SOLO

En la soledad se dan como mínimo dos dimensiones diferentes de una experiencia que no obstante parecería ser la misma en todos los casos. El sentimiento de estar solo a primera vista es siempre el mismo. Hay aparentemente una única manera de estar solo. Sin embargo, hay una soledad de elección, en la que no se sufre; y otra, en cambio, que se sobrelleva. Nietzsche distinguía entre varios tipos de soledad, por ejemplo, en el Philosophen Buch anota la diferencia entre la soledad “de aquél que crea, la de quien espera y la de la vergüenza. El creador –el que escribe, pinta o compone– suele ser un individuo que trabaja solo, pero esta soledad, que es propia de su trabajo, no cuenta como tal. El trabajo creativo es una manera de sentirse acompañado: es the company we keep, una soledad que se vive pero que no se experimenta. Mejor dicho, es una soledad en la que no se sufre, como sí la sufre quien espera; y no digamos aquél que es acosado por el sentimiento de la vergüenza. Haber sido humillado conlleva la típica soledad heroica, como la de Áyax. Es una experiencia que yo conozco muy bien.

En los escritos póstumos Nietzsche amplía sus representaciones de la experiencia de la soledad: por ejemplo, habla acerca del estar solo con las tentaciones, cuando el sujeto se siente proyectado compulsivamente hacia sus propios deseos y se da cuenta de que está atrapado en y por ellos. O cuando el jefe comprende que su condición esencialmente le impide compartir la responsabilidad de una decisión. Y –añade Nietzsche– la soledad del enfermo. En efecto, la enfermedad empieza con la consciencia de una diferencia desconocida, un estado que hasta entonces era imposible imaginar y que se desencadena o se registra con la consciencia del propio aislamiento.

(Tú no sabes lo que es estar enfermo.)

En cualquier caso, la soledad se levanta o se esgrime como un ideal de conducta, un auténtico prurito de superioridad moral, cuando el solitario deja de sufrir por ello. Pero, ¿se puede no sufrir la soledad? Pessoa no piensa así:

Todavía no he conseguido no sufrir por causa de mi soledad. Tan difícil es conseguir aquella distinción del espíritu que permite al aislamiento ser un reposo sin angustia (Pessoa, Libro, 84).

Podemos proponernos estar solos tanto como queramos, pero no podemos evitar saber de nuestra soledad por la angustia. Y, como no hay ni puede darse un deseo o una voluntad de angustia, no puede haber un deseo o voluntad de soledad que sea auténtico. Por lo tanto, está claro que todos los solitarios vocacionales son unos falsarios.

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