EL ESPACIO Y EL LUGAR

Si te asomas desde lo alto de los muros en ruinas de la fortaleza de la Puebla de Almenábar y miras hacia las tierras aledañas que antaño fueron del Infante Don Juan Manuel o si oteas el horizonte en el castillo de Jadraque, que también se abre y domina los campos de Castilla, verás una comarca desangelada y mustia, barrida por los vientos helados de la meseta, en la que no parece aconsejable vivir. En los largos meses del verano esa misma comarca castellana que ahora ves helada se quema bajo un sol implacable que todo lo seca y se hace difícil el respirar. Tierra yerma, austera y poco generosa en la que casi nada hace pensar en una vida apacible o en la riqueza o en forma alguna de sosiego o de beatitud. En ella todo es adusto y serio e igual de señero y pobre como en tiempos de la Reconquista: una región que no es ni complaciente ni acogedora; tanto, que cuesta pensar que alguien pueda haberla escogido como propia.

Pero si la miras con atención aunque solo fuera para descubrir lo que no te gusta de ella, al rato la encontrarás sugestiva o impresionante o profunda; y es seguro que le reconocerás algún matiz o variedad de lo bello (kallein), porque no es el paisaje lo que inspira tu impresión sino tu atención la que acabará por investir un páramo de la condición de paisaje. Habrás hecho de ella un lugar y podrás narrarla, pintarla o cantarla, como si en ella hubiera algo tuyo.

Lo mismo le sucede al cabo de un tiempo al prisionero que de pronto aprende a ver cómo el brevísimo espacio de su celda se convierte en hogar; o como hizo Hölderlin con la vista sobre el Neckar que miraba desde la única ventana de su cuarto en sus años de locura y que describió no menos de una docena de veces en sus poemas tardíos. En cada mirada, en cada experiencia humana, que por fuerza es territorial, hay una sutil transfiguración. Un paraje cualquiera de un barrio suburbano puede dar una perspectiva inolvidable, un pedazo del desierto revelar otra dimensión del color; y aquel pequeño apartamento semejante a una cueva, medio escondido en un callejón oscuro y húmedo, que acogió apasionados encuentros amorosos, de pronto puede dejar de ser el anónimo rincón de un andurrial para convertirse en la alcoba real de un palacio que no cambiarías por ningún otro lugar del mundo.

Los hombres somos capaces de transformar un pedazo cualquiera del espacio en un lugar con solo habitarlo: creamos territorios, recintos, regiones, pagos, escenarios, lugares que son otras tantas versiones del hogar (oikos) ámbitos consagrados que se enaltecen o se añoran y se destacan con solo que un alma sensible los haya habitado, los haya compartido o los haya hecho suyos. En esta transformación del espacio sin lindes en humano lugar, tan cotidiana y tan simple, siempre hay algo de milagroso. Es un milagro que se repite cada vez que se decora o se construye una casa, cuando se funda una ciudad o cuando una comunidad reserva y constituye un recinto sagrado para que sirva de morada a un dios.

Y lo mismo que los baldíos castellanos cobran valor único a los ojos de quienes los habitan no es el espacio en sí lo que se impone a nuestra sensibilidad sino que todo sucede al revés: somos nosotros quienes lo hacemos distinto y le damos nombre de lugar. En un ensayo escrito en 1874 Robert L. Stevenson (Ensayos, Barcelona, pp. 131 passim) observa con su reconocida sagacidad que, en rigor, no puede existir comarca fea ni paisaje que afecte el pensamiento más de lo que éste afecta al paisaje. Que en todas partes, la naturaleza alrededor nos suscita simpatía y nos colma pero solo cuando es invocada y recreada por nuestra imaginación. Así lo hacen los viajeros desde tiempo inmemorial y así lo repiten, casi siempre sin saberlo, los turistas. Pasado un tiempo suficiente, apunta Stevenson, cualquier comarca nos sirve de casa y nos acoge o nos sirve de solaz:

Allí en el yermo y borrascoso Norte, he recibido tal vez mi impresión más fuerte de paz. Vi que el mar era enorme y calmo y en ese pequeño rincón la tierra se me mostraba viva y amable. (p. 140)

Podría pensarse que esta humanización del espacio, a menudo señalada por innumerables mojones y obras realizadas a veces por varias generaciones –terrazas, puentes, fortalezas, diques, parques, terraplenes, calzadas, etc.– solo persigue poner la naturaleza a nuestro servicio o para construir un habitáculo que permita a la especie sobrevivir, pero más bien es la prueba de que los hombres celebramos nuestra apropiación del espacio habitado como una especie de reencuentro. ¿Con la madre naturaleza como otro? Ah no: con nosotros mismos.

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