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Textos políticos

Presentación de la Revista DUODA

Después de leer “El cuerpo se confiesa: el incesto”

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PILAR BABI ROURERA

Después de leer “El cuerpo se confiesa: el incesto”

El 20 de febrero de 2020 a las 19:00 horas, en la Librería “Pròleg” presentaron el número 57 de la revista “DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual”, Isabel Ribera Domene, Pilar Babi Rourera y Caro Narváez Martínez. Este número, que tiene como tema monográfico “El cuerpo se confiesa: el incesto”, recoge las ponencias y coloquios del XIV Diálogo Magistral y del XXX Seminario público Internacional celebrado los días 10 y 11 de mayo de 2019.
Ofrecemos aquí el texto de Pilar Babi Rourera :


Buenas tardes.

Muchas gracias a Pròleg, a Àngels y Núria de Pròleg. Gracias por acogernos y gracias por tanto durante tanto tiempo. Gracias por tanto. También gracias a Isabel Ribera por ofrecerme la oportunidad de volver a leer los textos

Os quiero comentar la repercusión que han tenido en mí los diferentes artículos de este número de la revista y también los diálogos que han propiciado. Porque Isabel ya ha hecho una presentación muy adecuada y porque, lo que quizás tenéis que hacer es leer los artículos, leerlos y dejar que hagan en vuestro interior aquello que hemos nombrado en otras ocasiones el trabajo de las palabras; trabajo es un término que pesa, porque las palabras a veces son trabajo, otras son alegría, transformación, conmoción… Lo que os quiero comentar es a qué lugar me ha llevado a mí escuchar estas palabras el día del Seminario y leerlas después.

“El cuerpo se confiesa: el incesto” es el título de Seminario y del monográfico. Sabemos que a menudo el cuerpo se confiesa en la consulta médica; hay otros espacios, tal vez incluso preferibles, pero éste es uno. El cuerpo que se confiesa busca alivio del sufrimiento y busca también sentido para el sufrimiento. Tal vez las dos cosas de manera inseparable. Las formas en que hacemos esto en la consulta pasan a menudo por las palabras. Aunque hay otros caminos como por ejemplo la presencia, la confianza, el compromiso en relación…

Las palabras médicas son otras que las palabras de la lengua materna. De hecho, hay un paralenguaje médico que puede ser definitivamente usurpador de la lengua materna y de su autoridad en los cuerpos y en el mundo. Yo no atiendo a criaturas. Mi tarea empieza con chicos y chicas de 15 años. Pero el incesto es una constante en la historia de sufrimiento de muchas mujeres y de algunos hombres. Es necesario estar en escucha atenta y en disposición de acoger; y entonces el relato aparece.

Hace unos días, leyendo el seguimiento que un psiquiatra hacía del sufrimiento de una mujer joven muy, muy enferma mentalmente, encontré registrado que ella había explicado –o por lo menos esto es lo que se había registrado- un abuso en la infancia. Me pareció que el psiquiatra tenía interés real en ayudar a aquella mujer, por el tono en el que escribía y las cosas que le proponía. Pero el registro del incesto había estado anotado como una condición más, sin que abriese ninguna puerta de significado. Cuán devastador puede ser anotar en la historia clínica un suceso de esta magnitud sin acompañar a la paciente en la búsqueda de sentido.

El incesto no ha sido una cuestión médica ni de salud, como no lo han sido les diferentes formas de violencia patriarcal que han llegado a la medicina a la fuerza. A la fuerza, por la fuerza y con la fuerza de las mujeres para decir, para mostrar, aquello que las hace sufrir. Y al entrar en el universo médico –en realidad en el universo asistencial público- se han convertido en otras; modificadas, maquilladas. Así, la metamorfosis del incesto en maltrato a la infancia o abuso a la infancia. Términos mucho más dúctiles y neutros y que a menudo generan una gran confusión. De hecho, es necesario definir una y otra vez qué es maltrato y qué es abuso, que así dichos, parecen más una cuestión de grados. ¿Quién no se ha sentido maltratada o maltratado? El abuso puede parecer el exceso de una conducta a priori permitida, como quien abusa del chocolate…
El lenguaje especializado es útil y seguramente necesario. Hace falta distinguir cuándo el lenguaje específico habla de aspectos técnicos que precisan y aportan realidad y permiten una comunicación operativa entre expertos y cuándo este lenguaje suplanta. Para mí esta es una de las estrategias para decir la verdad. Cuando utilizo los diagnósticos médicos me pregunto: ¿estoy abriendo o cerrando la realidad? El tino en la utilización del lenguaje es una de las estrategias que ayudan a estar más cerca de la verdad.

Creer a las mujeres. Creer en lo que dicen como primera manera de creer en las mujeres. Las mujeres que sufren violencia en relación a su pareja o expareja explican con claridad que el mundo judicial no las cree. Después de ser empujadas a la denuncia, su testimonio se pone constantemente en cuestión. No sé si conocéis el video de las mujeres de la Asociación “Las Tejedoras” que se llama “La última gota”, un video intenso y a la vez gracioso en el que, entre lo trágico y lo cómico, se explica cómo las mujeres quedan desacreditadas en contacto con el mundo de la justicia.

También he escuchado a algunas mujeres horrorizadas después de haber sido atendidas en servicios especializados en atención al abuso en la infancia. Este abuso que tantas veces es incesto. Estos lugares específicos de atención tienen una pesada carga –que a menudo me admira- y que incluye la atención a las criaturas violentadas y también una delicadísima valoración pericial de la situación.

Muchas mujeres se quejan de que, no solamente no se las cree en estos lugares, sino que se les recomienda ayuda psicológica trasladándoles a ellas el problema. “¿Dónde estaba la madre?” se preguntan en la revista tanto Candela Valle como Patricia Meza. Pues a veces la madre estaba y luchaba con coraje; más veces de las que parece.

En el Diálogo Magistral de Chiara Zamboni, que se titula “Las palabras para decirlo”, se habla de la “suspicacia” como lugar fundamental, -como lugar de origen, de partida-, en el pensamiento crítico. Me ha hecho pensar que la red asistencial participa del pensamiento crítico. Observa y juzga la realidad. Observa desde una suspicacia que muy a menudo pesa sobre las mujeres como una losa y las aleja y nos aleja de la posibilidad de ayuda.

Creerme a las mujeres es otra de mis estrategias. Con el necesario discernimiento pues no se trata de caer en nuestra trampa preferida, en mi trampa preferida, de la tentación del bien. Sí, creerlas.

Se están haciendo esfuerzos loables para prestar atención al sufrimiento femenino que hasta hace poco estaba naturalizado en el ser, dolorosamente, mujer. Esfuerzos también desde lo público. Yo misma me esfuerzo en ello. Me esfuerzo en que los y las profesionales tengan formación; en que las formas de entender el sufrimiento de las mujeres y sus criaturas incluya las reflexiones y las experiencias que hemos hecho desde el feminismo. En que los circuitos de relación interprofesional sean espacios de encuentro, sean posibles y funcionen. Y me esfuerzo en que no gane el monstruo institucional, el “monumento” institucional –como le he oído decir a Luisa Muraro- que fácilmente engulle la buena voluntad de todas y la utiliza para sus propios fines.

Para poner más verdad en estos espacios de poder público una de mis tretas es evitar la propaganda según la cual es más importante decir que haces que propiamente hacerlo. Decirlo en memorias larguísimas y presentaciones aburridísimas. Intentar evitar que las instituciones sean una pantalla de la realidad, una pantalla que, también, suplanta la realidad.

Milagros Rivera me daba una pista respecto a la lealtad. Lo podéis leer en el diálogo que siguió a la presentación de Candela Valle. La presencia en nuestro interior de una lealtad simbólica a estructuras patriarcales, como lo son muchos de los conocimientos que adquirimos en diferentes disciplinas, y como pueden serlo las estructuras asistenciales, nos atrapa en laberintos de confusión y de cansancio. Una lealtad que reside, escondida y disimulada, detrás de nuestro esfuerzo y que nos hace sostener aquello que quizás deberíamos dejar caer.

En relación a este esfuerzo estoy viviendo una paradoja que tal vez reconoceréis; es el “hacer lo que puedas”. Cuando ante el absurdo de una carga insostenible o de un encargo pernicioso que nos zarandea, nos dicen, nos decimos a veces: “Haz lo que puedas”. Hacer lo que puedas puede ser un ejercicio de libertad si has renunciado previamente a las ganancias, si las golosinas del trabajo en la función pública no te deslumbran, si has revisado tus lealtades y has puesto tu cuerpo a resguardo. Entonces llevas tu hacer a poder hacer alguna cosa.

Pero de manera simultánea y en mi caso con mucha inquietud “hacer lo que puedes” es un ejercicio de sometimiento.

No sé si conocéis el libro de Florescencia de Kopano Matlwa. En mí se produjo una conexión inmediata con el libro en el que la protagonista es una médica, en este caso una médica joven, que vive la profesión en la Sudáfrica post apartheid. En este espacio, nada idílico, ante las dificultades que ella expone, se la invita a “hacer lo que puedas”. Cuando ella intenta alguna libertad en este hacer-lo-que-puedas- es rectificada con una violencia tan impresionante que hace daño el cuerpo al leerla. Una violencia que la hace enloquecer y de la que sale con reposo –que quiere decir dejar que el tiempo actúe sobre el cuerpo- cuidado de su madre, verdad de las entrañas y un cambio radical de lealtad.

Laura Mercader en su presentación del Seminario nos recuerda lo que María Zambrano dice de la confesión: es “abrirse a la vida que no implica aceptar la verdad sino acceder a ella, revelación de sus entrañas”. Quizás puedan resultar señales en este camino: utilizar las palabras con cuidado, lo más cerca posible del cuerpo y del sentido; creer en las mujeres, creer lo que dicen y creer en su fuerza; revisar las lealtades que nos guían y nos ligan, y valorar hacia donde dirigimos y en qué condiciones utilizamos la fuerza de nuestro poder hacer.

Los textos de este número 57 de Duoda piden verdad de una manera sobrecogedora y clara.

Universidad de Barcelona
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