DE SEXO

Tel Quel está lleno de observaciones agudas. Por ejemplo, en la página 39 Valéry anota:

Uno nunca sabe con quién se acuesta.

comentario que expresa el balance de una experiencia y, al mismo tiempo, cierta perplejidad amarga. Se supone que en el sexo no hay mentira ni simulación posible, pese a que está comprobado que el entusiasmo o la pasión se pueden fraguar hasta en los menores detalles, como bien saben las hetairas, las geishas y los donjuanes. La ingenuidad, que es moneda corriente en el amor, sugiere que las horas que uno pasa encamado con otro cuerpo siempre contienen algo de verdad, pese a que todo el mundo sabe que el vínculo sexual no es más que una intimidad ritualizada que los cuerpos practican de memoria. El sexo es repetición: el mismo jadeo, los mismos abrazos, el consabido intercambio de humores y de líquidos, de golpes y arañazos, los besos y las caricias. Cada encuentro parece único y en realidad es siempre el mismo encuentro. Si lo negamos es porque resulta humillante imaginar el cuerpo amado mientras goza con un extraño. Humillante y abismal.

Se dice que el sexo es un lenguaje de verdad, dictado por las pulsiones, pero Valéry tiene razón, nunca sabemos quién es ese con quien nos acostamos, entre otras razones, porque el rito que cumplimentamos con el otro es demasiado pobre para darlo a conocer. No sirve de nada cumplirlo: después de hacer el amor el otro mantiene intacto el misterio que lo rodea. Y el espectáculo del frenesí, el propio o el ajeno, parece revelador pero siempre muestra a alguien que no conocemos y que no conoceremos jamás, salvo durante esos breves minutos de entusiasmo en los que, por otra parte, nosotros mismos somos y estamos irreconocibles. El encuentro sexual es un intercambio de otredades –diría un pedante insufrible– o un disimulado desencuentro.

Pero la frase de Valéry sugiere además la misma velada expresión del desengaño que tienen las últimas palabras de César a punto de caer apuñalado por los conjurados: Tu quoque, Brutus

A esa evocación me entrego, hoy y aquí, por razones que no vienen al caso.

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