2006

PUBLICIDAD

Se puede comer, celebrar, trabajar, escribir, hacer el amor, etc. como si se estuviese bajo la inspección de una cámara o expuesto a la mirada atenta de algún espectador. Los medios disponibles no tienen límite para quienes sepan valerse de ellos. Exhibicionismo absoluto y democrático, sin pauta o cortapisa alguna, que responde a la conciencia (o, mejor dicho, autoconciencia) de que el mundo es en realidad el mundo representado. Hay quien vive –literalmente– como si protagonizara un spot. Y, de hecho, algunos fenómenos vertiginosos y espontáneos, como la proliferación de los blogs, no parecen guiados por una inopinada necesidad de los individuos de permeabilizar la información o de comunicarse con quien sea y como sea, sino por el placer de hacer algo –no importa qué– con tal que sea público. Más aún, se trata de hacerlo publicitariamente. El éxito de YouTube radica aquí.

La pulsión contemporánea que lleva a convertir todo en público no responde a ningún altruísmo informativo ni es revolucionario. Ni siquiera es obsceno. Más bien parece que, lo mismo que la publicidad, es trivial e inofensivo; y, sobre todo, triste.

Lo extraño es que no haya salido un nuevo Baudelaire que oficie como cronista genuino de esta nueva forma de tristeza.

EL TRABAJO COMO DISTRACCIÓN

Max Weber escribió hace dos siglos un conocido libro en el que mostraba cómo convergen el capitalismo y la moral protestante para persuadirnos de lo que de “razonable” tenía la pregnancia de tal sistema económico en las sociedades protestantes. Pero en verdad, más idóneo y definitivo que el protestantismo ha sido la llamada muerte de Dios. En un mundo donde los individuos ya no confiamos en disponer de otra vida, nos invade la sensación de tener muy poco tiempo: víctimas de esta premura apenas nos paramos a pensar y con las prisas lo primero que se nos ocurre es que la manera más evidente e indiscutible de “hacer algo” es trabajar. Intentar imaginar qué otra cosa podría “hacerse” es ya perder el tiempo. Y por otra parte el trabajo es, además de algo necesario para subsistir, una manera estupenda para distraerse de la fastidiosa muerte de Dios.

K. DE KLAMM

Curioso es que en El Castillo de Kafka la figura que encarna el poder para K. sea un tal Klamm. El nombre es como un reflejo del breve e insignificante K. pero con entidad, engrandecido. Tal vez Klamm, un personaje al que nadie está seguro de haber visto, tan sólo sea una proyección de la fantasía de todos los insignificantes K. que pueblan la aldea al pie del castillo en que se supone que mora Klamm. Fantasía y deseo: Klamm es lo que a K. le gustaría ser “de mayor”, lo que imagina que sentiría si por un momento pudiera abandonar su deslucida condición de simple agrimensor asalariado. O mejor aún: Klamm es el superyó de K. Si K. imagina a Klamm despótico, desprovisto de alma y de sentimientos, implacable, indiferente al dolor de los K. que le rodean, es porque todas esas cualidades son las que le fascinan, las que le faltan para ser —según entiende desde su pequeñez y su miseria— alguien.

IDEÓLOGOS

En un párrafo de Nosotros, los modernos (Madrid: Ediciones Encuentro, 2006) anota Finkielkraut un sugestivo comentario de Foucault. Virtud significativa de este ensayo es la perspicacia que muestra Finkielkraut a la hora de escoger las citas. El comentario dice así:

La prueba decisiva para los filósofos de la Antigüedad era su capacidad para producir hombres sabios y discretos; en la Edad Media, hombres aptos para racionalizar el dogma; en la edad clásica, para fundamentar la ciencia; en la época moderna fue su aptitud para dar razón de las matanzas. Los primeros ayudaban al hombre a soportar su propia muerte, los últimos a aceptar la de los otros.

Este pasaje es un ejemplo memorable de cómo se construye un discurso de la historia,cómo se da sentido a los hechos y cómo la historia –y buena parte del trabajo de Foucault, cuando no es archivístico– no es más que una operación literaria. Aquí se traza una parábola sobre el supuesto de que haya una “prueba decisiva” que la describe y, en función de esa trayectoria que sólo se sostiene con palabras, se diseña la evolución de la prueba que, paradójicamente, expresa nada menos que nuestra decadencia. Nominalismo extremo. Podría reprochársele a Foucault que, para dramatizar y dar realce a lo que no es más que una trouvaille, se valga de una artimaña retórica, típicamente francesa, consistente en “descubrir” un signo o una serie significativa donde no hay más que juego de palabra. Podría advertírsele que incurre en historicismo con relación a la idea de la muerte y que en cierto modo infringe las reglas de su propio método historiográfico; pero sería bastante estúpido hacerlo, la verdad sea dicha. La impronta personal es justamente lo que hace apasionante –y siempre discutible– el trabajo de los historiadores. No hacemos historia para conocer la verdad sino para aprender cómo alguien encuentra otra razón en episodios pasados, una razón que no está, o no parece mostrarse, en los hechos desnudos; y a menudo, cuando se trata de acontecimientos muy antiguos, encontrar esa razón sólo es posible por medio de la pericia o la astucia literarias.

Sin embargo, obsérvese que la parábola descrita en el pasaje podría escribirse así:

La prueba decisiva para los filósofos de la Antigüedad era su capacidad para armonizar la condición humana con la naturaleza; en la Edad Media, para sobreponerse a la madre naturaleza satanizada; en la edad clásica, para hacer que esa matriz natural sea consistente con la ciencia; en la época moderna, para verla doblegada y a disposición de los designios humanos. Los primeros ayudaban al hombre a ser huéspedes respetuosos de la naturaleza, los últimos a devastarla.

O sea que se puede cambiar el protagonista sin tocar la serie y el sentido de una historia, que fluye de manera necesaria –y hasta trágica– y permanece tal cual. Se puede regular el grado de dramatismo de la fórmula para hacerla más o menos épatante. Lo habitual es que la mayoría de los epígonos de Foucault procedan así: con mayor o menor habilidad literaria (y he de reconocer que la mía no parece muy brillante en este ejemplo) se limitan a parafrasear los textos del maestro con absoluta indiferencia de la verdad; y, eso sí, no pisan jamás un archivo o una biblioteca. De ahí que muy a menudo su discurso no revele más que la forma en que están organizadas sus propias palabras o su destreza en cuanto a pillar a Foucault, pero sólo por la eficacia retórica de su estilo; curiosamente, lo mismo hacen sus críticos.

Total que, todos, sin excepción: el maestro, sus discípulos e innumerables epígonos foucaultianos; y los réprobos de todos ellos, en el fondo, hacen ideología.

ESLÓGANES

Es una lástima que Roland Barthes ya no esté entre nosotros porque hubiera merecido la pena leer una de sus mitológicas en torno a las campañas de los partidos políticos en período electoral, verdaderos prodigios de la inventiva publicitaria al servicio de una pugna tan feroz como la que mantienen entre sí las empresas en su afán de adquirir una parte cada vez mayor del mercado. También los partidos tratan de conseguir un puñado más de votantes convertidos hoy, en gran medida, en consumidores tanto cuando acuden al supermercado o a la gran superficie a depositar su salario, como a la urna a depositar su voto. Las campañas electorales han dejado de ser la ocasión de exponer el programa electoral para convertirse en el momento de exhibir el talante o la imagen de los candidatos. Y así, pesan más los eslóganes que los panfletos, un género en franca decadencia en un mundo poblado de empleados eficaces y orgullosos de su condición, pero desprovistos del tiempo necesario para leer siquiera las principales intenciones de un partido, y donde es preciso depurar la labor de cuatro años en una frasecilla que destile la esencia del partido y de su política. Ello explica que en el periodo electoral, a falta de otras cosas, podamos encontrar joyas de la síntesis y la precisión poéticas como “Hechos, no palabras” o “Humanos, como tú”, por poner sólo dos ejemplos.

El primero de estos dos eslóganes  da a entender en primera instancia que la política no es una cuestión retórica o teórica sino práctica, basada en la acción. Viene a decir que no vamos a ser engañados o seducidos mediante palabras, sino persuadidos por la evidencia de los hechos. Aunque, de entrada, parece partir de la base de que hablar es engañar, lo cual es una idea un poco extraña en un político, pues la política es desde su origen la discusión entre iguales en torno a los asuntos relativos a la ciudad en la que conviven. Pero, por otra parte, el eslogan dice al mismo tiempo que no dispondremos de demasiadas explicaciones acerca de los hechos, lo cual resulta absurdo en período de campaña, cuando se trata precisamente de hablar, de exponer, de explicar qué piensa hacerse (además de permitirnos sospechar una forma de proceder un punto autoritaria). También el segundo eslogan, “Humanos, como tú”, tiene dos lecturas posibles. En una de ellas se nos indica que quienes gobiernan no son burócratas, gestores, distantes políticos profesionales sino tan sólo ciudadanos con vocación política, es decir, con un desarrollado y altruista amor por la consecución del bien común. Lo cual resulta, en efecto, tan seductor como la rousseauniana idea del buen salvaje. Pero en otra lectura puede querer decir algo menos amable, incluso opuesto al rousseaunismo: puede estar tan sólo insinuando que los errores cometidos por los políticos son inevitables porque son el producto deuna condición, la humana, que es corrupta por definición. Al decirnos “Humanos, como tú” tan sólo nos están advirtiendo de que hacemos mal en juzgar sus errores (su corrupción, su ciego afán de poder, sus abusos) pues, en su lugar, haríamos exactamente lo mismo.

EL AURA DE UN CODAZO

Steve Wynn, dueño de hoteles y casinos en Las Vegas, decide poner a la venta un cuadro célebre de Picasso, que posee desde hace algunos años. La ocasión despierta la expectativa del llamado mercado del arte porque se supone que la venta alcanzará un precio récord.  Se trata de Se trata de El sueño, retrato de Marie-Thérèse Walter,El sueño, retrato de Marie-Thérèse Walter,que fue amante de Picasso.

(A propósito, cuántas amantes tuvo Picasso, qué vigor sexual envidiable el de ese hombre…)

Como siempre que se trata de un tema erótico, ninguno como él para representar la propia voluptas (y la de toda alma erotizada) de forma tan atinada y exacta: véase ese pene que completa el rostro ensoñecido de Marie-Thérèse Walter que tanto podría valer como la extensión necesaria del falo picassiano, falo inmortalizado al ser traspuesto al retrato de su amante, o como la huella de una cierta afición priápica de Marie-Thérèse Walter, convertida en el emblema de esa feminidad idealizada por todos los hombres, que sueñan con mujeres que adoran el miembro viril tanto como ellos mismos lo adoran. El sueño de Marie-Thérèse es, en verdad, el sueño de todo hombre: tener una mujer que sueñe con pollas.

PENE

En cualquier caso, el retrato tiene suficiente carisma fálico como para justificar que se puje por él por cantidades astronómicas, más allá de consideraciones críticas o estéticas, unas más redundantes que las otras. 139 millones de dólares es un precio tan elevado que debería servir para acallar cualquier comentario pedante.

Sin embargo, cuando Wynn estaba a punto de realizar la operación de venta a un marchand de Nueva York, un inconveniente cruzó en la transacción: en un descuido, el magnate de casinos dañó el cuadro con codazo.

(¡Horror! ¡Profanación! ¡Sacrilegio! ¡Desgracia!)

Sin embargo, dos días después que la prensa informara acerca del desdichado sueño valía 20 millones oacute;lares más.

Como es obvio, no cabe pensar sea el pene de Picasso lo que ha aumentado de y menos aún el trabajo que se tomó en La iacute;a se debe a un suplemento en el nivel de las esencias, el codazo de Wynn y el revuelo mediático levantado por el que ha investido a la obra con un aura. Tanto da que el accidente haya sido fortuito o funesto, incluso que, en haya sucedido. Es su resonancia aurática lo se acopla a la obra como una pátina, y sobre presea conmensurable desde un punto de vista iacute;stico, como si los bonus en la oacute;n dieran prueba de un cambio en la oacute;n que el cuadro tiene como acontecimiento. Como si, de hecho, para los mercaderes de arte y los magnates que son sus clientes, el codazo de tuviese el valor de una auténtica performance.

Hacía tiempo que no asistía a un acontecimiento tan inequívocamente posmoderno como este.

BELLEZA OCULTA

Una exposición que acaba de inaugurarse en El Prado y que, según proclaman sus organizadores, está dedicada a revelar “los secretos ocultos de los grandes pintores” tiene todos los indicios de ser la típica estupidez a que da lugar la perversa integración de la tecnología con la cultura, donde lo más habitual es que se confundan los medios con el fin. Peor aún: que los medios acaben sustituyendo a los fines. Según se afirma en este despacho de prensa, nuevos métodos infográficos (infrarrojos, escáneres, calimestradoras de fístulas cromatográficas, bla-bla) permiten “descubrir” –menudo “descubrimiento”, como el agujero del mate– que los pintores de todos los tiempos han pintado sus obras maestras tras pasar por innumerables versiones corregidas, hacer bocetos y pintar o dibujar encima de ellos, unas veces con lápiz y otras con carboncillo o cuadrícula, etc. El periodista añade, de su propia cosecha, que esto permite revelar “la belleza oculta” de los grandes cuadros. ¿Qué tendrá la belleza que siempre se dice de ella que está oculta?

No he visto la exposición, pero seguro que también “demuestra” con gran despliegue tecnológico que muchos artistas célebres pintaban sobre cuadros con pinturas descartadas para ahorrarse lienzos y armazones. Pues, claro, ¿no ven que entonces no existía IKEA?

Naturalmente, los más beneficiados con este “descubrimiento” son las empresas dedicadas a producir los sistemas que sirven para “descubrir” estas cosas y que, por supuesto, no se emplearán para estudiar nada o para “descubrir” lo que, por otra parte, todo el mundo sabe desde siempre, sino para autenticar las obras que circulan en el mercado del arte o para acciones de espionaje militar o industrial.

El otro beneficiario natural de la iniciativa es la propia tecnología, que se contempla a sí misma extasiada por los resultados de sus propios procedimientos en un –por cierto, muy sofisticado– ejercicio de narcisismo sufragado con fondos públicos. Esa sí que es una belleza oculta.

A este paso, sólo falta que un equipo de psicólogos cognitivistas computerizados en colaboración con el MIT y los laboratorios de Palo Alto en Pasadena y pagados por la Comunidad de Madrid y Cosmocaixa demuestren que Dante tuvo que haber aprendido a leer La Divina Comedia.

SPAM

Como cada mañana, antes de leer mi correo electrónico empiezo por eliminar los mensajes intrusivos que los anglosajones llaman spam, extraño nombre que funde dos significados complementarios: una conocida marca de carne de cerdo en lata y una palabra que suena insistentemente en un sketch de los Monty Python. Se admite que el nombre spam para el correo electrónico basura viene de la fusión de estos dos significados, aunque no está claro si lo que inspira la asociación es la basura enlatada, la sigla o la repetición del correo-basura, que sin duda es una lata. No obstante, igual me asombra la capacidad humana de hacer estas asociaciones sincréticas tan curiosas. En medio de esta reflexión me topo con un spam que firma un tal "Jedi Cristiani". Vaya sincresis más ocurrente la de este mensaje spam: inventarse una firma mezclando el nombre del personaje central de la saga Star Wars con el cristianismo. El mensaje se refiere a que usamos sólo una parte ínfima de nuestro cerebro y, naturalmente, su firmante, el Sr. Jedi Cristiani, nos ofrece la posibilidad ensanchar nuestra experiencia mental: "El Poder de Tu Mente" (así, con mayúsculas) por un procedimiento que no explica, pero que está dispuesto a enseñar si uno se pone en contacto con él. Y vaya uno a saber lo que puede ocurrirte si lo haces…

En cualquier caso, no tengo la menor intención de contestarle; pero la banalidad del procedimiento es tan flagrante que me deja estupefacto: un individuo que ha descubierto nada menos que cómo ensanchar su mente y la de los demás decide compartir su secreto y, así, sin más preámbulos, lanza un mensaje sin destinatario preciso e imagina que será respondido ¿por quién? ¿Quién puede dar crédito a que un desconocido de nombre inverosímil sea capaz de ensanchar la mente de las personas? Por difundida que esté semejante aspiración ¿acaso no imagina el Sr. Jedi Cristiani que su mensaje llegará con otros muchos mensajes muy parecidos al suyo e igualmente bobos y tramposos? Como en el cruce de significados de la palabra spam, se dan aquí muchas combinaciones estúpidas de estupideces varias, y en todas ellas prevalece el signo inequívoco del timo, pero un timo muy antiguo, como el de la comunicación oral, un tipo de engaño que es incompatible con un medio que, por otra parte, se supone apto solamente para mentes que, en un sentido, ya se han "ensanchado". Se puede ser estúpido manejando un ordenador pero no se puede ser analfabeto y, sin embargo, el Sr. Jedi Cristiani apela a embaucar presuponiendo en su víctima una forma de estupidez y de ignorancia que es propia de los analfabetos o que la alfabetización no ha podido corregir.

Sospecho que este spam es un signo del fracaso de la educación: el fiasco de la Ilustración. Y concluyo: por sofisticado que sea, el medio no corrige la estupidez cuando ésta es innata, por mucho que usar una computadora requiera de cierta pericia mental. Por cierto, es lo mismo que pasa con los racionalistas que, como lo racionalizan todo, creen que por ello son muy racionales cuando lo más habitual es que sean muy estúpidos.

En cualquier caso, esto no puede ser tan estúpido como un racionalista estúpido. No, lo que está en juego en este trasiego de sentidos que se encabalgan y se excluyen unos a otros es la esperanza. Si no hubiera esperanza, no habría tanto estúpido suelto por ahí y no existiría el spam. Así que en lugar de mejorar los filtros antispam lo que habría que hacer es suprimir la esperanza. Eso sí que sería ensanchar la mente de las personas.

EMPLEADOS Y ESCOLARES

El trabajo, como la escuela, es un lugar horrible, porque nos obliga a contemplarnos a nosotros mismos constantemente. Aparecemos ante nuestros ojos bajo una luz distinta, desprovistos de la familiaridad que poseemos cuando estamos entre amigos. Observamos comportamientos nuevos que, con independencia de su mayor o menor bondad, no obedecen a nuestro propio modo de obrar porque responden a exigencias distintas, la mayoría de las veces a situaciones no deseadas. Lo peor de todo es que, ante esas situaciones nos vemos obligados a interpretar alguno de los pocos papeles disponibles que existen en el reparto laboral, de una manera parecida a lo que ya antes debió sucedernos en la escuela.

Podemos ser el buen compañero, solidario, que se pone en el lugar de los otros y disfraza la obligación de pasatiempo para poder desempeñar el trabajo forzado de manera más liviana; el individualista eficaz que tan sólo se ocupa de sus problemas, de asegurar que su parcela de trabajo sea irreprochable, sin preocuparse por lo que sucede a su alrededor; el insatisfecho que exhibe su desagrado haciendo lo mínimo de la peor manera, convencido de que no hay modo más vindicativo que éste para indicar a quien le da trabajo que lo desprecia, sin importarle que su relajo ponga en apuros a otro compañero obligándole a hacer su trabajo; el ambicioso cuyo único objetivo es hacer las cosas de la manera que más rédito pueda darle y cuyo criterio acerca de en qué consiste trabajar bien es idiosincrásico pues depende únicamente del viento que sople; el intrigante, que a veces coincide con el ambicioso, quien extrae un placer especial en juzgar el trabajo de los demás ante personas con capacidad de decisión y en pensar que el destino de sus compañeros, o la consideración de que gozan ante esas personas, depende en buena medida de las cosas que él un día dijo; el iluso que transporta su cándida visión del mundo al trabajo y anda por los pasillos de la empresa con algún que otro cuchillo clavado en la espalda, un poco encorvado, con cara de mártir, pero feliz al fin de no tener que corregir su idea según la cual, en el fondo, todos somos bondadosos; o, por fin, el invisible, aquel que va cada día a trabajar sin que nadie se dé cuenta. No hay manera de ser alguien, de hacerse en cada acto y de resultar imprevisible.

En el trabajo cada cosa que uno hace lo sitúa en un papel determinado y lo refuerza. Sólo se puede huir del personaje huyendo del trabajo. Si el abandono de la escuela es tan memorable es porque entonces descubrimos que podemos vivir sin unos contornos fijos, que existen lugares donde no estamos obligados a ser perfectamente reconocibles para los otros y tan extraños para nosotros.

VENTANAS BOBAS

En La ventana indiscreta, Hitchcock nos emplazaba, junto a un inmovilizado James Stewart, a ser testigos de fragmentos de algunas vidas en aquel barrio de Nueva York: la bailarina asediada por los hombres, la señorita Corazón Solitario -con menos suerte-, la entusiasta pareja de recién casados, el viejo matrimonio que intenta dormir en el balcón huyendo del calor, el asesino.

Para alguien que viene de una ciudad donde las casas no tienen más de dos pisos, Barcelona es una fiesta de ventanas y es casi imposible que, si se tiene algo de vista desde la propia casa, no se haya tenido también alguna vez la tentación de espiar a los vecinos -de una proximidad, por lo demás, que la imaginación del urbanista más promiscuo no hubiese sido capaz de soñar. Uno no sabe muy bien lo que espera ver, y probablemente no espere mucho más que asomarse a una escena banal de la vida igualmente banal que se deja ver tras las ventanas cotidianas.

Pero si alguna noche la posición permite un resquicio de la ventana de enfrente, la escena repetida es, de modo irremediable, la misma: una cabeza, o apenas un perfil recortado frente a las intermitentes luces emitidas por la pantalla de un televisor.

Entre las infinitas fantasías que han sido aniquiladas por la televisión, la paradoja ha querido que una de ellas sea, justamente, la del voyeurismo.