ANOMALÍA

“Anomalía” es una palabra bella. Si no fuera que suele aparecer rodeada de cuestiones técnicas y jurídicas, podría dar nombre a una mujer. La definición académica de “anomalía” reza: “Desviación o discrepancia de una regla o de un uso”, pero está inspirada en el uso moderno y corriente, casi periodístico, del término. Una anomalía no es solo lo que se sale de una regla o la rompe sino lo que se da no obstante no estar comprendido como caso en nomos alguno. Y en este contexto nomos no solo quiere decir “pauta habitual” o “costumbre” sino cierto orden del mundo. La anomalía tiene, pues, algo de extraño e inesperado y de insoslayable puesto que es lo no contemplado o lo imprevisto y que sin embargo no se puede apartar puesto que se hace desde fuera de las reglas, como ocurre con lo escandaloso.

Más neutral podría ser definir anomalía como un accidente cualquiera en una serie. Que sea accidental sugiere que el caso anómalo, además de ser no contemplado, ha de ser fortuito; es decir, una contingencia. Así han sido la enorme mayoría de las anomalías en todos los planos posibles de la experiencia. Como aquella sobre la que llamó la atención Galileo para desmontar la física de Aristóteles: la extraña órbita que describía Marte cuando de pronto parecía moverse hacia atrás, lo que desencajaba los cálculos astronómicos hechos de acuerdo con el esquema geocéntrico y las órbitas circulares ptolemaicas. De pronto la posición de Marte en el cielo era casi indeterminable e inconsistente.

Si, por definición, una serie de acontecimientos se establece porque se ajustan a regla, la ruptura de la regla determina el caso anómalo como accidente. El descubrimiento de América –por ejemplo– es una típica anomalía, siempre y cuando demos por cierto que Colón y sus hombres hicieron la travesía del Atlántico convencidos de que por ese medio llegarían a la India y que de ningún modo esperaban encontrarse con un continente desconocido.

(Lo que no está del todo claro. La dimensión colosal de la “omisión” de América en la cultura europea anterior a 1492 es inquietante. No solo porque un mundo sin patatas ni tomates ni café es inconcebible, sino además por la envergadura del olvido. ¿Por qué no pensar que seguramente algo semejante se olvida o se omite en estos mismos momentos? ¿Cuál será la “América” que corresponde a nuestra época y que hemos pasado por alto?)

Admitamos que el descubrimiento de América fue, en efecto, un accidente. Sin embargo, otros episodios históricos recientes bastante sonados, como el colapso de la URSS o la elección de un presidente de raza negra en los EE.UU, aunque también parecen anomalías en sus respectivas series no deberían ser considerados tales. A diferencia del Imperio Romano de Occidente, cuya “caída” es un mito imaginado por Gibbon, el imperio soviético se descompuso, su implosión no fue una anomalía sino la reinscripción de Rusia en otra serie histórica, urdida por la alianza de una británica diabólica con un traidor. Y la elección de Obama como presidente, por inverosímil que parezca en un país tan racista como los EE.UU, no es una extravagancia de la historia.

No es verdad que los EE.UU sean tan racistas como los pintan.

Puede que el resultado de los comicios que desembocaron en la elección de Obama haya sido inesperado pero –no nos engañemos– unas elecciones presidenciales nunca son casuales. Que consideremos casual este episodio solo demuestra que desconocemos el comienzo o el final de la serie en que está inscrito como acontecimiento. No. La presidencia de Obama es sorprendente pero no es una anomalía en la tradición democrática norteamericana como sí lo es la súbita aparición de todo un continente allí donde antes no había nada.

Consideremos ahora el mundo del arte, un contexto donde suelen ser habituales las anomalías. La súbita incorporación de la fealdad cubista a un campo de expresión hasta ese momento dominado por el esteticismo es sin duda un hecho anómalo. Su hecho desencadenante fue Les demoiselles d’Avignon, obra que es auténtica piedra de toque en el arte contemporáneo. Dejando a un lado la ruptura de la forma, su temática episódica –reproduce el interior de un prostíbulo en la calle de Aviñón en Barcelona–, incluso su tratamiento del color, etc., lo más significativo de este cuadro es que Picasso lo compuso en la misma época en que pintaba sus trabajos del llamado periodo azul. O sea que fue deliberado. Su gesto incorpora un elemento insólito en la serie, pero lo verdaderamente revolucionario –y, por lo tanto, lo anómalo– fue que esas prostitutas fueran reproducidas descompuestas a propósito. Con esta obra Picasso abrió paso a la producción deliberada de anomalías en la historia del arte, lo que supuso reconducir toda la serie conocida como historia o tradición del arte del arte occidental y, a la postre, contribuyó de forma decisiva a obliterarla porque lo hizo colocándose fuera de ella. A partir de ese momento toda innovación artística se autodeterminó como anomalía deliberada y el gesto picassiano se convirtió en pauta o mot d’ordre del llamado “arte de vanguardia”, extendiéndose más tarde al conjunto de la práctica del arte en todos sus ámbitos. Su lema no escrito e implícito fue “Puesto que puede hacerse, debe hacerse.”

Y tras el arte vino la ciencia, la técnica, la familia, la gastronomía, la política…

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