DIÁLOGO (II)

Los demonios se reparten a imagen y semejanza de nuestro genio. Quiero decir: no discutiré las razones por las que uno se enfrenta a la dolorosa tarea de escribir y defender una idea. Él lucha con sus demonios y yo con los míos. Leí en este mismo espacio una diatriba contra el diálogo. Yo he escrito otras. Pero hay que matizar bien estos quejidos. El otro es el infierno (y de qué manera), pero gracias a este los más luteranos entienden el paraíso, aunque sea por contraste.

La escritura está hecha para entendernos no más que el diálogo. Cada día, en uno de los despachos de mi oficina, leo un cartel que afirma: CARTRÓ NO NOMÉS PAPER (cartón no solo papel). Seguramente lo ha escrito algún areopagita, porque nadie podría reconstruir con tanta habilidad una de las típicas fórmulas délficas del gran oráculo.

Como todo, en el diálogo hay que conocer nuestra moira, –pues sí–, hay que saber disimular y cumplir nuestra función. Es tan absurdo creer que el diálogo funcionará con el intercambio alternativo, como creer que la escritura automática nos ayudará a entender cualquier cosa llanamente. El orden que determina un diálogo pasa por conocer nuestro papel, no se trata de un intercambio entre homólogos.

Irremediablemente, en esa relación uno escucha más que el otro, uno aprende más que el otro que enseña o se desahoga. Una vez se ha intuido esa función, todo está resuelto.
No es casualidad que uno de los tópicos sobre el origen de la filosofía (al menos desde Sócrates) sea justamente el diálogo. La oposición entre la proteptikós (exhortación) y la elenchos (indagación) es la forma natural de filosofar:

Jamás, mientras viva, dejaré de filosofar, de exhortaros a vosotros y de instruir a todo el que encuentre, diciéndole según mi modo habitual […], le interrogaré, le examinaré y le refutaré (Apología de Sócrates, 29d)

La mayéutica es la mejor forma de aprender, porque supone también un perfeccionamiento del alma. El diálogo que se convierte en “examen del hombre” es el único realmente valioso, pero en él siempre hay un maestro y un discípulo. El segundo ha de dejarse persuadir; el primero, en cambio ha de pretender el areté del otro.
Desdeñar el diálogo rutinario y ordinario es lógico. Renegar del diálogo en general supone la renuncia  a ser persuadido, a ser enamorado en cierto sentido. Creer que nada nos volverá a conmover, que nadie nos dirá algo que de verdad mueva nuestras pasiones es lo realmente terrible.

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.