SOLEMNE

Del espíritu melancólico del siglo XIX nos viene la solemnidad. Pero, ¿por qué somos tan solemnes?

Se dice –y con alguna razón–que la melancolía es un temple de la autoconciencia subjetiva, o sea, de la época en que los hombres se dan cuenta de que su única referencia posible al mundo es ese miserable y frágil vértice subjetivo. Cuando descubren que no tienen alma y que, por lo tanto, toda esperanza de inmortalidad es inútil. La conciencia de este tipo especial de finitud –de pronto comprendo que no soy una criatura de Dios, que nunca habré de reencontrar al Padre, que mi existencia no conduce hacia la luz que resplandecía en la salida de la Caverna platónica, que no hay Dios-Padre, etc.– nos pone muy tristes o muy circunspectos; y así, cada ocasión de nuestra vida, cada vicisitud de partida o de llegada o cada circunstancia, adopta el aire de un Hito o la jerarquía del Momento y, en la tesitura, casi nadie escapa a la tentación de ponerse solemne. Muchos de los programas –o las “agendas”, como las llaman ahora los papanatas salidos de las llamadas ciencias sociales– del saber contemporáneo: la Verdad o la Creación, el Deseo y la Pasión, el origen del Poder o la razón de esta o aquella crítica, la atención por la naturaleza o la causa de los desposeídos, acaban siendo enunciados y elaborados con una prosopopeya inconfundible, más o menos apocalíptica pero siempre pretenciosa y engolada como la sanata de un locutor de radio clásica.

Heidegger, por ejemplo, ¿por qué es tan solemne? Y Habermas, ¿se ha reído alguna vez? Recuerdo haberme preguntado, de adolescente, qué le pasaba a Ernesto Sábato, quien cada tanto aparecía por casa con cara de constantes retortijones. Y no digamos Foucault y su escuela de epígonos, con su característica solemnidad, que de tan impostada resulta hasta ridícula, hablando de las “entrañas del poder” o recurriendo a las metáforas del cuerpo o la locura para encubrir meras racionalizaciones que falsean la descripción de la comunidad humana con toda suerte de exageraciones y tremendismos. La sociedad una cárcel…: expresionismo barato, pura razón de efecto sin efecto de razón. La izquierda, en general, suele ser insufriblemente solemne; como si, por fuerza, la responsabilidad histórica de la que se autoinviste tuviese que ser, además, seria.

(Pongámonos serios, estamos hablando del futuro de la humanidad, la muerte del Hombre, bla-bla…)

El izquierdista encuentra un argumento complementario para su razón –o para colarte sus prejuicios– cada vez que se expresa con solemnidad (“éramos tan pobres”, “hemos sufrido tanto”, It might happen to you, sir” me espetó una vez un mendigo insolente en Londres cuando me negué a darle una limosna). Como esos tullidos que enseñan sus muñones en la calle y que antes sólo se veían en Calcuta pero ahora se encuentran por todas partes. Meten sus solemnes muñones en medio de la fiesta posmoderna para estropearla adrede, aunque lo cierto es que su gesto se parece a participar de esa misma fiesta, pero disfrazado de Drácula.

Una de las virtudes de Nietzsche es que no tiene nada de melancólico, no espera el dolor de estómago para ponerse a pensar y no tiene vergüenza de sus propias risotadas (¡al cuerno con ellos!), eso que Rosset, por cierto, describió de forma también solemne como “beatitud”. Muy pocos entre los contemporáneos –quizá Lacan, que era muy payaso, o Sloterdijk–, han sabido captar con “beatitud” comparable lo que Escohotado llamó “el espíritu de la comedia” que es el verdadero espíritu de este y de todos los tiempos. Así que vendría bien reivindicar la risa contra la solemnidad, no sólo porque es misteriosa y sublime, sino porque con ella conseguimos la libertad; y tener siempre presente que no seremos libres hasta que, en verdad, nos libremos de todos los pestiñazos.

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