APUNTE SOBRE LA CONSCIENCIA

En un ensayo sobre Hölderlin –y con esa llaneza y transparencia que suele ser propia de los anglosajones– J. M. Coetzee apunta que, para G. Fichte, cuya obra es el preámbulo del idealismo alemán, la consciencia “no forma parte de la naturaleza sino que está fuera de ella, observándola” (Coetzee, Las manos de los maestros, Vol. I, 2016, p. 57).

¿Qué significa “no forma parte”?

El número de interpretaciones sobre el valor y el alcance de ese renacimiento moderno de la filosofía que fue el idealismo alemán es tan grande que resulta casi imposible que escojamos una tesis nuclear (o un puñado de proposiciones fundamentales) en esa tradición moderna. Sin embargo, la observación de Coetzee, hecha al pasar, sintetiza una clave para la tentativa de solución que dieron los idealistas al problema de la consciencia que, como sabe cualquiera que se haya puesto a reflexionar sobre su propia condición sensible e inteligible, ha sido una de las cuestiones centrales de la filosofía desde aquel episodio legendario que cuenta –creo– Diógenes Laercio: el día en que Tales, el primero de los grandes filósofos, caminaba absorto por la contemplación del cielo y tropezó y se cayó al pozo, provocando la risa de una muchacha tracia que lo miraba desde lejos. La consciencia es un misterio abonado por dos preguntas que nadie ha conseguido responder: a) por qué la consciencia no puede saber de sí misma, esto es, no puede explicarse; y b), su inevitable corolario: por qué el hecho consciente consiste justamente en eso, en no saber de qué se trata, es decir, implica la radical negación de su propia naturaleza y origen, cuando el propósito de la consciencia es llegar a saberlo todo.

La primera cuestión apunta a lo que los metafísicos denominan finitud; la segunda, en cambio, es la pesadilla de los monistas, tanto metafísicos como científicos, puesto que se relaciona con un problema también muy difícil: explicar cómo es posible que haya algo a partir de lo absolutamente otro; en suma, cómo puede darse algo consciente que además esté fundado, constituido, generado –como se quiera decirlo– a partir de lo que no tiene consciencia. En suma: el problema de la naturaleza de la consciencia es el problema de la vida.

Las distintas versiones del reduccionismo más o menos materialista o científico, han propuesto un buen número de modelos con base y desarrollo evolucionistas con el fin de explicar cómo ha sido posible que, de un organismo unicelular cuya única interacción con el medio era la absorción y excreción de materia a través de una pared-membrana, se haya pasado a otro organismo, multicelular, enormemente complejo y capaz de memoria y deseo. Este proceso está más o menos descrito, pero en modo alguno se ha conseguido explicar qué sean memoria y deseo puesto que para ello la consciencia ha de ser capaz de comprenderse a sí misma y, de paso, comprender lo que no es: saber de esa cosa, ahí, que ni sabe de sí, ni desea ni piensa; y que –como cabe suponer– seguirá estando allí cuando la consciencia deje de ser. No falta algún reduccionista que llega incluso a presentar la consciencia como una especie de acontecimiento casual y superficial de la materia. Su modelo propone entender la vida como epifenómeno pero, de nuevo, tampoco lo explica; como tampoco explica Heidegger cómo tiene lugar la desocultación del ser de lo ente sino que, en intrincadas meditaciones, introduce cada vez nuevas e interminables series de metáforas que aplazan la solución del problema.

La fórmula de Fichte –que la consciencia es inescrutable porque está fuera de la naturaleza– no es nueva. De inmediato pensamos en la psyché de los antiguos pero en una versión modernizada. Sin embargo, incluso cuando Fichte la piensa como pura autoposición del sujeto, tampoco resuelve el problema sino que hace aún más hondo el misterio de su esencia puesto que la psyché antigua encontraba su posibilidad metafísica en la idea de un alma, en cambio la consciencia moderna situada siempre fuera de lo que hay solo puede ser entendida como una entidad que simplemente no es. Lo que es hasta cierto punto paradójico puesto que por este camino llegamos a una encrucijada: si en la metafísica antigua ese alma era tenida por inmortal, también así habremos de representarnos la instancia exterior desde la cual miramos hacia el mundo.

Así pues, tenemos un lío, pues ahora resulta que el misterio de la consciencia conduce a la ilusión de la inmortalidad.

(¿Ilusión?)

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