Decrecer con estilo

Un centro comercial en Jakarta / Fuente: Jonathan McIntosh, CC BY 2.0 , via Wikimedia Commons
El underconsumption core bajo la lupa
Protesta en contra del Black Friday en Rotterdam / Fuente: Donald Trung Quoc Don Wikimedia Commons

¿Cuándo fue la última vez que compraste algo que no necesitabas realmente? La respuesta es fácil. Probablemente esta semana, o incluso hoy. El sistema en el que vivimos lleva décadas generando y afinando los mecanismos de consumo para que la respuesta a esta pregunta sea, casi siempre, “hace poco”. 

Sin embargo, con la perspectiva de una recesión económica y con la población general cada vez más consciente de los efectos del consumo excesivo en el medio ambiente, este consumo voraz se ve cada vez más cuestionado.

Hay un tipo de video que lleva meses inundando los feeds de TikTok. Una chica (casi siempre una chica) filma su dormitorio ordenado, su desayuno minimalista, sus cuatro cosas bien dobladas en un cajón. La voz en off dice algo como: “I live below my means and honestly? Best decision of my life.” El video tiene dos millones de reproducciones. Los comentarios se dividen, como siempre, entre la admiración y el escepticismo. Pero algo resulta llamativo: lo que esa chica describe (gastar menos de lo que ganas, consumir solo lo necesario, rechazar la carrera por tener más) es, en términos filosóficos, casi exactamente lo que Carlos Taibo lleva décadas defendiendo. Solo que Taibo lo llama decrecimiento. Y ella lo llama aesthetic. El medio ya ha devorado el mensaje.

Marshall McLuhan lo formuló en 1964 con una frase que no ha envejecido nada mal: el medio es el mensaje. Su argumento era que el canal a través del cual se transmite una idea no es neutral, sino que la transforma, la condiciona y, en muchos casos, la contradice antes de que llegue más lejos. TikTok (la plataforma que incita al consumo constante y masivo de vídeos ínfimos) predicando el anticonsumismo es exactamente eso. Una plataforma diseñada para maximizar el tiempo de pantalla, construida sobre la economía de la atención, financiada por publicidad y optimizada para el enganche neurológico, se convierte en el altavoz de una corriente que propone, precisamente, escapar de toda esa lógica. La paradoja no es un accidente, es parte de su estructura.

Taibo, cuyo pensamiento sobre el decrecimiento está recogido especialmente en El decrecimiento explicado con sencillez (Catarata), parte de una premisa aparentemente simple: no tiene sentido plantear un crecimiento ilimitado en un planeta con recursos finitos. Lo que sigue a esa premisa es bastante más radical de lo que sugiere cualquier TikTok. El decrecimiento implica reducir infraestructuras productivas, recuperar la vida local frente a la globalización, desmantelar la dictadura del consumo y hacerlo de manera colectiva y políticamente organizada. No es vivir con menos porque queda bonito en cámara. Es, en palabras del propio Taibo en una entrevista en economiasolidaria.org, dice que “no es imaginable ningún proyecto anticapitalista consecuente que no sea al mismo tiempo decrecentista”. Algo que, no cabe en un minuto de vídeo.

La estética como despolitización

El mecanismo es conocido. TikTok tiene una habilidad extraordinaria para tomar ideas con potencial subversivo y convertirlas en contenido consumible, es decir, en exactamente lo contrario de lo que eran. El slow living, el underconsumption core, el living below your means: todos comparten una gramática visual de serenidad, orden y abundancia contenida que resulta, paradójicamente, aspiracional. Se consume la idea de consumir menos. Se monetiza la austeridad. Los mismos creadores que filman sus cuatro mudas perfectamente dobladas venden cursos, tienen patrocinadores y acumulan seguidores que son, al final, la moneda real de este mercado.

Es aquí donde McLuhan resulta más útil que cualquier crítica moralista. No se trata de que estas creadoras sean hipócritas (puede que no lo sean en absoluto y todo esto surja de un intento sincero por ser más conscientes de sus actos de consumo), sino de que el medio en el que operan tiene sus propias reglas, y esas reglas transforman cualquier mensaje que pase por él. La sobriedad, una vez estetizada y algoritmizada, deja de ser una propuesta política para convertirse en un nicho de contenido. 

El problema del privilegio silenciado

Hay otra grieta igual de importante. Algo similar a lo sucedido con Marie Kondo, después de decir que el orden con hijos era imposible. El living below your means de TikTok tiene un problema estructural que sus creadoras suelen omitir con elegancia: requiere tener medios. Medios económicos, sobre todo. Vivir por debajo de tus posibilidades implica, en primer lugar, tener posibilidades. Los vídeos no suelen mostrar a quien no puede permitirse el alquiler aunque quiera simplificar su vida, ni a quien trabaja tres empleos y no tiene tiempo de doblar nada con calma. La sobriedad estética es, en muchos casos, un lujo que se disfraza de renuncia. Muchas veces, estos vídeos incluso mencionan ideas para consumir menos: no hacerse las uñas, no pedir comida a domicilio todos los días de la semana, etcétera. Lo que nos lleva a pensar: ¿esa es la vida de la persona promedio, o solo de una porción de la población?

El decrecimiento de Taibo, al menos en su formulación, incluye esta tensión. Habla de renta básica, de reparto del trabajo, de reducir desigualdades antes de pedirle a nadie que consuma menos, mientras que la versión TikTok omite esa parte.

Vertedero / Fuente: Wastebusters en Flickr
¿Y entonces?

La pregunta que queda flotando no es si Taibo tiene razón (que probablemente la tiene en lo esencial), sino si estas tendencias digitales, con toda su superficialidad, están haciendo algo que los ensayos académicos no consiguen: normalizar la idea de que crecer indefinidamente no es obligatorio. Que es posible vivir de otra manera. Quizás esa chica, con su cajón ordenado y su voz susurrante, está, sin saberlo, abriendo una puerta.

El problema es lo que McLuhan ya anticipó: cuando el medio es TikTok, lo que importa no es lo que se dice, sino cómo se dice, cuántas veces se repite y si el algoritmo decide que merece seguir circulando. Una idea que depende del algoritmo para sobrevivir no es, todavía, una idea libre. Por ahora, el contador de reproducciones sigue subiendo.

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