¿Por qué American Psycho es más relevante que nunca?

Patrick Bateman se observa en el filo de un hacha. Fuente: Kweeny Todd.

Una crítica de American Psycho de Bret Easton Ellis

Una chica rubia inmaculada dice con una voz susurrante que nos mostrará su rutina dermatológica diaria. Comienza a mostrarnos producto tras producto, los cuales aplica sobre su piel con una precisión quirúrgica. En lo que describe como una mañana normal, utiliza más de diez frascos. Continúo haciendo scroll. Un chico joven con el cabello cortado en capas explica, como si de un documental del National Geographic se tratase, cómo perciben los humanos la belleza. Medidas, simetría, distancia entre los ojos, una mandíbula como la de Sylvester Stallone. Más scroll. Otro chico joven. Habla del looksmaxxing mientras se golpea la cara con un martillo. Creo que ya es demasiado internet por hoy.

Aparto el móvil y pienso en Patrick Bateman.

Patrick Bateman en su oficina. Fuente: Meditations in an Emergency

Bret Easton Ellis publicó American Psycho en 1991, después de que Simon & Schuster cancelara el contrato a pocos meses del lanzamiento. Los empleados de la editorial se habían quejado del manuscrito. Grupos feministas organizaron protestas. En Australia se prohibió su venta a menores de dieciocho años (restricción que se mantuvo hasta 2019). Todo esto antes de que casi nadie lo hubiera leído. Era, en cierto sentido, la recepción perfecta para un libro sobre cómo el escándalo y el espectáculo han reemplazado al contenido.

Ellis tenía poco más de veinte años cuando empezó a escribirlo y ya era una figura del circuito literario neoyorquino. Es un dato importante: no escribía como un outsider, American Psycho también era parte de su realidad. No por nada ha dicho que se trata de su obra más autobiográfica.

Patrick Bateman trabaja en fusiones y adquisiciones en Wall Street, vive en un apartamento de lujo en el Upper West Side y dedica párrafos enteros (páginas enteras, a veces) a describir las marcas de ropa que llevan él y sus colegas, Valentino, Armani, Brooks Brothers. También mata gente, aunque eso Ellis lo narra con exactamente el mismo tono de inventario, la misma cadencia, el mismo nivel de detalle. La equiparación es el gesto literario más radical del libro: en el universo de Bateman, elegir el restaurante correcto y cometer un asesinato ocupan el mismo espacio moral. Todo cabe en la lista. Todo es un renglón más en un to do infinito.

Las listas son el recurso formal central de American Psycho. Listas de marcas, listas de platos con sus guarniciones, listas del equipamiento de sonido con especificaciones técnicas. Y, sobre todo, la rutina de belleza matutina de Bateman: exfoliante facial, tónico sin alcohol, hidratante con filtro solar, contorno de ojos, mascarilla de algas. Páginas enteras. En 1991 eso sonaba a parodia. Hoy suena a tutorial. La chica del principio de este texto y Patrick Bateman comparten algo más que la cantidad de productos: comparten la lógica. El cuerpo como proyecto, la belleza como problema técnico con solución técnica, la identidad como resultado de aplicar los pasos correctos en el orden correcto.

El looksmaxxing (ese término nacido en los foros más sombríos de internet para denominar a la optimización física total, que puede incluir desde rutinas de skincare hasta cirugías de maxilar o el recientemente viral bone smashing, que consiste literalmente en golpearse la cara para estimular el crecimiento óseo) es esta misma idea llevada a su conclusión más extrema. Es la consecuencia de una cultura que lleva décadas diciéndonos que el cuerpo es algo que se trabaja y se mejora. La cultura de la optimización, como si de sistemas operativos se tratase. Ellis lo describió hace treinta y cinco años con un personaje que todos entendían como un monstruo. En algún momento del camino perdimos esa distancia y el monstruo se convirtió en referente.

Lo interesante es que la lógica del looksmaxxing no se limita a los foros de incels ni a los casos más extremos. Se ha colado en la realidad de formas mucho más sutiles. La industria del skincare femenino ha construido en la última década un aparato de complejidad creciente y bastante difícil de justificar: rutinas de quince o veinte pasos que incorporan tónicos, esencias, ampollas, sérum de vitamina C, niacinamida, retinol en distintas concentraciones, ácido hialurónico, SPF, base, fijador. Rutinas de skincare para niños, botox preventivo. Nuevamente: la lista es infinita. El gasto mensual de muchas jóvenes en estos productos equivale a una parte sustancial de su sueldo. Nadie lo llama optimización física porque suena a autocuidado, a bienestar, a quererse. Pero la promesa que hay debajo es exactamente la misma que la del marketing de perfumes en los años cincuenta: si compras esto, serás aceptada, incluso amada. La diferencia es que ahora el ritual tiene veinte pasos y un tutorial en YouTube lleno de comentarios alimentando al monstruo.

Bateman también es, y esto se comenta menos, una figura profundamente representativa de lo que hoy llamamos masculinidad alfa. Su mundo entero es una competición de estatus permanente y cuantificable: la tarjeta de visita perfecta como arma, el restaurante imposible de conseguir como criterio de valía, la conversación con sus colegas como guerra de posicionamiento en la que nadie escucha porque todos están demasiado ocupados vigilando quién lleva mejor traje. Los personajes masculinos del libro son intercambiables (se confunden sus nombres constantemente, un gag que Ellis sostiene durante toda la novela) porque en un universo donde todos llevan los mismos trajes y repiten las mismas frases hechas, la individualidad colapsa. Esta dinámica (el valor del hombre como algo demostrable y jerárquico) es exactamente la que articula hoy toda una industria de gurús del desarrollo personal masculino, de canales que enseñan a proyectar confianza, a dominar el lenguaje corporal, a maximizar el atractivo. Bateman, de ser contemporáneo, habría suscrito este vocabulario sin ningún problema.

Y luego está el fenómeno quizás más impactante: lo que ha pasado con la recepción del propio libro. American Psycho es hoy un clásico estudiado en universidades, pero es también una fuente inagotable de memes en los que Bateman aparece como figura cool. Un modelo de autodisciplina, de ambición sin disculpas, de hombre que no se deja llevar por las emociones. La adaptación cinematográfica de Mary Harron (2000), con un Christian Bale que entendió perfectamente el componente de comedia negra, ayudó a popularizar esta lectura. La sátira se convirtió en su propio objeto de admiración. Ellis escribió un monstruo y el algoritmo lo convirtió en influencer. Hay algo muy Batemaniano en este fenómeno, la forma perfecta, el contenido vacío.

El mundo físico que habita Bateman también ha envejecido hacia adelante. Sus apartamentos, restaurantes y oficinas son lugares perfectamente diseñados y sin ningún carácter particular. La decoración siempre correcta: mínima, cara, intercambiable. ¿Verdad que se parece a muchos pisos de influencers que vemos por redes? Ellis buscaba que la decoración representase el vacío interior del personaje. En su casa no hay retratos de familiares, no hay arte especialmente expresivo, todo tiene una etiqueta con un precio caro y eso es lo único que representa, su estatus. Hoy, es la estética dominante. Los algoritmos de Instagram han propagado un único ideal visual que ha suprimido la rareza y el regionalismo: paredes blancas, madera clara, mesas de mármol. Podrías estar en un apartamento de Barcelona, de Berlín o de Nueva York y no saberlo. El lujo contemporáneo tampoco vende objetos: vende reconocimiento. El logo repetido hasta la saturación en un bolso de Louis Vuitton no pretende ser hermoso en ningún sentido clásico. Pretende ser legible, es decir, pretende señalar el estatus de quien lo lleva. La marca como identidad, el logo como yo. Ellis presentaba esto como horror, como falta de sustancia, hoy en día es aspiración.

Todo esto conecta con algo que la novela plantea de fondo y que resulta cada vez más difícil de ignorar: la pregunta sobre qué queda del yo cuando se retiran las capas de consumo. Bateman no sabe quién es fuera de lo que lleva puesto, de dónde cena, qué tarjeta de visita saca. Sus intentos de confesión (hay varios a lo largo del libro, no solo el final, y bastante más claros en la película) siempre fracasan, no porque nadie le crea sino porque nadie le escucha, porque en su entorno la información personal no circula, solo circulan señales de estatus. El capítulo final, en el que confiesa explícitamente y recibe como respuesta una corrección menor sobre una reserva de restaurante, puede leerse como el momento en el que Ellis abandona cualquier pretensión de que el libro tenga resolución. No hay catarsis, ni consecuencias. Hay una frase escrita en una pared: THIS IS NOT AN EXIT. Que sea también la frase con la que cierra la novela es accidental.

Hay una crítica legítima que hacerle al libro y es que las escenas de violencia extrema (especialmente las dirigidas contra mujeres) no ofrecen distancia emocional. Ellis las narra con la misma frialdad con la que narra todo lo demás, y esa equiparación, que es su apuesta formal más arriesgada, tiene un coste real para muchos lectores. La crítica feminista que recibió el libro no estaba equivocada, señalaba algo verdadero sobre la posición desde la que fue escrito. Que la novela tenga ambición crítica genuina no anula esa incomodidad. Ambas cosas son ciertas al mismo tiempo, y cualquier lectura honesta del libro tiene que sostener esa tensión sin resolverla fácilmente hacia ninguno de los dos lados.

Y sin embargo, American Psycho sigue siendo una de las novelas más lúcidas sobre el capitalismo de consumo escritas en las últimas décadas. Se inscribe en una tradición que va del gótico americano de Poe a la sátira feroz de Swift, pasando por la metaficción posmoderna de DeLillo (con quien Ellis comparte la obsesión por la marca y el ruido blanco del consumo), pero la lleva a un lugar donde ninguno de ellos había llegado: el vacío total como principio constructivo. Un libro sobre la nada construido formalmente sobre la nada, sin desarrollo de personaje, sin arco emocional, sin epifanía. Bateman al final es exactamente igual que al principio. Eso, en términos literarios, es una decisión muy difícil de sostener.

Leer American Psycho en 2026 no es leer sobre los años ochenta. Es leer sobre ahora, con la sensación desagradable de que Ellis sabía exactamente adónde íbamos. El looksmaxxing, los hombres alfa, las rutinas de belleza de veinte pasos, la nueva logomanía de las marcas, los interiores clónicos de Airbnb, los feeds de Instagram como inventario de estatus: todo esto es Bateman. El libro funcionaba porque el lector sabía que era un monstruo. El problema de nuestro presente es que hemos perdido esa distancia. Los chicos que aprenden a golpearse la cara para mejorar su estructura ósea no leen sus acciones como horror; las leen como optimización racional. Las influencers que aplican catorce productos sobre su piel no hacen una performance irónica sobre el vacío del consumo; hacen tutoriales de autocuidado. La forma se mantiene, pero no así el marco interpretativo. Y es difícil situar ese cambio en el tiempo, ni explicar exactamente cómo pasó.

Hay un mecanismo concreto en todo esto que American Psycho describe con más precisión que cualquier ensayo de sociología: la disociación. Bateman es capaz de compartimentar su vida de una manera que, leída clínicamente, remite a los rasgos del trastorno de personalidad antisocial. No siente culpa ni conecta sus actos con sus consecuencias. Vive en una superficie tan pulida que nada penetra. Y esto, que en 1991 era la caracterización de un psicópata, describe con bastante exactitud algo que hoy se premia socialmente. La capacidad de no afectarse, de no implicarse emocionalmente con lo que se consume. Recuerda a estas ofertas laborales que piden gente “con alta capacidad para trabajar bajo estrés”. Resuena también a nuestros hábitos de consumo. Como por ejemplo el comprar ropa fabricada en condiciones inhumanas sin que eso interfiera con el placer de recibirla.

El consumo desmedido requiere una cierta psicopatía funcional para sostenerse. No la variante cinematográfica, con violencia explícita y ausencia total de empatía, sino una versión más cotidiana y más difícil de detectar: la habilidad de mantener dos realidades paralelas sin que interfieran entre sí. Sé que este bolso lo ha cosido alguien en condiciones que no elegiría para nadie que conozca y lo compro igualmente. Sé que este vuelo low cost contribuye a algo que me preocupa en abstracto, y lo compro de todas formas. Es una disociación entrenada, y,  la cultura del consumo lleva décadas perfeccionando las técnicas para entrenarla.

Patrick Bateman en su icónico chubasquero transparente. Fuente: Film-resenzionen.de

La gran aportación de Ellis, vista desde aquí, es haber tomado esa disociación y haberla empujado hasta el extremo para que fuera visible. Bateman no es una anomalía: es una exageración. Un experimento, ¿qué pasa si alguien vive la lógica del consumo sin ningún freno interno, sin ninguna capa de racionalización que suavice las aristas? Lo que pasa, dice Ellis, es Bateman. Lo que pasa es que la violencia y el sérum facial tienen la misma textura narrativa porque en ese mundo, en el fondo, la tienen. El horror del libro no es que Bateman sea un asesino cruel. El horror es que, antes de matar, Bateman es perfectamente reconocible. Es alguien que podríamos haber sentado a nuestro lado en una cena sin que nada llamara la atención. Alguien que habla de lo mismo de lo que hablamos todos: de trabajo, de restaurantes, de ropa, de dinero.

Zygmunt Bauman, en Vida de consumo, describió la sociedad contemporánea como una en la que los individuos han dejado de ser ciudadanos para convertirse en consumidores: sujetos cuya identidad, valor social y sentido de pertenencia están mediados por el mercado. Eso implica también una cierta educación sentimental y una cierta falta de empatía con quienes componen nuestro entorno. Estamos aislados, por voluntad propia. Aprendemos a relacionarnos con los objetos de una manera que luego trasladamos a las personas: como cosas que se eligen, se usan, se descartan cuando dejan de cumplir su función o aparece una versión más nueva. Las aplicaciones de citas han hecho visible este mecanismo de una manera que antes permanecía más oculta (el scroll de perfiles como catálogo, el match como adquisición, el ghosting como devolución sin recibo), pero la lógica no es nueva. Es la misma lógica que Bateman aplica a todo: personas, objetos, experiencias. Todo tiene el mismo peso. Todo es reemplazable.

Nadie está diciendo que seamos asesinos en serie. Pero sí que el sistema en el que vivimos nos ha enseñado, con mucha paciencia y mucha publicidad, a comportarnos de maneras que, en un contexto distinto, llamaríamos preocupantes. A desconectarnos del origen de lo que consumimos. A medir el valor de las cosas (y de las personas) por su utilidad inmediata. A priorizar la apariencia sobre el contenido, la señal sobre la sustancia, el logo sobre el objeto. A construir identidades que son básicamente listas de consumo. Bateman hace todo esto. Y Ellis lo sabía, y por eso Bateman no es un alien caído de otro planeta sino alguien que trabaja en una oficina, va al gimnasio, cena bien y lleva buenos zapatos. La pregunta incómoda que plantea el libro, y que treinta y cinco años después sigue sin respuesta, es cuánto de eso reconocemos en nosotros mismos si miramos con cuidado, si dejamos de hacer memes, si nos quitamos la mascarilla facial. En palabras de Ellis: ¿es la maldad algo que haces o algo que eres? En fin, todo esto son cavilaciones, porque this is not an exit.

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