Carlos Yannuzzi

ROBESPIERRE

El 20 de septiembre de 2017 un político de renombre en la actualidad social española decía a la salida de su despacho, que había sido registrado por la Guardia Civil, “somos buena gente, que hace aquello que le dicta la conciencia”. Esta misma frase la repetía horas más tarde en una cadena de televisión, que ya venía repitiendo en diferentes ocasiones, particularmente se la escuché con vehemencia un 14 de septiembre en una plaza de toros o con serenidad eclesiástica el 22 de junio de 2016:

“Somos buena gente, actuamos según lo que nos dicta nuestra conciencia”

El último caso refiere a la corrupción. Enfrenta a su partido político a todo el abanico de fuerzas políticas que sí han caído en esta lacra tan inevitable como grotesca en una sociedad tecnificada y con recursos de sobra para hacer de este delito un vago recuerdo. Los otros casos remiten a un contexto en el que su partido no se enfrenta a delincuentes o a otro partido con presuntos delincuentes en su organización.

Si en el caso de la corrupción parece claro que los que en ella caen tienen al menos una bajeza moral, no todos los pecados de la política se resuelven con tanta claridad. Pero en cualquier caso, cualesquiera que sean los temas objeto de este político que concluye con simplicidad que ellos son “buenas personas” y, por tanto, están exentos de toda culpa o toda malicia, guarda en su seno una inequívoca fórmula perversa.

Evidentemente, la primera es la lógica. Los argumentos ad hominem son falaces. Un conjunto A es falso, pero su subconjunto B puede ser verdadero, lo vemos claramente en los ejercicios matemáticos que desarrollan unas largas fórmulas: todo el razonamiento es incorrecto, pero nos ha dado el mismo resultado que al profesor, por ejemplo.

En segundo lugar, la relación semántica es una inferencia ilegítima: actuar según los dictados de nuestra consciencia nos vuelve reflexivamente cohesionados, pero no nos constituye en buenas personas. Mi conciencia me puede dictar que proteja a un ser querido, a pesar de que haya cometido un grave delito, por ejemplo.

La tercera cuestión refiere a la confusión entre impunidad y bondad. Nadie duda de las buenas intenciones de la ONG El arca de Zoé, que en 2007 sacó de la infamia a 103 niños del Chad. Pero esas buenas personas fueron encausadas y enjuiciadas por la fiscalía francesa y la del país africano, porque constituía simple y llanamente un delito. Ni siquiera la bondad se escapa de cometer delitos, por eso, por sorprendente que parezca, ni tan solo ella puede quedar impune.

El cuarto problema es la dialéctica. El problema de la utilidad de la dialéctica radica en su facilidad de gestión. Uno fácilmente podría agrupar en dos bandos todo el universo y esos dos conjuntos universales seguramente podrían ser divididos entre buenos y malos. Las cosmogonías protestantes (ya lo hemos dicho aquí) son harto habilidosas en ver maniqueamente el mundo. La política española abusa de este recurso, quizás por su simplicidad. Pero habría que recordar que este país lleva ochenta años sin entender que su facilidad para el enconamiento de posiciones le llevó a un enfrentamiento de lo más desgarrador y cainita. La rapidez con la que llegamos a la dialéctica del enemigo en política se explica por las expresiones como “adversario político”, “oposición”, “partido”, etc., que redundan en ver a todas las opciones ideológicas diferentes a la mía como algo a vencer, y ahí vuelve la maquinaria de derrotados y victoriosos, y cada cual a escribir un relato entre buenos y malos… la rueca de la historia repitiéndose hegelianamente.

Pero sin lugar a dudas la mayor perversidad de este discurso es el intercambio de puestos entre moral e ideología. La ideología es el conjunto de ideas que asumo como principios fundamentales en lo que se refiere a mi posición ante la política, la religión o la sociedad y la cultura. Esta opción será acorde según mis criterios racionales, morales o emocionales. Así, tendremos gente que opte por opciones políticas que sorprendan dados su contexto social, actitudes ante la religión contraria a sus sentimientos sobre la trascendencia o manifestaciones culturales que sean diametralmente opuestas a lo que nuestro criterio entiende como adecuado, útil o productivo. En cualquier caso, la elección sobre una ideología puede albergar esa dualidad entre razón y emoción, porque toda elección así está dispuesta, en caso contrario no habría conflicto humano (y los psicoanalistas jamás hubieran existido, por ejemplo).

En cambio, la construcción de una ideología responde a un proceso histórico mucho más complejo, en el que evidentemente subyace una postura moral o emocional de sus autores, pero solo de una manera germinal. En todo caso, la ideología tendrá un origen moral porque en sus autores habrá esta dualidad, pero no así en el desarrollo de la misma. Nadie construye el liberalismo desde la emoción, ni despliega la construcción del comunismo desde la mera descripción de sus propias convicciones morales. Las ideologías persuaden y convencen porque cautivan o bien una parte de nuestra razón o de nuestros sentimientos, sí, pero sólo se desarrollan y establecen en la historia desde la lógica y el discurso fruto del pensamiento.

Así, subvertir este orden, fundamentar nuestra opción política en la bondad de las personas, en nuestra conciencia o nuestros sentimientos es la mayor perversión que podemos ejecutar en política, porque nos traslada a los mismos efectos que aquel que divinizó a la razón. El terror se apodera de nuestros actos cuando damos un lugar que no corresponde a nuestra razón o a nuestra emoción.

O somos iluminados o somos elegidos, pero nunca distintos entre iguales, que es el fundamento de las democracias. Las ideologías sirven para saber que la opción es racional, lo contrario cancela desde todo punto de vista la discusión política. Uno no puede discutir, dialogar o negociar con “buenas personas”, porque entonces se coloca en el lugar de la “mala persona”; como tampoco puede hacerlo con “razas superiores”, “presidentes supremos” o con el vate de “la diosa Razón”.

LA MEMORIA

Existe una larga tradición que entronca el platonismo y más aun el neoplatonismo con el cristianismo y, concretamente, con el catolicismo. Esta relación evidenciada ad nauseam repara en diferentes conceptos de la teoría platónica de las ideas y en la reminiscencia.

San Agustín junto con San Pablo son los más cercanos a estos conceptos. La exegética agustiniana ha llamado a la reflexión sobre la fe en las Confesiones y en especial a la exhortación a la devoción inicial como “nostalgia de Dios”. En efecto, si bien San Agustín no nombra la nostalgia explícitamente, es este concepto el que parece flotar por toda la teoría agustiniana de la memoria y el olvido, por ende, también en la fe. ¿Qué haría si no que nuestra memoria albergara conocimientos de experiencias no vividas o de conceptos no aprendidos? Dicho en términos platónicos, cómo tenemos la idea de x, si x no es vivida o experimentada o aprehendida. La respuesta de San Agustín es la fe, el sentimiento que despierta esa fe es emanado por la nostalgia.

Agustín dice “todos se esfuerzan por llegar a lo mismo: gozar” (Confesiones, Libro X, XXI.31). El mundo de las etimologías es confuso y poco esclarecedor; “nostalgia” es, en esta ciencia, “el regreso al dolor”, pero también “el regreso a la compasión” [αλγέω]. El regreso a la compasión de Dios, a la “vida feliz” agustiniana pasa por la nostalgia. Por ello dice: “¡Grande es el poder de la memoria! Tiene no sé qué que espanta, Dios mío, en su profunda e infinita complejidad” (Confesiones, Libro X, XVII, 26).

(Todo aquel que haya gozado algún tiempo de memoria proverbial sabe lo espantoso de dicho don y lo doloroso que llega a ser vivir como Funes.)

El goce de la vida feliz pasa por un proceso de anagnórisis de la mano de la nostalgia, esta es la clave del devenir de los católicos: “Aquello que fue, ya es: y lo que ha de ser, fue ya, y Dios restaura lo que pasó” (Eclesiastés 3:15). La reminiscencia platónica y la nostalgia son (para la anagnórisis del sentido final) las diferentes formas de un mismo camino, que reconoce en la trascendencia su resolución.

La clave está en la categoría patética de la nostalgia: como sentimiento, no se debe justificar, no atiende a más argumentos, está ahí como Hadad dijo a Faraón pidiéndole que le dejara volver a su tierra y cuando este le objetó que allí ya no había nada, él sólo pudo confirmarlo, pero aún así insistió “te ruego que me dejes ir” (Cfr. Reyes 11:21). Este deseo difuso y casi apriorístico ya lo analizó Kierkegaard en In vino veritas, cuando analiza el amor y ve el deseo y la nostalgia como el estado abstracto del mismo.

Para los católicos la nostalgia permite conocer a Dios, la nostalgia es la condición para su anagnórisis, como sucede en la épica y la tragedia griega. Tal es el estremecimiento nostálgico que produce en los personajes la anagnórisis (La Odisea, Edipo Rey o Las bacantes), que es colocado en el clímax de la mayoría de obras. El horizonte de trascendencia al que apunta esta nostalgia es el sentido que justifica su dolor (o compasión).

Si bien partiendo del mismo texto, pero desprovistos de esta visión nostálgica, judíos y protestantes han desarrollado y han optado por otras tradiciones. Los primeros el más que meritorio e interesante escepticismo que nos coloca en la misma vacilación dolorosa. Los segundos, en el manido y sempiterno maniqueísmo que obvia el reconocimiento y opta por la síntesis bélica de los opuestos.

Lo cierto es que quizás sólo uno mire al amor y a la trascendencia, que son lo mismo.

DE CÉDULAS Y TECNOLOGÍA

La burocracia, el aparato, el sistema, el Estado, la administración, como quieran llamarlo, ha levantado suspicacias reales y paranoicas a lo largo de su relativamente corta existencia desde inicios del siglo XVIII hasta la actualidad. Lo curioso del concepto (y así de la realidad que simboliza) es su connotación negativa original. Los diccionarios han querido corregir en cada lengua esa falta de neutralidad, pero aún hoy se filtran acepciones del mismo tono. Realmente ha sucedido así, el término tiene una intencionalidad despectiva al describir la costumbrista tarea de llenar con “papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas” (la cita viene de la Real Academia). Pero, ¿de dónde nace tal desprecio? Algunos aducen la jerarquía vertical ambigua, otros la ambiciosa red de intereses que acaban por dominarla y extendiendo sus tentáculos por cualquier parcela de la vida cotidiana, otros con mezquina intención lo achacan al nepotismo o la corrupción. Las variedades de defectos e ineficacias sobre este aparato de lo público extendido y titánico vienen a redundar en la ineptitud y la obstaculización. Lo cierto es que la Administración o la Gerencia nacen con la idea de controlar, pero ese control se ejerce justamente sin mando ni mesura, excediendo ad hoc las necesidades básicas de la seguridad administrativa, a la vez que esa misma actitud de “vigilancia a posteriori” la convierte en una máquina fácilmente salvable como obstáculo, pues mecaniza rápidamente sus procesos. Pero el carácter del control ejercido se tiñe de las más obscuras hipótesis sobre su intencionalidad: complot global, esclavización general, dominio técnico absoluto, desnaturalización, en fin, todas las distopías futuras que la literatura y el cine han ingeniado.

Personalmente he sentido esa “alienación” en multitud de ocasiones y he recordado aquella frase de Mariano José de Larra: “es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas”, a propósito del deporte nacional de la pereza burocrática en el burlesco artículo Vuelva usted mañana. La última sin ir más lejos, sucedió a cuentas de la nueva aplicación móvil del Ayuntamiento de la ciudad de Barcelona para “acelerar” cuestiones administrativas de manera telemática. Uno, necesita acreditarse ante una administración, porque la administración no se fía nunca de quién es ni de dónde vive ni a qué se dedica, otra administración que no se fía de quien es, le debe acreditar en qué lugar reside, para eso.. el horror, el hastío, la desesperación, la espantosa cédula que conocemos bajo el nombre de trámite. Pues bien, uno debe acreditar ante una segunda administración quién es, para que avalen dónde vive, y así poder gestionar ante la primera lo que necesita. Admitamos el laberinto de buena gana. El ciudadano descubre que existe una aplicación móvil, en pleno siglo XXI se maravilla de la tecnología y sus progresos; pero la administración no se fía: usted no puede tramitarlo desde su móvil, porque, ¿es usted quien dice ser? ¿Es el mismo usuario del teléfono móvil? ¿A caso se identifica de alguna manera? El trámite de la aplicación móvil, para realizar (valga la redundancia) trámites online, requiere de una validación presencial en el consistorio. Es cuando uno exclama: ¡Bienaventurada la nueva técnica que se parece a la antigua! Convenimos en asistir, será sólo un momento, sólo una vez. Tras media hora de “trámite” y haber lidiado con una máquina que no acepta que usted haya llegado ni 10 minutos antes, ni diez minutos después, sino dentro de esos márgenes, para aceptar su código de cita previa, que ha tenido que solicitar por un aplicativo web, que como no funciona correctamente ha tenido que validar por llamada telefónica con posterioridad, debe comprobar con estupor y por un azar que la fortuna le otorga displicentemente que la aplicación para teléfonos móviles que facilita la vida de los ciudadanos de Barcelona, y aproximar a éstos al lejano y frío ayuntamiento sorprendentemente no funciona, ninguna de sus teclas y botones lleva a ningún lugar. En este punto uno puede pensar: ¡la aplicación, al ser producto de la burocracia, no se fía! Entonces, consulta al trabajador que le ha atendido y ha batallado con las novedades informáticas que supone esa aplicación y atemorizado (creyendo que le preguntaría por cuestiones técnicas) responde: ´”Pero, ¿qué ha venido a buscar?”, uno se somete a desenmascararse y a confesar ante la administración su obscura intención de responder ante las exigencias de la primera administración que no se fía de dónde vivo ni de quien soy, por lo que me veo necesitado de acreditar mi padrón municipal. “¡Ah! ¡Una hoja de empadronamiento, se la doy de inmediato!”, responde el funcionario ya más relajado al ver que podía volver a la vieja tecnología burocrática de siempre. Tardó en realizar la gestión diez veces menos que lo que se demoró en tramitar la activación del aplicativo que, al final, no funcionaba. Y yo, agradecido, marché con mi documento acreditativo.

Heidegger y Benjamin coinciden en la crítica a la técnica como alienadora del individuo en diversos niveles, el primero, con un marcado carácter metafísico, el segundo, social. Huxley, Orwell y Bradbury dejaron descritos innumerables futuros de burocracia desnaturalizada, la misma que criticaba Gournay trescientos años antes con desdén enciclopédico. El terror es lo que nos espera, ese laberinto circular y giratorio que como una banda de Moebius aliena al individuo entre las exigencias paranoides de la administración que no se fía y la falible puerta ciega al mundo en el que se convertirá inexorablemente la técnica. Lejos de ser una hipótesis distópica carente de sentido y consistencia, es la constatación de que ni siquiera el todopoderoso liberalismo que ha convencido a los comunistas más acérrimos y los ideólogos y formalistas más estrictos ha podido vencer con su laissez-faire el miedo crónico de la burocracia, lo que viene a concluir que todas las voluntades individuales pueden torcerse en egoísmo sin ese enemigo común que nos convierte en colectividad y que al mismo tiempo nos salvaguarda de las peores versiones de nosotros mismos…

DESPUÉS DEL AMOR

Lo verdaderamente característico de las historias de amor puede ser la individualidad. Si se considera bien, nada más personal que el desarrollo del sentimiento amoroso y el de su narración (como experiencia vivida, recuerdo, nostalgia o historia ficticia). El nacimiento de la literatura moderna escoge esta temática porque es en la introspección y en el discurso interior donde se encuentra su recorrido. Denis Rougemont va más allá y llega a afirmar que no sólo la literatura amorosa es el mejor ámbito para al expresión de los sentimientos particulares, cambia el orden y afirma que gracias a esas obras se ha alcanzado un modo de vivir esa experiencia:

[…] los sentimientos […] son creaciones literarias en el sentido de que cierta retórica es la condición suficiente de su confesión, es decir de su toma de conciencia” (El amor y Occidente, p. 178).

Esa misma individualidad enaltecida es la que permite discurrir en una historia de amor (incluso vivir en ella) allende el otro. Es decir, no es determinante la correspondencia ni lo es la esperanza de reencuentro. Saberse rechazado modifica el estatuto de la relación, pero no el discurso (mejor, el deseo) hacia esa persona. Amamos irremediablemente y quien tiene demasiada imaginación puede vivir a expensas de esa historia, sin que nadie (incluso su coprotagonista) le perturbe.

Lo peor de no ser correspondido es la incertidumbre. Son falsas las lamentaciones voluptuosas y las fantochadas obscenas que se regodean en el goce castrado. La duda que persigue a quien ha caído en el amor sin recompensa es de otra índole: ¿le hubiera podido hacer feliz? ¿podría llegar a amarme como yo hubiera querido? ¿hubiera sido el amor definitivo? Y en los casos más penosos: ¿se hubiera fijado en mí alguna vez?

La historia de amor, como toda narración, necesita de ciertas reglas discursivas que permiten un andamiaje estable: verosimilitud, coherencia y cohesión, etc. La falta de imaginación suple con ocurrencias el recorrido natural de esas preguntas arriba enunciadas cuando la historia de amor se trunca antes de tiempo; en la vida real, como en las malas novelas, esas ocurrencias suelen llevarnos al tópico: la blasfemia o la idolatría a quien nos ha negado, la supresión de sus imágenes o la obsesión por ellas, etc.

En definitiva, no saber acabar una historia es el peor defecto que en la vida o en la escritura nos puede advenir. Yo cierro los ojos y la veo; y por eso me cuesta tanto terminar de una maldita vez este texto.

ETERNAMENTE ERÓTICA

Desde su origen, la fotografía ha sufrido la dicotomía entre los que la consideran una huella (visión realista) y los que le detectan una clara intencionalidad simbólica (visión subjetiva). Desde que Fox Talbot publicara El lápiz de la naturaleza, hacia 1846, esa doble faz de la fotografía le ha perseguido entre los detractores del concepto de “arte fotográfico” y los críticos de la foto “veraz”.

Es esa doble identidad la que le permite ser el mejor medio para evocar la erótica.

La siguiente fotografía responde a una de las más celebradas maneras de capturar escenas: resaltar lo bello. Como afirma Susan Sontag en El heroísmo de la visión:

La cámara ha tenido  tanto éxito en su función de embellecer el mundo, que las fotografías, más que el mundo, se han convertido en la medida de lo bello.
(SONTAG, Sobre la fotografía: 89).

Aina

El público en general aceptará la belleza de esta fotografía. Más aún, llegará a convenir que contiene determinado grado de erótica. ¿Pero, por qué?

(Si asumimos que es erótica lo que representa, entonces estamos ante una imagen, aunque esto será otra discusión).

Pocos elementos intrínsecos a lo fotografiado pertenecen a lo que esta imagen nos suscita: identificar o no a la modelo, conocer o desconocer al fotógrafo, dominar en mayor o menor grado la técnica de la fotografía… son todos factores que no intervienen en absoluto para atribuir un claro componente erótico a lo que observan.

Esa condición pertenece al estatuto de la fotografía. Capturar en imágenes una situación o una persona es cosificarlas (lo mismo sucede con la fotografía de un objeto, pues ese acto produce un segundo objeto, evidentemente, cosificado). Por tanto, poseemos fotografías, nos pertenecen. El salto a la fotografía digital ha aumentado esa situación, pues la copia ha dejado de existir como tal. Si bien la informática nos permite copiar archivos, el original –en calidad y en resultado– no se distingue de sus versiones. Todos los archivos fotográficos de la era digital son originales. Las fotografías ya no “envejecen, atacadas por las consabidas dolencias de los objetos de papel”, como aseveraba Sontag (14), porque su soporte ya no es necesariamente ése. La técnica nos ha permito democratizar aún más la experiencia traducida a imágenes (Cfr. SONTAG: 17), pues ha hecho que su posesión y por ello su experiencia sean iguales para todos.

Ahora, todos los que están viendo la imagen de la modelo más arriba observan la misma experiencia retratada, y viven de la misma manera esa erótica. No quiere decir que se eroticen de la misma manera, ni que encuentren atractiva la composición por las mismas razones ni con la misma intensidad. Pero esa experiencia vivida es igual de auténtica en todos sus matices por la ambigüedad con la que hemos comenzado este texto: la fotografía es huella (prueba veraz) y creación subjetiva a la vez.

Esa universalidad de lo observado, unido al hecho de “transformar (sic) a las personas en objetos que puedan ser poseídos simbólicamente” (SONTAG, 24) abona el terreno de la fotografía para el campo de la erótica. Del mismo modo, lo capturado se sublima como en un estado de perenne melancolía, se fija el interés “en un statu quo inmutable” (22) e imperecedero que permite al observador convertirse en un voyeur.

Aún más, las nuevas tecnologías que hoy forman parte intrínseca a las fotografías digitales (los programas de edición y manipulación del contenido, que han anulado toda artesanía previa de apertura, exposición, velocidad de obturación, etc.) permiten que el objetivo erotizante sea más intenso al eliminar la imperfección. En la fotografía digital no hay errores, o al menos no de manera pretendida, y eso amplifica “la percepción de lo inalcanzable que pueden evocar las fotografías” (SONTAG: 26). Lo que supone una síntesis entre dos opuestos: el objeto real y el ideal en un tercero asequible y universal. Por una parte la fotografía es un modo de apropiarse de una realidad, pero esa realidad aparece asegurada y sin riesgos (lejos de la persona real, de carne y hueso). Una y otra vez podemos volver a la imagen y contemplarla, despertando en nosotros el mismo deseo.

Hoy, la fotografía digital permanece imperturbable, mucho mejor que cualquier recuerdo de la mente más memoriosa. Por lo demás, los sentidos nos ayudan a crear esa falsa ilusión (amiga de la erótica) de poseer sin cuerpo.

EL REENCUENTRO

Uno de los síntomas más característicos de los Trastornos de Espectro Autista (TEA) es la incapacidad de entender el lenguaje no verbal. Entre otras muchas muestras de rasgos asociales, los TEA tienen una dificultad clara para entender el lenguaje figurado, los elementos elididos y las demás formas de laeconomía lingüística.

Esas formas no literales del lenguaje son lo que comúnmente denominamos signos. Es curioso, pero esta incapacidad es la que detecta Roland Barthes en los enamorados. En Fragmentos de un discurso amorosodescribe el estado de confusión que se produce en aquellas personas que escrutan en el otro algo que les conforme sin respuesta alguna:

¿Qué quieren decir esas palabras tan breves: tienes toda mi estima? ¿Es posible algo más frío? ¿Es un retorno perfecto a la vieja intimidad? ¿Es una manera cortés de salir al paso de una explicación desagradable? (Barthes, 1997: 221).

El momento previo a la conquista del otro, un espacio para el coqueteo y el galanteo (que los amantes más avezados han podido estructurar en estrategias y tácticas de lo más sofisticadas) es casi siempre un terreno lleno de conflictos en los que el miedo a no malinterpretar esos signos nos afecta de rasgos de TEA.

Nos jugamos algo realmente importante en ese baile de signos, el lenguaje es siempre a vida o muerte, pero en este tipo de comunicación se nos va la vida:

Busco signos, pero ¿de qué? ¿Cuál es el objeto de mi lectura? ¿Es: soy amado (no lo soy ya, lo soy todavía)? ¿Es mi futuro lo que intento leer, descifrando en lo que está inscrito el anuncio de lo que me va a ocurrir […]? ¿No es más bien, en resumidas cuentas, que quedo suspendido en esta pregunta, de la que pido al rostro del otro, incansablemente, la respuesta: cuánto valgo? (Barthes, 1997: 221) 

Saber lo que vales para el otro es fundamental. Pero no es legítimo plantear la pregunta directamente, ya que

los signos no son pruebas porque cualquiera puede producirlos falsos o ambiguos (Barthes, 1997: 222),

y ningún enamorado aceptaría tal ofensa de ser descubierto de esa manera. De ahí el volverse a encontrar, la necesidad de reencuentro del amante es la lucha por el azar: forzar a que al fin una de esas señales sea cristalina y que pueda saber claramente el tamaño de su esperanza. “Paradójicamente, sobre la omnipotencia del lenguaje” el enamorado se aferra a él afirmando íntimamente “puesto que nada asegura el lenguaje, tendré al lenguaje por la única y última seguridad” (Barthes, 1997: 222). Y ahí está él: lleno de dudas y temeroso de todo, hasta de tentar excesivamente a la suerte y decepcionarse por el verdadero valor del reencuentro.

LA OPINION

Lejos de querer ser como un anciano hastiado al que todo le parece mal, debo manifestar que siempre (o al menos en los años que llevo contemplándolo) he observado que la gente no tiene el más mínimo reparo en manifestar su opinión. Más aún, uno llega a ser descalificado y vilipendiado por no comulgar con el hábito de los todólogos de emitir veredictos constantemente.

Está claro que esto se debe la galopante alza en los últimos años de una vuelta a la valoración del individuo por encima de todas las cosas. ¿Qué más argumentos o mejor razón que la que supone mi criterio? Pero el riesgo está ahí de forma inminente: en cualquier local o conversación una señora fascinada con un viaje a la India hace dos años te termina recetando unas raíces que son “mano de santo” para curar tu dolor de espalda; una pareja de oradores inagotables arreglan el hambre en el mundo; y un taxista arroja a algún gremio a trabajar con “un pico y una pala” para demostrar vaya uno a saber qué verdad palmaria.

Hasta ahí, toda la ironía, la sagacidad y la mordacidad de este mundo compensarían una especie de “equilibrio universal” con respecto a los fenómenos de tertulia generalizada.

Lo grave aparece cuando la conversación se traslada a materia no opinable o cuando dicho tema requiere como mínimo un tiempo de reflexión. Es sorprendente como las personas entre sí se arrojan sus opiniones (tan firmes y tan reflexionadas como las que más) las unas a las otras dejando el diálogo en las antípodas de la comprensión. Si lo más importante es mí opinión, entonces no tengo que escuchar al otro. Da igual lo que me esté diciendo mi interlocutor, mi idea es más válida porque es mía. Quizás, hasta ahí esto sería válido, porque decimos que la empatía no es posible o porque nuestra mente no concibe nada más fuera de nosotros. Pero lo grave es que no se acepta esa limitación, y se busca la confrontación. El resultado es tan patético como absurdo: dos encolerizadas opiniones enfrentadas entre sí por no querer entender al otro, pero sobre todo, por hacer valer su parecer.

Infinidad de casos son los que nos podrían ilustrar aquí: gustos, colores, apariencias, estéticas y estilismos, etc., etc.

¿Y el que no se moja? En realidad, la opción de pensarlo todo, de reflexionar sobre una premisa inducida por el escepticismo o el relativismo ya es una novedad, una clara apuesta de firmes convicciones. Pero como la moda es así de cruel, el infeliz que no se atreve a decir la suya pasa hoy por hoy a ser el mojigato de turno, una suerte de gusano a abatir porque no deja ver lo que piensa y por tanto es un posible sospechoso para los que  han desnudado su inteligencia en una reunión social.

Bromas aparte, seguir por esta vía tiene sus riesgos. ¿Hasta dónde llegaremos asentándolo todo en nosotros mismos? Podemos opinar sobre la ecuación de Arrhenius, pero más allá de asentir ante la afirmación de que  es Captura de pantalla 2013-12-07 a la(s) 13.53.37tampoco permite mucho más contenido para la discusión. Todo lo demás se puede legitimar muy bien en una opinión personal, pero su sentido es dudoso.  Incluso el ámbito que aún sigue a salvo de esta irrupción todóloga, el quirófano, puede llegar a ser víctima de esta moda. Pronto llegará el día en que un paciente termine estirando la pata por haber obligado al cirujano a operarle según el criterio de sus lecturas en Internet y los consejos de una señora muy maja que le dio unas gotas buenísimas para los nervios, que es en realidad lo que le ha llevado a estar en esa camilla. Ahora bien, la satisfacción de morirse por sus propias convicciones y por culpa del inútil del médico que no le entendió bien no se la quitará nadie.

LA ESTAFA

Anagnórisis es el reconocimiento de la identidad de un personaje que hasta entonces se ignoraba. Es importante advertir que sólo se aplica a personajes, pues es un término de la retórica, utilizado en literatura exclusivamente.

Cuando los protagonistas de novelas y de poemas épicos (los dos géneros en los que destaca este recurso) descubren la identidad de un personaje secundario, casi siempre supone un cambio en su destino o una modificación de su regulación moral. Pero cuando es el personaje principal quien es descubierto o él mismo se descubre para el resto de personajes, suele precipitar el desenlace y producir la esperada catarsis.

No contemplamos este término en nuestra vida diaria, porque la unidireccionalidad de las consecuencias de esas confesiones en literatura nunca se establece en la realidad. Nuestra vida está cargada de reciprocidades, ramificaciones y consecuencias tan abundantes y aleatorias que jamás podemos decir que haya un solo protagonista y que siempre sea para nosotros ese papel.

Descubrimos con desazón que alguien que siempre hemos apreciado es otra persona. No sólo nos afecta como protagonistas de nuestra novela particular, también precipita el desenlace de una historia compartida entre aquella y nosotros, como si fuésemos un figurante en la vida del verdadero personaje principal.

La verdadera estafa se produce cuando el descubrimiento de uno viene seguido de una respuesta semejante. Como si de dosis se tratara, nos resulta insoportable recibir una confesión (por velada que sea) después de habernos desenmascarado. En los dramas del honor y la honra del barroco español se ve claramente: es el último en revelarse quien se lleva la gloria, todas los desahogos previos terminan en vergonzosas confesiones.

LA FELICIDAD DE LA IDIOTEZ

La obsesión y la memoria, dos de mis pocas características, me han permitido momentos de enorme satisfacción. En este caso, sobre un pasaje del primer volumen de la magna obra de Proust con el que me reencuentro:

…cuando estaba solo y se ponía a pensar en ella, no hacía más que mover su imagen, entre otras muchas imágenes femeninas, en románticos torbellinos; pero si gracias a una circunstancia cualquiera (o sin ella, porque muchas veces, la circunstancia que se presenta en el momento en que un estado, hasta entonces latente, se declara, puede no tener influencia alguna en él), la imagen de Odette de Crécy llegaba a absorber todos sus ensueños, y éstos eran ya inseparables de su recuerdo, entonces la imperfección de su cuerpo ya no tenía ninguna importancia, ni el que fuera más o menos que otro cuerpo cualquiera del gusto de Swann, porque, convertido en la forma corporal de la mujer querida, de allí en adelante sería el único capaz de inspirarle gozos y tormentos”.  (Por el camino de SwannEn busca del tiempo perdido, 246)

Ahí está la raíz del problema. Cuando las imágenes sobrevienen, cuando los mecanismos de represión –nacidos para hacernos todo más llevadero- nos atormentan con imágenes que estamos dispuestos a olvidar, aparece el sufrimiento. ¿Qué más nos gustaría que desechar aquello que no nos es útil fuera de nuestra memoria? Como diría Borges, Odette de Crécy es el zahir de Swann. Y lo que nos maltrata de nuestro zahir es justamente su carácter subrepticio, no controlamos cuándo arrebatará nuestro pensamiento, porque ni tan solo podemos decidir a quién le damos el poder de convertirse en esa fijación.

Cuando barajamos imágenes femeninas, con o sin torbellinos, corremos el riesgo de que la memoria medie entre nuestros deseos y nuestras obsesiones. ¿Olvidar? Para eso están los idiotas…

UNO OCHENTA

El humor (en su inexplicable y maravillosa economía) aumenta de intensidad cuanto más privada es la relación de referencias que se utilizan para su producción. Este texto pertenece a ese ámbito estrechísimo.

Encuentro esta cita de Freud:

“Es innegable que la libido tiene fuentes somáticas, que fluye hacia el yo desde los distintos órganos y partes del cuerpo, como lo observamos con mayor claridad en aquella parte de la libido que, de acuerdo con el fin instintual, denominamos, excitación sexual. La más destacadas de las regiones somáticas que dan origen a la libido se distinguen con los nombres de zonas erógenas, aunque en realidad el cuerpo entero es una zona erógena” (FREUD, Compendio de psicoanálisis).

Se me ocurre una broma matemática: a más cuerpo, más zonas erógenas y por tanto mayor libido. Como si de une ecuación económica se tratara. Lo que viene a justificar ciertos parámetros estéticos que hoy en día prevalecen.

Cuando la presencia de los estímulos narcisistas del yo se logran disipar, la “repulsa primitiva del mundo exterior”, de donde emanan los estímulos, deja de ser objeto de represión para el sujeto –impuesto por el principio de realidad- para empezar a ser “movimientos pulsionales que dominan la vida anímica” (FREUD, Las pulsiones y sus destinos).

Las palabrotas psicoanalíticas sólo sirven para escandalizar a aquellos que toman su literatura en sentido literal. Pero estos modismos de lo más amanerados sólo vienen a exponer que cabe vencer nuestros miedos narcisistas para llegar a un placer mayor en el ámbito de lo real.

(Llegar a entender esto me ha costado muchos años, pero creo que ha valido la pena).