DE CÉDULAS Y TECNOLOGÍA

La burocracia, el aparato, el sistema, el Estado, la administración, como quieran llamarlo, ha levantado suspicacias reales y paranoicas a lo largo de su relativamente corta existencia desde inicios del siglo XVIII hasta la actualidad. Lo curioso del concepto (y así de la realidad que simboliza) es su connotación negativa original. Los diccionarios han querido corregir en cada lengua esa falta de neutralidad, pero aún hoy se filtran acepciones del mismo tono. Realmente ha sucedido así, el término tiene una intencionalidad despectiva al describir la costumbrista tarea de llenar con “papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas” (la cita viene de la Real Academia). Pero, ¿de dónde nace tal desprecio? Algunos aducen la jerarquía vertical ambigua, otros la ambiciosa red de intereses que acaban por dominarla y extendiendo sus tentáculos por cualquier parcela de la vida cotidiana, otros con mezquina intención lo achacan al nepotismo o la corrupción. Las variedades de defectos e ineficacias sobre este aparato de lo público extendido y titánico vienen a redundar en la ineptitud y la obstaculización. Lo cierto es que la Administración o la Gerencia nacen con la idea de controlar, pero ese control se ejerce justamente sin mando ni mesura, excediendo ad hoc las necesidades básicas de la seguridad administrativa, a la vez que esa misma actitud de “vigilancia a posteriori” la convierte en una máquina fácilmente salvable como obstáculo, pues mecaniza rápidamente sus procesos. Pero el carácter del control ejercido se tiñe de las más obscuras hipótesis sobre su intencionalidad: complot global, esclavización general, dominio técnico absoluto, desnaturalización, en fin, todas las distopías futuras que la literatura y el cine han ingeniado.

Personalmente he sentido esa “alienación” en multitud de ocasiones y he recordado aquella frase de Mariano José de Larra: “es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas”, a propósito del deporte nacional de la pereza burocrática en el burlesco artículo Vuelva usted mañana. La última sin ir más lejos, sucedió a cuentas de la nueva aplicación móvil del Ayuntamiento de la ciudad de Barcelona para “acelerar” cuestiones administrativas de manera telemática. Uno, necesita acreditarse ante una administración, porque la administración no se fía nunca de quién es ni de dónde vive ni a qué se dedica, otra administración que no se fía de quien es, le debe acreditar en qué lugar reside, para eso.. el horror, el hastío, la desesperación, la espantosa cédula que conocemos bajo el nombre de trámite. Pues bien, uno debe acreditar ante una segunda administración quién es, para que avalen dónde vive, y así poder gestionar ante la primera lo que necesita. Admitamos el laberinto de buena gana. El ciudadano descubre que existe una aplicación móvil, en pleno siglo XXI se maravilla de la tecnología y sus progresos; pero la administración no se fía: usted no puede tramitarlo desde su móvil, porque, ¿es usted quien dice ser? ¿Es el mismo usuario del teléfono móvil? ¿A caso se identifica de alguna manera? El trámite de la aplicación móvil, para realizar (valga la redundancia) trámites online, requiere de una validación presencial en el consistorio. Es cuando uno exclama: ¡Bienaventurada la nueva técnica que se parece a la antigua! Convenimos en asistir, será sólo un momento, sólo una vez. Tras media hora de “trámite” y haber lidiado con una máquina que no acepta que usted haya llegado ni 10 minutos antes, ni diez minutos después, sino dentro de esos márgenes, para aceptar su código de cita previa, que ha tenido que solicitar por un aplicativo web, que como no funciona correctamente ha tenido que validar por llamada telefónica con posterioridad, debe comprobar con estupor y por un azar que la fortuna le otorga displicentemente que la aplicación para teléfonos móviles que facilita la vida de los ciudadanos de Barcelona, y aproximar a éstos al lejano y frío ayuntamiento sorprendentemente no funciona, ninguna de sus teclas y botones lleva a ningún lugar. En este punto uno puede pensar: ¡la aplicación, al ser producto de la burocracia, no se fía! Entonces, consulta al trabajador que le ha atendido y ha batallado con las novedades informáticas que supone esa aplicación y atemorizado (creyendo que le preguntaría por cuestiones técnicas) responde: ´”Pero, ¿qué ha venido a buscar?”, uno se somete a desenmascararse y a confesar ante la administración su obscura intención de responder ante las exigencias de la primera administración que no se fía de dónde vivo ni de quien soy, por lo que me veo necesitado de acreditar mi padrón municipal. “¡Ah! ¡Una hoja de empadronamiento, se la doy de inmediato!”, responde el funcionario ya más relajado al ver que podía volver a la vieja tecnología burocrática de siempre. Tardó en realizar la gestión diez veces menos que lo que se demoró en tramitar la activación del aplicativo que, al final, no funcionaba. Y yo, agradecido, marché con mi documento acreditativo.

Heidegger y Benjamin coinciden en la crítica a la técnica como alienadora del individuo en diversos niveles, el primero, con un marcado carácter metafísico, el segundo, social. Huxley, Orwell y Bradbury dejaron descritos innumerables futuros de burocracia desnaturalizada, la misma que criticaba Gournay trescientos años antes con desdén enciclopédico. El terror es lo que nos espera, ese laberinto circular y giratorio que como una banda de Moebius aliena al individuo entre las exigencias paranoides de la administración que no se fía y la falible puerta ciega al mundo en el que se convertirá inexorablemente la técnica. Lejos de ser una hipótesis distópica carente de sentido y consistencia, es la constatación de que ni siquiera el todopoderoso liberalismo que ha convencido a los comunistas más acérrimos y los ideólogos y formalistas más estrictos ha podido vencer con su laissez-faire el miedo crónico de la burocracia, lo que viene a concluir que todas las voluntades individuales pueden torcerse en egoísmo sin ese enemigo común que nos convierte en colectividad y que al mismo tiempo nos salvaguarda de las peores versiones de nosotros mismos…

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