FILOSOFÍA Y DELIRIO

Schelling pensaba –con cierta ingenuidad, como todos los idealistas alemanes– que los antiguos griegos gozaban del privilegio de la inmediatez, lo que les permitía compartir mesa con los dioses. Puesto que entre ellos la existencia de algo estaba garantizada por el nombre de facto y de iure, les bastaba con nombrar al dios para hacerlo presente; y ya se sabe qué privilegio es ése: no es lo mismo tener algo como presente que representarlo. Gozar de la inmediatez era gozar de la presencia y salvarse de la representación. No había planteado en ello ningún problema cabalmente filosófico puesto que esa inmediatez –o sea, esa experiencia auténtica– resolvía todos los diferendos posibles; y el error, que nace al mismo tiempo que la preocupación por la verdad (y por la no verdad) no era tal, no estaba ligado a ningún problema filosófico, sino que era debido a la voluntad de algún otro dios travieso que jugaba con el destino del pequeño hombre. El nacimiento de la filosofía es el primer paso del extrañamiento respecto de la verdad y asimismo el inicio de la fuga de los dioses; y, por añadidura, el comienzo del mal.

Para Schelling toda filosofía moderna tenía que ser necesariamente nostálgica y, en el fondo, había de concebirse como una empresa reparadora de la distinción de la experiencia entre un fenómeno que es pura apariencia y una cosa en sí que es verdad pero cuya naturaleza se nos escapa o parece habernos sido velada. Pensar no puede evitar la nostalgia de la unidad y la armonía perdidas y no puede pretender otra cosa que la reparación de una escisión muy antigua que nos ha llevado a hundirnos en la finitud y en el mal. Se hace filosofía para poner fin al error y a la incertidumbre, para acabar con la diferencia entre lo sensible y lo inteligible. El Absoluto de Schelling es el retorno al Uno de Plotino y la comunión con Dios, pero sin religión y sin askesis, un viaje iniciático hacia lo incondicionado por medio de la introspección orientada exclusivamente por la intuición sensible y, de allí, al éxtasis del conocimiento perfecto.

La fórmula, que emborrono aquí, se parece mucho a un delirio. Empieza por una recreación puramente imaginaria de la “inmediatez” de los antiguos, a la que se le supone su contrario consecutivo: una escisión; y culmina con el programa de la reconciliación por obra de la especulación filosófica. Es cierto que este palimpsesto puede resultar fascinante sobre todo para quien se muestra sensible a las grandes construcciones metafísicas; pero ¿y si fuera un delirio?

Seguiría siendo fascinante. El delirio resulta fascinante porque trasciende la determinación en términos de verdad: le tiene sin cuidado el reconocimiento del error, De hecho, en el delirio nadie se equivoca. Un delirio, cualquier que sea, se corrige sustituyéndolo por otro nuevo; y, mira por dónde, eso también es filosofía.

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