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Textos políticos

Presentación de la Revista DUODA

Revista DUODA 56: Nudos de un cambio de civilización que ya se ha dado

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R.56 MARÍA-MILAGROS RIVERA GARRETAS

Revista DUODA 56: Nudos de un cambio de civilización que ya se ha dado

Presentación en la librería Mujeres y compañía. Madrid, 7 noviembre 2019,


La palabra “sottosopra” se puede traducir como “patas arriba”. Es el nombre de una revista que publica la Librería de mujeres de Milán desde 1973. Es una revista no periódica, que sale cuando las mujeres de la Librería tienen algo que decir. Que sea una revista ocasional tiene importancia política porque así una o un grupo no se ve obligada a estar continuamente diciendo, sino que dice precisamente cuando tiene algo que decir, o sea, cuando la práctica política ha hecho simbólico, cuando sale algo nuevo que poner en palabras. De estas revistas hay muchas, al menos doce. Todas dicen algo que revolucionó el feminismo y, sobre todo, cambió nuestras vidas. Mis favoritas son el Sottosopra verde, titulado Más mujeres que hombres, de enero de 1983, que acabó con la binariedad de la falsa antinomia mujer/hombre y fue un alivio gigantesco; el Sottosopra oro, titulado Un hilo de felicidad, de enero de 1989, que me quitó de encima el peso de la economía de la miseria femenina nombrándolo; y los tres últimos: El final del patriarcado. Ha ocurrido y no por casualidad, de enero de 1996, Imagínate que el trabajo, de 2009, con la genial invención simbólica del doble sí de las mujeres a la maternidad y al empleo, y el que presentamos hoy, el Sottosopra 2018, Cambio de civilización. La mayoría de los anteriores a El final del patriarcado, incluido este, están recogidos en el libro La cultura patas arriba, publicado en Madrid por la editorial horas y Horas en 2006). Los dos últimos están publicados en la revista DUODA, en los números 38 (2010) y 56 (2019), y por tanto se pueden leer en papel y también en la red.
Entre las invenciones simbólicas que salieron en los Sottosopra están figuras como el partir de sí, la objeción de la mujer muda, esa visión de que lo negativo, para salir, excava en una túneles que no deben ser rellenados de tierra; la práctica de la relación entre mujeres, la genealogía materna, el cuerpo como núcleo de la política, la libertad femenina, la práctica de la disparidad, la autoridad femenina, el orden simbólico de la madre, el final del patriarcado, el doble sí de las mujeres a la maternidad y al trabajo que he mencionado, y, en el último, el que nos reúne hoy aquí, la civilización libre del contrato sexual y su violencia contra las mujeres, el ¡basta ya! que, en realidad, las mujeres llevamos dos décadas viviendo, desde que nos dimos cuenta de que era posible.

En la difusión del acto de hoy se decía que este Sottosopra 2018 Cambio de civilización toca tres nudos nerviosos del presente, del mundo que resulta del final del patriarcado, un presente bastante alargado porque del final del patriarcado tomaron conciencia las de la Librería de mujeres de Milán en 1995, o sea hace ya casi un cuarto de siglo. Entonces se dieron cuenta, y con ellas otras muchas –no todas– según íbamos leyendo sus textos, de que el patriarcado había terminado dentro de cada una, no fuera, no en otro sitio o en el mundo entero, como imponían entonces los hombres que tenían que pasar las cosas dignas de consideración. Esta fue la auténtica revolución femenina, la de la propia conciencia, la revolución personal, que fue por fin reconocida como importantísima para una mujer, no la social, cuyos frutos a nosotras no nos llegaban. Y luego siguió lo que ha ido siguiendo, que la política masculina se desmorona mientras procuramos evitar que se nos caiga encima, un proceso que vivimos pero con dificultad ponemos en palabras. Los nudos son: la maternidad subrogada o alquiler de úteros, el relato político y la prostitución.

La maternidad subrogada o alquiler de úteros está directamente relacionada con el final del patriarcado. Lo está porque el fundamento, la base de este régimen violentísimo de dominio de los hombres sobre las mujeres es el poder sobre los cuerpos, algo, el poder sobre los cuerpos, que la relación materna enseña que es innecesario y nocivo. Carlos Marx en su día desentrañó como nadie el dominio de un ser humano por otro, pero el dominio de los hombres sobre las mujeres, que él conocía y ejercía, lo escondió en el silencio, aunque se le nota mucho en una de sus frases famosas, esa que dice “En la producción social de la vida, die Menschen... entran en relaciones de producción”, y por eso su economía política fue superada hace tiempo por el feminismo. El final del patriarcado ha sido precisamente el final del contrato sexual (nombre que fue en 1988 una revolución simbólica de Carole Pateman), un pacto no pacífico, previo y contiguo al contrato social, pacto entre hombres que practican la heterosexualidad para repartirse entre ellos el acceso al cuerpo femenino fértil y el dominio de sus frutos. Al verse desmontado por las mujeres el contrato sexual, la reacción ha sido el contrato mercantil, por absurdo que parezca: el desarrollo de técnicas tóxicas llamadas cientificas para reubicar el viejo dominio e intentar legalizarlo, sostenerlo con la fuerza de la ley, como de costumbre.

Luisa Muraro, en su artículo Born not Made (Se nace, no se te hace), pone el acento precisamente en lo que llama “la invención de un negocio”, como era un negocio el contrato sexual (aunque ella esto creo que no lo dice). Escribe: “La ausencia de una teoría de la libertad femenina se lee con letras mayúsculas en el invento de la gestación para otros. Porque esta comporta un uso servil del cuerpo femenino, en cada una de sus fases. El contrato firmado por la mujer, por otro lado, no elimina sino que se limita a legalizar la violencia connatural al hecho de escindir la gestación del entero proceso de procrear, con la pérdida del título de madre y, al final, con la separación traumática de la criatura dada a luz. La gestación para otros es tan “libre” (prosigue) como lo era un matrimonio en pleno régimen patriarcal. También ahí había consenso. ¿Había por eso libertad? Trasladado a la cuestión que aquí nos interesa, se convierte en la pregunta sobre qué es lo que, en nuestra cultura y civilización, ha hecho posible y vuelve incluso aceptable un invento como la gestación para otros que, entre otras cosas, prevé la separación obligatoria de la criatura recién nacida del cuerpo materno. Práctica antinatural que hiere la relación materna y, por tanto, hiere a la humanidad entera porque todos y todas nacemos de mujer.” Para mí, esta es la clave de la cuestión: que la relación materna quede herida, más incluso en el alquiler de úteros que en el contrato sexual. Porque ahora tenemos que hacer cuentas con un sucedáneo, más engañoso para el alma que un mal real auténtico.

Lia Cigarini toca y, en mi opinión, desata el nudo nervioso del relato, el relato político del presente. Pienso que hay dos relatos del presente, uno verdadero, el otro sucedáneo. El sucedáneo es el que dan como real los medios: los medios hablan de una batalla del relato que, como de costumbre, como era propio del siglo XX, no de hoy, se circunscribe a lo decible dentro del campo semántico del poder y las luchas del poder, masculinas aunque intervengan mujeres: una pesadilla fálica o, mejor, un error de epistemología, porque el sucedáneo introduce una contradicción en las verdades superiores de la cultura, la primera de las cuales es que la verdad existe y se puede sentir y decir, sin poseerla porque es relativa a las relaciones, pero no relativista. El relato del que hablan constantemente ahora los medios es un sucedáneo y una banalización de la “batalla por lo simbólico” de la que hablamos desde hace años las feministas de la diferencia. El relato real, no sucedáneo, del que habla Lia Cigarini es el que nace del partir de sí de las mujeres. El MeToo, por ejemplo. Ella destaca lo revolucionario del hecho de que por primera vez las mujeres del MeToo del “Yo también” hayan sido creídas por su palabra, sin necesidad de prueba alguna, como ocurre en los relatos circunscritos al campo semántico del poder, dudándose de su veracidad, necesitan pruebas llamadas fehacientes. Así, los relatos femeninos del MeToo han destapado por sí solos el contrato sexual y su miseria sacando a la luz la escena nunca olvidada en la que un jefecillo o un jefazo te exige su cuota de acoso sexual para darte un papel como actriz o como lo que sea. Escribiendo esto, he recordado mi escena: primeros años ochenta, servicio de publicaciones del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en Madrid, calle Vitrubio 8, oficina del responsable de recibir mi tesis doctoral cuya publicación había sido aprobada; por suerte, yo ya era feminista y él no se movía bien. Las mujeres sabemos que la paz es condición del vivir humanamente.

Finalmente, el nudo de la prostitución. El Sottosopra lo trata con el monólogo Las otras. Contra la regularización de la prostitución, de Alessandra Bocchetti, y también con un fragmento del libro de Rachel Moran, Paid For. My Journey through Prostitution, libro que califican de obra maestra del partir de sí. Un solo fragmento basta para acabar con la última idealización de la prostitución, idealización también femenina, esa que dice que hay mujeres que la eligen libremente. En el texto seleccionado, Rachel Moran escribe cosas como esta: “Una vez di una entrevista a una periodista sobre mi vida como mujer prostituida. Tenía unos diecisiete años entonces. Ella se fijó en mí, creo, porque era con mucho la más joven del grupo y eso probablemente a ella le alarmó. Me preguntó por qué lo hacía y yo, beligerante, le contesté: “Por el dinero”, comunicándole con mi mirada y tono que era una pregunta estúpida de la que se deducía que ella tenía que ser estúpida si lo preguntaba. Ella me preguntó si no me importaba lo que pensara la gente, y yo le contesté que “Una mierda”. Ella me preguntó entonces si realmente no me importaba, o si no era mas que una barrera, un modo de protegerme. Yo la miré a los ojos y, resueltamente, mentí: “No, realmente no me importa”. Me acuerdo de su cara y sus ojos y de cómo vi aflorar en ellos el sorprendente descubrimiento de que algunas mujeres se lo pasaban bien trabajando como prostituidas y no le atribuían ninguna sensación de desdoro para ellas; pero se equivocaba; había sido embaucada. Puedo entender por qué algunas mujeres se mienten a sí mismas y a otras sobre lo que verdaderamente supone la prostitución; lo he hecho yo misma, y el comentario que hizo esa periodista hace todos esos años era cierto: me estaba protegiendo a mí misma. Me estaba protegiendo de ella y de sus preguntas. Me estaba protegiendo de la verdad.”

Y para que el sabor que queda no sea amargo, termino recogiendo la anéctoda que cuenta Alessandra Bocchetti de la gran Lina Merlin en un encuentro público defendiendo su propuesta de ley, la Ley Merlin de 1958, ley que por suerte para Italia sigue vigente, prohibiendo las casas de prostituidores. Al acabar el encuentro, se le acercó a Lina un jorobado que le preguntó: “Señora ¿y qué haremos los pobres jorobados?” Ella contestó: “Señor, haga lo que hacen las pobres jorobadas”.

Universidad de Barcelona
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