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Los invisibles de Hollywood

La Academia deja fuera de su retransmisión televisada algunos de sus premios más importantes 

Hank Corwin (No mires arriba, 2021), Joe Walker (Dune, 2021), Andrew Weisblum (Tick-Tick… Boom!, 2021), Peter Sciberras (El Poder del Perro, 2021): son nombres que el asistente medio de las salas de cine puede no conocer por ahora ni mucho menos vincular a los títulos citados. No lo hace y no lo hará. ¿Por qué? Porque, pese a que se ha nombrado nada más y nada menos que a algunos de los candidatos de este año al Óscar a Mejor Montaje, el certamen cinematográfico más importante del planeta ha decidido prescindir de la entrega ceremonial de este premio -entre otros- para darlos a puerta cerrada antes del evento. 

Habrá personas en La Academia que no considerarán el montaje digno de mayores honores. Pero, ¿qué es el montaje en primer lugar? Se puede definir como el arte o la profesión (o ambas cosas) consistente en la unión y edición de los fragmentos rodados en fase de dirección a fin de construir el film que el público podrá visualizar entre aplausos y emociones en su sala o su salón. Es decir, que antes del montaje se tienen un sinnúmero de tomas caóticas, confusas y desordenadas, algunas de ellas rodadas sólo una vez y otras diez o cien veces. Y, tras el montaje, se tiene una película lista para distribuir al público, con un mensaje claro y lógico, una profunda intención emotiva y, por qué no decirlo, un potencial económico abismal. Tal relevancia organizativa y creativa ha provocado que algunos expertos se refieran a la figura del montador como el guionista último de cualquier proyecto audiovisual. 

Visto así, tal vez el montaje sí parezca importante y digno de mención dentro del Séptimo Arte. De hecho, el montaje es el Séptimo Arte. Y afirmar tal cosa no parece tan descabellado cuando analizamos todos los componentes de esta disciplina cultural que llamamos cine y que fascina a personas de todos los rincones del mundo desde que hiciera su primera aparición hace más de un siglo de la mano de los hermanos Lumière. El cine es interpretación, es teatro, es música, es arte, es escultura y arquitectura, es fotografía, es danza y costura, es justicia y es engaño. El cine es la suma de muchas cosas previas, incluso intrínsecas a la naturaleza humana. Y lo que precisamente le da cohesión a toda esa amalgama de piezas es lo único que no existía antes del cine, lo que nació con él como una necesidad imperiosa de algo nuevo nunca antes visto: el montaje cinematográfico, el único arte puro que nace del y para el cine. 

Sala de montaje cinematográfico / The EITI

Joan Marimon (El Prat de Llobregat, 1960) es uno de los autores que ha querido poner la lupa en esta labor y esta figura no siempre reconocidas. En su obra de estudio El montaje cinematográfico: del guión a la pantalla, Marimon expone que el montador es el único profesional que debe esforzarse por hacer invisible su trabajo, pues su función va a consistir en invisibilizar los cortes entre tomas y dotar de fluidez e incluso de magia a la obra para que tenga sentido en los ojos, el cerebro y el corazón de los espectadores. Pero invisibilizar un trabajo e invisibilizar a un o una profesional jamás deberían ser sinónimos. Por desgracia, en este caso lo son y el gesto de los Óscar para su próxima edición es sólo la gota que colma un vaso de indignación y falta de crédito hacia unos profesionales estructurales en la industria de entretenimiento más importante jamás creada. 

Tal decisión, que se ampara en el argumento de hacer la gala más entretenida y salpica a otros premios clave como el de Mejor Banda Sonora Original, impedirá una vez más que estos profesionales reciban los aplausos, las miradas y los flashes que se merecen: los mismos que sí recibirán las caras visibles de las películas que ellos han montado. De este modo, los nombres que abren el presente escrito no podrán desfilar con sus mejores galas por la alfombra roja ni aprovechar sus minutos de oro para agradecer el apoyo de sus familias y amigos o exponer reivindicaciones que consideren justas. Serán otros los nombres que pongan rostros y sonrisas a esas películas: los DiCaprio, Bardén, Garfield o Cumberbatch (por seguir el orden expuesto en las primeras líneas) gozarán de tales honores. Y si bien su labor como artistas no puede ni debe ser desprestigiada, tampoco debiera serlo la de quienes les ayudan a brillar desde las sombras de la sala de montaje. Pese a ello, incluso en portales de reconocido prestigio entre los cinéfilos, no es raro tener que superar dos o tres pantallas o desplegables hasta dar con el montador de la película sobre la cual se busca información, muchas veces sin incluir un hipervínculo a la ficha personal de dicho profesional y en cualquier caso siempre después de eternos repartos que se extienden mucho más allá de los principales protagonistas del largometraje. 

Proceso de montaje mediante moviola / Autor: Harry Kidd

Esta desigualdad lleva relegando a los y las especialistas del montaje desde hace décadas. Y quienes deciden hoy apartarlos de la fiesta del cine por excelencia no parecen ser conscientes del impacto que eso puede comportar. Porque la tarea del montador o montadora es mucho más que un mero trabajo mecánico: es captar la emoción precisa en su cantidad justa para provocar y conducir emociones en el espectador, es cabalgar entre lo visual y lo literario sin caerse ni una sola vez, es generar un vínculo entre quien observa y quien es observado, es otorgar a la mente narrativa de las personas la lógica que esperan encontrar cuando se sientan frente a la pantalla huyendo del caótico mundo que les rodea, es hacer malabares con el material disponible para crear un arte puro y armónico que al mismo tiempo economice los recursos al milímetro. Y lo hacen, y lo hacen muy bien: Ciudadano Kane (1941) no sería lo que es sin Orson Welles pero tampoco sin Robert Wise del mismo modo que Inception (2010) merece repartir sus aplausos entre el aclamado Christopher Nolan y Lee Smith. Más aún, la figura del propio Alfred Hitchcock y su legendario legado en la historia del cine no pueden entenderse si se retira de la ecuación a George Tomasini, encargado de montar nada menos que nueve películas del maestro del suspense (entre las que se cuentan La ventana indiscreta, Vértigo o Psicosis) dotándolas de una personalidad única y trascendental, arriesgando con apuestas que han terminado convirtiéndose en convencionalismo o mantra para todos los que han venido después. 

Que el reconocimiento de esta figura vaya a menos en lugar de a más es una pésima noticia. Y es que esta ocultación acarrea una consecuencia más grave aún si cabe que la de la desconsideración hacia ciertos trabajos y su consecuente frustración individual. Porque, si no les damos rostro y voz a tales profesionales, sucederá que muchas niñas y niños que podrían haber soñado con formar parte de la deslumbrante y emocionante industria del cine desde la sala de montaje se encontrarán a sí mismos sin referentes en los que reflejarse para una de las tareas clave del sector. Y si bien lo imprescindible de esta profesión hace que sea difícil imaginar su desaparición, ello no es óbice para reconocer el oficio de los montadores y montadores y entender que, sin ellos, no habría cine. 

Hollywood, la meca del cine / Autor: Mike Goad
Fotografía portada: Estatuillas de los Óscar / Autor: Thank You
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    Me encanto mucho tu articulo Gracias Saludos

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