FILOLOGÍA

Los aficionados a la literatura a menudo piensan que la vida de un escritor es una vía privilegiada de acceso para la comprensión de su obra. Pequeñas incidencias, aventuras fugaces o perdurables, amoríos y penurias económicas –harto frecuentes en la vida de los escritores, sobre todo si son clásicos, es decir, si pertenecen a los tiempos en que el oficio de escribir no estaba apuntalado y sostenido por la llamada “industria cultural”– sirven para conocer de cerca el sentido de una frase o de un poema, la elección de un tema o, cuando menos, para comprender las razones que llevaron a un autor a tomar una determinación poética.

La mala secuela del romanticismo ha contribuido a imponer esta afición. El romanticismo no sólo convenció a los artistas de que eran dioses sino que formó lectores románticos, proclives a creer en la naturaleza divina de su objeto de culto, tras haber sido consagrados y endiosados por la crítica, que el romanticismo además convirtió en actividad profesional. Más aún: la poética romántica autorizó a los artistas a extender la esfera de su propio deseo y a hacer de la torpe o genial proyección de sus vicios, campo de sus respectivas creaciones. Fruto de esta licencia poética acordada al Arte (con mayúscula) de los genios románticos y posrománticos es una obra como Les demoiselles d’Avignon, que nos permite determinar el momento exacto en que Picasso revoluciona el arte contemporáneo; o los pasatiempos musicales de Erik Satie o las pesadillas de Kafka, pero también es consecuencia de la misma poética tener que soportar la insaciable egolatría de novelistas autorreferentes que porfían sobre sus “demonios interiores”, ensayistas que copian de Montaigne la iniciativa pero no el estilo, poetas que empiezan (y nunca terminan) por la circunspección y el ajenjo y los numerosos círculos de iniciados que aspiran a figurar en la historia de la literatura como generación; sobre todo en España, donde, en materia de filología, todo se explica a base de establecer generaciones.

La llamada “modernidad” nos ha deparado un escritor consagrado a la exposición de sí mismo y a la estetización de su autoría y ha hecho que la afición por hurgar en las intimidades de los escritores esté considerada hoy en día como una actividad respetable, incluso interesante y, en algunos casos, con justa y merecida tradición académica; incluso literaria: véase The Aspern Papers de Henry James o Pale fire de Nabokov. Poco importa que innumerables personajes centrales de la historia de la literatura universal no tengan biografía y sean inaccesibles al cotilleo y a los cultos “de autor”, cualesquiera que sean. ¿Qué sabemos de Homero o de Shakespeare? ¿Qué, sino conjeturas, podemos establecer sobre la personalidad de Lucrecio, los gustos gastronómicos de Tolstoi o la higiene de Erasmo? La casualidad o la proximidad histórica respecto del personaje o las malas artes de biógrafos, parientes, amigos o legatarios del escritor nos permite acceder, por ejemplo, al erotismo sublime de las cartas que Joyce intercambió con Nora Barnacle; o investigar acerca de la extraña “confesión” de Ludwig Wittgenstein; o hacer matemática contable sobre los recibos de pago de la cuota mensual al NSPD que firmó puntualmente Martin Heidegger durante los años treinta y hasta el final de la guerra.

Pero yo no experimento satisfacción alguna, ni pulsional ni erudita ni, desde luego, filológica, por disponer de esa información; y en cambio me embarga una irreprimible vergüenza. Como lector, soy de los que se desentienden de la vida de los escritores. Me tiene sin cuidado todo lo referente a la intimidad de un artista. No creo que exista nada semejante al “mundo” de un escritor y, si lo hubiera, lo mejor sería mantenerlo fuera de la curiosidad de los aficionados. Encuentro especialmente detestables el culto a los escritores y desconfío de la labor que desarrollan las Sociedades de Estudios, los Archivos (Gœthe, Nietzsche, Freud, etc.) y las Fundaciones (Ortega y Gasset, García Lorca, las incontables asociaciones dedicadas a Wagner, o las “escuelas” de Lacan, etc.) por lo que toca a proyectar en el tiempo la figura intelectual de sus mentores; y, si pudiera visitar la casa de Hemingway en Cuba, me sentiría –como me ocurrió en Isla Negra y en la Bergasse,9, en Viena– como un profanador de tumbas. En la mayoría de los casos esas instituciones, inspiradas en alguna religión menor, promueven bajo la sombra del autor divinizado toda clase de cenáculos y burocracias, con sus respectivas feligresías y sus escalafones y las correspondientes herejías y anatemas; y acaban por convertir una obra nacida en medio del caos de una vida corriente en algún dogma o una doctrina que se discute en solemnes seminarios y congresos anuales de los filólogos acólitos.

Soy consciente de que nada se puede hacer contra este signo de los tiempos que, en muchos casos, es cierto que ha conservado la memoria y la obra de escritores ilustres. Aunque no tanto como algunos de ellos –Borges o Pessoa o Peter Handke–, que han alimentado su propia religión tanto o más que los papanatas que les profesan culto.

(¿Por qué –si no– Borges se fue a morir a Ginebra?)

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