JAMES CAMERON KILLED GEORGE FLOYD

La novela moderna identifica al individuo sobre el que recae la trama como el héroe y, por tanto, le hace valedor de una fuerza dramática que lo coloca en esta figura sin necesidad de proeza alguna o gestos épicos. Desde El Quijote, cualquiera puede ser un héroe.

Bien, nuestra sociedad es muy rápida, veloz, por muchas razones y no vamos a dedicarnos aquí a detallarla (no hay tiempo). Lo importante es que a esta velocidad se le suma la inexorable cualidad cínica (como digo, el análisis de la psicología de masas no cabe aquí, pero se podría describir matemáticamente C(inismo)=v·(cultura+contracultura), por ejemplo), algo así anunciaba Ray Bradbury en Farenheit 451 en las reflexiones sobre la publicidad en los viajes en tren.

El cinismo no anula nuestra necesidad de héroes, al contrario, la hace exponencial, es verdad que adhiere a esta figura toda suerte de propiedades e incluso llega a convertir la negación de aquellas en una solución válida, y así nace el antihéroe.

Que yo pueda reducir en tres párrafo cuatrocientos años de evolución literaria es buena muestra de la rapidez cínica con la que construimos nuestra cultura, la consumimos y la desechamos. El signo de nuestros días es este: un frenesí donde no es la cantidad ante la calidad, sino la renovación constante a base de exprimir histéricamente todo lo que pueda ser convertido en símbolo o alegoría (héroes incluidos).

Algo que ha influido en esta velocidad, y por tanto en la concepción cínica, es el videoclip musical. Si el modernista quería convertir la vida en obra de arte, el homo digitalis quiere convertir la suya en un clip de MTV. Ahí estaba primero Musical.ly y luego Tik Tok dispuestos a transformar el porno blando adolescente, YouTube y Wikipedia en un pequeño video con traperos ininteligibles de fondo. Y esto no es una crítica,  o no debe entenderse como tal, solo es mera descripción. Mirar fijamente a cámara haciendo playback o improvisando una coreografía o sobreimprimiendo datos con intención divulgativa es la moda del 2020, que no pasará a la historia por ser el año en que una sociedad aburrida se inscribió masivamente a esta tendencia de hacer breves grabaciones bastante narcisistas.

El videoclip como forma de promoción visual de una pieza musical influyó decisivamente en la gran industria de las imágenes, el cine, porque hizo a los espectadores más hábiles a la hora de interpretar imágenes. El poder narrativo de la música nos ayuda a comprender más fácilmente las composiciones fragmentadas de los videoclips y, aún más importante, a aceptar sin cuestionarlo el simbolismo de una escena por ser el apoyo artístico de la canción. Thriller inició este recorrido fructífero de música como cortometraje y en Asesinos por naturaleza (1994) de Oliver Stone daría el salto definitivo al cine. Sin embargo, no es de esta película de la que nos ocuparemos…

A mediados de los noventa el cine empezará a estar impregnado de la forma compositiva de los videoclips musicales (y para mí, la solución de adaptar ciertas reglas estilísticas del plano y no tanto del montaje que vemos en Heat de Michael Mann es la forma acertada de resolverlo, pero esto es harina de otro costal) y Windows 3.1 mostraba en MS-DOS la revolución que iba a suponer su siguiente fase, el célebre Windows 95 (porque la piedra angular de nuestro cinismo y de nuestra velocidad es lo digital). El mundo no estaba saturado solamente de imágenes con sonido, lo denominado bajo lo virtual comenzaba a considerarse una herramienta más que posible. En ese contexto, James Cameron inaugura con Terminator 2 la aparición de un  personaje digital con el que los actores interactúan y que el espectador ve insertado con total verosimilitud: T-1000 en su versión cromada refleja a las personas y su entorno, no está dibujado solamente, sino que su entidad afecta a la luz como un actor o un objeto. Es más que los dibujos de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, porque T-1000 pretende ser verosímil incluso cuando atenta contra las leyes de la física tal y como la conocemos.

Sin embargo, James Cameron es un cineasta bipolar que jamás se moverá de las reglas que establece el cine romántico, como lo llaman los críticos (un concepto que refiere más al sentido de los preceptos estéticos que estableció la época dorada de Hollywood en los cincuenta, que en lo que a tramas amorosas se refiere). Si observamos toda su obra en conjunto, veremos que en la filmografía de James Cameron hay una tensión entre lo nuevo y las reglas clásicas, que la que fuera su mujer hace saltar por los aires en un guion que él mismo le escribió para su Días extraños. Y ahora sí, de esta película es de la que trataremos.

Días extraños se estrena en 1995 dirigida por Kathryn Bigelow y escrita y producida por James Cameron con la distribución de Twentieth Century Fox. En la víspera y la celebración del nuevo milenio Lenny Nero (Ralph Fiennes) debe resolver el asesinato de Iris, con ayuda de Mace, un personaje adaptado para mayor gloria de Angela Bassett. La trama mezcla realidad virtual, intriga policíaca, adicción, nihilismo cínico de una sociedad absorta por el grunge, crítica social y por supuesto, un doble triángulo amoroso. En muchos sentidos, es la versión amateur de Avatar. Si pudiéramos entrar en la mente de Cameron, apostaría por que su verdadera idea era profundizar aún más en los delirios de un mundo virtual perfecto, pero la necesidad de satisfacer a Fox con un thriller a lo Blade Runner le obligó a incorporar la trama de cine negro. Las similitudes con Avatar (que empezó a escribir en 1994) son tantas que la película de Bigelow tiene una secuencia especialmente emparentada con el éxito de 2009. En Días extraños el protagonista regala a un amigo con piernas amputadas la experiencia de poder correr por la playa con el aparato de recreación de vivencias (una especie de realidad virtual hipersensorial que se conecta directamente al córtex) llamado Squid Net, un registrador de resonancia cortical, tal  como dice literalmente la acotación del guion.

La película carece de toda épica y falla por muchas razones, una de ellas es intentar -como este artículo- abarcar demasiados temas de manera muy rápida,  porque eso sí está claro: la rapidez con la que se dirige y se monta esta película hace pensar que Bigelow tiene muy presentes los videoclips musicales; además de estar saturada de música diegética y extradiegética de rap y grunge, está abruptamente montada, los planos son cortos y en los movimientos físicos de la cámara abundan las oscilaciones sin estabilizadores, como si el operador la llevara al hombro.

Lo cierto es que el único elemento épico de la película, que se arrastra como un ruido de fondo inexplicado hasta bien entrada la segunda mitad, es la muerte de un cantante afroamericano, Jeriko One, perteneciente a un famoso grupo de rap. El presentador de noticias agrega “Jeriko One’s outspoken political stance and violent lyrics have stirred nationwide controversy…”; obviamente, esta circunstancia se introduce en la película a raíz de los altercados de 1991 con Rodney King y la policía de Los Ángeles, que apaleó al taxista brutalmente mientras que el matrimonio Holliday lo grababa con su cámara Sony. Estas imágenes dieron la vuelta al mundo y sirvieron para desatar una fuerte ola de altercados en EEUU pro-derechos civiles y a favor de las minorías…  

En la película, Iris graba la muerte de Jeriko One a manos de dos policías; Marce el personaje de Angela Bassett discute con el verdadero antagonista encubierto de la película y alega: “So you’re saying we just pretend it didn’t happen? It happened! The LAPD executed one of the most important black men in America! Who the fuck are you to bury this?!”. En Días extraños hay una voluntad aún modernista, el arte mejora la vida, porque aquí no hay una paliza (grave sí, pero no mortal), se ve claramente una ejecución de un afroamericano a manos de un policía. Para Cameron la grabación de este episodio es la cura de todos los males: cada uno quedará retratado y la catarsis que provocará será definitiva. El mismo personaje de Bassett, cuando ve flaquear al antihéroe interpretado por Ralph Fiennes le arenga:  “Look. That tape is a lightning bolt from God. It’s worth more than you, more than me, more than Faith. You understand? It can change things. Things that need changing before we all go off the end of the road.”

Obviamente, un fiel seguidor del cine romántico escribiendo este guion hace que el protagonista entregue la cinta, prueba de asesinato, que  todo salga a la luz y se imparta justicia recíproca (al buen entendedor acabo de destriparle el final del film). Pero esto sólo sucede en las películas… A nadie le importó que 21 años después, Rodney King muriera borracho y drogado en una piscina; y los escándalos de brutalidad policial contra las minorías raciales en EEUU se siguen filmando(facilitado por la era de los smartphones en la que todos somos periodistas y espectadores). La realidad ha demostrado que la premisa de James Cameron/Marce es falsa. Georges Floyd, un afroamericano de 1,93 m y 100 kg es sospechosamente reducido por un policía en Mineápolis en mayo de 2020… y las calles de EEUU volvieron a arder y Floyd es elevado a símbolo pop, a héroe anónimo, al lugar común donde la sociedad contemporánea coloca a esas figuras que necesita consumir. Hoy, cuando escribo estas líneas, 25 de agosto de 2020 otro video aficionado, iPhone en mano, registra cómo un policía en Milwaukee (Wisconsin) descarga no uno, sino siete balas sobre la espalda de Jacob Blake mientras este intentaba subir a su todoterreno donde estaban sus tres hijos, al parecer sigue vivo casi milagrosamente. James Cameron vuelve a fallar, quizás porque él ya había matado a Ronald King, Georges Floyd y Jacob Blake, mientras los demás nos volvíamos cínicos espectadores.

Y es ese cinismo del que hablábamos al principio y la necesidad voraz de consumir videoclips los que harán que el próximo George Floyd sea también fagocitado por el vértigo de nuestros días (más protestas se alzarán en el mismo país que tuvo una guerra civil que abolía la esclavitud en 1863). Ahí está el verdadero error de Días extraños, cuando Faith la exnovia del protagonista (no olvidemos que hay un doble triángulo amoroso) defiende el cine ante los Squid de realidad virtual aumentada:  “You know one of the ways movies still have Squid beat? Because they always say “The End.” You always know when it’s over. It’s over!”.

No, el homo digitalis no quiere ver ese “The End”; el homo digitalis quiere vivir en un muro de Tik Tok, Instagram, o como se llame la siguiente aplicación que haga furor y las delicias de una generación (seguramente más veloz), donde los videos parecen no acabarse nunca y donde lo virtual compromete más que la realidad, pero sobre todo, donde nadie dice “It’s over!”. Ahí está la clave, la ficción se acaba, empieza y termina, lo virtual es infinito.

Esta lección la aprendió James Cameron en los catorce años siguientes, por eso los personajes de su revisión mejorada de Squid Net, Avatar, no dudan en transferir su conciencia de los cuerpos humanos a sus Na’vi virtuales. Cameron, como todos los que no hemos nacido con lo digital, ha aprendido a ser cínico y toda la tensión social de Días extraños desaparece en Avatar o se vuelve más alegórica. Lo cierto es que si Lenny Nero es presentado como un antihéroe acabado, que vive como un adicto enganchado a las experiencias del registrador de resonancia cortical, que ha de debatirse entre la vida y su enfermedad melancólica; Jake Sully vive una transformación ascendente en la que cada vez más se engancha la realidad virtual que vive a través de su avatar Na’vi hasta despojarse por completo de su cuerpo. Así nos ve Cameron, como si todos quisiéramos estar (o estamos) del otro lado del espejo…

EL FILÓSOFO Y EL CIENTÍF… SOBRE HOLÍSTICA Y HEURÍSTICA

El holismo como metodología o perspectiva sobre el conocimiento, incluso como idea de la realidad, ha cautivado desde Anaximandro, Parménides y Demócrito hasta Spinoza, Hegel y Jan Smuts, por poner en este último caso, un ejemplo de pensador pintoresco o extravagante en la historia de la filosofía.

La suma de las partes no siempre es igual al todo; y las partes no deberían identificarse jamás de manera aislada con ese todo. Esta última apreciación es quizás la mayor burla de la argumentación filosófica. “Construir el tigre desde la uña” es algo que más torpemente que con dolo ha sucedido en nuestra historia de las ideas, lo que ha llevado a numerosos pensadores a encontrar un sistema donde sólo había una generalización más o menos compleja o imposible de demostrar.

En las áreas del saber llamadas científicas, ligadas a la experimentación y comprobación, no por otra voluntad que la Ilustrada y ciertamente más distinguida por el espíritu constantemente secesionista de los británicos, el holismo o la perspectiva holística siempre ha sido considerada una salvedad.

Especialmente en la física teórica, quizá la más cara a la filosofía por historia y deudas teóricas, así por metodología, esta tendencia de considerar el conjunto y no la suma de las partes es especialmente falible por no ser útil.

Entiéndase útil como útil para su ciencia, si consideramos que la física teórica cede todo su interés en elaborar marcos teóricos o hipótesis para la física experimental. Por lo que una visión holística no vincularía de ninguna manera la posibilidad de “bajar” al campo de los ensayos una explicación meramente plausible, pero no demostrable. Y, agregando otra excepción, “plausible” y “demostrable” siempre para una ciencia experimental.

Por tanto, y gracias a la habilidad del genio teórico de Albert Einstein, los físicos teóricos tienen en su léxico desde 1905 un término más afín a los propósitos de su parcela del saber, el concepto es “heurístico”. El término ya existía en la Grecia antigua y, especialmente utilizado por los matemáticos de la época, tendría según los filólogos su base etimológica en εὑρίσκειν, que la emparentaría con el concepto eureka.

De esta manera, cuando un físico teórico emprende el camino de una nueva hipótesis, pero carece de los medios de desarrollo o de las posibilidades técnicas de demostración, su aproximación es “heurística”, donde la idea de “invención” (teórica) se va a unir con la de “descubrimiento” y con la de “hallazgo”, pero muy especialmente con un “razonamiento plausible”.

El carácter de investigación informal que tiene todo aquello introducido bajo el amparo de la perspectiva heurística carece del mismo correlato experimental que cualquier perspectiva holística, que, por no concordar la globalidad con las partes, asume una cesura en la armonía entre ambas realidades (particular y general). Sin embargo, lo heurístico goza de un prestigio mejor para la ciencia.

¿Por qué? Simple y llanamente, porque alberga una esperanza futura. Lo heurístico aplaza su crédito al desarrollo posterior, o bien de futuros descubrimientos o bien de mejoras técnicas que permitan la experimentación requerida, pero imposible dado el desarrollo de la ciencia en el momento de su exposición.

Como se puede inferir, el texto fundador para el uso de esta terminología,Über einen die Erzeugung und Verwandlung des Lichtes betreffenden heuristischen Gesichtspunkt(la negrita es mía) y que le valió a Einstein un Nobel en física dieciséis años después de su publicación, no tiene ninguna diferencia narrativa ni lógica con una perspectiva holística. Diríamos incluso que sólo se separa de la filosofía, más, de la metafísica, sólo por su temática; el origen de la materia y su naturaleza dejó de preocupar a la filosofía -que resolvía ya en Anaximandro su paradoja- cuando entendió que Dios no era sólo el Ser y motor inmóvil del Universo, sino también partícula y materia última de todo cuanto existe. Llamen ustedes a esta incógnita Dios o misterio, fuerza o energía; como hemos visto, los términos están para hacernos sentir mejor con nuestro sistema de pensamiento…

VISTO Y NO VISTO

De las pocas interacciones posibles con los niños de pocos meses de vida es un juego simple, que consiste en llamar su atención, posteriormente ocultar nuestro rostro con ambas manos y descubrirla a los pocos segundos, acompañado esto con ruidos ululantes o estridentes. El niño revuelve sus extremidades incontroladas y esboza lo que el adulto interpreta como una risa, pero que seguramente no sea más que una mueca involuntaria. Allí hay una especie de diálogo, que para el niño podría durar horas y horas.

Sin embargo, el sencillo juego goza de algunos matices que el adulto, a fuerza de imitación, reproduce con estricto orden y debe hacerlo para que funcione. Me refiero al desvelado de la cara, si se destapa demasiado rápido, el niño no percibirá qué ha cambiado; y si lo hace demasiado tarde, el niño puede inquietarse o perder el interés. La práctica, como digo, permite que esa relación lúdica pueda repetirse hasta el agotamiento del adulto.

El juego consta, por tanto, de tres fases: la inicial, el estado de cosas original, el adulto y el niño viéndose frente a frente; el ocultamiento del adulto, que altera al niño, pero habilita su curiosidad, y la posterior exhibición del adulto otra vez, para regocijo del niño, que ya no ve igual a esa persona respecto al estado inicial, algo cambia. Desde luego, eso que cambia no está en el adulto, aunque es quien lo desencadena. No obstante, desde la perspectiva del pequeño, lo que cambia es aquello que tiene ante él. Y digo aquello, porque desconocemos el grado de consciencia de los neonatos, quizás saben quiénes somos y quién o qué es lo que tienen ante sus ojos. Pero, en principio, su visión no es de conjunto, es parcial, está sesgada por su consciencia de la realidad, sus órganos sensoriales y por la imposibilidad de una interacción real con lo otro ante él.

Pasivamente, el pequeño contempla esta trinidad, que bien vista podría ser considerada de manera análoga a las formas en cómo el ser humano se ha relacionado con Dios o, mejor dicho, con su imagen…

El primer momento (el natural del niño ante el adulto), podría llamarse de normalidad con respecto a la trascendencia. Dios enseñando su rostro y el hombre asumiendo su realidad, su presencia, casi como una relación de pertenencia, connaturalizado. Algo así como lo que sucede en las culturas primitivas y su relación con el tótem (palabra ojibwa) donde un animal, un vegetal o un objeto inanimado es considerado genitor del clan, su principio o su origen. El tótem es el dios, así como el adulto es lo que hay para el niño, su relación no está establecida en lo ceremonioso, aunque su única relación puede ser mediante el rito (el juego, el baño, la comida, etc., pero también la danza de la lluvia, la de la guerra o la del matrimonio).

El tótem es -desde el punto de vista metafísico o trascendental, es decir, del entendimiento o interpretación de Dios- como las representaciones de las religiones más avanzadas, primero con los ídolos, luego con los iconos. Tres estadios de abstracción que marcan una evolución en la capacidad de entender a Dios justamente como eso, algo abstracto: el tótem considerándolo como una fuerza de la naturaleza, que vincula al clan a la vez con su entorno y con esa fuerza; posteriormente, el ídolo, una recreación de Dios para encarnarlo y rendirle culto (desde la mujer sentada de Çatalhöyük metida en un cuenco para almacenar grano, pasando por las estatuillas de Ištar o Inanna en los “templos para las prácticas sexuales sagradas” de los sumerios, hasta la escultura crisoelefantina de Atenea Parthenos); y luego los iconos (religiosos), la alternativa cristiana a la iconoclasia, representar con figuras más o menos simbólicas o más o menos miméticas a personajes de la liturgia en los que Dios se hubo encarnado o por el cual se hubo manifestado su poder (Jesucristo, la Virgen María o los santos). Pero, en cualquier caso, esta evolución cultural del tótem sólo muestra una cosa: sea un Dios-Madre-Tierra (totémica), un Dios-objeto-votivo (idólatra) o un Dios-trinitario (propiamente dicho religioso), ésta imagen establece una relación directa (connatural) con el Dios. Lo que se tiene delante es Dios, el objeto existe para que estemos ante él, lleguemos a él, o mediante la obra estar con Dios.

De este modo, la segunda fase del juego vendría a representar la manera opuesta en la que Dios se relaciona con nosotros. De manera oculta, Dios está, pero no puede ser visto, interpelado, ni siquiera mentado. Quizás la forma más primitiva de la trascendencia sea esta. Su versión de Dios-Madre-Tierra, siempre estableciendo una relación más concreta, más directa, tiene su versión de un Dios oculto, que no debe ser visto (por ejemplo, la más clara, los bisontes rupestres, que han sido puestos ahí para tener un vínculo con Dios, pero colocados en un lugar inaccesible a la vista ni al tacto, colocados para no ser vistos). Pero también las formas más abstractas, como pueden ser las religiones iconoclastas, y entre ellas, la más estricta, la judía, cuya relación con Dios es de ajustada no-percepción, no-interacción, como los niños con el adulto de rostro tapado, los judíos saben de Dios, pero no pueden establecer un diálogo con él.

(Por eso he considerado siempre que el guion de Joseph Stein, El violinista en el tejado, incurría en convertir a Tevye en una especie de meshumadim, por interpelar a la trascendencia constantemente).

Tanto es así, que de entre los nombres de Dios (o strictu senso YHWH), los judíos han establecido uno para hablar de Dios como representación, de Dios como presencia en el mundo: Shejiná, y es este –llamémosle así- subterfugio lógico el que permite entender a YHWH como actor en la Tierra. Y digo entender, porque al mismo tiempo, tienen otra serie copiosa de nombres para poder mentarlo, por ejemplo, HaShem, que literalmente significa “El Nombre”, y así salvarse de incurrir en un delito contra el Sanhedrín del Nezkín, que advierte que “éstos son los que no participan en el mundo venidero: aquel que dice que no hay resurrección de entre los muertos… y que la Ley no es del cielo… También el que pronuncia el Nombre con sus letras apropiadas”. Nunca nadie ha recorrido tantos siglos intentando descifrar a Dios y tampoco ha habido otra cultura más preocupada en granjearse su favor, arrogándose al mismo tiempo la posición de privilegio respecto de otros pueblos para con él, que los judíos, los mismos que han esquivado de forma más elaborada su apelación directa, como si se escamotearan a Dios para sí mismos. En definitiva, lo único que prevalece es la lógica que recoge el juego del principio: incluso negando el rostro del adulto/Dios, su presencia o acción es incuestionable.

La tercera fase, en la que el adulto descubre su rostro contiene una característica singular: no puede ser la última. El juego requiere la vuelta a la segunda fase. Si por aburrimiento, cansancio o desidia el adulto se detiene en esa tercera fase y permanece con el rostro descubierto, el juego se diluye y el niño pierde la atención o el interés. La promesa de volverse a ocultar, incluso la brevedad de esa aparición es la clave para que el juego funcione. Son estas propiedades las características fundamentales de la posición mística. Y utilizo este término en el sentido más gnóstico posible. Nirvana, iluminación, satori, autorrealización, Bodhi, Wu, éxtasis… todos los cultos religiosos, la religión propiamente dicha y las alternativas espirituales y mistéricas sobre el mundo… siempre encuentran una forma para llegar a esa conexión o estado alterado en el que se ve algo que se sabe existente (Dios, la Trascendencia), pero a lo que no se puede tener acceso directo, pero al que mediante un ejercicio –que requiere o presupone un estado de ocultamiento previo- un individuo podría alcanzar. Logrando ese estado diferente, aunque no continuado, es que se llega a Dios. Toda posición mística contempla, por tanto, una vía de acceso a él. Y ese acceso a él no es la misma relación que establecemos en el que hemos llamado “estado natural”, sino que es una situación diferente, mediada, vedada, no accesible. Una relación distinta con Dios, como distinta es la relación del niño con la cara del adulto antes de ocultarla y al destaparla. Eso es lo que ha cambiado.

Parece como si la Trascendencia, YHWH o el Uno se empeñara en nuestro libre albedrío, dándonos todas las formas posibles de conexión con él: completamente accesible, completamente oculto y a intervalos por escorzo. Casi como esas puertas de los bares del lejano oeste, que los vaqueros abrían de un empujón y tan rápido como se abrían dejando entrar toda la luz del exterior, se cerraba, pero que luego daba pequeños bateos dejando pasar un poco de luz, si uno se fijaba bien.

Ya ven, un juego de niños y una puerta de bar del lejano oeste… A ver si es verdad que Dios está en todas las cosas.

ROBESPIERRE

El 20 de septiembre de 2017 un político de renombre en la actualidad social española decía a la salida de su despacho, que había sido registrado por la Guardia Civil, “somos buena gente, que hace aquello que le dicta la conciencia”. Esta misma frase la repetía horas más tarde en una cadena de televisión, que ya venía repitiendo en diferentes ocasiones, particularmente se la escuché con vehemencia un 14 de septiembre en una plaza de toros o con serenidad eclesiástica el 22 de junio de 2016:

“Somos buena gente, actuamos según lo que nos dicta nuestra conciencia”

El último caso refiere a la corrupción. Enfrenta a su partido político a todo el abanico de fuerzas políticas que sí han caído en esta lacra tan inevitable como grotesca en una sociedad tecnificada y con recursos de sobra para hacer de este delito un vago recuerdo. Los otros casos remiten a un contexto en el que su partido no se enfrenta a delincuentes o a otro partido con presuntos delincuentes en su organización.

Si en el caso de la corrupción parece claro que los que en ella caen tienen al menos una bajeza moral, no todos los pecados de la política se resuelven con tanta claridad. Pero en cualquier caso, cualesquiera que sean los temas objeto de este político que concluye con simplicidad que ellos son “buenas personas” y, por tanto, están exentos de toda culpa o toda malicia, guarda en su seno una inequívoca fórmula perversa.

Evidentemente, la primera es la lógica. Los argumentos ad hominem son falaces. Un conjunto A es falso, pero su subconjunto B puede ser verdadero, lo vemos claramente en los ejercicios matemáticos que desarrollan unas largas fórmulas: todo el razonamiento es incorrecto, pero nos ha dado el mismo resultado que al profesor, por ejemplo.

En segundo lugar, la relación semántica es una inferencia ilegítima: actuar según los dictados de nuestra consciencia nos vuelve reflexivamente cohesionados, pero no nos constituye en buenas personas. Mi conciencia me puede dictar que proteja a un ser querido, a pesar de que haya cometido un grave delito, por ejemplo.

La tercera cuestión refiere a la confusión entre impunidad y bondad. Nadie duda de las buenas intenciones de la ONG El arca de Zoé, que en 2007 sacó de la infamia a 103 niños del Chad. Pero esas buenas personas fueron encausadas y enjuiciadas por la fiscalía francesa y la del país africano, porque constituía simple y llanamente un delito. Ni siquiera la bondad se escapa de cometer delitos, por eso, por sorprendente que parezca, ni tan solo ella puede quedar impune.

El cuarto problema es la dialéctica. El problema de la utilidad de la dialéctica radica en su facilidad de gestión. Uno fácilmente podría agrupar en dos bandos todo el universo y esos dos conjuntos universales seguramente podrían ser divididos entre buenos y malos. Las cosmogonías protestantes (ya lo hemos dicho aquí) son harto habilidosas en ver maniqueamente el mundo. La política española abusa de este recurso, quizás por su simplicidad. Pero habría que recordar que este país lleva ochenta años sin entender que su facilidad para el enconamiento de posiciones le llevó a un enfrentamiento de lo más desgarrador y cainita. La rapidez con la que llegamos a la dialéctica del enemigo en política se explica por las expresiones como “adversario político”, “oposición”, “partido”, etc., que redundan en ver a todas las opciones ideológicas diferentes a la mía como algo a vencer, y ahí vuelve la maquinaria de derrotados y victoriosos, y cada cual a escribir un relato entre buenos y malos… la rueca de la historia repitiéndose hegelianamente.

Pero sin lugar a dudas la mayor perversidad de este discurso es el intercambio de puestos entre moral e ideología. La ideología es el conjunto de ideas que asumo como principios fundamentales en lo que se refiere a mi posición ante la política, la religión o la sociedad y la cultura. Esta opción será acorde según mis criterios racionales, morales o emocionales. Así, tendremos gente que opte por opciones políticas que sorprendan dados su contexto social, actitudes ante la religión contraria a sus sentimientos sobre la trascendencia o manifestaciones culturales que sean diametralmente opuestas a lo que nuestro criterio entiende como adecuado, útil o productivo. En cualquier caso, la elección sobre una ideología puede albergar esa dualidad entre razón y emoción, porque toda elección así está dispuesta, en caso contrario no habría conflicto humano (y los psicoanalistas jamás hubieran existido, por ejemplo).

En cambio, la construcción de una ideología responde a un proceso histórico mucho más complejo, en el que evidentemente subyace una postura moral o emocional de sus autores, pero solo de una manera germinal. En todo caso, la ideología tendrá un origen moral porque en sus autores habrá esta dualidad, pero no así en el desarrollo de la misma. Nadie construye el liberalismo desde la emoción, ni despliega la construcción del comunismo desde la mera descripción de sus propias convicciones morales. Las ideologías persuaden y convencen porque cautivan o bien una parte de nuestra razón o de nuestros sentimientos, sí, pero sólo se desarrollan y establecen en la historia desde la lógica y el discurso fruto del pensamiento.

Así, subvertir este orden, fundamentar nuestra opción política en la bondad de las personas, en nuestra conciencia o nuestros sentimientos es la mayor perversión que podemos ejecutar en política, porque nos traslada a los mismos efectos que aquel que divinizó a la razón. El terror se apodera de nuestros actos cuando damos un lugar que no corresponde a nuestra razón o a nuestra emoción.

O somos iluminados o somos elegidos, pero nunca distintos entre iguales, que es el fundamento de las democracias. Las ideologías sirven para saber que la opción es racional, lo contrario cancela desde todo punto de vista la discusión política. Uno no puede discutir, dialogar o negociar con “buenas personas”, porque entonces se coloca en el lugar de la “mala persona”; como tampoco puede hacerlo con “razas superiores”, “presidentes supremos” o con el vate de “la diosa Razón”.

LA MEMORIA

Existe una larga tradición que entronca el platonismo y más aun el neoplatonismo con el cristianismo y, concretamente, con el catolicismo. Esta relación evidenciada ad nauseam repara en diferentes conceptos de la teoría platónica de las ideas y en la reminiscencia.

San Agustín junto con San Pablo son los más cercanos a estos conceptos. La exegética agustiniana ha llamado a la reflexión sobre la fe en las Confesiones y en especial a la exhortación a la devoción inicial como “nostalgia de Dios”. En efecto, si bien San Agustín no nombra la nostalgia explícitamente, es este concepto el que parece flotar por toda la teoría agustiniana de la memoria y el olvido, por ende, también en la fe. ¿Qué haría si no que nuestra memoria albergara conocimientos de experiencias no vividas o de conceptos no aprendidos? Dicho en términos platónicos, cómo tenemos la idea de x, si x no es vivida o experimentada o aprehendida. La respuesta de San Agustín es la fe, el sentimiento que despierta esa fe es emanado por la nostalgia.

Agustín dice “todos se esfuerzan por llegar a lo mismo: gozar” (Confesiones, Libro X, XXI.31). El mundo de las etimologías es confuso y poco esclarecedor; “nostalgia” es, en esta ciencia, “el regreso al dolor”, pero también “el regreso a la compasión” [αλγέω]. El regreso a la compasión de Dios, a la “vida feliz” agustiniana pasa por la nostalgia. Por ello dice: “¡Grande es el poder de la memoria! Tiene no sé qué que espanta, Dios mío, en su profunda e infinita complejidad” (Confesiones, Libro X, XVII, 26).

(Todo aquel que haya gozado algún tiempo de memoria proverbial sabe lo espantoso de dicho don y lo doloroso que llega a ser vivir como Funes.)

El goce de la vida feliz pasa por un proceso de anagnórisis de la mano de la nostalgia, esta es la clave del devenir de los católicos: “Aquello que fue, ya es: y lo que ha de ser, fue ya, y Dios restaura lo que pasó” (Eclesiastés 3:15). La reminiscencia platónica y la nostalgia son (para la anagnórisis del sentido final) las diferentes formas de un mismo camino, que reconoce en la trascendencia su resolución.

La clave está en la categoría patética de la nostalgia: como sentimiento, no se debe justificar, no atiende a más argumentos, está ahí como Hadad dijo a Faraón pidiéndole que le dejara volver a su tierra y cuando este le objetó que allí ya no había nada, él sólo pudo confirmarlo, pero aún así insistió “te ruego que me dejes ir” (Cfr. Reyes 11:21). Este deseo difuso y casi apriorístico ya lo analizó Kierkegaard en In vino veritas, cuando analiza el amor y ve el deseo y la nostalgia como el estado abstracto del mismo.

Para los católicos la nostalgia permite conocer a Dios, la nostalgia es la condición para su anagnórisis, como sucede en la épica y la tragedia griega. Tal es el estremecimiento nostálgico que produce en los personajes la anagnórisis (La Odisea, Edipo Rey o Las bacantes), que es colocado en el clímax de la mayoría de obras. El horizonte de trascendencia al que apunta esta nostalgia es el sentido que justifica su dolor (o compasión).

Si bien partiendo del mismo texto, pero desprovistos de esta visión nostálgica, judíos y protestantes han desarrollado y han optado por otras tradiciones. Los primeros el más que meritorio e interesante escepticismo que nos coloca en la misma vacilación dolorosa. Los segundos, en el manido y sempiterno maniqueísmo que obvia el reconocimiento y opta por la síntesis bélica de los opuestos.

Lo cierto es que quizás sólo uno mire al amor y a la trascendencia, que son lo mismo.

DE CÉDULAS Y TECNOLOGÍA

La burocracia, el aparato, el sistema, el Estado, la administración, como quieran llamarlo, ha levantado suspicacias reales y paranoicas a lo largo de su relativamente corta existencia desde inicios del siglo XVIII hasta la actualidad. Lo curioso del concepto (y así de la realidad que simboliza) es su connotación negativa original. Los diccionarios han querido corregir en cada lengua esa falta de neutralidad, pero aún hoy se filtran acepciones del mismo tono. Realmente ha sucedido así, el término tiene una intencionalidad despectiva al describir la costumbrista tarea de llenar con “papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas” (la cita viene de la Real Academia). Pero, ¿de dónde nace tal desprecio? Algunos aducen la jerarquía vertical ambigua, otros la ambiciosa red de intereses que acaban por dominarla y extendiendo sus tentáculos por cualquier parcela de la vida cotidiana, otros con mezquina intención lo achacan al nepotismo o la corrupción. Las variedades de defectos e ineficacias sobre este aparato de lo público extendido y titánico vienen a redundar en la ineptitud y la obstaculización. Lo cierto es que la Administración o la Gerencia nacen con la idea de controlar, pero ese control se ejerce justamente sin mando ni mesura, excediendo ad hoc las necesidades básicas de la seguridad administrativa, a la vez que esa misma actitud de “vigilancia a posteriori” la convierte en una máquina fácilmente salvable como obstáculo, pues mecaniza rápidamente sus procesos. Pero el carácter del control ejercido se tiñe de las más obscuras hipótesis sobre su intencionalidad: complot global, esclavización general, dominio técnico absoluto, desnaturalización, en fin, todas las distopías futuras que la literatura y el cine han ingeniado.

Personalmente he sentido esa “alienación” en multitud de ocasiones y he recordado aquella frase de Mariano José de Larra: “es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas”, a propósito del deporte nacional de la pereza burocrática en el burlesco artículo Vuelva usted mañana. La última sin ir más lejos, sucedió a cuentas de la nueva aplicación móvil del Ayuntamiento de la ciudad de Barcelona para “acelerar” cuestiones administrativas de manera telemática. Uno, necesita acreditarse ante una administración, porque la administración no se fía nunca de quién es ni de dónde vive ni a qué se dedica, otra administración que no se fía de quien es, le debe acreditar en qué lugar reside, para eso.. el horror, el hastío, la desesperación, la espantosa cédula que conocemos bajo el nombre de trámite. Pues bien, uno debe acreditar ante una segunda administración quién es, para que avalen dónde vive, y así poder gestionar ante la primera lo que necesita. Admitamos el laberinto de buena gana. El ciudadano descubre que existe una aplicación móvil, en pleno siglo XXI se maravilla de la tecnología y sus progresos; pero la administración no se fía: usted no puede tramitarlo desde su móvil, porque, ¿es usted quien dice ser? ¿Es el mismo usuario del teléfono móvil? ¿A caso se identifica de alguna manera? El trámite de la aplicación móvil, para realizar (valga la redundancia) trámites online, requiere de una validación presencial en el consistorio. Es cuando uno exclama: ¡Bienaventurada la nueva técnica que se parece a la antigua! Convenimos en asistir, será sólo un momento, sólo una vez. Tras media hora de “trámite” y haber lidiado con una máquina que no acepta que usted haya llegado ni 10 minutos antes, ni diez minutos después, sino dentro de esos márgenes, para aceptar su código de cita previa, que ha tenido que solicitar por un aplicativo web, que como no funciona correctamente ha tenido que validar por llamada telefónica con posterioridad, debe comprobar con estupor y por un azar que la fortuna le otorga displicentemente que la aplicación para teléfonos móviles que facilita la vida de los ciudadanos de Barcelona, y aproximar a éstos al lejano y frío ayuntamiento sorprendentemente no funciona, ninguna de sus teclas y botones lleva a ningún lugar. En este punto uno puede pensar: ¡la aplicación, al ser producto de la burocracia, no se fía! Entonces, consulta al trabajador que le ha atendido y ha batallado con las novedades informáticas que supone esa aplicación y atemorizado (creyendo que le preguntaría por cuestiones técnicas) responde: ´”Pero, ¿qué ha venido a buscar?”, uno se somete a desenmascararse y a confesar ante la administración su obscura intención de responder ante las exigencias de la primera administración que no se fía de dónde vivo ni de quien soy, por lo que me veo necesitado de acreditar mi padrón municipal. “¡Ah! ¡Una hoja de empadronamiento, se la doy de inmediato!”, responde el funcionario ya más relajado al ver que podía volver a la vieja tecnología burocrática de siempre. Tardó en realizar la gestión diez veces menos que lo que se demoró en tramitar la activación del aplicativo que, al final, no funcionaba. Y yo, agradecido, marché con mi documento acreditativo.

Heidegger y Benjamin coinciden en la crítica a la técnica como alienadora del individuo en diversos niveles, el primero, con un marcado carácter metafísico, el segundo, social. Huxley, Orwell y Bradbury dejaron descritos innumerables futuros de burocracia desnaturalizada, la misma que criticaba Gournay trescientos años antes con desdén enciclopédico. El terror es lo que nos espera, ese laberinto circular y giratorio que como una banda de Moebius aliena al individuo entre las exigencias paranoides de la administración que no se fía y la falible puerta ciega al mundo en el que se convertirá inexorablemente la técnica. Lejos de ser una hipótesis distópica carente de sentido y consistencia, es la constatación de que ni siquiera el todopoderoso liberalismo que ha convencido a los comunistas más acérrimos y los ideólogos y formalistas más estrictos ha podido vencer con su laissez-faire el miedo crónico de la burocracia, lo que viene a concluir que todas las voluntades individuales pueden torcerse en egoísmo sin ese enemigo común que nos convierte en colectividad y que al mismo tiempo nos salvaguarda de las peores versiones de nosotros mismos…

DESPUÉS DEL AMOR

Lo verdaderamente característico de las historias de amor puede ser la individualidad. Si se considera bien, nada más personal que el desarrollo del sentimiento amoroso y el de su narración (como experiencia vivida, recuerdo, nostalgia o historia ficticia). El nacimiento de la literatura moderna escoge esta temática porque es en la introspección y en el discurso interior donde se encuentra su recorrido. Denis Rougemont va más allá y llega a afirmar que no sólo la literatura amorosa es el mejor ámbito para al expresión de los sentimientos particulares, cambia el orden y afirma que gracias a esas obras se ha alcanzado un modo de vivir esa experiencia:

[…] los sentimientos […] son creaciones literarias en el sentido de que cierta retórica es la condición suficiente de su confesión, es decir de su toma de conciencia” (El amor y Occidente, p. 178).

Esa misma individualidad enaltecida es la que permite discurrir en una historia de amor (incluso vivir en ella) allende el otro. Es decir, no es determinante la correspondencia ni lo es la esperanza de reencuentro. Saberse rechazado modifica el estatuto de la relación, pero no el discurso (mejor, el deseo) hacia esa persona. Amamos irremediablemente y quien tiene demasiada imaginación puede vivir a expensas de esa historia, sin que nadie (incluso su coprotagonista) le perturbe.

Lo peor de no ser correspondido es la incertidumbre. Son falsas las lamentaciones voluptuosas y las fantochadas obscenas que se regodean en el goce castrado. La duda que persigue a quien ha caído en el amor sin recompensa es de otra índole: ¿le hubiera podido hacer feliz? ¿podría llegar a amarme como yo hubiera querido? ¿hubiera sido el amor definitivo? Y en los casos más penosos: ¿se hubiera fijado en mí alguna vez?

La historia de amor, como toda narración, necesita de ciertas reglas discursivas que permiten un andamiaje estable: verosimilitud, coherencia y cohesión, etc. La falta de imaginación suple con ocurrencias el recorrido natural de esas preguntas arriba enunciadas cuando la historia de amor se trunca antes de tiempo; en la vida real, como en las malas novelas, esas ocurrencias suelen llevarnos al tópico: la blasfemia o la idolatría a quien nos ha negado, la supresión de sus imágenes o la obsesión por ellas, etc.

En definitiva, no saber acabar una historia es el peor defecto que en la vida o en la escritura nos puede advenir. Yo cierro los ojos y la veo; y por eso me cuesta tanto terminar de una maldita vez este texto.

ETERNAMENTE ERÓTICA

Desde su origen, la fotografía ha sufrido la dicotomía entre los que la consideran una huella (visión realista) y los que le detectan una clara intencionalidad simbólica (visión subjetiva). Desde que Fox Talbot publicara El lápiz de la naturaleza, hacia 1846, esa doble faz de la fotografía le ha perseguido entre los detractores del concepto de “arte fotográfico” y los críticos de la foto “veraz”.

Es esa doble identidad la que le permite ser el mejor medio para evocar la erótica.

La siguiente fotografía responde a una de las más celebradas maneras de capturar escenas: resaltar lo bello. Como afirma Susan Sontag en El heroísmo de la visión:

La cámara ha tenido  tanto éxito en su función de embellecer el mundo, que las fotografías, más que el mundo, se han convertido en la medida de lo bello.
(SONTAG, Sobre la fotografía: 89).

Aina

El público en general aceptará la belleza de esta fotografía. Más aún, llegará a convenir que contiene determinado grado de erótica. ¿Pero, por qué?

(Si asumimos que es erótica lo que representa, entonces estamos ante una imagen, aunque esto será otra discusión).

Pocos elementos intrínsecos a lo fotografiado pertenecen a lo que esta imagen nos suscita: identificar o no a la modelo, conocer o desconocer al fotógrafo, dominar en mayor o menor grado la técnica de la fotografía… son todos factores que no intervienen en absoluto para atribuir un claro componente erótico a lo que observan.

Esa condición pertenece al estatuto de la fotografía. Capturar en imágenes una situación o una persona es cosificarlas (lo mismo sucede con la fotografía de un objeto, pues ese acto produce un segundo objeto, evidentemente, cosificado). Por tanto, poseemos fotografías, nos pertenecen. El salto a la fotografía digital ha aumentado esa situación, pues la copia ha dejado de existir como tal. Si bien la informática nos permite copiar archivos, el original –en calidad y en resultado– no se distingue de sus versiones. Todos los archivos fotográficos de la era digital son originales. Las fotografías ya no “envejecen, atacadas por las consabidas dolencias de los objetos de papel”, como aseveraba Sontag (14), porque su soporte ya no es necesariamente ése. La técnica nos ha permito democratizar aún más la experiencia traducida a imágenes (Cfr. SONTAG: 17), pues ha hecho que su posesión y por ello su experiencia sean iguales para todos.

Ahora, todos los que están viendo la imagen de la modelo más arriba observan la misma experiencia retratada, y viven de la misma manera esa erótica. No quiere decir que se eroticen de la misma manera, ni que encuentren atractiva la composición por las mismas razones ni con la misma intensidad. Pero esa experiencia vivida es igual de auténtica en todos sus matices por la ambigüedad con la que hemos comenzado este texto: la fotografía es huella (prueba veraz) y creación subjetiva a la vez.

Esa universalidad de lo observado, unido al hecho de “transformar (sic) a las personas en objetos que puedan ser poseídos simbólicamente” (SONTAG, 24) abona el terreno de la fotografía para el campo de la erótica. Del mismo modo, lo capturado se sublima como en un estado de perenne melancolía, se fija el interés “en un statu quo inmutable” (22) e imperecedero que permite al observador convertirse en un voyeur.

Aún más, las nuevas tecnologías que hoy forman parte intrínseca a las fotografías digitales (los programas de edición y manipulación del contenido, que han anulado toda artesanía previa de apertura, exposición, velocidad de obturación, etc.) permiten que el objetivo erotizante sea más intenso al eliminar la imperfección. En la fotografía digital no hay errores, o al menos no de manera pretendida, y eso amplifica “la percepción de lo inalcanzable que pueden evocar las fotografías” (SONTAG: 26). Lo que supone una síntesis entre dos opuestos: el objeto real y el ideal en un tercero asequible y universal. Por una parte la fotografía es un modo de apropiarse de una realidad, pero esa realidad aparece asegurada y sin riesgos (lejos de la persona real, de carne y hueso). Una y otra vez podemos volver a la imagen y contemplarla, despertando en nosotros el mismo deseo.

Hoy, la fotografía digital permanece imperturbable, mucho mejor que cualquier recuerdo de la mente más memoriosa. Por lo demás, los sentidos nos ayudan a crear esa falsa ilusión (amiga de la erótica) de poseer sin cuerpo.

EL REENCUENTRO

Uno de los síntomas más característicos de los Trastornos de Espectro Autista (TEA) es la incapacidad de entender el lenguaje no verbal. Entre otras muchas muestras de rasgos asociales, los TEA tienen una dificultad clara para entender el lenguaje figurado, los elementos elididos y las demás formas de laeconomía lingüística.

Esas formas no literales del lenguaje son lo que comúnmente denominamos signos. Es curioso, pero esta incapacidad es la que detecta Roland Barthes en los enamorados. En Fragmentos de un discurso amorosodescribe el estado de confusión que se produce en aquellas personas que escrutan en el otro algo que les conforme sin respuesta alguna:

¿Qué quieren decir esas palabras tan breves: tienes toda mi estima? ¿Es posible algo más frío? ¿Es un retorno perfecto a la vieja intimidad? ¿Es una manera cortés de salir al paso de una explicación desagradable? (Barthes, 1997: 221).

El momento previo a la conquista del otro, un espacio para el coqueteo y el galanteo (que los amantes más avezados han podido estructurar en estrategias y tácticas de lo más sofisticadas) es casi siempre un terreno lleno de conflictos en los que el miedo a no malinterpretar esos signos nos afecta de rasgos de TEA.

Nos jugamos algo realmente importante en ese baile de signos, el lenguaje es siempre a vida o muerte, pero en este tipo de comunicación se nos va la vida:

Busco signos, pero ¿de qué? ¿Cuál es el objeto de mi lectura? ¿Es: soy amado (no lo soy ya, lo soy todavía)? ¿Es mi futuro lo que intento leer, descifrando en lo que está inscrito el anuncio de lo que me va a ocurrir […]? ¿No es más bien, en resumidas cuentas, que quedo suspendido en esta pregunta, de la que pido al rostro del otro, incansablemente, la respuesta: cuánto valgo? (Barthes, 1997: 221) 

Saber lo que vales para el otro es fundamental. Pero no es legítimo plantear la pregunta directamente, ya que

los signos no son pruebas porque cualquiera puede producirlos falsos o ambiguos (Barthes, 1997: 222),

y ningún enamorado aceptaría tal ofensa de ser descubierto de esa manera. De ahí el volverse a encontrar, la necesidad de reencuentro del amante es la lucha por el azar: forzar a que al fin una de esas señales sea cristalina y que pueda saber claramente el tamaño de su esperanza. “Paradójicamente, sobre la omnipotencia del lenguaje” el enamorado se aferra a él afirmando íntimamente “puesto que nada asegura el lenguaje, tendré al lenguaje por la única y última seguridad” (Barthes, 1997: 222). Y ahí está él: lleno de dudas y temeroso de todo, hasta de tentar excesivamente a la suerte y decepcionarse por el verdadero valor del reencuentro.

LA OPINION

Lejos de querer ser como un anciano hastiado al que todo le parece mal, debo manifestar que siempre (o al menos en los años que llevo contemplándolo) he observado que la gente no tiene el más mínimo reparo en manifestar su opinión. Más aún, uno llega a ser descalificado y vilipendiado por no comulgar con el hábito de los todólogos de emitir veredictos constantemente.

Está claro que esto se debe la galopante alza en los últimos años de una vuelta a la valoración del individuo por encima de todas las cosas. ¿Qué más argumentos o mejor razón que la que supone mi criterio? Pero el riesgo está ahí de forma inminente: en cualquier local o conversación una señora fascinada con un viaje a la India hace dos años te termina recetando unas raíces que son “mano de santo” para curar tu dolor de espalda; una pareja de oradores inagotables arreglan el hambre en el mundo; y un taxista arroja a algún gremio a trabajar con “un pico y una pala” para demostrar vaya uno a saber qué verdad palmaria.

Hasta ahí, toda la ironía, la sagacidad y la mordacidad de este mundo compensarían una especie de “equilibrio universal” con respecto a los fenómenos de tertulia generalizada.

Lo grave aparece cuando la conversación se traslada a materia no opinable o cuando dicho tema requiere como mínimo un tiempo de reflexión. Es sorprendente como las personas entre sí se arrojan sus opiniones (tan firmes y tan reflexionadas como las que más) las unas a las otras dejando el diálogo en las antípodas de la comprensión. Si lo más importante es mí opinión, entonces no tengo que escuchar al otro. Da igual lo que me esté diciendo mi interlocutor, mi idea es más válida porque es mía. Quizás, hasta ahí esto sería válido, porque decimos que la empatía no es posible o porque nuestra mente no concibe nada más fuera de nosotros. Pero lo grave es que no se acepta esa limitación, y se busca la confrontación. El resultado es tan patético como absurdo: dos encolerizadas opiniones enfrentadas entre sí por no querer entender al otro, pero sobre todo, por hacer valer su parecer.

Infinidad de casos son los que nos podrían ilustrar aquí: gustos, colores, apariencias, estéticas y estilismos, etc., etc.

¿Y el que no se moja? En realidad, la opción de pensarlo todo, de reflexionar sobre una premisa inducida por el escepticismo o el relativismo ya es una novedad, una clara apuesta de firmes convicciones. Pero como la moda es así de cruel, el infeliz que no se atreve a decir la suya pasa hoy por hoy a ser el mojigato de turno, una suerte de gusano a abatir porque no deja ver lo que piensa y por tanto es un posible sospechoso para los que  han desnudado su inteligencia en una reunión social.

Bromas aparte, seguir por esta vía tiene sus riesgos. ¿Hasta dónde llegaremos asentándolo todo en nosotros mismos? Podemos opinar sobre la ecuación de Arrhenius, pero más allá de asentir ante la afirmación de que  es Captura de pantalla 2013-12-07 a la(s) 13.53.37tampoco permite mucho más contenido para la discusión. Todo lo demás se puede legitimar muy bien en una opinión personal, pero su sentido es dudoso.  Incluso el ámbito que aún sigue a salvo de esta irrupción todóloga, el quirófano, puede llegar a ser víctima de esta moda. Pronto llegará el día en que un paciente termine estirando la pata por haber obligado al cirujano a operarle según el criterio de sus lecturas en Internet y los consejos de una señora muy maja que le dio unas gotas buenísimas para los nervios, que es en realidad lo que le ha llevado a estar en esa camilla. Ahora bien, la satisfacción de morirse por sus propias convicciones y por culpa del inútil del médico que no le entendió bien no se la quitará nadie.