SOBRE LA MODA

Alguna vez he leído que existe cierta comunidad espiritual entre los modernos (la misma que tienen entre sí los antiguos con su sesgo específico) y, como cabe prever –puesto que todo lo espiritual tiene por su propia naturaleza una base material–, esa afinidad se muestra en las costumbres más banales y suele quedar retratada en la moda.

Hace tiempo encontré en las Memorias de ultratumba esta descripción de un dandy londinense que, con algún matiz de diferencia, podría serle aplicada a un individuo cualquiera perteneciente a alguna de las tribus urbanas contemporáneas:

En 1822 el fashionable debía presentar a simple vista la apariencia de un hombre desdichado y enfermo; debía tener un toque de desaliño en su persona, las uñas largas, la barba ni poblada ni afeitada, sino dejada a medio crecer como por sorpresa, por olvido, a causa de las preocupaciones que le producía su desesperación; mechón de pelo al viento, mirada profunda, sublime, perdida y fatal; labios contraídos en un mohín de desdén hacia la especie humana: corazón hastiado, byroniano, ahogado en el asco y el misterio del ser (Chateaubriand, Memorias, 1526).

Las coincidencias que guarda este retrato con la apariencia de algunos individuos à-la-page con que solemos cruzarnos todo el tiempo son harto significativas pero no deberían sorprender a nadie puesto que, en cierto sentido, son pocas las cosas que han cambiado en materia de costumbres en los últimos doscientos años. Por otra parte, desde hace más de un siglo las modas están en manos de una industria y son administradas por los grandes medios de comunicación y sus empresas subsidiarias (el cine y la publicidad), al tiempo que dan trabajo a un número enorme de periodistas que aplican su consabida pasión por el chismorreo a seguirlas, reproducirlas, comentarlas y difundirlas por todos los medios a su alcance. Y, naturalmente, esta permanente difusión de las costumbres contemporáneas como moda convierte lo que debería ser la expresión de una comunidad en casi un mandato o una regla que no hay manera de evitar y que se ha de seguir necesariamente para no quedar “pasado de moda”. Podría pensarse que por esta razón las modas carecen de valor como manifestación social puesto que han perdido la necesaria espontaneidad que quizá tenían los modales lánguidos y la pinta desaseada que mostraban los fashionables londinenses de comienzos del siglo XIX. Parecería que la moda ya no tiene como antaño el valor de signo de un estado de cosas en la sociedad. Mejor dicho: que no es más que moda. El hecho mismo de que en su mayoría sean la repetición de alguna manifestación o veleidad precedente hace que la moda sea trivial y hasta tonta (que por eso mismo interesa tanto a los periodistas, pues les sirve para ahorrarse tener que reflexionar acerca de ella); pero justamente esta condición es lo que la convierte en relevante desde un punto de vista sociológico puesto que revela que lo propio de los tiempos modernos no es la reinvención de sus fundamentos sino su repetición permanente, pauta que –de forma significativa– viene a desautorizar una de las pretensiones fundamentales de la ideología de la modernez: la novedad, la moderna fascinación por lo nuevo, que es desmentida una y otra vez por la moda y sus permanentes ciclos y reciclados, sus reiteradas revoluciones.

¿No será que lo verdaderamente significativo de nuestra manera de vivir actual es la contradicción entre la consabida pulsión por lo nuevo y su realización en sistemas de signos que se repiten, así como las prácticas que trasiegan con ellos para disfrazarlos de novedad? ¿No será que eso es lo que debería llamarnos la atención a la hora de declararnos modernos?

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