Reportaje sobre la ética de los fotoperiodistas de guerra
El fotoperiodismo de guerra es, en general, la actividad de hacer fotografías en un conflicto bélico para ilustrar lo sucedido de una manera más sentimental, por lo que, gracias a ello, se ha podido registrar la historia de acontecimientos como la Guerra Civil Española, la Guerra de Vietnam y las dos guerras mundiales, entre muchas otras confrontaciones bélicas.
Con frecuencia, los periodistas se ven en el juicio moral de tener que mantenerse al margen de lo que están observando, sin intervenir, y poniendo distancia emocional entre lo que están fotografiando y la realidad misma.

Esto les ha llevado a innumerables críticas, desprestigios y juicios populares sobre su
labor y su forma de trabajar. “Para convertirse en un buen fotoperiodista es necesario ante
todo amar a los seres humanos”, afirmó Gisèle Freund, fotógrafa francesa, aunque lo cierto es
que, todo suceso o fenómeno social, al igual que las imágenes y los textos, tiene múltiples lecturas. Por ello, una regla del fotoperiodismo es que todas las fotografías deben tener un texto en el pie de foto, llamado epígrafe, que brinde información al lector sobre aspectos relacionados con la imagen. Cuando el texto que acompaña la imagen cumple la función de delimitar o “fijar” los posibles sentidos y brindar información al lector sobre lo que la fotografía muestra, el texto cumple la función de anclaje porque “ancla” o fija el significado de la imagen. En este caso, el texto completa la información que representa la fotografía, aportando datos como nombres de las personas, lugar, momento o situación que se muestra. Esta función es la más frecuente en el fotoperiodismo y tiene el propósito de orientar la interpretación del lector. Otras veces, el texto aporta un significado que no está presente en la fotografía o añade nueva información que trasciende lo que se muestra. En estos casos, el texto establece una relación de complementariedad con la imagen, ya que para interpretarla es necesaria la información extra que ofrece el epígrafe.
Además, todo fotoperiodista tiene la obligación de ser preciso y comprensivo en la representación de los sujetos y resistirse a ser manipulado por determinadas oportunidades fotográficas. Además, deben ser íntegros y dar contexto cuando estén fotografiando o grabando a los sujetos, así como evitar estereotipos, tratar a todos los sujetos con respeto y dignidad, dar consideración especial a los sujetos vulnerables y tener compasión con las víctimas. Tienen la obligación, también, de evitar meterse en momentos privados de luto, de no contribuir, alterar o influir en los acontecimientos intencionalmente y por último, de no manipular las imágenes ni añadir o alterar el sonido de ninguna manera que pueda confundir al público o representar a los sujetos de una manera incorrecta.
De hecho, la crítica habitual al fotoperiodismo de guerra gira en torno a cuestiones éticas como, por ejemplo, el por qué los fotoperiodistas no ayudan en lugar de fotografiar. Además, se cuestionan los valores estéticos de algunas imágenes de guerra, de hambre o de miseria.

Se han cometido grandes injusticias como los juicios populares realizados a Kevin Carter por una imagen de un niño junto a un carroñero que, supuestamente, lo iba a matar. Finalmente, resultó
ser parte de una estampa habitual de un vertedero africano donde las aves van a comer y las personas hacen sus necesidades junto a ellos. Este fue uno de los motivos por los que el fotógrafo se quitó la vida. Muchos siguen diciendo que le dominó la culpa, mientras otros defienden que le superó todo lo que había vivido como fotorreportero.
Otra polémica se desencadenó en Suecia con la imagen del fotógrafo Paul Hansen. En la foto se observa a Fabienne, una joven haitiana de solo 14 años, que fue asesinada por la policía tras ser descubierta robando en una tienda tras el terremoto que azotó Haití. En el momento no hubo polémica, hasta que se supo que, en el momento de la muerte de la niña, había 14 fotoperiodistas presentes, gracias al fotógrafo Nathan Weber, que publicó la misma fotografía, pero desde una perspectiva distinta, en la que se ve a la niña tendida en el suelo rodeada de fotógrafos. Este hecho abrió un debate sobre la ética de los fotoperiodistas, el cual gira en torno a la pregunta:¿habrían dado menos para el desastre, si esta foto no se hubiera publicado?

“Sinceramente, creo que los límites de la edición las pone el propio autor, su integridad y su compromiso con la profesión. El fotoperiodista dispara y edita antes de enviar a su medio. No hace falta que recuerde el reciente caso de Narciso Contreras y su imagen de Siria, editada más allá de los límites éticos de su agencia AP, de la que finalmente ha sido despedido. No hay que llegar a ningún sitio. La esencia del fotoperiodismo es plasmar la realidad sin manipulaciones… Hoy, por ejemplo, llueve a raudales y nieva en Madrid. El día es feo y gris, con una luz complicada para retratar. El fotoperiodista que hoy retrate algún acontecimiento que hoy suceda en este gris, no puede meterle color y brillo con el Photoshop… El fotoperiodista no trabaja para una revista de Moda o un magazine de viajes… Si el día está gris, la foto, solo puede ser gris”, expresó Mayka Navarro, periodista y colaboradora de varios medios de comunicación.
Además, “las fotografías pueden utilizar el deseo como estímulo para la masturbación, siendo más complejo cuando se utilizan para estimular el impulso moral”, manifiesta Susan Sontag, escritora y novelista. Es en este punto donde se manifiesta el mayor propósito de los fotoperiodistas de guerra: el sentido de comunicar, denunciar y buscar que la sociedad tome conciencia sobre los crímenes que ocurren. “Creo que la gente se debe ofender con el genocidio. Se debe ofender con la limpieza étnica. Se debe ofender con el hambre. Mi trabajo no es hacer que esas cosas sean cómodas o fácilmente digeribles. Mi trabajo no es hacer sentir cómoda a la gente con estas cosas, ni entretenerles. Mi trabajo es concienciar a la gente del hecho de que son crímenes contra la humanidad”, comenta James Natchwey, influyente fotógrafo de guerra, conflictos y situaciones sociales precarias. Por lo tanto, las narraciones pueden hacernos comprender, pero las fotografías hacen algo más: perturbar.

Entrevista a Ivan M. García, fotoperiodista catalán
He colaborado en VICE News con textos sobre el conflicto en Colombia. He escrito sobre la guerra en Siria en La Vanguardia y Emeequis. Y también he contado historias desde Palestina, RD del Congo y Haití. Durante varios años, compaginé mis proyectos como freelance con el cargo de oficial de medios para crisis humanitarias en Oxfam.
¿Qué le impulsó a ser fotógrafo? ¿Por qué elegiste la fotografía?
De entrada no me considero fotógrafo si seguimos al pie de la letra la definición de la palabra o la imagen que todos tenemos en la cabeza. Soy un periodista que usa la fotografía, la imagen, como una herramienta para contar historias, del mismo modo que puedo usar la palabra en la escritura o en una charla. Una de las razones por las que voy a tomar este camino es por la capacidad de síntesis de una imagen. En un solo rasgo puedes contar un montón de historias. Puedes ver expresiones en los personajes, gestos, escenas, situaciones que seguramente no tendrán la misma fuerza descrita con tus palabras. Por muy bien que escribas. Por otro lado, hay textos que ni la mejor de las fotos podrá superar. No me creo aquello de “una imagen vale más que mil palabras”. No es cierto. Hay historias que funcionan mejor en imágenes y otras en texto.
¿Cuánto tiempo llevas tomando fotos profesionalmente?
Si no me falla la memoria, la primera foto que publiqué en prensa fue en 2002. Un reportaje que hizo unos meses antes, a fines de 2001, sobre la guerrilla de las FARC en Colombia, hoy ya partido político y desarmada. Así que son 18 o 19 años ya en este mundillo. Por cierto, casualmente las estuve viendo ayer otra vez y… ¡Puedo decirte que son unas fotos malísimas!
Durante tu trayectoria profesional, ¿has visto cosas las cuales hubieses deseado no ver?
Casi todo lo que he fotografiado: menores guerrilleros, la ocupación israelí, la madre de un suicida palestino, ex soldado en Sierra Leone, mujeres violadas una y otra vez en la República Democrática del Congo, indígenas mexicanos, guatemaltecos que comían un par de truchas de maíz al día y con niveles de desnutrición similares en Etiopía o Somalia, amputados por minas antipersona, desplazados por Boko Haram a Nigeria, las dos crías de 3 y 4 años que sacaron muertas de los derribos de un edificio bombardeado en Alep… Me dedico a trabajar en crisis humanitarias, así que la mayoría de cosas que he visto, me hubiera gustado no verlas. Me gustaría quedarme sin trabajo porque eso querría decir que el mundo es un lugar mejor. Aunque lamentablemente, esto no pasará. Empeoramos inexorablemente día a día.
¿Cómo es tu manera de actuar frente a alguien herido? Primero eres fotógrafo o, ¿eres el que ayuda?
Parte de la base que se es, o debería ser, persona antes que cualquier otra cosa. Honestamente, no he estado en la situación de tener que elegir entre seguir trabajando o socorrer a una persona. Pero si me encuentro en esta disyuntiva, sin duda, optaría por el segundo. Del mismo modo que he dejado de tomar notas o de hacer una fotografía cuando me he dado cuenta de que esto generaba algún tipo de incomodidad a la persona que estaba entrevistando o fotografiando.
Por ejemplo, hace un año estuve en los campos de refugiados Rohingyes en Bangladesh. Estaba entrevistando a una mujer que había huido de las masacres y matanzas militares del ejército de Myanmar. En un momento, un hombre mayor sacó una fotografía en la que estaba ella con su marido y cinco hijos. Señaló a su marido y a tres de los chicos y dijo: “los hemos encontrado decapitados en un río”. La mujer se derrumbó y estaba claramente en shock, así que dejé la cámara y la libreta y con el intérprete tratamos de consolarla como pudimos. Le dijimos que había organizaciones allí que podían darle apoyo psicológico, ayuda, para que pudiera salir adelante y llevar mejor el duelo. Es solo un ejemplo, pero quiero decir que finalmente haces lo que harías aquí. Si te cruzas camino de la oficina con una mujer a la que han asaltado, te paras, preguntas cómo está, telefoneas a la policía, aunque llegues tarde al trabajo porque eres antes persona que, qué sé yo, director de banco, entiendo. Por otro lado, no hay que olvidar tampoco que uno es periodista, que ni es enfermero, ni doctor, ni misionero, ni coordinador de proyecto de una ONG, y que uno es más útil cuando hace lo que sabe hacer. En mi caso, contar la historia, denunciar este tipo de situaciones, es mi manera de poner un granito de arena para que las cosas mejoren. Aunque, repito, no mejoran en absoluto… pero no por ello dejaremos de hacer nuestro trabajo, ¿no?
Con lo cual, ¿podría describir las características que debe tener un buen fotoperiodista?
Las mismas que un periodista: debe saber que la objetividad no existe, pero sí la honestidad. Y desde esa honestidad es de donde se deben contar las historias. Y eso implica, entre muchas otras cosas, mostrar el punto de vista de todas las partes implicadas, contextualizar de lo que hablas y dejar que sea el lector del reportaje el que juzgue.
Y para concluir, ¿qué mensaje le darías a las personas que te leerán?
Que si se quieren dedicar a la fotografía, que dediquen su dinero a ver mucha imagen: libros, exposiciones, museos, cuadros, cine, etcétera, y también a salir aquí fuera y fotografiar. Que no pierdan el tiempo en clases y más clases. Al menos, no más que lo justo y necesario. Que se dediquen, no obstante, a producir historias y a madurarlas, a pedir consejo a profesores, editores, que vayan a festivales sin complejos a mostrar su portafolio. Y que tengan en cuenta que lo fácil es irse a Palestina a contar una historia, porque allí hay en paladas, que lo difícil es sacar una buena historia de tu barrio, de tu calle, de tu familia. Es aquí donde deben afinar el ojo y el criterio, es aquí donde aprenderán.