AMIGOS Y ENEMIGOS

Una gama enorme de decisiones –unas políticas y otras no tanto– se toman sobre la base de la célebre distinción entre amigo y enemigo, que Carl Schmitt, jurista católico de diabólica inteligencia, estableció como fundamento de relaciones humanas. Hacer esta observación, lo mismo que su compromiso con el Tercer Reich, le supuso un descrédito intelectual casi unánime. Toda su vida hubo de arrastrar la acusación de haberse desempeñado como el ideólogo de un régimen genocida que trajo la guerra y la destrucción a Europa. Sin embargo, pese a que sus argumentos sirvieron para justificar la agresiva política exterior del nazismo, desde su primaria exposición en 1928 El concepto de lo político mantiene intacta su extraña transparencia con relación a un asunto tan correoso y cargado de prejuicios y malos entendidos como es la política. 

Merece la pena repasar sus principales tesis. 

1. La distinción política primaria es amigo/enemigo, paralela a las demás distinciones culturales fundamentales (bello/feo, bueno/malo, útil/dañino, propio/ajeno, etc.) que los hombres establecen para relacionarse entre sí, pero no puede ni debe reducirse a éstas, lo que en el fondo significa que no es tan caprichosa ni ha de ser tenida por circunstancial. Schmitt no presume de ser original en este contexto. Se limita a sintetizar una práctica que el Imperio romano aplicó durante siglos como pauta para relacionarse con los demás pueblos.

2. Lo fundamental en esta distinción no es su intransigencia, que supuestamente se apoya en una arbitrariedad, sino su carácter diferencial o diferenciador. En esencia consiste en la determinación de una otredad: el enemigo es otro y tanto da que se lo considere extranjero, de costumbres distintas o monstruoso. El amigo, en cambio, es como nosotros.

3. En la medida en que pretende integrar la política y la economía en el marco de un ideal común, el liberalismo siempre ha querido disolver esta distinción por la vía de convertir al enemigo/otro a la condición de un competidor o de un adversario que se integra en una discusión o negociación. El amigo de los liberales es un socio potencial; y el enemigo, un contendiente en acto.

4.- Pero ese matiz fue previsto por Schmitt, quien advierte que una cosa es el inimicus, el adversario o rival, y otra muy distinta el hostis que busca hacernos daño, matiz que también era señalado por los romanos. Se puede escatimar la atribución de la condición de enemigo, pero no se puede impedir que sobreviva como otro. El enemigo siempre es otro y su supervivencia se realiza a costa de la nuestra.

5.- Las actitudes que los hombres adoptan frente a sus enemigos, en tanto que comportamiento pautado por un agrupamiento humano, es lo que Schmitt considera política. Por consiguiente, toda distinción entre política de Estado y política de partido es a fin de cuentas absurda, porque en términos estrictos sólo hay política de Estado, es decir, relaciones de enemistad, de vida o muerte, como la hobbesiana “guerra de todos contra todos”.

6.- ¿Y cómo son esas relaciones? Igual que pensaba Hobbes, el lenguaje o el intercambio con el enemigo adopta la forma de la guerra. Por lo tanto, la guerra es siempre posible, mejor dicho, es virtual: no es tanto inminente como inmanente en las relaciones humanas. De ahí que la posibilidad de una neutralidad sea irreal y radicalmente improcedente. En la medida en que la distinción básica queda establecida en virtud de la diferencia entre amigo y enemigo, la neutralidad (y el consenso es una expectativa ilusoria de neutralidad) equivale de hecho a suprimir las distinciones políticas. En suma, el consenso suprime la política. Por consiguiente, lo que es neutral no es político.

7.- La guerra nunca persigue la consumación de motivos o propósitos religiosos, económicos, confesionales, culturales o jurídicos, sino que siempre es lucha a muerte por la supervivencia. Solo la muerte del enemigo garantiza la supervivencia propia. Por esta razón, no tiene sentido invocar la guerra justa pues en cierto modo todas las guerras lo son. Schmitt no era en absoluto antibelicista. No hay guerra justa significa que no es necesario invocar una razón para hacer la guerra sino que esta es la extensión máxima del interés propio y colectivo contra el otro. Por lo tanto Si vis pacem para bellum.

8.- Sólo hay una unidad política, la que se constituye para la defensa contra la amenaza del enemigo, por consiguiente el Estado universal es imposible puesto que no puede haber un enemigo de la humanidad.

9.-Asimismo, tampoco puede haber un derecho que juzgue los actos de los estados enemigos puesto que no es realizable una unidad política capaz de aplicar ese nomos. La política, por consiguiente, es ciega.

* * *

Por regla y por principio tiendo a no dar por cierta una fórmula ideológicamente consistente, cualquiera que sea. La solidez de un argumento, sobre todo si está fundada en su coherencia racional siempre me resulta sospechosa. Y no debería hacer una excepción en este caso.

Sin embargo, hay cuando menos dos aspectos del concepto de lo político de Carl Schmitt que resulta imposible pasar por alto. El primero atañe a la condición de otro. Incluso si admitimos que la distinción amigo/enemigo es esencialmente moral (lo que no es del todo exacto) y, por lo tanto, interesada, la imposición de la otredad no puede ser soslayada en las relaciones sociales pues no hay determinación sin diferencia (o sin negación, como dictaminó Spinoza y, más tarde, Hegel recordaba una y otra vez). La (no)afinidad de uno con respecto al otro es la relación misma. Esto se comprueba en el nivel colectivo pero es sobre todo evidente en el plano individual. Es imposible entablar una relación con un semejante, cualquiera que sea, sin experimentar hacia él alguna clase de sentimientos. No existe relación que no sea interesada, lo que no implica afirmar que toda relación sea egoísta, como pensaba Freud e implícitamente presupone Schmitt. La afirmación del otro como otro es el comienzo de la reflexión y la puesta en obra de lo imaginario (por ejemplo, la condición de amigo o de enemigo es en todos los casos imaginaria) y el punto de partida de la guerra pero también lo es de la cultura/civilización. 

El segundo aspecto a resaltar es que la distinción del concepto de lo político no es simple sino doblemente política. Primero presupone la diferencia entre amigo y enemigo con relación al bien, pero enseguida se restablece en un segundo plano de diferencia al discernir entre inimicus y hostis. A mi juicio –y admito que esta pueda ser una observación superficial– este y no el primer discernimiento es el lugar natural de la política. En la primera distinción, que determina al otro como tal, ninguna decisión es reversible; y de hecho, esta decisión es única. En cambio en la segunda instancia las decisiones son múltiples y siempre son revisables puesto que son volubles y deliberadas: en este contexto, un enemigo mortal puede convertirse en un adversario o en un aliado; y viceversa. 

Y esto es la esencia misma de la política.

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