LA RAMERA DEL TRAIDOR

Macbeth y Banquo cabalgan en busca del barón de Cawdor para ejecutarlo y cumplir así una sentencia del rey Duncan. La escena, como todo en esa tragedia, es tenebrosa.

–¿Has oído?
–Qué.
–Lo que ha dicho Banquo.
–¿Qué ha dicho?
–“La ramera del traidor”.
–Ah, pero eso no quiere decir nada: “la ramera del traidor” es la torpe traducción de una imprecación.

Sin embargo, todo significa algo; si no, no podría ser ni podríamos reconocerlo. Ser es significado. A veces es pura casualidad, contingencia absoluta, como el encuentro fortuito de dos signos o esa señal imprevista que nos asalta en la carretera; y otras veces es la desembocadura de una reflexión muy larga, el final de un cálculo tedioso como un asiento contable o como los interminables escolios de las exégesis bíblicas. Y no obstante cuando se consuma, el efecto en todos los casos es el mismo, como la chispa que despiden dos aceros al chocar uno con otro.

(Comparación de la que se valió Nietzsche para mostrar qué sucede cuando tiene lugar el conocimiento.)

The traitor’s whore… O sea la puta que ahora lo acompaña como su mujer. Has aprendido algo. Esa puta…, la que tú querías, traidor. ¿Cómo han conseguido juntarse un canalla y una mala mujer? Lo más probable es que se reconocieran en sus malos designios, como hacen los Macbeth tras el maleficio y desencadenan la tragedia.

(Vaya, ahora recuerdo que lady Macbeth es uno de esos arquetipos femeninos que las feministas –que no saben nada de las mujeres y solo atienden a su propio deseo de ser hombres– son incapaces de ver.)

La ramera y el traidor, como los Macbeth, se encuentran porque están hechos el uno para el otro, unidos por la impostura y la falta de escrúpulos: dos que se reconocen y se complacen y no temen hacerse mutuamente daño puesto que son como un destino, una consagración. Su unión es tan espantosa como necesaria y justa y, por lo demás, los convierte en santos. Ninguno de los dos es peor que el otro, son la misma escoria; y no eres el único en darse cuenta: When two saints meet it is a humbling experience..., escribió McCartney para describir el encuentro de John Lennon –un traidor– con su geisha.

Entiendes que una ramera y un traidor se eleven a la santidad ya que lo mismo sucede con las bacterias y los gérmenes que se neutralizan en las cloacas, pero no entiendes por qué, además, su encuentro ha de ser humbling

¿Humilde? ¿No será humillante?

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