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Colección de Arte La Relación

¿POR QUÉ HELOÏSE EN LA ESCALERA NOBLE DE LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA?

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MARÍA-MILAGROS RIVERA GARRETAS

¿POR QUÉ HELOÏSE EN LA ESCALERA NOBLE DE LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA?

Barcelona, Fundació Tàpies. 28 noviembre 2012. FEM_12 Programa: www.femgresolarten.wordpress.com/program/

Hay en la performance de Elena del Rivero que ocupa el óvalo central de la instalación Heloïse perfundet omnia luce, una escena en la que Elena/Heloïse deja caer de sus hombros un pañuelo blanco con el escudo de la cruz de sant Jordi y, en el montaje de Marta Vergonyós y Anna Sanmartí, Elena/Heloïse sigue bajando, solemne y descalza, la escalera, dando la espalda a ese escudo abandonado en el suelo y dirigiéndose hacia un arco grande abierto.
¿A qué da la espalda y qué abandona en el suelo Elena/Heloïse?
La cruz de sant Jordi era en el siglo XV y es hoy parte del escudo de la ciudad de Barcelona, y era y sigue siendo hoy el tema central del escudo de la Universidad de Barcelona, una universidad fundada por la ciudad, no por el papado. San Jorge o Georgios fue un caballero griego cuya hazaña más memorable consistió en matar al dragón con su lanza, como habréis visto reproducido muchas veces. En la Europa medieval, particularmente en la Europa mediterránea, el dragón representaba el principio creador femenino de alcance cósmico, es decir, la madre y su orden simbólico, que san Jorge figura que mata de una lanzada. La caballería cruzada medieval, la de las cruzadas o guerras santas entre la cristiandad y el islam, tomó como patrón, es decir, como su modelo de masculinidad (un modelo muy distinto del de la cultura trovadoresca de su tiempo) a sant Jordi, e inventó y difundió su insignia: insignia que era una cruz de color rojo sobre campo blanco. Como escribe Elisa Varela en el libro de la instalación Heloïse perfundet omnia luce, el color rojo simboliza aquí la sangre del dragón que muere herido por el caballero cruzado, sangre con la que traza la cruz que le hace caballero cruzado. Esta sangre es, a su vez, la que derrama la herida del cuerpo femenino, herida que es la puerta de la vida. Además, la sangre limpia el campo del escudo y lo deja blanco, inmaculado, siendo esta última noción (la de la sangre que limpia) una idea que procede del Apocalipsis de san Juan y que se refiriere a la redención de la humanidad por el sacrificio del Cordero divino o Jesucristo, hijo de Dios Padre.
Es esta tragedia de nuestra civilización mediterránea lo que abandona en el suelo, dándole la espalda, Elena/Heloïse. Eloísa amó, y lo amó por encima de sí misma, en el siglo XII, siglo de nacimiento de la universidad y de triunfo de la idea de cruzada, al filósofo Abelardo, que no era un caballero cruzado sino un maestro de la escuela catedralicia de Nôtre Dame de París, siendo Nôtre Dame, Nuestra Señora, uno de los nombres de la Inmaculada. El amor de Eloísa, que fue el amor de una filósofa a un filósofo y de una alumna a su maestro, no cupo en la estructura del conocimiento con poder y fue duramente castigado. Hoy, el conocimiento universitario sigue sin hacer cuentas con la primera escuela del amor, que es la propia madre, y con el orden simbólico que ella enseña, aunque está empezando a sospechar que en esto le va la vida. El campo blanco del escudo de la universidad ha sido limpiado con sangre de guerra, de sacrificios humanos entre padres e hijos. La sangre femenina y materna, la de la puerta de la vida, es, en cambio, sangre auroral, que da a luz, que nutre y, a la vez, purifica el propio cuerpo en diálogo con el nacimiento, no con la muerte o la guerra. En otras palabras, el conocimiento que Elena/Heloïse deja atrás, abandonado en el suelo de la escalera noble del rectorado de la universidad, es el conocimiento al servicio del poder. El arco abierto hacia el que Elena/Heloïse se dirige es, en cambio, el horizonte de Eloísa, el horizonte de sentido que orienta el conocimiento y las vidas que están o desean estar, pues no es fácil, al servicio del amor, en la mediación del amor como práctica política y científica.
Por eso, tantas artistas y escritoras (así como otras mujeres) han trabajado y, sobre todo, han reverenciado, el color blanco. Porque el blanco es sexuado: es, como los sexos, dos, sin determinismo alguno. Está el blanco del amor y está el blanco del poder. Por ejemplo, en el siglo XIX, la poeta Emily Dickinson, que conocía en primera persona la violencia del poder, del conocimiento y de la sexualidad masculinas, escribió refiriéndose a sí misma en la estrofa final de un poema de amor, el 332 :

Aventa su cariño más fino –
Mas reverencia justo la nieve
¡Intacta, en Eterno copo –
Oh, Suspicaz, para ti!

O por ejemplo, como la artista Isabel Banal en la instalación que hizo en 2004 en la Llibreria Pròleg, también, como Heloïse perfundet omnia luce, para la Colección de Arte y Punto de Investigación La Relación, de Duoda, instalación que tituló Blanquejar y que a mí me pareció entonces que lo que me decía no era que blanqueara lo que otros han llenado de sangre, sino que, con lo blanco, ocupe el mundo, como las sábanas ocupan todo el tendedero; o, en otras instalaciones suyas protagonizadas por lavanderas, ocupan con su carga de blanco todo el espacio del río de la vida, evitando así que otros lo llenen de sangre.
O como la performera Mar Serinyà que, en la fiesta de inauguración de La Bonne en marzo de 2012, hizo su función toda vestida de blanco, saliéndole de su cuerpo apretadamente blanco montones de formas y de colores, como salen formas y colores por la puerta de la vida que es la herida del cuerpo de mujer, sin que deje de seguir estando ella misteriosamente blanca.
A este horizonte blanco remite, creo, el gran arco abierto al que se dirige Elena/Heloïse después de dar la espalda al conocimiento universitario manchado de sangre que no tiene en cuenta a la madre ni acaba de hacer cuentas con ella y con el orden simbólico que ella enseña.
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NOTAS:

1. Elisa Varela Rodríguez, El sello de la Universidad de Barcelona: de las barras y la cruz de sant Jordi a la Inmaculada, en Elena del Rivero, Heloïse Perfundet Omnia Luce, (en vías de publicación), 11-15; p. 12.
2. Emily Dickinson, Poemas 1-600. Fue – culpa – del Paraíso, edición, prólogo, traducción y lectura de los poemas en español de Ana Mañeru Méndez y María-Milagros Rivera Garretas, Madrid, Sabina editorial, 2012.
3. Puede verse mi Blanquejar, en VV. AA., La Relació. Documents 2000-2008, Barcelona, Universitat de Barcelona, 2009, 61.
4. Isabel Banal, s.t. (2004); www.isabelbanalx.com

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