Begoña Rúa Zarauza

UN AIRE MELANCÓLICO (II)

Hubo un tiempo en el que me prohibí soñar porque pensaba que “soñar” era una especie de “falta de lucidez” ante la realidad. Ahora me he prohibido “no soñar” porque pienso que la vida sin ilusión no es vida.

En una ocasión escuché una mujer mayor y, por lo tanto, con una amplia experiencia de la vida, una de las frases más reveladoras que he oído: – ” La vida es más inteligente de lo que crees -me dijo- la vida es como un puzzle en el que si una pieza salta todas las demás piezas se reordenan.” Hay una diferencia sutil entre vivir de sueños y engaños y actuar “como si…” no pasara nada, “como si”…todo fuera a ir bien solamente porque deseamos que sea así y tal vez pensamos que es algo que “se nos debe” simplemente por el hecho de vivir y vivir con lucidez sin perder el ánimo por el hecho de que la vida es como es y a veces puede resultar extraordinariamente difícil de soportar. El camino es de ida y vuelta, al estilo platónico: la ida nos conduce a una especie de pérdida de las “ilusiones” por la comprensión de la realidad en toda su crudeza, la vuelta nos conduce a la recuperación de nuevas “ilusiones” pero desde el plano de la verdadera realidad que hemos palpado al “salir de la caverna” y sus sombras animadas.

¿Pero qué es la realidad? Una monja cartuja que a la edad de ochenta años conserva la ilusión y el deseo de vivir, la define con la sugerente imagen del color gris que es una mezcla del blanco y el negro: – “La realidad no es ni todo blanco ni todo negro sino gris.” El gris puede ser el color de la aparente mediocridad o monotonía pero también puede ser el color del “deseo de vivir” con el que se puede recolorear lo cotidiano: el despertarse por la mañana sin ánimo para seguir luchando porque no hay nada que nos anime a continuar o las decepciones y una continuidad desencantada que nos resulta asfixiante. El gris es un color triste y sin vida pero es el color que nos permite seguir viviendo. Con el blanco se desgastan muchas energías y la vida es como un fuego expuesto al viento, se consume tan rápido que apenas dura unos instantes. Con el negro podemos estar incapacitados para continuar viviendo, entonces es como el fuego que se apaga sin llegar a consumir el leño.

Creo que perder las ilusiones y afrontar que la vida puede carecer de ellas es algo extraordinariamente difícil , ahora bien, remontarse desde esa pérdida hacia nuevas ilusiones es el summum de la dificultad, y sin embargo, eso es algo que la vida puede llegar a exigirnos.

EL DESNUDO Y LA DESNUDEZ

Cuatro de la tarde de un caluroso sábado a finales de mayo en Barcelona. En la zona peatonal de la Diagonal, entre María Cristina y Francesc Macià, camina un individuo joven, de unos treinta y cinco años, delgado y bien formado, completamente desnudo. Va calzado, lleva calcetines oscuros, una gorra de un verde estridente y una especie de palo largo, al estilo de los caminantes.

Al parecer, en Barcelona no es delito ir desnudo por la calle.

De inmediato y sin entrar en la problemática propia del exhibicionista, la imagen sugiere el deseo de mostrar el cuerpo propio. Una ulterior reflexión hace pensar en el contraste que se advierte en el uso de nociones como “desnudo” y “desnudez”. El desnudo es objeto del arte y connota desinhibición, vigor… mientras que la desnudez es más bien objeto de la religión y connota vergüenza, vulnerabilidad. El cuerpo humano es objeto de culto en el caso del desnudo o bien es objeto ocultado en caso de la desnudez. En un caso se exhibe el esplendor del cuerpo y en el otro el fasto del espíritu.