Luz gris, paredes de yeso sucias por el desgaste. Una ventana con un marco dividido en cuatro, igual que el cristal. Una poltrona hecha de mimbre y esparto, junto a la pequeña mesa también de mimbre con una tela bordada encima. La aridez de la piel se concentra en la planta de los pies al contactar con el parqué expuesto al sol. Sólo una parte de la estancia se proyecta una sombra de manera oblicua por las anchas hojas de morera que asoman desde afuera, hacia la puerta del dormitorio. Sobre el respaldo de dos sillas de madera en desuso, un pantalón con el cinturón puesto y un vestido negro, preciso hasta las rodillas.
(Parece un interior de HammershØi).
Míralos dentro, aún en camisón los dos, el viejo matrimonio. Uno se quejó de lo pesado que es el otro por la mañana. ¿Qué tienes que decir tan temprano? Es de buena mañana: ojeras, articulaciones aún entumecidas, antipatía. ¿Por qué hablas tanto? Sucede no porque sean personas incompatibles, sino porque uno lleva levantado desde hace rato. ¿Qué ocurre cuando pasado un tiempo, dos se levantan de la misma cama temprano a la misma hora? No habla ninguno de los dos. No hablan. Pequeños gestos perezosos, muecas, respiraciones y hálitos fuertes. A partir del clic de la correa metálica del reloj de pulsera que se pondrá cualquiera de los dos –da igual, el que quieras, por mi experiencia, ese tipo de correas siempre las llevan los hombres–, podrás contar el tiempo que pasa hasta que empiezan a hablar fluidamente.
Una estancia cerrada. Bien cerrada. Afuera el sol hornea las habitaciones bien cerradas. Calor, sudor y ese olor de habitación totalmente sellada en verano. Te dirán que la nada, como el todo, lo absoluto o cualquier concepto abstracto no puede concebirse o representarse con ningún atributo. Pero no es cierto, sé muy bien a qué huele la nada, y es este mismo olor.
