Han pasado unos cuantos años, pero acudo encantado a almorzar otra vez en The Odeon, en una esquina de West Broadway.
El salón del restaurante está todo engalanado y preparado para el reveillon de la noche. Serpentinas cuelgan del techo, cubierto enteramente de globos de colores y carteles de buenos augurios que esconden los espejos y los oropeles, sin embargo, debajo de la parafernalia reconozco los detalles de la decoración original. Me asignan una mesa muy cómoda desde la que consigo un panorama completo del local, aunque no tengo tiempo para dedicarme a repasarlo con cuidado porque no pasa mucho sin que me atienda una chica muy alta y esbelta, de largas piernas y modales muy suaves y unas grandes gafas negras que dan extraño realce a sus ojos. Es cordial y afectuosa. ¿Se parece a…?
(No, todas las camareras de The Odeon son distintas, demasiado jóvenes para ser las mismas y demasiado modernas para ser iguales.)
La camarera me mira intensamente a través de las grandes gafas y me entrega la carta; escojo mi almuerzo, pero simulo que cambio de opinión para poder hacerlo dos veces y para que vuelva a atenderme; y ella lo hace en las dos ocasiones con la misma delicada profesionalidad. Comprendo entonces que así son las camareras en The Odeon y así serán dentro de muchos años, cuando yo ya no ande por aquí ni haya posibilidad alguna de que vuelva a sentarme a esta mesa. Nada habrá cambiado. Nada cambiará. No estará esta chica de piernas largas y esbeltas y modales delicados sino otra y también tendrá unas piernas como dibujadas y volverá a aproximarse como un felino a esta mesa donde estará uno como yo, quizá también extasiado.
(¿Por qué algo habría de cambiar?)
La mayoría de los hechos del mundo se repiten con la misma regularidad que las estaciones, las mareas y las fases de la Luna, con absoluta indiferencia de nuestros deseos y esperanzas; y los hechos singulares que guardan la literatura y las crónicas, esos hechos que nos parecen únicos como cataclismos, solo existen en nuestra imaginación y para solaz de la memoria implacable; o para hacernos volver, como hago yo esta vez, para reencontrarlos (infructuosamente) en The Odeon.
