CONTINUAR

Llego al circuito como muchas otras mañanas, para cumplir con el rito estúpido de trotar por un sendero de grava pintado de rojo que alguien ha trazado siguiendo el perímetro de una superficie que ocupa algo más que una manzana cualquiera de la ciudad. En el centro del recinto hay instalaciones deportivas varias: tres o cuatro canchas de paddle y tenis, una pista de prácticas de golf, etc. y dependencias municipales cuya función desconozco. Como yo, allí se citan un número variable de individuos para hacer lo mismo: unos caminan con displicencia por el sendero de grava y otros lo hacen con energía, al trote o a la carrera. Van vestidos de forma estrafalaria: en invierno se enfundan en sudaderas de capucha, leotardos, guantes y las inevitables zapatillas deportivas; en verano, visten pantalones cortos y camisetas de tirantes y –los que quieren añadir al ejercicio la pérdida artificial de peso a través de la deshidratación– unas mallas de material sintético que parecen instrumentos de tortura. Lucen gorras de visera, vinchas, pañuelos de colores chillones y muchos de ellos se mantienen aislados del medio que los rodea con la ayuda de audífonos conectados a teléfonos y aparatos portátiles de música. En su mayoría siguen el circuito en el sentido contrario a las agujas del reloj, costumbre que probablemente indica que actúan de acuerdo con alguna pauta inconsciente o incluso geofísica: quizá influya de manera inadvertida el polo magnético terrestre que corresponde a la latitud en la que nos encontramos. Yo hago como los demás, para no desentonar. Como en tantas otras ocasiones las costumbres del rebaño humano las dicta la imitación. Hacemos lo mismo pero simulamos hacerlo de modo diferente y, si es posible, en un ambiente concentrado y circunspecto. En cualquier caso, está claro estamos allí para romper con los hábitos urbanos sedentarios o –como suele decirse– para entrenar.

¿Entrenar para qué? Ninguno de los que recorremos el circuito –y los hay de todas las edades, clases y condición física– parece que vaya a competir; tampoco, por cierto, yo mismo. El entrenamiento, por llamarlo así de acuerdo con el tópico, carece de finalidad o de propósito y se lleva adelante con la intención de “mantenerse en forma” y continuar.

Un día me detengo a observar eso mismo, que la estúpida repetición de este entrenamiento sin propósito solo persigue que los que entrenan puedan continuar. ¿Pero qué es lo que ha de continuar? ¿El entrenamiento o algo otro? Y pienso que si este entrenamiento no tiene razón ni objetivo claro que no sea el de autosostenerse entrenando, quizá eso otro para lo cual se supone que sirve entrenarse tampoco lo tenga. Y entonces se me revela la inmensa estupidez que encierra el continuar, aunque no pueda evitar dejar de hacerlo; lo que necesariamente acaba en un reproche que me hago a mí mismo porque me avergüenza comprobar que he sido estúpido. 

(No es verdad, podría dejarlo y no continuar, pero esa decisión radical tendría tan poco sentido o finalidad como lo tiene continuar. Y también eso sería estúpido.)

Entonces recuerdo las veinte líneas finales de The Unnamable de Samuel Beckett, hermético artefacto que debería haber sido traducido como “Lo innombrable” o “Lo que no tiene nombre” y no como lo traduce Santos Torroella –“El Innombrable”–, personalizado como el Dios de la Cábala.

Cito el inquietante pasaje final en una versión mía:

[…] no lo sé, quizás sea un sueño, todo sea un sueño, me sorprendería, me despertaré en el silencio y nunca más me volveré a dormir, será yo, o sueño, soñar de nuevo, soñar un silencio, un sueño de silencio, lleno de murmullos, no lo sé, todo palabras, no despertar jamás, todo palabras, nada más, tienes que continuar, es todo lo que sé, sé muy bien que van a pararse, puedo sentirlo, van a abandonarme, será el silencio, por un momento, unos pocos momentos, o será el mío, lo que dura, no duró, todavía dura, será yo, tienes que continuar, no puedo continuar, tienes que continuar, continuaré, dilo con palabras, mientras haya alguien, hasta que me encuentren, hasta que me digan, extraño dolor, extraño pecado, tienes que continuar, quizá ya esté, tal vez ya me hayan dicho, quizá me han llevado hasta el umbral de mi historia, antes de la puerta que se abre sobre mi historia, me sorprendería, si se abre, será yo, será el silencio, donde estoy, no lo sé, nunca lo sabré, en el silencio no lo sabes, tienes que continuar, no puedo continuar, continuaré.
(Beckett, Samuel. Molloy – Malone Dies – The Unnamable. Con una introducción de Gabriel Josipovici. Nueva York & Toronto: Alfred A. Knopf, 1993, p. 476.)

Larga salmodia de incertidumbres y perplejidades que no obstante se sostiene, tal como sugiere Beckett, en la ciega pulsión de continuar, que es lo auténticamente innombrable, lo que no tiene nombre.

Y recuerdo también que el continuar es un viejo conocido de la filosofía: en un ser vivo designa el lugar de la voluntad (?) de vida, lo que lo que los biólogos, a falta de una idea mejor, llaman instinto de autoconservación. Es la libido freudiana, pero referida en aquello que no es el deseo sino en lo que Spinoza llamó conato con mayor precisión (connatus sesse conservandi) por semejanza con la inercia de los físicos. ¡Por cierto, qué noción tan metafísica, la llamada “inercia”! No solo designa un efecto del movimiento de un cuerpo que tiende a sostenerse mientras no lo impida una fuerza extraña sino además aquello que supuestamente hace que una cosa inerte siga inerte, quieta, inmóvil, que permanezca y, en este sentido, que continúe tal como es y tal como está.

(Continuar, pues, es otra manera de hablar acerca del ser, del estar allí.)

En Spinoza, como es previsible y hasta cierto punto lógico, su conato es una de las evidencias de ese Dios tan poco divino que aparece descrito en su teología judaizante. ¿Qué potencia sino la de Dios puede hacer que continuemos o que eso que está allí siga allí? ¿Acaso lo que nos hace continuar en el circuito de entrenamiento es Dios? No lo parece. Sin embargo, de todas las aproximaciones posibles al continuar en sentido existencial, el conato es la que más se ajusta a lo que hacemos: de hecho, yo lo he sentido, lo he visto expuesto ante mí; y no solo como potencia o fuerza vital que me (nos) hace continuar sino además como algo estúpido. 

(¿Cómo es que no lo veo así todo el tiempo? No puedo ser tan estúpido.)

Pongamos que la experiencia de la vida sea el continuar sin consciencia; y que la muerte –esto es conjetura– sea pura inercia, es decir, la otra manera del continuar y de no tener consciencia de lo mismo. Una vez establecida la consciencia de eso que normalmente está oculto: ¿acaso no debería escoger entre uno u otro estado? La elección es ciega porque no parece que haya diferencia: cambiaría mi estado de inconsciencia pero no el continuar. Mi inútil meditación llega al mismo punto de catástrofe al que llegó Beckett: ¿continúo o no? Y de pronto comprendo que, sin darme cuenta, he vuelto al circuito de entrenamiento: mi propia incertidumbre muestra que de nuevo lo estoy continuando.

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