APODOS

Los apodos –es decir, los nombres que ponemos a las personas y las cosas que por alguna razón sentimos próximas, ya sean afines, queridas u odiadas– son etiquetas que tienen valor ontológico. Se diría que con ellas recomponemos el lugar que un objeto ocupa en el mundo de acuerdo con nuestras coordenadas más personales y exclusivas. Un apodo sintetiza por medio de una figura retórica con función simbólica realizativa, el significado íntimo, positivo o negativo, que damos a algo. En este acto tan sencillo se revela nuestra humana capacidad de establecer relaciones significantes con lo que nos rodea.

La habilidad para dar nombre a las cosas no es algo que todo el mundo posea y suele ser indicio de ingenio, pero también de malignidad. Canetti demostró lo malo que era en un pequeño librito (cfr. Canetti, Elias. Cincuenta caracteres. Barcelona, 1974) donde ponía nombre y apodo a cincuenta arquetipos literarios y, de paso, se tomaba venganza de todos los allegados que se vieran retratados en ellos.

Las cosas son indiferentes del nombre que les ponemos pero las personas no. Cuando apodamos a una persona, inadvertidamente nos exponemos, abrimos un resquicio en la fortaleza con que se protege nuestra subjetividad. El apodo, si bien somete al apodado a una taxonomía ajena, en realidad se convierte en una trampa para quien apoda pues es imposible poner un apodo sin mostrar el sentimiento que lo inspira.

El éxito o la popularidad de un apodo es signo de su eficacia nominativa y señal de que el apodado ha vuelto a nacer, firmemente instalado en el mundo que has construido para él; pero si un buen día rechaza el nombre que le has dado, ya puedes poner las barbas en remojo, porque eso es señal de que ya no pertenece a tu mundo, que te ha dejado de querer.

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