EL SECRETO

Una máquina puede realizar casi todas las operaciones habituales de un ser humano. Si no las repite tal cual, puede simularlas; y a veces consigue hacerlo de manera perfecta, puesto que una gran parte de las acciones humanas no son más que código y lenguaje. El poder del lenguaje se muestra en la simulación. Unas pocas palabras precisas, una entonación, un gesto, bastan para que un cuerpo parezca agresivo, amoroso, deseable, dispuesto, indiferente, temeroso, etc. Todo lo que llamamos  “sentimientos”, percibidos en un cuerpo que no es el nuestro, no son más que signos cuya autenticidad resulta imposible determinar. Los impostores, los falsarios y los estafadores –que a menudo son la misma persona– se valen de esta cualidad extraordinaria del lenguaje que permite enlazar un puñado de signos a nuestra estupidez. ¿Qué otra cosa hacen el adulador, el financiero o el mercader inescrupuloso o la geisha sino reconocer los indicios del deseo del otro y dárselos en forma de signos? Ningún riesgo corren cuando emiten señales falsas. Al fin y al cabo, no son más que signos. Solo si son descubiertos, pero entonces les basta con huir en busca de un nuevo bobo con el cual repetir la estafa; y de hecho, casi todos reinciden.

Sin embargo, si bien una máquina puede engañarnos en el trasiego de signos no puede poner nada en secreto. Sin duda puede encriptar un mensaje o bloquearlo o negarse a darlo, pero es incapaz de colocar una situación cualquiera en el plano de lo confidencial y, por lo mismo, tampoco puede guardar un secreto ni, por supuesto, revelarlo. La máquina es exactamente lo opuesto del impostor y, no obstante, es capaz de engañar o de simular manipulando los signos. Lo que es extraño, puesto que el secreto también se compone de signos –incluso de signos secretos– que expresan una intención que, en la medida en que no es manifiesta, ni siquiera puede decirse que exista como tal; lo que sea es, pues, secreto.

Una máquina tampoco puede tener lo que llamamos “intención oculta” o “segunda intención” (¿quizá porque no tiene intención primera?) de lo cual resulta que, a medida que nuestra vida ordinaria se va poblando de máquinas que hacen lo mismo que los humanos (o que lo simulan, como la voz que responde a una orden en los teléfonos llamados “inteligentes”) se va estrechando el ámbito de lo ambiguo, de la artimaña y de la estafa. O mejor dicho, se detectan tanto más los secretos y, al mismo tiempo, es más fácil descubrir a los estafadores. Quién participa en una red social –donde se trata justamente de darse a conocer– y no hace pública su vida diaria, confiesa implícitamente que guarda un secreto y, por lo tanto, no puede ser un individuo de fiar. Tampoco tienen por qué serlo quienes se exhiben sin tapujos, como hacen los adolescentes, pero el hecho de que no guarden nada o casi nada en secreto muestra que sus intenciones pueden ser tontas o frívolas o intrascendentes pero no ocultas.

Una acción cualquiera, puesto que en gran medida se manifiesta en forma de signos, no necesariamente revela la intención que la inspira aunque dé indicios de ella. El secreto, en cambio, sí, por eso no puede ser simulado por la máquina. El secreto es él mismo el signo de una intención.

La geisha, el impostor, el estafador, todos los falsarios, puede que tengan secretos, pero no se entiende para qué. En una ficción completa no tienen sentido los secretos, puesto que lo único que tiene sentido mantener en secreto es una verdad.

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