Nuestra parte de la noche

Visitantes del MACBA en La Nit Dels Museus. Fuente: Nazarena Otero Chaves.
La Nit dels Museus es un éxito popular indiscutible que nos permite replantearnos las posibilidades de la noche.

La pregunta que uno podría hacerse, mientras hace cola en el Museu Picasso o se sienta a escuchar un cuarteto de cuerda en el Recinte Modernista de Sant Pau sería la siguiente: ¿por qué celebrar este acontecimiento solo una vez al año, cuando podría ser un nuevo acercamiento al ocio nocturno? 

Existe una versión dominante de la noche urbana. Una versión ruidosa, con olor a tabaco y fritura, probablemente alcoholizada. Esta versión condensa su punto álgido entre la medianoche y las tres de la mañana. No es una versión mala, pero sí, quizás con demasiada frecuencia, es la única existente.

La Nit dels Museus nació como iniciativa europea en 2005, arraigada en el Día Internacional de los Museos que el ICOM celebra desde 1977. La idea era acercar el patrimonio cultural a la ciudadanía, eliminar la barrera del precio y crear un momento de fiesta colectiva en torno a la cultura.

Este año, reunió a 94 espacios culturales de Barcelona y el área metropolitana, y, además, con propuestas tan interesantes como una pinchada de Grecotechno que nos demostró que la noche también puede ser esto.

Fotografía de instalación en el MACBA. Fuente: Nazarena Otero Chaves
El poder transformador del espacio

Hay museos que son simplemente enormes salas prístinas, decoradas temporalmente por la instalación de turno. No es una crítica, es una cuestión de economía para exposiciones cambiantes que nos permite ver la magia de la curaduría en todo su esplendor. Pero nunca se dejan de apreciar por igual los espacios igual de interesantes que las obras expuestas. Esto sucede con la Sala Oval del MNAC y sus techos generosos, sus terminaciones en piedra y esas dimensiones que harían a un gigante sentirse pequeño. 

Este año, esa sala acogió Gregotechno: una propuesta sonora que fusionaba el canto gregoriano del siglo XII con la electrónica contemporánea, construida para dialogar con la exposición temporal sobre Sant Pere de Rodes. El sonido rebotaba en la piedra, las voces medievales se montaban sobre las bases, y el público bailaba y escuchaba como si se tratara de un festival. Esa distinción importa. Porque lo que convierte un evento cultural en una experiencia real no es la calidad de los artistas ni el presupuesto de la producción, sino la decisión de pensar desde el lugar. De preguntarse: ¿qué tiene este espacio que ningún otro tiene? ¿Qué conversación puede establecerse aquí que en otro sitio sería imposible?

La gestión cultural como herramienta transformadora

Quisiera decir que la gestión cultural tiene mala prensa, para al menos poder decir que tiene algún tipo de prensa, porque la realidad es que es la parte invisible de la cultura, la que nadie nombra cuando sale bien y la que todos señalan cuando sale mal. Pero noches como la de ayer son, en gran medida, el resultado de decisiones de gestión. Alguien decidió que Gregotechno y la Sala Oval eran un match. Alguien en el MACBA decidió que el trigésimo primer aniversario era una ocasión para abrir los espacios normalmente inaccesibles del Convent dels Àngels, no para simplemente colgar un cartel de “30 años” en la fachada.

La diferencia entre un museo que abre en la Nit dels Museus y un museo que la habita es exactamente esa: la disposición a preguntarse qué puede ofrecer que no sea simplemente abrir las puertas más tarde. Y este trabajo se le debe adjudicar a políticas de gestión cultural. Un espacio que se abre de noche y ofrece lo mismo que de día no ha pensado la noche. Un espacio que entiende que la oscuridad, la temperatura, el estado de ánimo del público y la hora cambian lo que es posible hacer dentro de él, ese sí ha entendido su tarea.

Mural en celebración de los 31 años del MACBA. Fuente: Nazarena Otero Chaves
La noche más corta del año

Volviendo a la cuestión del inicio, ¿cómo puede un espacio como un museo cambiar el enfoque del ocio nocturno? No porque el ocio nocturno convencional sea el enemigo, sino porque existe una cantidad notable de gente que quiere salir de noche y no encaja bien en sus esquemas. 

La Nit dels Museus les da, una noche al año, una respuesta diferente. Una noche que no exige más que atención y ganas. Que emociona sin exigir ningún estado alterado como condición de entrada.

Hay algo en los grandes espacios museográficos que produce un tipo de placer que cuesta nombrar pero que quien lo ha experimentado reconoce instantáneamente. Es difícil de poner en palabras, es emocionante pero no eufórico. Quizás sea algo más parecido a la claridad.

A la una de la madrugada los museos cerraron. Barcelona siguió siendo Barcelona: ruidosa, nocturna, inagotable. Pero durante unas horas había ofrecido algo más en su carta. Y bastante gente lo había pedido.

Eso, de momento, es suficiente para celebrarlo. Y para pedir que no sea la única noche del año en que ocurra.

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