MONSTRUOS

Lo monstruoso suele ser identificado a través de una patología de la forma, cualquiera que sea. La raíz de la palabra latina deformitas lo indica claramente. Todo lo que es deforme por fuerza es monstruoso; y tanto da que esa deformidad sea física, moral o psíquica. El monstruo no responde a la pauta prefijada por su forma y, por consiguiente, es una anomalía, una desviación, una desagradable o incómoda excepción a la regla.

Por supuesto que hay muchos tipos de monstruos. Los hay aterradores, como los que aparecen en los mitos de todas las culturas –dragones, basiliscos, gorgonas, serpientes emplumadas, etc.– y otros muy simpáticos, como Chewbacca de la saga cinematográfica Star Wars

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o el Sciápodo, uno de animales imaginarios más curiosos del bestiario medieval.

Gravure.Sebastien.Munster

Pero también están los monstruos morales, como los ogros, las brujas y las madrastras y los psicópatas asesinos de las películas de Hollywood. La cultura norteamericana echa mano de su nutrida imaginación puritana para encarnar sus fantasmas con relación al mal en todo tipo de psicópatas, que pueden ser un criminal en serie, una niñera resentida, un psiquiatra caníbal, una máquina indestructible como el Terminator o un pajarraco baboso y galáctico como Alien. En la presentación (y representación) se suele poner un rostro deforme y feo al mal, lo que muestra que, tal como apuntó Aristóteles, los objetos horrendos despiertan una irresistible fascinación; pero hete aquí que al quedar asociado lo monstruoso con la maldad y lo perverso o lo prohibido, se acaba por cometer una gran injusticia con los monstruos porque hay monstruos cuya cualidad definitoria está justamente impresa en su extraordinaria belleza o en su candidez, es decir, en el lado opuesto de la deformitas.

Se me ocurren dos ejemplos: el diablo que Fellini representó en la figura una niña rubia con las uñas pintadas de rojo intenso, jugando con una pelota también roja en uno de los tres episodios (“Toby Dammit”) que componen la película Historias extraordinarias, donde el propio Fellini, Louis Malle y Roger Vadim recrean relatos de Edgar Allan Poe.

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y la niña de La familia Addams, encarnada por Christina Ricci: el único miembro de la familia que no es deforme o fea.

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Muchos tópicos en relación con los monstruos eran parodiados en aquella serie memorable. El primero de todos, la maldad; porque los Addams, pese a ser extravagantes y de costumbres incompatibles con su medio, estaban guiados por buenos sentimientos, eran cordiales y generosos y se querían de manera auténtica, a pesar de su manifiesta monstruosidad que, sin embargo, encontraban muy bella. La presencia de la niña era quizás el apunte más inteligente de esta serie plagada de detalles pícaros y sugestivos. El contraste entre la candidez infantil de la niña y el aspecto deplorable de sus parientes señalaba lo que ninguna estética de lo bello reconoce con relación a la belleza, a saber, que cuando es extrema o casi perfecta roza –mejor dicho, se confunde– siempre con lo monstruoso, toda vez que determina en un objeto o en un individuo una diferencia mayor, la más insuperable, con relación a lo que hay en su género. Más aún: la marcada sensibilidad hacia lo bello –piensa en King-Kong o en la Cosa en la historia del Dr. Frankenstein– es una característica afinidad o natural inclinación de todos los monstruos.

¿Por qué? Porque el monstruo ama en la belleza perfecta la cualidad de sí mismo que lo devuelve al mundo y le permite participar de él.

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