DRAMATURGOS

Una estudiante, según consigna Bioy Casares en el asombroso, inagotable diario póstumo donde se compendian sus conversaciones con Borges (cfr. Borges. Edición de Daniel Martino. Buenos Aires: Destino, 2006, p. 1.175) apunta que en la historia de la literatura universal hay, en verdad, muy pocos grandes dramaturgos.

Rankings aparte, una breve consideración ratifica la observación de la estudiante. En efecto, autores de obras de teatro hay muchos, pero los que son verdaderamente buenos se cuentan con los dedos de una mano. Bioy calcula media docena de ingleses, cuatro franceses, uno o, cuando mucho, dos italianos, un norteamericano –O’Neill, que no es nada excepcional–, un solo sueco (que no es Strindberg –agrega), ningún ruso, ningún español, y desde luego, ningún sudamericano…

(Pues sí…)

La poesía dramática, de acuerdo con el dictamen de Hegel en su Estética, es el grado superior de la expresión poética, el género más elocuente, el más espiritual y, desde luego, el más exigente. Para sostener su jerarquía literaria, Hegel da enjundiosas explicaciones que cuadran con los requisitos de su sistema de las artes, pero la razón de la dificultad intrínseca de la poesía dramática es otra y los dramaturgos la conocen bien. ¿Cuál es?

Muy simple. A diferencia de lo que sucede con el resto de los géneros literarios, en el teatro no hay medias tintas: quien se mete a dramaturgo enseguida tiene que competir con los más grandes, cuya pauta, marcada para siempre por los griegos, consiste en poner a hablar a unos personajes sobre un escenario y hacer que su cháchara no se parezca a una charla entre vecinas ni a una perorata académica. Sin tramoya ni parafernalia que valgan. Puro artificio; o sea, lo más difícil.

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