BAGATELA

El romanticismo en cualquiera de sus muchos registros está plagado de obras grandilocuentes pero también de pequeñeces y minucias. Friedrich Schlegel las comparaba con las baratijas y las cuentas de colores. El Don Juan de Byron o la Filosofía del arte de Schelling son obras enormes y ambiciosas así como las memorias de Chateaubriand son casi un fresco de la primera Europa moderna; pero entre los románticos no todo son palimpsestos o parrafadas o grandiosos escenarios con torbellinos de luz y dramáticas batallas en el mar. También hay pinceladas y atisbos, anotaciones infinitas, tentativas y fracasos, alardes de Witz o ejercicios de estilo, aforismos y máximas… Y lo que en música se conoce por bagatelas.

Las bagatelas son fragmentos musicales que no alcanzan el nivel de las sonatas o los poemas sinfónicos, piezas que no están colmadas ni resueltas y que a veces ni siquiera alcanzan el nivel de la variación. Por lo tanto, no sirven de mucho, seguramente porque nunca tuvieron un proyecto detrás y no tienen propósito alguno. Escúchese esta compilación de Beethoven, compositor que con bastante frecuencia me resulta desmedido y demasiado alemán en sus grandes obras sinfónicas y sus conciertos, pero que descubre su delicada capacidad de discriminar en las piezas breves, cuanto más tardías, mejor. Aquí, cada frase musical es un matiz discernido y expuesto.

La concisión en una bagatela puede ser extraordinaria. Hay una –la he escuchado hoy por casualidad en France Musique mientras pedaleaba en una bicicleta estática– que dura quince segundos. Ahí va el opus 119

Obsérvese que es una pieza entre las últimas que compuso Beethoven. Al final resulta que el artista (mejor dicho, el artesano sensible) descubre que el sentido –aquello que no se fabrica ni fragua ni se trafica sino que está allí, que ya estaba allí– y que no se puede dejar escapar, que es preciso atrapar en un trazo breve o en un instante milagroso, es siempre breve, volátil y circunstancial. Un kairós.

Solo en la vejez, que es el tiempo en que todo se desvanece, se reconoce el valor de esos instantes y se siente el imperativo de dejar constancia de ellos. Solo entonces el trabajo espiritual es tan intrascendente como una bagatela y se parece a una mancha de color que un hombre paleolítico estampa en la pared una caverna oscura o al mensaje que el náufrago (o el enamorado) garabatean y guardan en una botella para después arrojarla al mar.

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