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¿Quién controla el relato? La industria del libro africana entre la dependencia global

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Dolors Ortega
Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas y de Estudios Ingleses
Universitat de Barcelona


The African book industry: trends, challenges & opportunities for growth. Paris: Unesco, 2025. 249 p. Disponible también en línea en: https://doi.org/10.58337/EDUG1920. ISBN 978-92-3-100769-9.


Cuando pensamos en literatura africana, a menudo nos vienen a la cabeza grandes nombres que han marcado el canon mundial: Chinua Achebe, Amos Tutuola, Ngũgĩ wa Thiong’o, Nadine Gordimer, Wole Soyinka o, más recientemente, Abdulrazak Gurnah, Tsitsi Dangarembga y Chimamanda Ngozi Adichie. Sin embargo, detrás de estas voces que han traspasado fronteras hay una realidad bastante compleja: una industria del libro desigual, frágil en muchos aspectos, pero con un potencial creativo y económico inmenso. Precisamente esto es lo que analiza con una profundidad inédita el informe The African Book Industry: Trends, Challenges & Opportunities for Growth, publicado por la Unesco en 2025.

Este estudio es el primero que ofrece una cartografía completa del sector del libro en los 54 países africanos, y lo hace con una mirada que combina datos económicos, análisis cultural y propuestas políticas. No se trata solo de un informe técnico: es también una declaración de principios sobre el derecho de África a escribir un relato propio, a leer en las lenguas propias y a construir un ecosistema cultural sostenible.

Esta es una industria menor en cifras, pero con un potencial muy significativo. Uno de los datos que más sorprenden es que África solo representa el 5,4 % del mercado editorial mundial, a pesar de concentrar cerca del 18 % de la población del planeta. El sector genera unos 7.000 millones de dólares anuales, una cifra modesta en comparación con Europa o Estados Unidos, dado que en la mayoría de países africanos se observa la ausencia de apoyo institucional (el 90 % no tienen un marco legal destinado a la industria editorial), una falta de mecanismos estructurados de financiación, un acceso limitado al libro con un número muy reducido de librerías y bibliotecas, así como un sector deficitario, con más libro importado extranjero que libro local de exportación (el 46 % de los países africanos no tienen una agencia ISBN nacional, lo cual dificulta la estandarización de la industria editorial de un país).

Ahora bien, a pesar de esta aparente debilidad, y a causa, en parte, de este último elemento, el informe insiste en que estos datos son conservadores; una gran parte de la actividad editorial africana es informal, difícil de medir, y a menudo queda fuera de las estadísticas oficiales. El informe indica que la industria del libro en África es un sector en expansión, y que así lo demuestran tendencias como el creciente número de asociaciones, festivales, ferias, premios y la incorporación de nuevos formatos (digital) y géneros (como por ejemplo, la novela gráfica).

La Unesco estima que, con políticas adecuadas, el mercado africano del libro podría alcanzar cotas muy competitivas a escala global. No se trata de una predicción optimista sin fundamento: es el resultado de analizar la demografía, la expansión de la educación obligatoria y la demanda creciente de materiales didácticos. Así, uno de los elementos centrales del informe es el papel dominante de la edición educativa, que representa cerca del 70 % de la producción editorial africana. En muchos países, los libros escolares son prácticamente el único segmento rentable, lo que condiciona toda la cadena del libro, en parte, porque la literatura de creación (novela, poesía, ensayo) a menudo depende de subvenciones, iniciativas independientes o editoriales extranjeras. Sin embargo, hay excepciones significativas. El norte de África, especialmente Egipto y Marruecos, presenta un mercado de libro comercial mucho más equilibrado, con una presencia destacada de narrativa, ensayo y traducciones. Esto demuestra que no hay un único modelo africano, sino realidades editoriales muy diversas, condicionadas por la historia, la lengua, las políticas públicas y el grado de industrialización.

Uno de los diagnósticos más contundentes del informe es la fuerte dependencia de África de los mercados editoriales europeos, sobre todo de Francia y el Reino Unido, particularmente pronunciada en la edición educativa. El continente importa muchos más libros de los que exporta, con un déficit comercial del 76 %. Esta situación no solo tiene consecuencias económicas, sino también culturales, ya que gran parte de los libros disponibles no reflejan la diversidad lingüística y cultural africana. Es especialmente revelador que, en un continente con más de 2.000 lenguas, la mayoría de publicaciones se hagan en inglés, francés o portugués. El informe subraya que la falta de publicación en lenguas locales no es solo un problema editorial, sino también educativo y social, ya que muchos niños comienzan la escolarización en una lengua que no es su materna.

A este hecho hay que añadirle la dificultad en la distribución y el acceso al libro. En todo el continente africano hay aproximadamente 13.000 librerías, una cifra muy baja si tenemos en cuenta la población total. En algunos países, hay una sola librería por cada 100.000 habitantes o más. La situación de las bibliotecas públicas es aún peor, con un número aproximado de 8.000 bibliotecas públicas en todo el continente. A pesar de iniciativas destacables en Sudáfrica o Kenia, el número de bibliotecas es insuficiente y su distribución, muy desigual. El coste de los libros es una barrera para el acceso a la lectura y, aunque las bibliotecas públicas son clave para fomentar una cultura lectora y de curiosidad intelectual, su potencial está poco explotado por la falta de inversión gubernamental. El informe defiende que invertir en librerías y bibliotecas es una condición imprescindible para crear lectores, consolidar mercados locales y garantizar el derecho a la cultura. Del mismo modo, el informe también destaca el vacío en la educación y la formación formales del sector editorial, que requiere inversión de los gobiernos y las instituciones educativas en vías académicas de edición para crear una fuerza laboral profesional e innovadora.

Frente a estas limitaciones estructurales, el libro digital y el audiolibro aparecen como una oportunidad clave. Plataformas africanas como Akoobooks (Ghana) o NENA (Senegal) demuestran que es posible saltarse algunos obstáculos tradicionales de distribución y llegar a lectores de zonas rurales o de la diáspora. Sin embargo, el informe no muestra un entusiasmo excesivo, dado que el acceso desigual a Internet, el coste de los dispositivos y la falta de marcos legales claros siguen siendo retos importantes. A pesar de ello, el sector digital es uno de los espacios donde se detecta más innovación y liderazgo joven, a menudo impulsado por profesionales formados en el extranjero que deciden regresar e invertir en sus países.

El informe también destaca el auge de géneros como la literatura infantil y juvenil, el cómic y la novela gráfica, especialmente entre lectores y lectoras jóvenes. Festivales, premios literarios y ferias del libro contribuyen a dar visibilidad internacional a estas nuevas voces, y a crear un ecosistema cultural cada vez más conectado.

Este estudio se cierra con una última y breve sección que ofrece una panorámica de la evolución de la literatura africana, desde las tradiciones orales precoloniales hasta la producción contemporánea, mostrando cómo la escritura ha sido un espacio central de resistencia al colonialismo, de crítica a los regímenes posindependencia, de reflexión sobre la identidad, la memoria, el exilio y la modernidad, y cómo, especialmente desde finales del siglo XX, se ha enriquecido con voces globales, híbridas y una aportación fundamental de las escritoras africanas, que han situado en el centro las experiencias femeninas, el feminismo africano y la recuperación de memorias silenciadas.

Desde nuestro contexto, este informe de la Unesco es una lectura especialmente relevante. Nos recuerda que el libro no es solo un objeto cultural, sino una infraestructura de pensamiento y un espacio de soberanía o autodeterminación simbólica. También nos invita a revisar las relaciones Norte-Sur en el mundo editorial: qué traducimos, qué distribuimos, qué voces escuchamos y cuáles siguen siendo marginales.

Su lectura nos interpela directamente. El futuro del libro africano no depende del talento, que ya existe, sino de las estructuras que permitan que ese talento llegue a lectores y lectoras. Y en ese reto, editores, libreros, bibliotecarios y lectores de todo el mundo también jugamos un papel clave.

 

Esta reseña se publica junto con el Blog de la Escuela de Librería.
© Imagen inicial generada con inteligencia artificial (DALL·E, OpenAI).