SIMPLE

El célebre principio de parsimonia del franciscano Ockham, más conocido como “la navaja de Ockham”, enseña que entre varias descripciones posibles de acontecimientos naturales, la mejor es siempre la más simple. Así formulado, este principio ha sido empleado para descartar muchas teorías por abstrusas o por retorcidas o por ser inútilmente complejas en casi todos los campos del saber. La navaja de Ockham presupone que Dios no se anda con vueltas.

(Un poquito de parsimonia ockhamista –como los digestivos después de una comilona– siempre viene bien.)

Pero la navaja de Ockham también ha sido en muchas ocasiones cómplice de la ramplonería o de la pereza mental y de la vulgaridad en el pensamiento. En realidad, la idea de que la naturaleza es simple y no compleja (así como la idea inversa) es totalmente irracional. Las teorías son como los juegos: hay quienes los prefieren simples, con pocos movimientos gobernados por un puñado de reglas y otros, que –como sucede en informática– disfrutan aprendiendo una y otra vez nuevas reglas de juego casi tanto como jugando con ellas.

¿Es mejor una vida simple que otra atormentada o accidentada o muy compleja? Quiero decir, una vida compuesta por un trabajo estable y sencillo, sin riesgos, una pareja anodina y complaciente y de pocas luces, un club de barrio y un par de amigos de esos “de toda la vida” con los que hacer vida sana y deporte en horarios fijos. Pues sí, pero solo si tú mismo eres un “simple”. Ni el arte ni la literatura ni el pensamiento nacen de una existencia simple. Ninguna anomalía, disonancia o iluminación complacen a Ockham, porque su navaja es económica y así como corta toda explicación superflua (o maravillosa) con un solo tajo elimina todas las maravillas del mundo.

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