2008

EXPERIENCIA

Detesto la muy difundida (y pedante) costumbre de recurrir a palabras en alemán para decir lo que bien puede expresarse en español, pero no veo otra manera de apuntar el matiz que separa dos conceptos de experiencia. Los alemanes distinguen entre Erfahrung (experiencia de algo que pasa y de la que tenemos conciencia por una sensación) y Erlebnis (el modo en que alguien vive algo que le sucede; que puede o no ser sensacional pero que, desde luego, no es algo corriente). Es obvio que una Erfahrung puede ser (o no) Erlebnis y que no toda Erlebnis implica una sensación; y que la primera suele ser trivial o más pedestre mientras que la segunda tiene un aire como de “vivencia”…, horrible palabra española que, por su pomposa cursilería, tiene todos los visos de haber sido inventada por Ortega y Gasset.

O sea que si se pretende filosofar “a la alemana” cabe distinguir entre dos modalidades de la experiencia: la del mero acontecer fáctico (por ejemplo: “tengo hambre”; o “me duele el dedo gordo del pie”; o “me han robado la VISA”, etc.; y la del sentido que, como apuntan una y otra vez los filosofantes afrancesados, diferencia entre hecho y acontecimiento: la diferencia entre lo que pasa y lo que (nos) pasa, cuestión un tanto retórica acerca de la cual solía reflexionar –a mi juicio de forma quizá algo innecesariamente solemne– Miguel Morey. Las Erfahrungen son cotidianas, experiencias de estar por casa que refieren estados de cosas en el mundo. En cambio, las Erlebnisse son relevantes, siempre significativas, trascendentes e insoslayables. Típicas Erlebnisse son, por ejemplo, “descubrir” –emulando el espíritu de Leibniz– que hay algo y no más bien nada, o conocer el amor-pasión, la angustia de muerte o la soledad, o dar un buen día con la lectura de Wallace Stevens, circunstancias “experienciales” de las que se supone que uno no sale igual que entró.

Según comenta Pierre Hadot, (cfr. Wittgenstein y los límites del lenguaje. Valencia, 2007, p. 35) el joven Wittgenstein –el del Tractatus– echó mano de esta distinción para definir dos modos alternativos de renunciar a la filosofía: la vida (la serie de contingencias que componen otras tantas Erfahrungen, experiencias que se pueden describir y aquilatar) y la mística (limitada a una única y definitiva Erlebnis excluyente: la experiencia del silencio). Curiosamente, en esta oposición entre vida y mística que da Wittgenstein la una se coloca en las antípodas de la otra, pero ambas coinciden en dejarnos sin filosofía. En efecto, tal como formula el Tractatus, lo que un individuo más o menos espiritual vive –es decir, lo que ama, teme, anhela, duda, espera, etc.– no puede pensarlo como hecho del mundo; y en cambio, lo que sucede y es “hecho” porque acontece, o sea, lo fáctico, está determinado a aparecer como experiencia ajena, es decir, algo que “le pasa” al mundo y, por tanto, hay que tenerlo por muerto. Quizá aquí esté la razón por la que el análisis sea una filosofía muerta (o la muerte de la filosofía en manos de los metodólogos) y la mística no sea pensamiento en absoluto y, en cambio, a menudo derive peligrosamente hasta desembocar en la charlatanería New Age.

En cualquier caso, es significativo que un hombre tan inteligente como Wittgenstein concibiera de forma perversa dos característicos caminos sin salida para entender lo que es experiencia.

(Pero… ¿qué es experiencia?)

SOBRE ARTE

Puesto que hace ya muchísimo tiempo que las llamadas “obras de arte” son autorreferentes, la reflexión acerca del arte empieza a parecerse a una forma sofisticada de tontería. ¿Qué utilidad o sentido tiene para la razón reflexionar sobre objetos que, en sí y por sí, son resultado de una reflexión o, ellos mismos, reflexivos o reflexionantes? Fuera de su función institucional, ¿para qué sirve el oficio del “crítico de arte”? Probablemente para encubrir alguna intención inconfesable, tapadera de un mercader. Véase, si no, el caso de Diderot, que fue quien inventó el género. Sus Salones, publicados durante años en la Correspondance Littéraire, resumen su prodigiosa capacidad de observación y su característico entusiasmo de connoisseur, tanto como sirvieron para que sus amigos Grimm y Meister vendiesen cuadros al puñado de selectos suscriptores –tan nobles y ricos como ignorantes e ingenuos– de ese boletín.

Sin embargo, la cuestión sobre la diferencia de una obra de arte –en definitiva, la propia existencia de algo que consideramos “arte”– ese es un asunto de extraordinaria relevancia; no sé si teórica, pero sí ontológica. Una formidable cuestión.

Entiéndaseme bien: lo filosófico no es el punto de vista estético con que se suele describir el contacto con el arte, ni la propia definición de arte, que, como sabemos, es algo muy reciente y que, a fin de cuentas, ha demostrado ser irresoluble. Lo que preocupa a la filosofía, lo verdaderamente escandaloso, es que pueda concebirse algo como una “obra de arte”; es decir, que se haya señalado ese objeto absolutamente singular cuya diferencia, no obstante, sólo puede explicarla el objeto mismo. No es el arte –y sus derivados subsidiarios: la teoría, la crítica y la historia– lo que debería importarnos, sino la obra de arte misma; y, sobre todo, el que hayamos llegado a concebir la existencia de semejante objeto sin haber experimentado de él nada significativo o nada diferente de lo ordinario, descontadas las fantasías que escribía Diderot en sus Salones a propósito de lo que veía. Porque la obra de arte no enseña ninguna manera especial de sentir o de experimentar una parte del mundo, enseña una manera –muy extraña– de pensar.

MASCULINO

Salvados algunos matices, un individuo del sexo masculino es exactamente esto.

Tiene poco sentido pretender cambiarlo; es así nomás. Así lo produjo el amor de la madre. De ahí que para lograr la felicidad en compañía de un hombre haya que dejarlo proceder así; o sea, hacerle de madre; pero para ser madre hay que renunciar a la actual aspiración de las mujeres que consiste en comportarse y actuar como hombres.

Así pues, la emancipación de la mujer se consigue a costa de perder toda esperanza de lograr la felicidad en compañía de un hombre.

Es algo trágico ¿no?

HUELLAS (I)

obre la huella (trace, traza, impronta, pisada), véase en el libro de Ferraris sobre Derrida (Jackie Derrida: Retrato de memoria. Traducción de Bruno Mazzoldi. Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 2008) un comentario sobre la huella.

(Lo intento.)

Que no haya nada: eso es lo más difícil de pensar. Que no haya nada. Tenemos la imagen para desmentirlo; la sensación y el placer. Tenemos también el deseo. ¿Cómo puedo pensar que allí no hay nada si veo y huelo y toco y beso este cuerpo tan bello, este cuerpo del que no puedo prescindir? Sin embargo, hay que pensarlo así.

(Es una necesaria disciplina.)

No hay nada; o, lo que hay es nada. Pero entonces, de la nada, en su mentira o falsedad, es su representación lo que hay. ¿“Darse”? ¿Y eso? Un misterio. ¿Por qué? La cosa se da como representación, pero no me está dado distinguir entre ella y la representación como experiencia. No puedo separarlas y allí, en esa indistinción, está probado que toda experiencia, cualquiera que sea, es confusa (el viejo problema de la apariencia). Por eso siempre estoy confundido, siempre me equivoco. Los filósofos desde tiempos ancestrales han llamado a esa confusión thaumassein, asombrarse. Los filósofos son individuos que se asombran, es decir, que o bien se asombran de equivocarse o bien se confunden y creen que ese asombro es una certeza inicial, que anticipa la posiblidad de un conocimiente cierto. Creen que hay algo, incluso se alegran por su descubrimiento, donde no hay nada. A esta confusión la llaman idea. Cuando distinguen entre la cosa que se da y la representación afirman que se dan a sí mismos una idea.

(Me doy una idea de algo: ¿de qué?)

Ahora bien, las ideas no pueden ser sólo mías. Probablemente esa sea una de las diferencias que nos separan de los animales: ellos también tienen ideas porque está visto que pueden actuar, desear, sentir ira y quejarse cuando tienen hambre o cuando están solos, pero sólo para ellos, por eso no hablan con símbolos, como nosotros. Tener una idea para uno mismo no tiene ninguna gracia. Las ideas existen como tales sólo cuando hay huella de ellas y los demás pueden volver sobre esas huellas, mirar hacia dónde se dirigen, hollarlas, identificarlas. Las huellas dejan la traza de uno que pasa por el mundo. Pero esas huellas no puede ser una cosa más, porque entonces serían objetos del mundo y de su experiencia tendríamos representación, etc. Vuelta a empezar. Han de ser algo… ¿cómo decirlo? inmaterial.

No. La huella de una idea ha de ser un signo escrito que se repite y se sale de su contexto original, un signo que sobrevive a la muerte y al paso del tiempo. La única manera de pensar el mundo como algo menos transitorio –y menos trágico también– es pensarlo a la manera judía, como Derrida, o sea, como escritura; y a la conciencia representarla como los ojos ávidos de un lector. Todo lo que es, está escrito: eso es lo que quiere decir fatum.

(Das vuelta en torno a algo, a veces incluso lo atisbas, pero no sabes qué.)

SCHLEGELIANA

Friedrich Schlegel escribió que “Las palabras se comprenden a sí mismas mejor de lo que nosotros las comprendemos”. En general, así sucede con la lengua o el idioma en que cada uno de nosotros se encuentra confinado y esto es algo que debería saber cualquiera en la medida en que usa el lenguaje, sobre todo los escritores. Sin embargo, la lectura de la prensa evidencia que no es así.

Hoy, un individuo escribía en el periódico que la última película de Woody Allen es “agradecible” puesto que hace reír incluso al “espectador más glaciar”. Al hilo de estas perlas, recuerdo una pìfia en la que otro individuo agradecía en una carta haber recibido muchas “muestras de adherencia”.

No consigo imaginar qué o cómo sería un  espectador-glaciar, aunque puede que en esta simple torpeza haya alguna metáfora. En cambio se me ocurre que “muestras de adherencia” podría ser un perfecto eufemismo para lo que vulgarmente se refiere con la expresión “meter mano”. Así, cuando en el autobús somos víctimas de un acosador, podríamos interpelarlo diciendo: “Agradezco sus muestras de adherencia pero no se las he pedido”; o bien “Métase sus muestras de adherencia donde le quepan”.

EFEMÉRIDES

Hay dos cosas que me sorprenden en la proliferación de las conmemoraciones mediáticas de mayo del 68. Por una parte, que un buen número de quienes lo rememoran, no participaron en el acontecimiento sino que, o bien supieron de él por la prensa, o bien estaban todavía en la escuela primaria, o simplemente no habían nacido, de modo que de aquello sólo pueden tener una experiencia, ¿cómo llamarla..?, en el mejor de los casos, literaria (siempre y cuando pensemos que el periodismo, en cualquiera de sus facetas, puede ser –o hacer– literatura). Acerca de mayo del 68 sólo se leen ejercicios de la imaginación. Y, por otra parte, que esta efemérides se celebre en una fecha atípica, cuando han pasado cuarenta años, según el patrón periodístico que piensa los tiempos históricos en forma de décadas.

Puede parecer trivial, pero lo cierto es que cuarenta años son un lapso espurio si se lo piensa como efemérides. Ya no son “bodas de plata” y tampoco alcanzan a ser las “bodas de oro” de nada. ¿Qué se conmemora pues? ¿La consumación de otra década o la sempiterna nostalgia de la izquierda fracasada? Desde luego, no el cumplimiento de las proclamas de mayo del 68: ni una sola de sus consignas se ha cumplido, lo cual revela que la famosa de ellas (Soyez réalistes, demandez l’impossible!) es la única que se ha satisfecho a sí misma, pero sólo en su prospectiva de la imposibilidad. Sólo ha quedado de esa algarada la circunstancia mediática, como una memoria bastarda de pequeñas agitaciones y pintadas, muchas fotos de barricadas, de adoquines y de formaciones de policías antidisturbios delante de jovencitas con los pechos al aire: el último acto de presencia de París como ciudad estratégica de los cambios sociales. Y, en cambio, todas aquellas ideas enfebrecidas y sobrehormonadas, para lo único que han servido es para hacer memoria de ellas, para rumiarlas y, de paso, para construir una nueva efemérides moderna que sus propios líderes hoy en día deploran con vergüenza, o con la conocida retahila de los jubilados: “Éramos tan jóvenes y bellos…”

¿No será que mayo del 68 fue solamente un suceso, un scoop, como el gol de Koeman o el zapatazo de Zidane?

Zidane

Lo peor, lo más descorazonador es que, si aún estamos aquí dentro de diez años, veremos repetirse lo mismo, como en la pesadilla de Nieztsche.

RESTANDO

El amor es la única ecuación entre dos elementos cuya suma produce una resta.

EL CAPITALISMO Y SUS CRISIS

En el último libro de denuncia de Naomi Klein se afirma que el libre mercado ha basado su desarrollo en utilizar los desastres naturales y las crisis de todo tipo que cada tanto se desatan en el capitalismo globalizado para hacer avanzar su impulso privatizador. En suma, que el capitalismo hace “de la necesidad, virtud”; o, si no, que aplica aquello de que “no hay mal que por bien no venga”.

(Y para explicar esta perogrullada la Sra. Klein se ha echado un tostón de 600 páginas que, por supuesto, ahora lanza en campaña de promoción convenientemente globalizada y traducida a media docena de idiomas…)

De lo que que no cabe duda es de que, cada vez que el capitalismo se aprovecha de sus propias crisis, la Sra. Klein se vale de la ocasión para escribir obviedades que venderá por decenas de miles a los pobres de espíritu. Francamente, no sé qué es peor, si el oportunismo capitalista o el de sus astutos críticos. No faltará quien escriba otras 600 páginas para demostrar que la culpa de que haya tantos pobres de espíritu que leen perogrulladas la tiene el capitalismo.

Y vuelta a empezar.

SUBVERSIÓN

Busco una página sobre la industria farmacéutica y el llamado “biopoder”, última trouvaille de la ideología contestataria; y doy con una entrevista a un tal Michael Hardt, al parecer publicada en 2002 en una revista llamada Archipiélago.

Ya en la primera pregunta, esos papanatas de Archipiélago declaran que quieren “llevar adelante un nuevo programa de subversión” y en seguida se entregan, entrevistadores y entrevistado, a una larga disquisición vagamente redentorista. Vaya, por Dios, ¿pero cómo pueden ser tan cretinos? Es la cosa más frívola y pendeja que he leído en mucho tiempo; como si dijerámos: “¿Sabes qué? Hoy me apetece transformar el mundo”.

Cuando yo era joven, las intenciones subversivas o los “programas de subversión” –esto es, la decisión de alterar radical y profundamente el orden– se cumplían siguiendo un protocolo estricto y muy sencillo, en tres pasos. Lo primero era armarse, porque si el orden establecido que se pretende subvertir es (o tiene) un poder, lo es (o lo tiene) porque está armado y no hay más remedio que combatir con las armas contra él, para lo cual, quien se meta a “subversivo” necesita armarse. ¿O acaso se piensa que un “poder armado” va a dejarse subvertir como si tal cosa?

(A ver si nos creemos que fue Gandhi liberó la India solo con sus ayunos…)

O sea, que para subvertir lo que haya que subvertir –porque, menuda mariconada lo de proponerse, por ejemplo, la subversión del arte contemporáneo–, y más aún si se trata del llamado Orden Constituido, el Establishment o lo que sea, había que procurarse armas. Las armas estaban (siguen estando) en poder del Estado; o sea, las tenía el ejército y la policía, de forma que lo primero que un subversivo había de hacer era arrebatarle el arma a un miembro de “Las Fuerzas del Orden”. Lo segundo era usar las armas para conseguir dinero, porque la subversión –como cualquier otra empresa, la revista Archipiélago, por ejemplo– se tiene que financiar de alguna manera. No hay empresa que viva de la fotosíntesis o de la oxidación del oxígeno o de la caridad pública, ni siquiera las llamadas ONG. O sea que para conseguir dinero había que robarlo de las instituciones que lo guardan –los bancos– o sacárselo por la fuerza a los ricos mediante amenazas, secuestros y extorsiones. Y lo tercero era usar el dinero obtenido por procedimientos subversivos para financiar un montón de actividades legales donde se puede hacer pública cualquier estupidez, menos reconocer que lo que uno en verdad se propone es “subvertir el orden” o, para usar el floripondioso estilo de Archipiélago: “llevar adelante un programa de subversión”.

La prueba de que la revista Archipiélago, por mucho que se lo proponga, no será nunca subversiva es que no se pone Fuera de la Ley, nunca saca los pies del plato y todo queda en baladronadas: lo que les gustaría es conseguir una suscripción de la red de bibliotecas del Estado. Así que yo recomendaría a estos “subversivos” que, en vez de seguir engañando adolescentes, se compren una Playstation y algunos videojuegos de acción y dejen la subversión para la gente seria.

IMPOSTURAS CIENTÍFICAS

De paso  por Barcelona, el director de la prestigiosa revista Nature tuvo ocasión de responder a quiénes lo inquirían sobre el fraude de Hwang Woo-Suk que, hace algunos meses, enturbió la reputación de la revista Science. Curiosamente, su respuesta era idéntica a la que hace ya algunos años dio el director de Social Text cuando se le preguntó por las razones que habían llevado a su revista a publicar la impostura del físico Alan Sokal. Tanto el director de Nature como, primero, el de Social Text respondieron que no existe manera de protegerse contra el engaño, puesto que se parte del supuesto de que quien envía una contribución suscribe lo que dice, con independencia de que ello sea o no correcto; y que, por otra parte, no existe, para una publicación como una revista, la posibilidad de verificar si todos los datos son ciertos y correctos puesto que ello obligaría a repetir la investigación de quien envía su trabajo y, por lo tanto, a publicarlo demasiado tarde.  Sin embargo, en ninguno de los dos casos se acusaba a la revista de haber publicado investigaciones o trabajos errados, pues eso sucede todos los días y es lo que justifica la investigación misma y la discusión. Lo que se juzgaba es haber publicado a dos mentirosos. La respuesta sólo puede ser la que se ha dado en las dos ocasiones: resulta absurdo suponer que alguien diga algo para engañar a los lectores, a pesar de que ello sea posible, del mismo modo que nos resultaría complicadísimo entablar una conversación con alguien, si cada vez tuviéramos que sospechar que su único propósito es hacernos perder el tiempo o burlarse de nosotros. En cualquier caso, lo que no deja de ser curioso es que tanto en el affaire Social Text como en el Science los impostores eran dos científicos.