PUDOR

El pudor es un de los sentimientos más desagradables que puede experimentarse: descubrir, por fuerza demasiado tarde, un desatino cometido desapercibidamente, es descubrir al mismo tiempo que el otro lo percibió y no dijo nada, y que en los encuentros posteriores, en los siguientes intercambios, o en los instantes sucesivos, ese error formaba parte de la imagen que el otro tenía de nosotros sin que lo supiéramos.

Por lo general solemos confiar en prever, o en poder imaginar aunque de un modo vago, cómo nos ve el otro, puesto que sabemos qué le mostramos. Podemos no saber cómo lo recibe, pero sabemos el catálogo de gestos, de comentarios, de confesiones o de guiños a partir de los que construye su imprevisible y desconocida impresión de nosotros.

Sin embargo hay ocasiones en que el otro ha visto algo que no sabemos que exhibíamos. En ese caso es mejor ya no saberlo nunca, porque al descubrir cómo el otro asistió a algo que no actuábamos para su mirada sino sólo para nosotros, o incluso para otro —con quien tenemos otro lenguaje privado, otra intimidad, otro registro, otro tono, con quien tenemos tal vez más confianza y, al fin, con quienes somos otra máscara— nos invade la sensación de haber sido descubiertos en falta, de haber puesto en evidencia nuestra condición de mentirosos. Y aunque cualquiera sabe que sólo conoce una parte del otro, no es menos cierto que testimoniar algo que no iba dirigido a su persona debe de producir una impresión desagradable, como cuando uno, sin saber que el baño al que acude está ocupado, abre la puerta y encuentra a un individuo sentado en la taza del retrete. Y del mismo modo nos sentimos nosotros, avergonzados, sorprendidos en el momento más inesperado, en una actitud secreta, de la que no queremos participar a los otros en buena medida porque suponemos que los otros prefieren que la ocultemos.

Sentimos pudor, entonces, por haber obligado al otro a ver algo que no quería, algo que lo incomoda y lo avergüenza tanto como a nosotros. El pudor sólo llega cuando nos ponemos en el lugar del otro, momento en que reparamos de veras en la existencia de una mirada ajena. Mientras existe como espectador voluntario de nuestro deliberado espectáculo todo está en su sitio. Pero si nos exhibimos por error , obligamos a mirar sin pedir permiso, sin contar con la connivencia del espectador, y sentimos que hemos traicionado, sin querer, un pacto tácito. El sentimiento del pudor es pariente de la torpeza pública y notoria. Puesto que ella incomoda mucho a los espectadores, nos sentimos incómodos por la incomodidad que les hemos causado, por ser los responsables, los culpables, del mal rato que les hemos impuesto.

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