), porque ciertos nudos (una minusvalía, la violencia que se vuelca en fragilidad, etc.) no los queremos mellar porque nos estructuran. Hace falta querer ser libre para hacer esta práctica. Entonces se empiezan a delinear otros modos de leer la historia. No querría contraposición sino aportaciones por nuestra parte.

Laura Minguzzi

La historia viviente es una práctica vivificadora de la historia.

Nadia Lucchesi (asociación Le Vicine di casa

He escuchado el debate con interés, he leído el libro y lo que más me interpela al terminar este encuentro es una preocupación que he sentido enseguida y que me parece que ha reaparecido aquí, sobre todo en las palabras de Tiziana Plebani pero también en otras intervenciones: la posibilidad de transmitir esta práctica de la historia viviente. Tiziana decía que un exceso de memoria cancela la historia, porque aburre, ahoga con el exceso de detalles, no lleva a una síntesis. Se trata de una preocupación que ya viví como profesora. Durante treinta y cinco años di clase de historia, y también de filosofía, con pasión y con el deseo de introducir en la narrativa tradicional la nueva capacidad de las mujeres de indagar en los acontecimientos históricos partiendo de sí. Me sostuvo en este deseo Alessandra De Perini, que me ayudó a encontrar el modo de realizarlo, de manera que en el instituto en el que di clase organizamos juntas por las tardes cursos de "historia de las mujeres", explicando al comienzo que la historia de la que íbamos a hablar era la historia de mujeres y hombres. No se trataba de integrar, de añadir "la parte", lo "específico" femenino al todo de la historia universal. Explicábamos que, sin libertad femenina, no podía haber, de hecho, historia humana, sino solo un discurso parcial y arbitrario de origen masculino que tenía la pretensión de proponerse como universal.

Con la aprobación del Colegio de profesores y del Claustro del instituto, que así reconocieron formalmente la necesidad de corregir un defecto intrínseco del planteamiento de los programas docentes, afrontamos un nudo teórico que todavía hoy nos pide el compromiso de convertir a las mujeres en sujetos históricos, no figuras superfluas, meras comparsas de una narración que, sobre todo en los libros de texto, tiende a relegarlas en una especie de paréntesis, excluyéndolas de la historia o minimizando su fuerza de acción y de cambio. Quisimos transmitir el sentido de un "más" que ayudaría a las chicas y a los chicos a valorar el pasado y el presente de un modo radicalmente nuevo, no solo porque no aparecía en los libros de texto sino sobre todo porque mostraba la ventaja de practicar la diferencia como categoría histórica necesaria para la comprensión de los hechos. Actuábamos precisamente para mostrar un paradigma, una manera de aproximarse y de leer los llamados "acontecimientos históricos": nuestra apuesta estaba centrada ahí, dejar un signo indeleble no tanto y no solo en los contenidos sino en la capacidad de transformar la mirada. Nuestro trabajo fue premiado por la participación no solo de alumnas y alumnos de todos los cursos, que decidían libremente volver al colegio por la tarde, después de las clases, sin obtener ventajas académicas de ningún tipo (todavía no habían sido inventados los llamados "créditos"), sino también por el interés y la presencia de algunas madres que acompañaban a sus hijas y muchas veces se quedaban a discutir con nosotras. Queríamos que el saber que habíamos obtenido no se perdiera: este es uno de los problemas fundamentales que debe plantearse quien se dispone a narrar e interpretar los acontecimientos de un modo nuevo. Por eso os pregunto ¿cómo habéis afrontado este problema?

Otra cuestión que me interesa afecta a vuestro modo de considerar la historia. Citáis con frecuencia en vuestros escritos a Simone Weil, sobre todo por su convicción de que, activo en el tejido de los acontecimientos y de las acciones humanas, está el amor, una fuerza más grande que el poder y que es necesario saber ver más allá de las presuntas relaciones de causa/efecto y de acción/reacción. Comparto plenamente este análisis, pero no olvido que Simone, coherente con su práctica de mantener las contradicciones sin resolver, enseñaba también a fijar la atención en las relaciones de fuerza, a tenerlas en cuenta con extremo realismo, porque si no, no ayudamos a las generaciones jóvenes a entrar en contacto con la realidad, las llevamos hacia una dimensión de imaginación, de fantasía, de deseo que absuelve de la fatiga de estar a la altura de las demandas del presente. Para mí, una de las funciones de la historia es precisamente la de enseñar a estar en contacto con la realidad, por dura, rugosa y difícil que sea. El amor al mundo y a la historia que mujeres y hombres han construido tiene para mí este sentido; si no, todo conocimiento se transmuta en erudición vacía o inútil colección de anécdotas, como ya Nietzsche comprendió bien.

Laura Minguzzi

El discurso de la práctica de la historia viviente queda claro que es una apuesta política. Nosotras no somos historiadoras de profesión pero desde hace años deseamos tener relaciones con historiadoras de profesión; por eso hemos entablado relación con María-Milagros Rivera, y también con Tiziana Plebani hay una relación, aunque discontinua; hemos presentado y discutido sus textos, recuerdo muy bien, por ejemplo, Il "genere" dei libri, citado antes, o Storia di Venecia, città delle donne (Venecia, Marsilio 2008). Me ha impresionado que Tiziana hablara de la madre que no apoyó su deseo de estudiar. Esto yo lo veo enseguida como un nudo. Su escritura, el amor que ella tiene por los libros, podrían estar vinculados precisamente con esto. Mi madre, en cambio, campesina casi analfabeta, deseaba intensamente que yo estudiara, y este fue un impulso fuerte que me sostuvo. El discurso de la transmisión no lo he entendido nunca en sentido tradicional, del tipo "pasar el testigo", porque la transmisión está vinculada con la experiencia, se da si hay relación, por tanto, lo que dice del amor también Zambrano en Claros del bosque (Barcelona, Seix Barral, 1977) nos permite restituir el sentido de lo real que no es solo el que vemos sino más, un sentido distinto de las cosas que pasa precisamente gracias a la relación, pasa por la práctica de la relación. La apuesta política es, por tanto, intencionada: o tienes o no tienes el deseo de querer reescribir simbólicamente la historia. De ahí no te escapas, es un paso obligado. El amor a la historia yo lo veo en Tiziana, el impulso a restituir, rescatar la historia de quien no tiene palabra, que no es automáticamente amor a los hombres y las mujeres sino precisamente a la historia, deseo de restituir justicia, verdad y palabra a una historia que no está escrita en ninguna parte. Como he hecho yo escribiendo la historia de mi madre. Pero la historia viviente no hay que confundirla con la historia familiar ni tampoco con la local. También desde la relación con los lugares, con la ciudad, se puede ensanchar el contexto, se puede, por ejemplo, hacer que salga a la superficie, con la investigación de huellas y signos, la historia de los años treinta o de los años cuarenta, etc. Lo que buscamos es la restitución de un sentido vivo de lo real, no la reconstrucción objetiva del pasado.

Adriana Sbrogiò

¿Cómo puedes decir que la historia viviente no es la historia personal? La historia viviente es eso y también esto. ¿Cómo se puede decir que no es la historia de las mujeres y de los hombres?

Laura Minguzzi

Quería resaltar que la apuesta que hace es política y afecta a la restitución de sentido a lo real.

Alessandra De Perini

Precisamente ahora que el debate se calienta, tenemos, desafortunadamente, que terminar nuestro encuentro porque se ha acabado el tiempo a nuestra disposición. Falta la respuesta al tema de la enseñanza. Habrá un modo de reemprender la reflexión y, si hay interés por la historia viviente, nosotras las Vicine di casa nos proponemos como punto de referencia para organizar otros momentos de reflexión y debate.

Marirì Martinengo. Trenzados de historia y política

No pude participar en el encuentro del que dais cuenta en este libro, pero seguí su preparación y los momentos sucesivos con gran interés porque ha sido un modo de clarificar y profundizar en las peculiaridades y los logros de la historia viviente.

Me alegra contribuir con un texto breve: mi deseo más grande es que la práctica se difunda, y el encuentro con las amigas de Mestre es sin duda un modo, como también la publicación de las Actas y de otros escritos que testimonian lo que ha pasado después.

También a sugerencia de las amigas de la Comunidad, recupero aquí con algún pequeño cambio un texto ya publicado en la página web de la Librería de mujeres de Milán porque ahí encuentro la claridad y la fuerza del momento naciente, cuando por primera vez se asoma a la conciencia un saber nuevo del propio hacer, y deseo compartir con vosotras esas reflexiones.

Me intereso por la historia, desde hace ya muchos años, a partir de mi deseo. Provenía de la política, no formaba parte de la academia y el ser considerada historiadora ha sido un logro lento, fatigoso y batallado, un resultado adquirido bastante recientemente.

En mi investigación no he abandonado nunca mis raíces políticas, que se enrollan y se desarrollan al compás de la pasión por los personajes y las vicisitudes sobre todo del pasado.

Después del encuentro de Paestum (5-5 ottobre 2012) tuve la confirmación de la validez de la práctica política que hacemos en la Comunidad de historia viviente.

Acogí con júbilo la meta de Paestum, divisando ahí unas nupcias ideales, una plenitud saciante. La decisión nuestra, de las feministas, de volver a encontrarnos en Paestum es muy significativa: la polis, testimonio espléndido de una historia milenaria y antiguamente encrucijada de intercambios culturales y de actividades políticas entre ciudadanos de épocas distintas, renovó su vocación desde que se convirtiera en 1976, el año de nuestro primer encuentro, en lugar evocador del entrelazarse de nuestra historia y nuestra política.

También la práctica de la historia viviente es un trenzado inseparable entre historia y política, entre historia viviente y política de las mujeres.

Me explico: nuestro propósito primero es el de alcanzar una visión con su consiguiente y sucesiva transcripción femenina de una historia a partir de sí, de lo profundo de sí, pero al mismo tiempo practicamos la política de las mujeres.

La práctica de la historia viviente consiste en la excavación, en relación con otras, de los nudos no resueltos que están dentro de cada una y carecen de lectura y de interpretación. Durante los encuentros mensuales, cada una habla de sí a las otras, trata un problema que le afecta en primera persona y que, por el mero hecho de brotar espontáneamente, es percibido como urgente. Cada una se expresa libremente sin miedo de juicios, manifiesta pensamientos, experiencias emotivas, recuerdos con frecuencia nunca dichos, a veces desconocidos para la misma que los saca. Su esfuerzo y el de las otras que escuchan es el de contextualizar el relato y situarlo en el tiempo, historiarlo. Estoy convencida de que la investigación histórica llevada de este modo y con estos objetivos es ya política, pero se trata de una política mediada, no siempre practicable aquí y ahora: que hiciéramos política de las mujeres, antes de la confirmación de Paestum me quedaba claro solo en parte. Más bien mi tensión hacia la historia, hacia una lectura y escritura femeninas de la historia, me llevaba a poner en segundo plano, casi en la sombra, el procedimiento que se iba llevando a cabo dentro del grupo, o sea, la manifestación de la subjetividad de cada una en su singularidad inigualable. Mi participación en el encuentro de Paestum disipó toda duda: ahora estoy convencida de que la cualidad política de nuestra práctica es doble.

Paestum fue una palestra en la que se pusieron en juego libremente las subjetividades de las numerosísimas presentes;34 el fascinante espectáculo ofrecido por la reunión plenaria en el Hotel Ariston la mañana del 6 de octubre, me indujo a reflexionar sobre su parecido con uno de los dos aspectos de nuestra práctica de historia viviente.

Esta práctica aspira a hacer historia partiendo de sí, de la propia subjetividad que, expresándose, pone de manifiesto la propia singularidad, que sale reforzada (aunque no sea este el fin primario de la práctica). Práctica que consiste en esto: hablar de sí en público, teniendo en contacto el sí profundo con el de las otras; poner en juego la propia concienciación, la sabiduría adquirida del contraste con las otras, el lugar del que se proviene y desde el que se habla. Todo esto en un lugar otro, ante un público distinto, cada cual cambiada, para cambiar el mundo.

La invitación de Paestum, Lo primero vivir también en la crisis: la revolución necesaria: el desafío feminista en el corazón de la política, denuncia y destaca el fracaso de la representación y de la democracia tal como las conocemos.

En ella se nos dice que la elección de Paestum no fue casual; nació de la necesidad de articular subjetividades y relatos en los contextos en los que se vive y se actúa. Y continúa: "vivimos una crisis de la representación", "sus instituciones electorales están despotenciadas y deterioradas", están ante los ojos de todos los límites de la representación porque "para que una persona se pueda orientar tiene que tener una imagen de sí, de lo que desea y de lo que le pasa".

"El feminismo que conocemos ha trabajado siempre para que cada una en el intercambio con otras pudiera hacerse una idea de sí, una autorrepresentación, que es la condición primera de la libertad". En cambio, la democracia corriente ha superpuesto el sistema de representación a grupos sociales vistos como un todo homogéneo. "La vía que nosotras hemos abierto con nuestras prácticas puede llegar a ser general; que la gente se encuentre y hable de sí en el intercambio con otras y otros hasta encontrar su singularidad, es la condición hoy necesaria para repensar la democracia"35.

Desde siempre, la práctica de la historia viviente ha dado a la subjetividad, como característica suya básica e intrínseca, libertad de expresarse, de mostrar su originalidad inconfundible en relación con las otras; esta –verdadera agente histórica– conecta pasado y presente, atesora la experiencia de la antigua autoconciencia, situándose de pleno derecho en la tradición feminista y, a la vez, en plenitud de conciencia, abre al pensar y al proyectar actuales.

Marina Canal. Una herencia difícil

Escuchando los testimonios y leyendo los textos de las mujeres de la Comunidad de historia viviente, se me ha clarificado el deseo de sacar, de los muchos recuerdos personales, una vivencia difícil que hace ya tiempo que pedía ser repensada.

Me ha impresionado mucho el relato de Laura Minguzzi que testimonia el trágico epílogo de la experiencia de desarraigo padecida por su madre en el paso, nunca aceptado, ocurrido en Italia entre los años cincuenta y sesenta, del ambiente campesino a la cultura industrial.

También mi madre Adriana, en un determinado momento de su vida, manifestó los síntomas de una forma depresiva que no la abandonaría nunca.

En los múltiples intentos de reelaborar episodios, palabras, gestos y emociones, intentos hechos en los años que siguieron a su muerte, para entender mejor el sentido de su, de mi historia, tendí a considerar los hechos como del todo privados, íntimos, sin entender todavía cuántos elementos de historia viviente contenían. Mediante un itinerario de toma de conciencia con las Vecinas de casa, entendí que las vivencias personales, también las aparentemente más oscuras o escondidas, mostrando cuadros de existencias auténticamente vinculadas con un espacio y con un tiempo concretos, pueden sacar a relucir nudos, plantear preguntas que no pertenecen solo al sujeto o a los sujetos que han vivido esa experiencia, y pueden servir a la reflexión de muchas y de muchos.

Mi madre se crió en una familia acomodada procedente de Ancona que se estableció en Venecia a principios de los años veinte del siglo XX, cuando ella iba a cumplir doce años. A los seis ya se aplicaba con provecho en el estudio del piano y en la primera adolescencia aprendía, de una institutriz nativa, a hablar fluidamente el alemán, una lengua de élite en la época, herencia de la cultura austro-húngara respirada por la familia en una estancia anterior en Trieste. Practicaba la natación con mucho éxito y el tenis. La segunda de cuatro hijos, después de terminar los primeros dos años del Liceo Marco Polo completó su formación en el instituto de las Monjas de Nevers, perfeccionando el estudio de tres lenguas extranjeras (eran las primeras bases del futuro Liceo Lingüístico al que yo asistí en la misma escuela muchos años después). En tiempos de mi madre, además de las materias lingüísticas se enseñaban en la escuela también las sagradas escrituras, el dibujo, la pintura sobre tela, el bordado, las "buenas maneras", etc.

El padre de mi madre se había diplomado como capitán de altura a principios del siglo XX. Tras experiencias diversas en los astilleros de Ancona, Palermo y Trieste, había cambiado de profesión. Había asumido representaciones importantes, estableciendo su sede operativa en Venecia. Había terminado la Gran Guerra y se asistía al nacimiento y al desarrollo de Porto Marghera. El abuelo vendía en representación de las Manufacturas Martiny de Turín, la primera empresa en Italia de aislantes térmicos y acústicos para diversos usos: en los astilleros, en las estructuras hospitalarias, en las fábricas modernas. Vendía también plataformas y grúas para la zona industrial y, cuando de niños cruzábamos el Puente de la Libertad de Venecia, admirábamos en la lejanía las numerosas instalaciones que llamábamos "las grúas del abuelo". En pocos años, el abuelo había adquirido una excelente posición económica y social, entrando en los consejos de administración de importantes entes públicos y privados. Llegó el momento en que, con la abuela Argenide, empezaron a desear una residencia de vacaciones en el Lido y fue elegida Villa Rosa, una construcción modernista muy cerca de los mejores hoteles. Así, en verano, en la playa del Excelsior, mi madre, sus hermanas y su hermano compartían juegos y amistades con coetáneas y coetáneos de familias tanto burguesas como aristócratas.

Los deseos de mi abuela encarnaban perfectamente los de una mujer de la burguesía media-alta de aquellos tiempos. En primero lugar, el mito del padre, gran trabajador con una sólida posición de éxito. Seguidamente, el del hijo, único varón, encaminado a la carrera diplomática, para el que se soñaban nupcias aristocráticas. Para las hijas se habían cuidado una educación "de salón" y la meta de una buena situación en el matrimonio. El primogénito llegó a ser, sí, un brillante diplomático, pero rechazó a la joven aristócrata elegida por su madre, casándose con la mujer que amaba. La benjamina luchó por imponer su deseo de dedicarse al teatro. No se salió con la suya porque era demasiado inconveniente en la época y tuvo que reconvertir su pasión en la expresión artística en la escritura y en el periodismo. Mi madre, la primera de las hermanas, era la más dócil, además de la más sensible. No supo hacer valer su deseo, que la habría llevado, en mi opinión, a una existencia dedicada entera a la música, a la lectura, a la espiritualidad. Era inconcebible para una joven con su tradición familiar y su formación, no digo la idea de un trabajo para vivir, sino también la de un trabajo para realizar la propia libertad.

No puedo olvidar el relato de Marirì Martinengo, que he leído experimentando un sentimiento de empatía por el acto de amor y de justicia por ella cumplido al devolver a la luz el oscuro caso de su abuela paterna, una "mujer sustraída", como la define. Para intentar captar el simbólico de una vida que, aunque esclarecida por su precisísima investigación, conserva zonas de misterio, De Marirì tuvo que formular algunas hipótesis. Para mí, que he conocido los acontecimientos, personas y lugares de la vida de mi madre, existe aun así un no entendido, al que desde hace mucho tiempo deseo dar contornos simbólicos concretos.

Aunque este relato mío lo pongo en marcha después de la disolución de la época en la que vivió y fue educada mamá, mi memoria conserva muchos de sus códigos comunes, que han sobrevivido mucho tiempo en el estilo de nuestra familia, cultivados y mantenidos con vida por mi madre, que supo conservar su esplendoroso recuerdo, al precio altísimo de sustraerse de la vida común, de faltar a la demanda de afecto, de cuidado y de presencia que le requerían sus propios hijos e hijas, de perderse en un mundo imaginario.

También la abuela de Marirì había crecido en una familia y en un ambiente burgués, teniendo que hacer cuentas con un sistema de tradiciones, rígidas reglas y conveniencias sociales que había que salvaguardar. En época paralela, y en ambiente parecido, creció también la madre de mi madre: el alba del siglo XX, en esa Belle Époque que tanto le gustaba a mi abuela.

En los relatos de mi madre sobre su vida de joven se traslucía, como si fuera completamente natural, un mundo de comodidades, sin las responsabilidades y las fatigas de la vida material. En aquellos años, la sociedad burguesa tenía muchos motivos de orgullo: progreso, bienestar y un impresionante aumento de la producción industrial y del comercio mundial. La burguesía, alcanzada la cima de su ascenso, había obtenido un estilo de vida extremamente confortable. Para llevar una vida cómoda bastaba con pertenecer a las capas sociales medias y altas: esto garantizaba servicio, vacaciones en sitios de moda, elegancia, oportunidades de cultivar intereses y pasiones, de rodearse de objetos bellos, de practicar deportes exclusivos como el golf o el tenis.

Pero todo esto no podía durar.

Un primer cambio importante llegó con el matrimonio, cuando mi madre vivió en pocas horas la emoción de un gran día y la separación de su familia y de su ciudad para empezar inmediatamente una vida nueva en la ciudad de Arezzo, donde mi padre había sido nombrado secretario general de la Provincia. Después de la serenidad de los primeros años y tres partos muy seguidos, vino la guerra, y con ella el desplome de un sistema de referentes y de seguridades. Algo insoportable para una mujer joven no preparada y sensible: la familia de origen, lejos, el marido llamado al frente en fases alternas, la escasez de lo esencial para vivir y criar a sus hijos, un cuarto y un quinto embarazo, la casa bombardeada, la evacuación, la pérdida progresiva de la salud. Mi mamá no estaba preparada: necesitaba tiempo para dejar atrás definitivamente el sueño, para ella completamente creíble, del mundo dorado en el que había crecido.

¡Cómo había cambiado desde aquellos años! Ya en mis primeros recuerdos de niña no conservaba nada del aspecto dinámico y ágil que veía, admirada, en las muchas instantáneas de los tiempos del noviazgo o de los primeros años de matrimoio. Los acontecimientos dramáticos la habían trastornado en cuerpo y espíritu. Después del nacimiento del quinto hijo, ocurrido en el otoño de 1944 en circunstancias muy desfavorables, durante largos meses mi mamá tuvo que pasar de una consulta a otra y al final una lumbrera, en Florencia, le diagnosticó una forma grave de reumatismo difuso en todo el cuerpo, contraído durante la cuarentena después del parto: difícil salir de ahí. Tenía entonces tan solo 33 años.

Con el regreso definitivo a Venecia, en 1948, el clima húmedo de la ciudad influyó negativamente en sus condiciones físicas y mamá empezó a mostrar los síntomas de una forma depresiva que con el tiempo se volvió crónica, acompañándola durante el resto de su existencia. Tuvo aun así un último parto y el recién nacido fue acogido con gran alegría por nosotras sus hermanas y hermanos, por el desbarajuste que había vuelto a traer a la casa después de tanta melancolía.

Mi mamá, entretanto, empeoraba. Sufría de numerosas fobias que la limitaban y ya casi no salía de casa. Con nosostras alternaba momentos de auténtica ternura y de gran inestabilidad emocional, aislamiento y descuido de las tareas más elementales. Cada vez se interesaba menos de la economía doméstica, de la comida, de los mudables asuntos familiares.

Pero no buscaba el apoyo de la medicina: en realidad, rechazaba todo tipo de fármacos.

En los raros intervalos de su crisis reemprendía un atisbo de vida y, si el alivio del mal era suficientemente duradero, buscaba refugio en la Iglesia, porque era muy devota. O con un esfuerzo notable, se alejaba por unas horas para ir de visita a casa de sus progenitores, donde podía volver a abrir su amado piano: aun habiendo perdido mucha de la agilidad de antaño, encontraba segura los acordes y, a ratos, se exaltaba mientras el instrumento vibraba con polacas o nocturnos. Desde la muerte de papá, fallecido de improviso en 1971, mamá no volvió a salir de nuestra gran casa. Vivió algunos años en compañía del benjamín y, después, completamente sola.

Durante toda la vida, aun admirándola por su inteligencia fina y sus modos gentiles, he combatido ásperamente contra su carácter débil, sus miles de miedos ante las dificultades, su fuga de las responsabilidades. Solo conseguía verla como una mujer egoísta, que ignoraba las exigencias de la familia, encerrada en un mundo suyo de espiritualidad y de enfermedades tal vez imaginarias. También después de su muerte me asaltaba a veces la sensación amarga de una imposibilidad de reconciliación.

Más tarde, cuando una nueva conciencia se abrió camino en mí, me hallé pensando cada vez con más frecuencia en ella, sintiéndome dividida entre dos imágenes: la negativa a la que me había quedado aferrada, dilapidando años preciosos de mi vida quejándome por todo lo que no me había dado y que me había hecho tanta falta, y la más compleja que gradualmente se iba renovando dentro de mí. Tenía necesidad de recuperar aquel amor que se había marchitado en mil conflictos e incomprensiones. Buscaba razones y justificaciones en su favor para aligerarla de un peso moral que yo le había endosado, pero no conseguía de ningún modo aceptar su negativa a curarse. Insistía en decirme que si se hubiera cuidado se habría, en consecuencia, cuidado más de nosotros. Todavía hoy es este un nudo a desatar en mi relación con ella, y no es el único. Se entrelaza con otras cuestiones presentes en mi vida, como la dificultad de hablar en público que me condiciona desde siempre y que me resulta doloroso aceptar. Pero sobre esto tengo que reflexionar más. Leyendo el texto de Luciana Tavernini, me quedé muy impresionada por su análisis del obstáculo en el origen de su dificultad con la palabra pública. Siento que la vivencia que ella cuenta podrá ayudarme a buscar, en relación con otras, como he hecho hasta ahora, de qué modo y por qué motivos se ha generado este obstáculo en mí.

Cuando era adolescente y las enfermedades de mi madre se intensificaban, llena de angustia y exasperada, me convencí de que en aquel momento la única solución habría sido el ingresarla en una clínica. Sobre este punto me sorprendía la inmovilidad de quienes eran mayores que yo, en concreto papá y mi hermana mayor, aunque los motivos de la negativa no eran explicados, de modo que yo estaba totalmente desinformada sobre los métodos de curación que se seguían entonces para este tipo de enfermedades (Laura Minguzzi los define justamente como "feroces" en su texto).

En cuanto estuve en grado de saber, rechacé para siempre la idea de verla relegada en una clínica, y tuve la esperanza de que mi madre quisiera al menos emprender una cura en casa, permaneciendo en su ambiente. No fue así. No aceptó nunca el consultar a un psiquiatra o un neurólogo, ni siquiera al médico de cabecera. Tal vez estaba convencida de que saldría adelante sola, tal vez le daba pudor el hablar de sí. No tomó medicamentos ni siquiera cuando la trágica pérdida del primogénito, que se precipitó en el vacío a los veintiún años durante una ascensión a los Cadini de Misurina, desquició a toda la familia.

Hoy me digo cada vez con más frecuencia que, si mi madre optó por vivir de este modo o dejó que su existencia tomara esta dirección, fue porque tenía una razón importante, interior, que para mí ha permanecido oscura y misteriosa, pero sobre la que puedo aventurar alguna explicación.

Aunque atacada de depresión, tengo que reconocer que mamá tuvo la gran fuerza de resistir casi veinte años de retiro absoluto del mundo. El estado de constricción y de renuncia en los que se encontró desde los primeros años de matrimonio, la debió de entrenar bien. El paso repentino de un tenor de vida muy elevado a una condición de grandes estrecheces económicas, el espectro de la guerra con su bagaje de sustos, preocupaciones, dificultades y dolores, y los embarazos continuos, debieron quizás hacer madurar en ella un sentido nuevo de sí al que se mantuvo fiel durante toda la vida. Como si la sensación de inadecuación que frecuentemente sentía cuando era una joven madre enferma, hubiera abierto el paso a la conciencia de que, aunque mediocre en los deberes tradicionales de madre, sus hijas e hijos habíamos crecido aun así con inclinaciones positivas y un gusto natural por la belleza, el arte, la música y la literatura. Es posible que en los largos años de reflexión en soledad lograra reconstituir su existencia a partir de sí, apoyándose en las costumbres adquiridas cuando era joven: el silencio, la lectura, la meditación, el rezo, el no aparentar, la falta de vanidad. A pesar de la depresión, mamá no estaba desesperada: tenía recursos subjetivos.

Me urge hacer una última consideración. Me he preguntado siempre cómo habrá vivido interiormente mi madre su postura de renuncia a acudir en socorro, en ayuda o simplemente en apoyo de sus hijos e hijas en las ocasiones en las que lo pedimos. He pensado muchas veces que estaría demasiado deprimida para darse cuenta de lo mucho que la necesitábamos, o que se desplomara fácilmente ante la emoción o la sensación de impotencia cuando se daba cuenta de que tenía que estar presente y tomar decisiones concretas. O por último, puede ser que decidiera castigarse con el aislamiento, no soportando el sentimiento de culpabilidad.

Sea cual sea la respuesta a esto que para mí sigue siendo un enigma, tal vez su renuncia, aunque le haya costado mucho y le haya impedido una comunicación fluida con nosotras sus hijas e hijos, seguramente le permitió preservar su única forma de libertad: la capacidad de estar cerca de sí, de nutrirse con la música, la lectura de libros de espiritualidad, las bellas fotos de familia, los recuerdos, el silencio.

Más allá de las cuestiones que siguen abiertas, siento en cualquier caso que las reflexiones que he podido desarrollar en relación con otras, en particular con Alessandra De Perini, a la que agradezco mucho su equilibrada, generosa y autorizada atención, me han llevado a una visión positiva y serena, abierta a lecturas ulteriores e imprevistas, de la relación con mi madre.

Piera Moretti. Una promesa mantenida

Nací en Calvecchia, un barrio de San Donà de Piave, el año en el que Italia, aliada con Alemania, entró en guerra. Era el 1 de enero de 1940. Mis recuerdos de esos años son de mujeres y hombres que vestían ropa oscura, de aspecto pobre. Las mujeres llevaban en la cabeza un pañuelo negro que escondía el pelo: parecían todas ancianas. Pocos los coches: para el transporte había caballos y bueyes, y también las bicicletas eran raras.

Tiempo atrás, deseando conocer la historia del pueblo donde nací y su territorio, leí un libro escrito por Mario Pettoello, natural de San Donà, titulado Le donne, nella mia città… (Venecia, Mazzanti, 2004). El título me llamó la atención, pero me dejó de mal humor que el autor diera por supuesto que el destino femenino sea el de cargar con todas las responsabilidades y estar dispuesta al sacrificio. Pero me resultó útil el leer ese libro, porque ahí empezó una investigación: empecé a recordar a las mujeres de mi familia, colocándolas en el contexto histórico y geográfico en el que vivieron.

Leí también un libro titulado Piave. Cronache di un fiume sacro, de Alessandro Marzo Magno (Milán, Il Saggiatore, 2010) en el que se habla del río Piave desde la antigüedad hasta hoy. Cuando se construyó Venecia, este curso de agua sirvió para transportar los troncos de árbol con las balsas de maderos conducidas por balseros. El río era como una calle que servía para llevar provisiones de todo tipo a Venecia. También mi madre encontraba a veces trabajo en las embarcaciones de transporte.

Muchos libros hablan del Véneto entre los siglos XIX y XX: mucha pobreza, hambre y migración. Italia entera, no solo el Véneto, era una país pobre, y solo después de los años cincuenta ha podido conocer el bienestar y el desarrollo económico e industrial.

Hasta los tres años viví con mis progenitores y con mis hermanas en una zona periférica de San Donà que la gente llamaba con desprecio "Matausen": allí se habían refugiado muchas familias, gente de todo tipo, considerada despojos de la guerra. Las casas no eran dignas de este nombre: no había agua ni luz ni cuarto de baño, no había nada de nada. Cuando se nace, como yo, en una familia pobrísima –papá peón que ocasionalmente encontraba trabajo y mamá obligada a vivir al día sin saber cómo dar de comer a su familia– se crece creyendo que no tienes ningún derecho. He necesitado tiempo para aprender a protestar y a pedir.

Mi familia estaba compuesta por padre, madre y seis hermanas. Habría habido cinco más, cuatro hermanos y una hermana, pero los varones no alcanzaron ni siquiera a nacer y la niña murió trágicamente a los tres años en un accidente doméstico.

Mi mamá tenía predilección por la más pequeña: Carla. Cuando en 1966 mamá, evacuada a causa de las inundaciones, fue alojada por el Ayuntamiento de San Donà en la residencia de ancianos, obtuvo el permiso para llevársela consigo. Dos años después, con solo sesenta años, mamá murió y Carla sufrió muchísimo: desde pequeña había estado a su lado, la había seguido a la residencia y, al quedarse sola, sin ningún apoyo, considerada incapaz de valerse por sí misma, fue internada en Fratta Polesine, en una institución de monjas cuyo fundador, san Luis Guanella, es considerado un "santo social" porque dio ayuda y mantenimiento a "quienes son pobres de ingenio o de salud o de bienes", fueran jóvenes o de edad avanzada.

En esta institución se encontraba ya nuestra hermana Emilia que, de niña, había tenido meningitis, por lo que su mente había dejado de crecer. Todavía hoy, cuando tiene más de setenta años, sigue siendo niña: cándida, ingenua y siempre sonriente. Carla, en cambio, tenía veinte años cuando entró allí y se encontró viviendo en un sitio extraño que se llamaba "Sagrada familia" pero que no habría podido sustituir nunca el estrecho vínculo que tenía con mamá.

Antes de morir, a mamá le preocupaba el futuro de sus dos hijas más desafortunadas. Cuando ella faltara ¿cuál de nosotras sus hermanas se ocuparía, yendo regularmente a visitarlas? Aquella a la que las encomendó mi madre fui yo. En realidad, me había cargado con un peso enorme y recuerdo que entonces me enfadé con ella, porque no me parecía justo que precisamente a mí, que había sido alejada de casa y metida en un orfelinato con solo tres años y del que había salido a los catorce por mi voluntad y rebelión, le tocara este ingrato deber. Y digo "ingrato" porque no tenía ningún vínculo afectivo con mis hermanas, no sentía amor alguno por ellas, más bien me daban vergüenza. Además, me costaba mucho entrar en aquel sitio que me recordaba aquel del que me había fugado.

Había sido encerrada de pequeña en una institución en la que había sufrido mucho por la falta de referentes afectivos, de explicaciones sensatas a mis preguntas de niña, donde era continuamente humillada, obligada por las monjas a recordar mis orígenes pobres, como si fuera una culpa, donde me echaban en cara lo que recibía de la Providencia. Recuerdo que la maestra de primero de primaria, cuando quería reñir a la clase, se fijaba en mí, la más pequeña, y con la regla me pegaba en las manos, sometiéndome a la humillación del castigo corporal. ¡No era ciertamente su preferida! Lo eran, en cambio, algunas niñas ricas y bien vestidas a las que sonreía con frecuencia.

Con esta triste experiencia sobre mis hombros, no tenía ningunas ganas de ir a la institución en la que estaban mis pobres hermanas, que se parecía mucho a aquella en la que había pasado mi infancia y adolescencia.

Pensaba que mi madre no debería haberme pedido una promesa semejante. ¡Precisamente ella, que raras veces venía a verme cuando estaba en el colegio de monjas, en la edad en la que tenía más necesidad!

Durante años, después de su muerte, intenté olvidar esa petición, firmemente decidida a vivir mi vida y logrando por un tiempo no volver a pensar en ello. Por suerte, en ese tiempo, de Carla y Emilia se ocupaba nuestra hermana Lucía.

Cuando en los años sesenta creé mi propia familia y fui madre de una niña, me acordé de mis hermanas y fui regularmente a verlas, dos o tres veces al año. Y sigo yendo. Ahora, pensando sobre todo en Carla, también yo me pregunto: después de mí ¿quién se ocupará de ella?

He reflexionado mucho sobre por qué mamá depositó su confianza precisamente en mí, y he llegado a esta conclusión: sabía que yo era la más fuerte de todas sus hijas, la que con solo tres años había sido dejada en la inclusa y, jovencísima, se había negado a entregarle todo su primer sueldo. He sobrevivido a un destino del que parecía imposible salir, no me he replegado en mí misma, a pesar de haber tenido mucho resentimiento y ganas de vengarme, más bien al revés, me he afanado en cambiar mi vida para mejor, consiguiéndolo a lo grande. Ahora que soy una anciana, si reconsidero mi vida de niña tratada mal, sin amor, orientada por las monjas al Más allá, me doy cuenta de que he conseguido tener los pies bien fijados en la tierra y convertirme en la mujer que deseaba ser: soy libre de ir adonde quiero, tengo todo el tiempo a mi disposición, vivo sola en una bella casa, tengo amigas y vecinas de casa con las que hablo de todo, me río mucho de las situaciones cómicas en las que me encuentro, disfruto de la belleza de la naturaleza, me gusta cocinar comidas sanas e ir al mercado, leo montones de libros y me he convertido en una observadora atenta de la naturaleza humana.

Hay un episodio significativo que viví como un punto de inflexión en mi vida porque allí empezó un cambio profundo: no habiendo conocido de pequeña los gestos del amor, cuando nació mi hija Caterina yo no sabía hacer esos gestos, y fue ella, pequeñísima, la que me dio a entender cuánta falta le hacían, indicándome con su manita el acto de una caricia. Entonces, trastornada, me di cuenta de que el amor de la abuela, de las tías y de los parientes de mi marido del que la niña estaba rodeada, no le bastaban: era a mí, su madre, a quien quería.

Tenía razón mamá al pensar que era yo la hija con la que podía contar y a la que encomendar a las hermanas que ella, a su vez, había encomendado a las monjas. Y así ha sido. Ahora la felicidad de Carla y de Emilia está en mis manos y no puedo ni quiero desilusionarlas; pero me cuesta tanto trabajo, también por la edad, que avanza. Cuando lo pienso, me doy cuenta de la gran pretensión de mamá respecto a mí, sin haberme dado a cambio ni amor ni cuidados, sino solo la vida. ¿Cómo podía amar, por lo demás, si ella misma venía de una gran familia campesina patriarcal que la había acogido cuando se había quedado huérfana, pero le había recordado siempre todo lo que le daba?

Las hermanas que visitar son, de hecho, la única herencia que me ha dejado mamá. Me ha transmitido una tarea que ella misma no supo desempeñar, por falta de salud, de dinero, de seguridad y alegría de vivir. Gracias a un proceso con las Vicine di casa, hace tiempo que dejé de tener resentimiento hacia ella. He comprendido sus razones y he conseguido perdonar: mamá intentó ponerme en un sitio seguro, al abrigo del hambre, del frío y de los peligros en el período más duro de la guerra.

La lectura del número de DWF sobre la historia viviente ha vuelto a sacar a la superficie este nudo de la relación con la madre que creía ya resuelto, y me ha obligado a darme cuenta de que tenía que ser indagado todavía más en profundidad para entender quién soy yo ahora. Cada vez que voy a Fratta Polesine a ver a mis hermanas y veo sus ojos brillar de alegría, pienso que he mantenido la promesa que le hice a mamá y esto me da fuerza.

Désirée Urizio. Cuéntame una historia

Para mí, la historia es una pasión, un alimento del que no podría prescindir, una materia viva que se presenta en forma de preguntas, de las que parto cada vez en busca no tanto de respuestas como de mundos, de nuevas perspectivas, de hilos que entrelazar y figuras que sacar a la luz. Amo las historias de vida realmente vivida, mediante las cuales las imágenes desvaídas del pasado recuperan espesor de realidad, y no pierdo nunca el hilo del relato. Cuando empieza una historia, quiero saber cómo acabará, qué pasará después, cómo se desarrollan los acontecimientos. Esto desde pequeña. Antes de dormirme, le pedía todas las noches a la abuela Germana, que vivía en nuestra casa, que me contara una historia y que fuera verdadera. Me gustaban muchísimo las de guerras donde las pasiones son fuertes, ásperas, y los acontecimientos se suceden apremiantes e imprevistos. Así mi abuela reevocaba para mí su miedo cuando oía el estruendo de la avioneta de reconocimiento, llamada Pippo, que volaba a baja altura y lanzaba ráfagas de ametralladora sobre las personas que avistaba por los caminos del campo. He sabido después, haciendo una investigación, que había muchos aviones de este tipo que sobrevolaban sobre todo el norte de Italia, cuyas incursiones estaban programadas para amedrentar a la población civil. O me hablaba de la angustia que había vivido cuando los soldados enemigos se instalaron como dueños en la casa de Montelabate, residencia de campo de su familia desde hacía más de un siglo, adonde se había trasladado con los suyos al empezar la guerra. O de cuando grupos armados de partisanos irrumpían de noche en las casas de la zona. Era una buena narradora mi abuela. Casi me parecía oír las palabras pronunciadas con tono arrogante y prepotente por aquellos hombres armados, metidos en una casa habitada casi exclusivamente por mujeres. Mi abuela me hablaba mucho de su madre, la bisabuela Carlotta, cuyo nombre llevo; me hablaba del vínculo fuerte pero conflictivo que tenía con su hermana Filomena, la tía "Mina", que yo conocí y a la que quise, como ella a mí y a mis hermanos, y de su hermano Antonio, el tío "Tonino", que fue después notario y que era un punto de referencia para ella y su hermana. Con aquellos relatos, mi abuela mantenía vivo el recuerdo del rico mundo burgués al que pertenecía y cuyos valores, gustos y costumbres encarnaba. Después de la segunda guerra mundial, aquel mundo que también mi mamá Claudia había heredado como estilo de vida, donde los hombres se ponían de pie, en señal de respeto, cuando una mujer entraba en la habitación, estaba inexorablemente destinado a desaparecer, sustituido por la vida moderna. Dentro de mí, sin embargo, ha permanecido para orientarme una historia de grandeza y de fuerza femenina, mantenida viva en la infancia por la abuela que me hablaba mucho de las mujeres de nuestra familia, que tenían autoridad y eran respetadas por todos, y de la bisabuela, que había sabido tener un imperio bajo sus pies, "soberana" indiscutida de Montelabate, propietaria de varias fincas en el valle que iba de Meldola a Predappio. Estoy segura de que sus historias han sido fundamentales en mi formación: de ellas he entendido la importancia de tener raíces en el pasado, en las generaciones familiares, en particular, para mí que soy una mujer, en las genealogías femeninas.

En el inicio de mi pasión por la historia como novela de vida está también la escucha, de niña, de mamá, cuando invitaba a té a sus amigas, algunas de la cuales habían sido compañeras suyas en la Escuela de Arte. Me fascinaban sus historias, me gustaba oírlas hablar entre ellas de tantas cosas, pasando de una cosa a otra: sucesos de familia, problemas económicos, recuerdos de la escuela, antiguos secretos, charlas, confidencias, algunos celos divertidos, libros leídos, cine.

También mis hermanos tienen una auténtica pasión por la historia; por eso, cuando nos encontramos o hablamos por teléfono nos intercambiamos informaciones, novedades, ocasiones, hipótesis de investigación, descubrimientos, referencias bibliográficas. Mi hermano mayor, Sergio, por ejemplo, en los últimos años ha investigado los genocidios del siglo XX, el de Armenia en particular, del que todavía se habla muy poco. El otro, Alberto, se ha ocupado tanto de la historia de la familia de nuestra madre como de la historia de Istria, de donde procede la familia de nuestro padre; ha estudiado, en concreto, los acontecimientos vinculados con el imperio austro-húngaro entre el XIX y el XX, profundizando así en los estrechísimos vínculos con Austria tanto de parte de padre como de madre, y ha reconstruido un árbol genealógico de las dos familias, desde sus orígenes hasta nuestros días, coleccionando fotografías, cartas, documentos, consultando archivos históricos y parroquiales, pidiendo datos, anécdotas e informaciones a amigos y parientes de ambas partes. Así se ha sabido de nuestros abuelos que, en la primera guerra mundial, lucharon en frentes opuestos, uno enrolado en las tropas italianas y el otro en las austríacas, y del primo irredentista de nuestro padre que, al estallar la primera guerra mundial, se embarcó de noche en Umago y llegó a Chioggia en una barca de remos. Hecho prisionero, porque había sido considerado un espía austríaco, fue salvado y liberado por Nazario Sauso, que acababa de huir de Istria, y pudo así enrolarse en el ejército italiano.

A diferencia de mis hermanos, yo siempre he notado la falta de figuras femeninas en la historia, y he intentado remediarlo haciendo yo investigaciones sobre las mujeres del pasado. El verdadero punto de inflexión en mi camino fue el descubrimiento del pensamiento de la diferencia, que me dio la posibilidad de mirar el pasado con un corte radicalmente nuevo. Desde ahí, el horizonte se abrió, ofreciéndome posibilidades imprevistas de lectura. Lo que me faltaba no era una galería de retratos femeninos del pasado sino un punto de vista femenino de la historia. Como un gran rompecabezas constituido durante años, pero con las piezas todavía despegadas de la experiencia personal, empecé a unir las distintas teselas, según un orden finalmente sensato y fascinante, poniendo en el centro el deseo femenino. Conseguí así ver las decisiones de libertad en las vicisitudes de tantas mujeres del pasado, también las de mi familia, que encontraron por fin una colocación justa en mi mente.

Después de trasladarme a Mestre desde Forlì, mi ciudad natal, tomó forma en mí el deseo de restituir justicia a las mujeres de mi familia paterna, arrolladas por el caso del éxodo istriano entre el final de la segunda guerra mundial y los primeros años de la postguerra, y doblemente canceladas de la historia, en cuanto mujeres, en primer lugar, y en cuanto italianas de Istria.

De mi padre me habían llegado muchos relatos de la vida serena y acomodada de su familia en las primeras décadas del siglo XX en Istria, en Umago, luego de los años pasados en Trieste para completar los estudios superiores en el náutico, y finalmente de los trágicos acontecimientos vinculados con la guerra y el éxodo. Papá no había podido volver a casa ni volver a ver a su padre, el abuelo que nunca conocí, porque fue secuestrado una noche y asesinado, como tantas y tantos en ese período, por los soldados de Tito; ni se pudo volver a sentar a admirar el hermoso jardín cuidado con amor por su madre. Hace años, durante unas vacaciones en Istria que se convirtieron por un día en un recorrido de la memoria, reconocí los restos de aquel jardín que un día circundara la casa modernista en la que vivía la familia de papá: a pesar de su degradación, me pareció volver a ver su antigua belleza. Con gran dolor, mi padre tuvo que abandonar también sus libros, que se quedaron en la casa de Umago. Y quizás por eso, algunos años después, en la casa de Forlì tuvimos una biblioteca administrada sobre todo por él que, entre otras cosas, cuando era oficial de la Marina había tenido entre otros encargos el de organizar las bibliotecas de algunos navíos militares en los que estuvo embarcado.

Investigando este período de la historia italiana, buscando testimonios, documentándome mediante ensayos, fotos, imágenes e innumerables relatos, novelas y biografías, he conocido, a veces por casualidad y a veces por extrañas coincidencias, como si desde hacía tiempo me estuvieran esperando, sobre todo mujeres, pero también hombres, que atravesaron esa experiencia, y recogí en sus palabras y en las miradas una mezcla de añoranza, nostalgia y rabia por la injusticia sufrida, a veces miedo y todavía mucho dolor por haber tenido que abandonar en poquísimo tiempo, incluso en una sola noche, casas, objetos, bienes, barcas, huertos, actividades laborales, afectos y amistades. El éxodo istriano fue un desarraigo, una pérdida irreparable de raíces en el pasado, de espléndidos paisajes y tradiciones. Entre exiliados hay conciencia de pertenecer a una historia perdida, olvidada, de la que todavía parece muy difícil hablar. Al proceder en la investigación, que parecía derivar no solo de mi voluntad sino de una fuerza interior que me hacía encontrar signos y huellas a lo largo del camino, tuve que hacer cuentas con la ignorancia y el olvido general de esta parte de la historia italiana, que no ha sido registrada o ha sido deformada y tergiversada por las interpretaciones oficiales y por las lecturas partidistas, sean de izquierda o de derecha.

Ahora mi deseo es todavía más grande: hay un significado simbólico universal que obtener del éxodo istriano y de los graves hechos ocurridos a finales de la segunda guerra mundial a lo largo de la frontera italiana oriental, en Istria, Dalmacia y Venecia Julia. Ahora el propósito de mi investigación es el de ir más allá de los innumerables relatos, los recuerdos, los testimonios, los escritos literarios, más allá del plano de los sentimientos y de las reivindicaciones de justicia, y liberar de falsas interpretaciones esta historia que marcó profundamente no solo la vida de mi padre y de sus parientes exiliados, cuyos descendientes están hoy esparcidos por todo el mundo, sino también la mía y la de mis hermanos. El éxodo de Istria, región italiana, habitada por gente que hablaba italiano en dialecto véneto-triestino, es un nudo no solo de mi vida y de la de mi familia sino de la historia. Querría que emerja en toda su complejidad, en la confianza de que solo la verdad podrá restituir sentido y salida positiva a esas trágicas vicisitudes.

Me gusta la época en la que vivo, no tengo nostalgia, pero ese período oscuro, vergonzoso y escandaloso de nuestra historia nacional seguirá interpelándome y poniendo obstáculos dentro de mí como un no dicho, un no pensado, mientras no sea rescatado su significado en un plano más alto que el de las contraposiciones ideológicas.

Hablando recientemente de esto con una amiga, apasionada como yo por la historia de las mujeres, y después de la lectura del número de DWF sobre la práctica de la historia viviente, me pregunté si esta investigación mía, que prosigue desde hace ya unos cuantos años, no estará ligada a una necesidad de rescate y de justicia que arraigó en mí durante la adolescencia, cuando una profesora, por motivos que me resultan todavía oscuros, tal vez un viejo conflicto entre nuestras familias cuya causa no era ciertamente yo, se las tomó conmigo y, a pesar de que los exámenes escritos y orales de recuperación de cuarto de bachillerato me hubieran salido bien, decidió con una sonrisa burlona y con el tácito asentimiento de su colega, que no testimonió a mi favor, no dejarme pasar al curso siguiente. Este episodio fue devastador para mí, condicionó la continuidad de mis estudios y la injusticia sufrida minó mi seguridad, la gallardía con la que hasta aquel momento me había comportado con las otras chicas. Allí empecé a volverme frágil y vulnerable.

Aquel era un período muy difícil de mi vida, en el que tenía una relación conflictiva con mi padre y con mis hermanos, por un lado, y por el otro me costaba identificarme positivamente con mi madre y mi abuela, a pesar del amor y la gran admiración que sentía hacia ellas. Me sentía muy lejos de los comportamientos considerados adecuados para el sexo femenino y de las metas que en la familia se proponían como deseables para una chica. En realidad, estaba mal con el modelo de vida que veía por todas partes, basado en la rígida división de papeles entre hombres y mujeres y en la superioridad, dada por supuesta, de la opinión masculina sobre la femenina. Mamá se movía con comodidad y señorío en su papel de esposa, madre de tres hijos varones. Yo, en cambio, la última nacida, la niña que ella había deseado tanto (no por casualidad mi segundo nombres es Désirée), al crecer me sentía cada vez más fuera de lugar, inadecuada para con las expectativas ajenas, cohibida en el sutil juego de los roles: no estaba, de hecho, en ninguna parte, no tenía precedentes históricos ni raíces. De aquí la necesidad, en los años que siguieron, de encontrar mi lugar en el mundo, de salir de un estado prolongado de ajenidad y de dependencia de una situación familiar de la que me había hecho "prisionera" por amor a mamá. Tenía que hacer algo por mí, pero no sabía por dónde empezar. No había descubierto todavía el mundo de la diferencia. Al final, conseguí salir de esa situación, encontrando en otro sitio, en la relación política con otras mujeres, mi mundo, mi historia.

Comunidad de historia viviente. La práctica de la historia viviente: objeciones y respuestas

Después del encuentro de Mestre, las mujeres de la Comunidad de historia viviente reflexionaron sobre las objeciones que les fueron hechas en esta y en otras ocasiones, y escribieron un texto que puso en marcha una correspondencia con Alessandra De Perini. Los textos fueron publicados en la página web de la librería de mujeres de Milán, en la sección "Pratiche di storia vivente". Los ofrecemos también aquí porque dan testimonio de una discusión que continúa y aclaran las novedades de esta práctica.

3 de marzo

La práctica de la historia viviente: objeciones y respuestas

Es comprensible que se nos pongan objeciones porque somos conscientes de que hemos tocado un punto muy sensible. La historia no solo es la más política de las materias sino que reconocemos que representa también la identidad de un pueblo, el patrimonio común de un país: es una religión laica, una estructura que estructura. Sabemos lo que representa la historia de cada cual y en nuestra cultura.

Como dice Luisa Muraro, "En la cultura europea y en las culturas por ella influidas, la historia (y en consecuencia la historiografía, o sea, el escribir historia) es muy importante. Esta importancia está ya en la lengua: pensemos en el sistema de los tiempos verbales en las lenguas indoeuropeas con todos los matices y encabalgamientos de las referencias al pasado, desde el presente al pretérito indefinido, al pretérito imperfecto, al perfecto y, dulcis in fundo, al pluscoamperfecto. Además de en las lenguas, pensemos en dos grandes tradiciones de la cultura europea: la religión cristiana y la filosofía. La religión cristiana es una especie de relato histórico, desde el inicio hasta un cumbre y hasta un final futuro; se trata, como es sabido, de una herencia de la Historia sagrada del pueblo judío, es decir, de una cultura del Mediterráneo además de europea. En Italia, la filosofía se enseña como historia de la filosofía. No solo: el principal sistema filosófico moderno es una filosofía de la historia, me refiero a Hegel". (8 marzo 2013, Ci sono novità nella ricerca storica). Y así se enseñan el arte y la literatura, como historia del arte y de la literatura.

Además, somos conscientes de que hasta ahora no hemos conseguido expresar con toda claridad nuestra práctica, y el hecho de recibir objeciones es para nosotras ocasión de más reflexión y clarificación.

Pero pasemos a las objeciones y a nuestras respuestas.

1) Se observa en nuestra práctica un riesgo de localismo, una incapacidad de visión de conjunto y una falta de apertura a horizontes más amplios. Se percibe un exceso de historia personal que parece hacer furor en estos años, a consecuencia en parte de la red; este exceso puede hacer que se pierda la importancia de la historia singular incrustada en la gran historia.

Es el riesgo que corre siempre quien se propone descender en profundidad. El propósito de nuestra práctica, como volveremos a resaltar, es el de hacer aflorar lo que está sumergido, convencidas de que esta operación cambia a quien escribe historia y permite que ella o él vea sus aspectos ocultos. Ofrecer nuevas claves de lectura a la experiencia humana femenina, a las relaciones de y entre los sexos, es un ensanchamiento del horizonte de toda la historia; orienta también en la enseñanza porque, en la selección de los temas, en su orientación y en la interpretación, tamizamos a partir de nuestras experiencias, desde lo que hemos descubierto con la práctica de la historia viviente.

2) Se teme la confusión entre historia y memoria.

Nos parece necesario distinguir entre rememorar y recordar y, para hacerlo, nos pueden ayudar las reflexiones de Zambrano en Notas de un método 36. Cuando se rememora, la memoria va rápidamente de una situación del pasado a otra sin que surja "la imagen guía"; todo se vuelve fugaz y confuso. En cambio, recordar significa ir a "aquellos sucesos vividos por el sujeto que encuentran ciertamente su paradero en la historia, sucesos hundidos en el pasado por haber caído en su fondo" (p. 87-88). Para rescatarlos de este fondo, que es "un centro errabundo", hace falta dar vueltas y revueltas, como en un laberinto. Es un trabajo doloroso, el velo del tiempo solo puede ser "dejado caer y aun arrojado por la violencia del sujeto a quien esto ocurre" (p. 89). Pero la imagen obtenida por condensación, aun no siendo enteramente transparente, ilumina; el contenido rescatado "es portador efectivamente de algo precioso, de algo que brilla por su significación, por su sentido" (p. 87), algo que introduce en la historia elementos que cambian la visión de la misma. Por ejemplo, una de nosotras, viendo de un modo distinto la vicisitud extrema de su madre, trajo a la luz formas de resistencia a la industrialización en la postguerra italiana capaces de ver con antelación, formas de resistencia que nos permiten reinterpretar no solo ese período sino también otras situaciones37. Es un trajín lento y difícil que necesita ciertamente una excavación solitaria que es sostenida por la escucha atenta de toda nuestra comunidad.

3) Otro malentendido afecta al 'sentir' que no es sentimiento.

Escuchamos a las "entrañas", como las llama Zambrano, al mundo interior. Escuchamos eso que otros y otras han despositado en nuestras vidas. No hacemos historia de los sentimientos pero escuchamos el sentir: ese sentir profundo que no aparece en el relato histórico constituye, para nosotras, su fundamento. Nuestra práctica vuelve visible lo invisible. Hay experiencias que no tienen palabras. Por ejemplo, partiendo del nudo de una de nosotras que no podía decidirse entre el deseo femenino de ser preferidas y preferir, y una exigencia de igualdad, localizamos con la práctica de la historia viviente una preferencia no excluyente: entra así en juego otro modo de leer la experiencia. Son los años de la escuela igualitaria, que consideraba la preferencia un modo de discriminar, sin ver su potencial de crecimiento no solo individual. Este descubrimiento no cambia solo la visión del pasado sino que transforma nuestro modo de comportarnos en el presente38.

4) Otra objeción se refiere al estilo adoptado por nosotras, que no separa los géneros literarios, considerados necesarios para resaltar el rigor de la investigación.

Muchas autoras atraviesan ya los géneros literarios: los ensayos de Graziella Bernabò sobre Antonia Pozzi y sobre Elsa Morante ¿son literatura, historia, biografía, crítica literaria o todo un conjunto armonioso?39 Hace ya años que la historia no es aquella que irritaba a Jane Austen: se ha abierto también a algo otro y en esto otro están las clases populares, han entrado las mujeres y, después, las costumbres, los sentimientos..., es decir, se escribe la historia material, la historia de los sentimientos... Todo fragmentado y separado. Nosotras intentamos juntar: la historiadora o el historiador ya no es el sujeto que investiga un objeto; es cuerpo que piensa pero no mudo, es cuerpo que siente. Porque, como dice Zambrano, "El sentir [...] nos constituye más que ninguna otra de las funciones psíquicas, diríase que las demás las tenemos, mientras que el sentir lo somos." El sentir es "la fuente última de legitimidad de cuanto el hombre dice, hace o piensa". Y "su historia [la del sentimiento] será la historia más verídica". Nuestro escuchar el sentir nos arraiga, por tanto, en la "verdad viva"40.

5) Se nos acusa de trabajar sin el aval de la comunidad científica, sin su medida.

Nosotras tenemos en los escritos de Zambrano y de María-Milagros Rivera Garretas, con la que tenemos una relación viva de intercambio, nuestra medida. "El partir de sí" –ha escrito– "selecciona paso a paso lo que vale, pasándolo por el cedazo de mi experiencia, de lo que me sirve para conocer la historia que anida en mí. He conseguido hacerlo en los últimos años explicando en clase el feudalismo. Cuando descubrí el movimiento de las y los Fideles Amoris (Fieles de Amor), lo estudié hasta distinguir en el feudalismo dos fidelidades, una la feudal jerárquica, la otra la fidelidad propia de Amor. Así, sin destruir la historia masculina, esta fue recolocándose en un sitio ni totalitario ni mudo. Y pude explicarla en clase sin aburrirme y sin sentirme ajena"41. Es sobre todo la práctica de la escucha de ti y de las demás, en un continuo afán de excavación, lo que logra sacar a la luz nudos problemáticos de nuestra vida que nos han condicionado gravemente. Un trabajo en espiral que requiere tiempos largos hasta llegar a sentir que en el relato hay algo más y que esto, dicho primero en palabras, se convierte en escritura y reescritura que muestra lo simbólico femenino en la historia.

6) Parece que falten un marco general y una periodización, que harían que nuestra práctica se precipitara en una forma de autoconciencia, en la que la investigación en ti y la escucha de las demás son vistas como un replegarse de tipo consolatorio, con riesgo de cerrarse y volverse autorreferentes, y de perder la distancia necesaria para una valoración objetiva.

La historia necesita ser transformada. El marco general y la periodización no son indiferentes a los sujetos. Nosotras tenemos muy en cuenta el contexto y el tiempo en el que se desarrollaron los acontecimientos que sacamos a la superficie, precisamente para poder discernir lo que es esencial. La práctica de la historia viviente tiende a sacar a la superficie y reforzar una subjetividad que se forma en la relación; subjetividad relacional que es la base de la capacidad de obrar y vuelve civil la sociedad.

Con esta práctica, la historiadora o el historiador, destapando su interioridad, su sentir, se transforma y pone esto en el origen de su hacer historia. Explicará y escribirá una historia transformada, que ya no tenga como horizonte la guerra o su ausencia, el esquema vencedores/vencidos, sino que abra a un nuevo orden de relaciones al que no sean ajenos el amor y la relación; redención y rescate, no solo odio y venganza.

Es un nuevo inicio de la historia, no un replanteamiento de la historia de las mujeres.

En las sociedades patriarcales, la experiencia femenina queda enterrada. Aflora en la literatura, pero no ha tenido hasta ahora las palabras para decirse en la historia. Los deseos femeninos emergen en los sueños y carecen de representación, mientras que la experiencia y los deseos masculinos tienen su propia visibilidad y parecen ser la única interpretación de la humanidad. Nosotras, a través del relato del desorden de Luciana, hemos investigado, por ejemplo, el deseo de palabra pública femenina inherente al propio sentir, y hemos visto su origen y lo que la obstaculiza42.

La nuestra es una obra en curso. Dentro de nosotras se entrelazan los hilos del pasado y del presente. Una condensación de tiempo histórico que hace de nosotras un documento viviente. Esta práctica desquicia la compartimentación de los saberes y de los géneros literarios que han intentado objetivar la investigación en una lucha jadeante por la objetividad, que también los hombres saben que es inalcanzable.

No excluimos otros modos de escribir historia pero, con nuestra práctica, la subjetividad femenina, entrando en la historia, hace aflorar sus aspectos vitales.

Carta de Alessandra De Perini

27 de marzo

Queridas amigas de la Comunidad de Historia viviente:

He leído con mucho interés y curiosidad vuestras respuestas a las críticas y objeciones que habéis recibido a lo largo de los numerosos encuentros y debates públicos a los que habéis sido invitadas después de la publicación del número 3 (2012) de la revista DWF.

El texto está bien escrito y consigue en pocas páginas tocar muchísimas cuestiones, aclarando más vuestra práctica, aunque pienso que, precisamente sobre este punto de la práctica seguiréis recibiendo peticiones de clarificación, perplejidades, críticas, resistencias y objeciones. Porque la práctica, para ser entendida, pide ser hecha en primera persona en un contexto de relaciones de confianza. Es el paso más difícil: no se trata de comprender racionalmente sino de ponerse en juego, de sentirse atravesadas, atravesados, por el tiempo que pasa y deposita en el fondo experiencias que piden ser nombradas, "rescatadas" del silencio. Se trata de amar la historia tanto como para renunciar a ella, de querer liberarla de las periodizaciones tradicionales, desvincularse del criterio de la objetividad, del esquema interpretativo de las relaciones de poder, para escoger y poner en el centro el plano de la subjetividad relacional libre, de la interioridad, de la experiencia femenina / masculina en los distintos contextos.

Vuestro texto es un texto muy importante, una síntesis verdaderamente acertada que da cuenta del punto en el que estáis hoy, después de años de encuentros, investigaciones, debates, y que puede constituir para otras y otros una ocasión de toma de conciencia y de debate de la propia relación con la historia, suscitando en la o el que escribe historia el deseo de sacar a la superficie lo "sumergido", los aspectos ocultos de la propia experiencia, de iluminar acontecimientos que contienen algo precioso que "brilla por su cualidad simbólica y su sentido".

Ciertamente, la historia viviente no es para todas o todos, su práctica no es fácilmente transferible, porque no todas ni todos están en disposición de asumirse como "documento viviente", de desquiciar los repartos de saberes y de géneros, de poner la transformación de sí en el origen del hacer historia.

En el texto decís que queréis ofrecer nuevas claves de lectura a la experiencia humana femenina y a la relación entre los sexos, ensanchar el horizonte de la disciplina, orientar su enseñanza en la selección e interpretación de los temas que pasáis por el "cedazo" de vuestras experiencias y descubrimientos. Aclaráis la diferencia entre "evocar" y "recordar", entre hacer historia de los sentimientos y escuchar ese "sentir profundo" que no comparece en el relato histórico y que para vosotras constituye, en cambio, el punto de partida de la investigación histórica. Decís que vuestro trabajo es doloroso, un "trajín lento y difícil", una excavación solitaria, sostenida por la escucha atenta de la otra. Afirmáis también que se está difundiendo un exceso de historia personal que conlleva el riesgo de echar a perder "lo significativo de la historia singular incluida en la gran historia". Estáis convencidas de que vuestros descubrimientos no solo cambian la visión del pasado sino que pueden transformar el modo de actuar en el presente. Este es el punto más político de vuestro texto, punto que tendría que ser investigado y profundizado más.

Habéis adoptado un estilo que no separa los géneros (literatura, historia, biografía, crítica literaria) y explicáis el porqué. También este punto es muy importante, y habría que profundizar más en él.

Vuestra propuesta es –decís– un "nuevo inicio" de la historia, no un nuevo planteamiento de la historia de las mujeres. Es una pretensión altísima, un paso fundamental que se corresponde con el paso de una política entre mujeres a una política de relaciones de diferencia con mujeres y hombres. Os lo dice una que ha propuesto durante años cursos de historia de las mujeres dirigidos sobre todo a chicas y chicos de bachillerato, pero también a mujeres de todas las edades, mujeres corrientes, vecinas de casa, con la intención de favorecer una toma de conciencia y de usar la historia de las mujeres como primer paso de la acción política.

Aquí me quedo y me pierdo porque son muchísimas más las propuestas de reflexión que planteáis en vuestro texto y que habría que discutir y meditar palabra por palabra. Vuestro texto es tan rico en afirmaciones y pasadizos simbólicos que he tenido que leerlo varias veces para poder discutirlo con otras. Y sigo releyéndolo, vuelvo a recuperar el hilo del discurso, porque cada vez se me olvida algo importante de lo que no me había dado cuenta o a lo que no había dado importancia.

Ahora algunas observaciones críticas: tal vez haya demasiadas citas, signo de autorización escasa. Creedme, no necesitáis citar continuamente a Zambrano, porque sois vosotras las que habéis inventado y experimentado una práctica nueva, original y radical que pretende hacer que aflore simbólico femenino. Vuestra escritura no tiene precedentes en cuanto "muestra lo simbólico femenino en la historia". La autoridad de referencia es, para mí, más que Zambrano, grandísima pensadora, Marirì Martinengo que, en 2005, después de años de trabajo y de investigación, escribió La voce del silenzio sobre su abuela paterna Maria Massone. De ahí después el reconocimiento de María-Milagros Rivera, con la que estáis en relación política, y la decisión común de constituir la Comunidad de historia viviente.

Creo que sería también muy importante dar a entender más y mejor cómo se da el paso del plano de la subjetividad que tiene su raíz en la historia personal de cada una / cada uno al plano universal de la historia de todas y todos.

Considero también que los textos de historia viviente son todavía realmente demasiado pocos, y esto os obliga a referiros siempre a los mismos tres o cuatro ejemplos, con un efecto de inmovilidad y repetición.

Hay, para terminar, un nivel internacional de la reflexión histórica con el que, en mi opinión, es necesario ponerse a prueba y dialogar si se quiere dar continuidad a las grandes pretensiones que habéis anunciado, para que se entienda dónde está el "más", cuál es la diferencia, la fuerza y la originalidad de la historia viviente. Si se quiere transformar la historia hay que estar dispuesta a ponerse en juego en el debate historiográfico actual e intentar localizar las posturas que más se acercan a vuestro / nuestro modo de entender la historia.

Un abrazo a todas

Alessandra De Perini

Respuesta a la carta de Alessandra De Perini

Libreria delle donne, 27 de marzo de 2015).

11 de junio de 2015

Nuestro deseo: que la práctica de la historia viviente se difunda.

Querida Alessandra:

Admiramos tu constante y amorosa atención a las empresas de las otras. Ofreces una gran valorización recorriendo los elementos que consideras importantes y nuevos. Además, la precisión de tus observaciones obliga a aclarar ante todo a una misma lo que se está haciendo y diciendo. Es una práctica política importante, así que, ante todo, gracias.

Pasamos a tus críticas:

DEMASIADAS CITAS.

Es una observación justificada. Entre nosotras hay discusión sobre esto y ya hemos escrito que a veces para algunas de nosotras la cita es un modo de decirse sin fiarse plenamente del propio sentir.

Las usaremos con cuidado.

Las usaremos cuando consideremos que las palabras de otra pueden ayudar a quien escucha a captar mejor lo que estamos haciendo o diciendo. O cuando las experiencias leídas en libros son pruebas añadidas de lo que estamos diciendo. Por ejemplo, refiriéndose a las causas que dificultan la palabra pública auténticamente vinculada con el propio sentir y a las estrategias para conseguir, de todos modos, decirse, Luciana pone los ejemplos de las escritoras Azar Nafisi y Ornela Vorpsi [DWF 3 (2012)].

HAY UN NIVEL INTERNACIONAL DE LA REFLEXIÓN HISTÓRICA CON EL QUE ES NECESARIO DIALOGAR.

Tu estímulo nos anima a tener más coraje para intervenir públicamente, y sabemos que nos ha frenado el miedo a despilfarrar energías que dirigimos a la práctica.

Hemos mantenido, sin embargo, una relación privilegiada y constante con la historiadora de Barcelona María-Milagros Rivera Garretas, de la que hemos hablado en varias ocasiones, y ahora con las historiadoras de Duoda, Centro de Investigación de Mujeres de la Universidad de Barcelona, que, con ocasión del XXVI Seminario, titulado precisamente Descifrar lo que se siente: la llamada, invitaron en 2015 a Marirì Martinengo a hablar de la historia viviente 43.

Tenemos muy presente la necesidad de crear mediaciones y de ensanchar nuestra práctica. Hemos invitado con esta intención a Monica Martinat de la Universidad de Lyon, con la que hemos debatido públicamente.

LOS TEXTOS DE HISTORIA VIVIENTE SON TODAVÍA POCOS.

Es verdad, porque se trata de un trabajo profundo que requiere tiempo, pero lo que produce sobre todo la práctica de la historia viviente es un fortalecimiento de la propia subjetividad que repercute en todos los ámbitos de acción de cada una de nosotras. Por ejemplo, Marina Santini y Luciana Tavernini se han sentido autorizadas a usar su competencia histórica y pedagógica pidiendo la colaboración de decenas de mujeres y usando maneras que van más allá de los cánones historiográficos para escribir un libro de historia del feminismo: Mia madre femminista. Voci da una rivoluzione che continua (Padua, Il Poligrafo, 201544.

Pensamos además que es posible una interlocución a distancia con quien está creando, como nosotras, un simbólico distinto del patriarcal y capitalista. Hemos localizado en otros textos prácticas semejantes a la nuestra. Consideramos que la división rígida de los saberes ha creado con fecuencia jaulas precisamente para excluir la subjetividad sobre todo de las mujeres pero no solo. Por ejemplo, en los libros de Svetlana Aleksièvic, periodista y escritora, Premio Nobel de Literatura 2015, que narra las tragedias del mundo excomunista, de su mundo, haciendo de su voz la de un pueblo, hemos reconocido un modo original y subjetivo de escribir historia poniéndose en juego con riesgo de la propia vida.

No consideramos, por tanto, solo a historiadoras e historiadores. Hay sobre todo jóvenes como la documentalista Reynalda del Carmen (2006) que dicen explícitamente que en el origen de su búsqueda hay un nudo enorme y cómo, indagándolo, se sacan a la luz aspectos impensados de un período histórico: para ella, a partir del silencio de su madre sobre la desaparición de su amiga más importante, la situación de Chile desde los años inmediatamente anteriores a la dictadura hasta hoy.

Nuestro deseo es que otras sientan la fuerza que la práctica de la historia viviente ha generado en nosotras y que, como escribes tú misma, "lleven a cabo la práctica en primera persona, en un contexto de relaciones de confianza". Es el paso más difícil: no se trata de comprender racionalmente sino de ponerse en juego, de sentirse atravesadas / atravesados por el tiempo que pasa y deposita en el fondo experiencias que piden ser nombradas, 'rescatadas' del silencio".

Resumiendo, confiamos en que en singular, entre dos o en pequeños grupos encuentren otras el modo de sacar a la luz los nudos enterrados en cada cual, y que esto permita a cada una liberarse y construir una historia libre de las incrustaciones de esas interpretaciones que humillan o deforman la experiencia femenina.

Milán, 11/06/2015

Comunidad de Historia viviente: Marirì Martinengo, Laura, Laura Modini, Giovanna Palmeto, Marina Santini, Luciana Tavernini.

1 Emily Dickinson, Poemas 1201–1786. Nuestro Puerto un secreto, traducción y lectura de los poemas en español de Ana Mañeru Méndez y María-Milagros Rivera Garretas, con un Epílogo de esta última, Madrid, Sabina editorial, 2015, 639 págs. + CD formato mp3, poema 1639, p. 439.

2 Una biografía feminista, mi Teresa de Jesús / Teresa of Ávila, edición bilingüe, traducción inglesa de Laura Pletsch Rivera, Madrid, Sabina editorial, 2014.

3 Nació en Milán con el Manifesto di Rivolta Femminile, publicado en Carla Lonzi, Sputiamo su Hegel, la donna clitoridea e la donna vaginale, e altri scritti, Milán, Scritti di Rivolta Femminile, 1970 (Escupamos sobre Hegel, La mujer clitórica y la mujer vaginal, traducción de Francesc Parcerisas, Barcelona, Anagrama, 1981; antes en Buenos Aires, La Pléyade, 1975).

4 Génova, ECIG, 2005. Una recensión en DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 31 (2006) 205-208; DUODA es una revista en papel de acceso libre (con un año de carencia) en http://www.raco.cat/index.php/DUODA/.

5 Marirì Martinengo, La voz del silencio. Me llama desde siempre, DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 40 (2011) 42-59; p. 44 (www.raco.cat). Sus reflexiones más recientes en Marirì Martinengo, Me llama desde siempre: la respuesta a la llamada, DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 49 (2015) 68-94, (www.raco.cat).

6 He tocado esto en mi La vida de las mujeres: entre la historia social y la historia humana, en Flocel Sabaté y Joan Farré, eds., Medievalisme: noves perspectives, Lleida, Pagès editors, 2003, 109-120.

7 Luisa Muraro, Vita passiva, en Annarosa Buttarelli, Giannina Longobardi, Luisa Muraro, Wanda Tommasi, Iaia Vantaggiato, La rivoluzione inattesa. Donne al mercato del lavoro, Milán, Pratiche editrice, 1997, 65-83; p. 77. (Una revolución inesperada, trad. de Carolina Ballester Meseguer, Madrid, Narcea, 2001). Véase también Chiara Zamboni, L'azione perfetta, Roma, Centro Virginia Woolf, 1994.

8 Puede verse mi Madres e hijas: la llamada de las entrañas, "Isis Internacional", portal "MujeresHoy", 2005 (Chile).

9 Puede verse mi Madres e hijas: la llamada de las entrañas, "Isis Internacional", portal "MujeresHoy", 2005 (Chile).

10 María-Milagros Rivera Garretas, La historia que rescata y redime el presente, DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 33 (2007) 27-39, (www.raco.cat); History that rescues and redeems the present, "Imago Temporis. Medium Aevum" 2 (2008) 17-25; La storia che riscatta e redime il presente, en Annarosa Buttarelli y Federica Giardini, eds., Il pensiero dell'esperienza, Milán, Baldini Castoldi Dalai, 2008, 343-357.

11 Laura Mercader Amigó y María-Milagros Rivera Garretas, Hablar como mujeres. Una elección, resultados del taller de Duoda (con Gloria Luis Peralvo) en las jornadas "Radicalment feministes. 40 Anys de Feminisme a Catalunya" (2, 3 y 4 de junio de 2016), en prensa.

12 Luisa Muraro, La politica è la politica delle donne, "Via Dogana" 1 (junio 1991) 2-3.

13 María Zambrano, Persona y democracia. La historia sacrificial (1958), Barcelona, Anthropos, 1988, 136.

14 Un ejemplo precioso de que no es una antinomia lo dan los siguientes versos del poema 446 de Emily Dickinson: "Destila sentido asombroso / De Significados Corrientes –", en Emily Dickinson, Poemas 1–600. Fue – culpa – del Paraíso, prólogo, traducción y lectura de los poemas en español de Ana Mañeru Méndez y María-Milagros Rivera Garretas, Madrid, Sabina editorial, 2012, 940 págs. + CD formato mp3, p. 691.

15 María Zambrano, Persona y democracia, 136-137.

16 Casi todos estos textos fueron publicados originalmente en La historia viviente / La història vivent, Tema monográfico de la revista "DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 40 (2011), 41-110. Los publicados aquí son: Marirì Martinengo, La voz del silencio. Me llama desde siempre (págs. 42-60), Comunità di storia vivente, La práctica de la historia viviente. Premisa esencial (págs. 62-64), Laura Minguzzi, La historia rechazada, historia como vida significante (págs. 66-74), Marina Santini, El rostre ambigu de la preferència. Un recorregut històric (págs. 76-82), Luciana Tavernini, Els obscurs grumolls del desordre simbòlic (págs. 84-97) y María-Milagros Rivera Garretas, La historia viviente, historia más verdadera (págs. 98-110); accesible en www.raco.cat.

17 Marirì Martinengo, Claudia Poggi, Marina Santini, Luciana Tavernini, Laura Minguzzi, Libere di esistere. Costruzione femminile di civiltà nel Medioevo europeo, Turín, Società Editrice Internazionale, 1996. (Libres para ser. Mujeres creadoras de cultura en la Europa medieval, trad. de Carolina Ballester Meseguer, Madrid, Narcea, 2000).

18 El primero está traducido en: Marirì Martinengo, Las trovadoras, poetisas del amor cortés. (Textos provenzales con traducción castellana), trad. de María-Milagros Rivera Garretas y Ana Mañeru Méndez, Madrid, horas y Horas, 1997.

19 Parcialmente traducido en Marirì Martinengo, La voz del silencio. Me llama desde siempre, DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 40 (2011) 42-60; www.raco.cat.

20 María-Milagros Rivera Garretas, La historia que rescata y redime el presente, DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 33 (2007) 27-39; www.raco.cat; History that rescues and redeems the present, "Imago Temporis. Medium Aevum" 2 (2008) 17-25.

21 Véase Marirì Martinengo, Me llama desde siempre. La respuesta a la llamada, DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 49 (2015) 68-94; www.raco.cat.

22 María-Milagros Rivera Garretas en La historia viviente, editorial, DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 40 (2011) 6; www.raco.cat.

23 Laura Minguzzi, La historia rechazada, historia como vida significante, 68.

24 María-Milagros Rivera Garretas, La historia viviente, historia más verdadera, 102.

25 María-Milagros Rivera Garretas, La historia viviente, historia más verdadera, 103.

26 María-Milagros Rivera Garretas, Riscattare e redimere il presente, en Annarosa Buttarelli, Federica Giardini, eds., Il pensiero dell'esperienza, Milán, Baldini Castoldi Dalai, 2008, p. 354.

27 María-Milagros Rivera Garretas, La historia que rescata y redime el presente, 36.

28 María-Milagros Rivera Garretas, La historia que rescata y redime el presente, 36.

29 María-Milagros Rivera Garretas, La historia que rescata y redime el presente, 36.

30 María-Milagros Rivera Garretas, La historia que rescata y redime el presente, 37.

31 Milán, Il Saggiatore, 2013, p. 56.

32 María Zambrano, Per una storia della pietà, aut aut 279 (1997), 63-69, número dedicado a Maria Zambrano. Pensatrice in esilio. [Para una historia de la Piedad, "Revista Lyceum" (La Habana) 17 (1949) y "Aurora. Papeles del Seminario María Zambrano" (2012) Documentos de María Zambrano, 64-72; p. 65 (cito de esta última)].

33 Una costituente per l'Europa. Scritti londinesi, al cuidado de Domenico Canciani y Maria Antonietta Vito, Roma, Castelvecchi, 2013, p. 70.

34 Véase sobre esto Luisa Muraro, Paestum commentata dall'ex coordinatrice del gruppo n. 9, en "Via Dogana" 103 (diciembre 2012, p. 7.

35 Este documento está disponible en: Luisa Cavaliere, Lia Cigarini, Hay una buena diferencia. Un diálogo, edición, traducción, nota inicial y herramientas secundarias de María-Milagros Rivera Garretas, Biblioteca Virtual de investigación y Docencia Duoda (BViD), 2015.

36 María Zambrano, El ir y venir de la memoria, en su Notas de un método, Madrid, Mondadori, 1989, 80-91.

37 Laura Minguzzi, La historia rechazada, historia como vida significante, DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 40 (2011) 66-74.

38 Marina Santini, Il volto ambiguo della preferenza, DWF 3 (2012) 30-34. [El rostre ambigu de la preferència. Un recorregut històric, DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 40 (2011) 76-82].

39 Graziella Bernabò, Per troppa vita che ho nel sangue. Antonia Pozzi e la sua poesia, Milán, Viennepierre, 2004 y Milán, Ancora, 2012. Ead., La fiaba estrema. Elsa Morante tra vita e scrittura, Roma, Carocci, 2012.

40 María Zambrano, Para una historia de la Piedad, 65.

41 Marirì Martinengo, Me llama desde siempre: la respuesta a la llamada, DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 49 (2015) 69-94 ; p. 92.

42 Luciana Tavernini, Gli oscuri grumi del disordine simbolico, DWF 3 (2012) 35-43, [Els obscurs grumolls del desordre simbòlic, DUODA. Estudis de la Diferència Sexual 40 (2011) 84-97].

43 Los resultados de este Seminario están publicados en el Tema monográfico Descifrar lo que se siente: la llamada, de DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 49 (2015) 63-97; www.raco.cat.

44 Una recensión, de Patrícia Martínez i Álvarez, en DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual 52 (2017).

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[ocultar] Las Vecinas de casa (Español)

"Las Vecinas de casa" (Le Vicine di casa)

Las Vecinas de casa (Le Vicine di casa) son una asociación de mujeres nacida en Mestre en los primeros años noventa. Tienen una idea grande de la ciudad, fundada en la calidad de las relaciones entre sus habitantes. Conocen las condiciones que impiden la disgregación del territorio y permiten vivir en común, mujeres y hombres, a gusto, en un mismo espacio. Inspirándose en una tradición antigua, la vecindad, han puesto a punto una forma simple de la política que ayuda a afrontar los problemas de la vida cotidiana, colocándolos dentro de un horizonte de significados más vasto. El oro de las Vecinas de casa es una práctica de relaciones que vuelve humana la ciudad, una forma de gobierno de lo existente que abre espacios nuevos e imprevistos de vida pública. Han publicado, entre otras cosas, VV. AA., L'oro delle Vicine di casa> (Quaderni di Via Dogana, febrero 1988); se han cuidado de La lezione di Simone Weil. Donne e uomini a confronto (Venecia, Cedit, 2012).


[ocultar] Laura Minguzzi (Español)

Laura Minguzzi

Nacida en Rávena, es licenciada en Lenguas y literaturas extranjeras (ruso y francés) por la Università de Ca' Foscari (Venecia), con una tesis sobre los movimientos femeninos y feministas rusos del siglo XIX. Ha dado clase en Bolonia, en Parma y en Milán, donde vive ahora. A finales de los años ochenta participó activamente en el movimiento de la pedagogía de la diferencia. En los años noventa, por amor a la política, se trasladó con su marido a Milán, se hizo socia de la Librería de mujeres y miembra de la Comunidad de práctica y reflexión pedagógica y de investigación histórica. En el trabajo ha intentado conjugar y transmitir varias pasiones: por la historia, por la libertad femenina, por los viajes de exploración y la curiosidad por los cambios. En 2006 inició con Marina Santini, Luciana Tavernini y, luego, otras, la aventura de la "Historia viviente" propuesta por Marirì Martinengo. Es presidenta del Circolo della rosa de Milán desde 2001 . Participa en la redacción de la página web de la Librería delle donne di Milano y en el movimiento de las Città Vicine. Durante muchos años ha colaborado con la revista "Via Dogana". Ha escrito numerosos textos, artículos y ensayos, entre ellos: La forza e le parole per nominare l'accaduto, en Sapere di sapere, al cuidado de Anna Maria Piussi y Letizia Bianchi (Turín, Rosengerg & Sellier, 1995; Saber que se sabe. Las mujeres en la educación, Barcelona, Icaria, 1996); Eufrosinija la pura, en VV. AA., Libere di esistere (Turín, SEI, 1996; Libres para ser (Madrid, Narcea, 2000); "La historia rechazada, historia como vida significante" DUODA 40 (2011). Ha cuidado, con Serena Fuart, Così via in un circolo di potenza illimitata, primer cuaderno del Circolo della rosa (suplemento al núm. 84/2008 de "Via Dogana"); ha escrito algunos artículos para Via Dogana como relatos de viaje: "Dalla Russia con candore" (núm. 46-47/1999), "Corridoio cinque" (núm. 73/2005, "Ritorno nel mondo excomunista" (núm. 91/2009), "Transiberiana. Vite di donne e uomini in rivolta" (núm. 107/2013).


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Luciana Tavernini

Nacida en el Trentino, conoce la aspereza y los silencios elocuentes de la montaña. Está comprometida con su marido en la construcción de un nuevo modo de estar en pareja, con el deseo de ser un punto de referencia para sus hijos vagabundos. Participa desde principios de los años ochenta en la pedagogía de la diferencia y en la Comunità di pratica e riflessione pedagogica e di ricerca storica. Le ha gustado tanto dar clase que lo sigue haciendo como voluntaria en una escuela de italiano para mujeres extranjeras, y ayuda a las jóvenes a descubrir las potencialidades de la escritura. El 1990 compiló con otras y otros una antología para la enseñanza secundaria en la editorial Bruno Mondadori. Practica una crítica literaria y cinematográfica relacional, le gusta cantar, escribe poesías y participa en el proyecto de una radio por internet, www.donnediparola.eu. Con Marina Santini se cuida de la programación de las iniciativas del Circolo della rosa de Milán. Ha escrito "Rosvitha de Gandersheim" en VV. AA:, Libres para ser (Madrid, Narcea, 2000). Se ha ocupado de Cristina Belgioioso (Bellinzona, 2007), de historia del feminismo y de didáctica. Escribe en algunas revistas (Via Dogana, DUODA, Leggendaria, Leggere Donna). En Internet tiene algunos hipertextos y muchas de sus intervenciones, también de la historia viviente. Con Marina Santini se ha cuidado de la publicación de Mia madre femminista. Voci da una rivoluzione che continua (Padua, Il Poligrafo, 2015).


[ocultar] Marina Santini (Español)

Marina Santini

Nacida en Milán, hace acopio de energía cuando saca adelante proyectos de estudio y de trabajo con las amigas. Le gusta la música, el teatro, la fotografía, y comparte con su compañero el placer y el compromiso de dar clase, el amor a la historia, los viajes lentos, la buena mesa. Después de haber sido responsable del Centro de Documentación del Corriere della sera, escogió la enseñanza para poder transmitir sus pasiones a alumnas y alumnos. A veces lo consigue. El interés por la política la acercó a la Librería de mujeres de Milán, donde sigue la redacción de Via Dogana y, con Luciana Tavernini, se cuida de la programación del Circolo della rosa. Ha compilado Cambia il mondo cambia la storia. La differenza sessuale nella ricerca storica e nell'insegnamento (Actas del congreso del 29 septiembre 2001, suplemento al núm. 60/2002 de Via Dogana). Ha escrito sobre Marina del Goleto: "Marina, signora del luogo", en VV. AA., Libres para ser (Madrid, Narcea, 2000) y "L'abazia del Goleto" (Quaderni del filo di perle, 2007); con Claudia Poggi ha escrito Herralda de Hohenburg, una artista magistral (Libres para ser) y en Donne e Bibblia nel Medioevo (Trapani, Il Pozzo di Giacobe, 2001). Con Luciana Tavernini se ha ocupado de Cristina di Belgioioso (Bellinzona, 2007) y, con Gemma De Magistris, de Antonia Pozzi (Milán, Viennepierre, 2009). Artículos y recensiones suyas han salido en diversas revistas y páginas web. Es una de las autoras de la exposición sobre los últimos cuarenta años de feminismo en Milán Noi utopia delle donne di ieri, memoria delle donne di domani. Con Luciana Tavernini se ha cuidado de la publicación de Mia madre femminista. Voci da una rivoluzione che continua (Padua, Il Poligrafo, 2015).


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Tiziana Plebani

Forma parte de la Società Italiana delle Storiche (SIS) y, después de quince años de dirigir la Conservación y Restauración, desde 2009 es responsable de la oficina Histórico-Didáctica de la Biblioteca Nazionale Marciana donde, además de seminarios con los institutos de bachillerato y las universidades, organiza ciclos de lecturas y presentaciones de fuentes históricas (las antiguas crónicas venecianas, los diarios de Marin Sanudo, Il Milione de Marco Polo, amuletos árabes y silabarios hebreos, etc), conferencias, presentaciones de libros. Además ha ideado la nueva web de la Marciana, en la que escribe textos breves de presentación de libros antiguos en la sección I libri raccontano. Escribe en la red textos que interesen sobre todo a lectoras y lectores jóvenes. Es doctora en historia y obtuvo en 2011 la habilitación científica nacional para la enseñanza universitaria de Historia Moderna. Forma parte del Centro interuniversitario di Storia Culturale. Se ocupa de la historia del libro, de prácticas de lectura y escritura, de sociabilidad urbana y transformación de los sentimientos. Ha dado clases en la Università Ca'Foscari. La escritura histórica es parte integrante de su vida cotidiana. Es reconocida en el mundo de los estudios académicos, a pesar de no tener un puesto universitario estable, y es invitada a congresos también en el extranjero. Ha escrito L'Almanacco delle donne (Venecia, Ippocampo, 1991); Il "genere" dei libri (Milán, Franco Angeli, 2001); Venecia 1469. La legge e la stampa (Venecia, Marsilio, 2004); Storia di Venecia città delle donne (Venecia, Marsilio, 2008), libro que ideó y coordinó y que ahora tiene un sitio en la historia de Venecia; Un secolo di sentimenti (Venecia, Istituto Veneto di Scienze Lettere ed Arti, 2012 – Premio Gambrinus Mazzotti, Premio Antico Pignolo); Un posto dove stare (Venecia, Toletta editrice, 2014), novela que habla de la belleza y de su poder de sanar, de indicar una vida distinta y una ciudad mejor, sobre el trasfondo de una Venecia en transformación. Es coeditora de los libros: La scoperta dell'infanzia. Cura, educazione e rappresentazione Venecia 1750-1930, Venecia, Marsilio, 1999; Corpi e storia. Donne e uomini dal mondo antico all'età contemporanea, Roma, Viella, 2002; Le Donne nella storia del Veneto: libertà, diritti, emancipazione sec XVIII-XIX, Regione del Veneto 2006; Spazi, poteri, diritti delle donne a Venecia in età moderna, Verona, Quiedit, 2012; se ha cuidado de Aspettando l'Unità 1850-1866. Venecia verso l'unificazione, Turín, UTET, 2011. Ha publicado muchísimos artículos sobre diversos temas de investigación. En la actualidad, en la Biblioteca Marciana está trabajando sobre los libros de bordado del siglo XVI, sobre los que ha publicado ya dos ensayos, mientras que para la Biblioteca se está ocupando de la edición del testamento de Marco Polo con una serie de ensayos.


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