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Páramo. El conflicte enquistat

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NOELIA PÉREZ MARTÍN

Páramo. El conflicte enquistat

Amor che move il Sole et l'altre Stelle, 1946, Leonora Carrington

El pasado mes de febrero, después de un largo tiempo donde había estado alejada del espacio y de las dinámicas de relación que allí estaban aconteciendo, acudí como participante al plenario en Duoda. Una vez iniciada la reunión, el empuje amoroso de las mujeres de Duoda por hacer política femenina se vio ensombrecido por la insistencia, de unas pocas, en traer al lugar el conflicto. El círculo virtuoso de la relación, en el que en otro tiempo hacía del lugar una perla en un mar de sinsentido, daba paso a un círculo vicioso de dimes y diretes, que emergían en forma de reivindicaciones y demandas. Justo en ese tiempo, me encontraba inmersa en un conflicto muy violento en la asociación cultural en la que estaba poniendo toda mi energía.


Como tantas otras veces, acabé colocándome como la mediadora convencida de una disputa que mis compañeras y compañeros de trabajo, adjetivaban como amorosa. Nada más lejos de lo que luego pude saber. Ahora, me pregunto si quizá, presté más atención a lo que estaba sucediendo en Duoda ya que acarreaba, dicho conflicto, sobre mis hombros. Con el transcurrir de los meses he podido reconocer la equivalencia entre los dos. Lo que se ponía en el centro y ensordecía el intercambio de la palabra, era la insistencia en el reconocimiento. La conozco muy bien, he vivido esperando el reconocimiento del padre y sé que es algo que da un gran malestar a las mujeres. En algunas ocasiones me interpela, sigue agazapado afilándose las garras. Debo hacer un gran esfuerzo, escuchar a mi cuerpo y evitar así, el posible desgarro de su zarpazo.

Hace pocos días, me topé con unas palabras de la psicoanalista Karen Horney. Fueron muy significativas. Según decía Horney, el hombre envidia el útero, la capacidad para procrear y trata de sublimarlo mediante logros y reconocimiento.
Del conflicto en la asociación, en el que casi me dejo la piel, he aprehendido como bien expresan unas palabras del mito de Antígona que “no he nacido para compartir el odio sino el amor”. A día de hoy, en Duoda, el enfrentamiento que meses atrás intentaba borrar lo virtuoso de la relación entre mujeres, poco a poco, ha ido desapareciendo. La relación amorosa vuelve a estar en el centro. La queja, aunque haga acto de presencia, ya no tiene cabida.

A raíz de mi experiencia en el Plenario de Duoda nació un texto. No conseguí finalizarlo. Apareció un nudo sumamente retorcido, que coloqué en la queja de mi imposibilidad de escritura. Iba más allá. Nacía de la comodidad y del miedo a reconocer; un temor que había quedado sepultado por ir viviendo mi día a día, anunciante de que durante los últimos años me había dejado arrastrar por el régimen de significado patriarcal. Afortunadamente, la toma de conciencia que me había salvado unos años atrás, al conocer el Pensamiento de la Diferencia, es resistente. Mi cuerpo lo es. Hoy de nuevo, se empieza a perfilar la silueta de un paisaje de libertad que no hace mucho habité. Una libertad que sabía, que siempre supe. A trompicones, con delirios, enfermedad pero también, con interioridad y mucha alegría, vuelvo a saber, como nos enseñó María-Milagros Rivera Garretas, que el cuerpo femenino es algo indispensable. Su más de significado, también. De María Zambrano, aprehendí, muy al hilo de lo expuesto, que siempre se teme aquello que se ama de verdad. Yo amo ser mujer y vivirlo libremente y sé, que el texto vuelve a atravesarme para hacer memoria de esta verdad. Se abre paso movido por la insistencia de una intuición. Por el hablar de una cosa para decir otra. Una cosa de las otras, los otros y mía. Algo que no me era posible expresar sin la violencia de las últimas semanas en nuestros espacios de convivencia. A lo que unas y unos, llaman proceso de independencia lo llamaré: Ceguera del reflejo de la violencia por el reconocimiento del pater.

El texto, sobre el conflicto del que fui testiga en Duoda, empieza así:

Un páramo es una gran extensión de terreno yermo, donde la vida apenas encuentra substancias para brotar y hacerse. En algunas ocasiones, una extensa hendidura en su suelo nos recuerda que allí, en otro tiempo, corría un torrente de agua que atravesaba el paisaje dinamizándolo y vivificándolo.
Abro mi reflexión utilizando la metáfora del páramo que me sirve para poner en palabras mi experiencia en el pasado plenario de Duoda. Soy muy consciente de la foraneidad de lo expuesto y seguramente, la ‛exageración previsora’, como ahora me gusta llamarla, es un saber que aprehendí de mi madre cuando por la mañana me despertaba para ir a la escuela. Apenas daban las siete de la mañana cuando ella, con un susurro cargado de firmeza, me anunciaba con urgencia que el reloj ya marcaba más de las ocho. Aún recuerdo la tranquilidad del aseo y del desayuno que me ayudaban, con un carácter tan inquieto como el mío, a salir al mundo con la fortaleza necesaria. Ella sabía, siempre supo y aún conservo, esa dinámica que ella me enseñó cuando apenas nada sabía de mí.

¿Qué pasa aquí? Esta pregunta me ha golpeado la mente durante toda la reunión de esta tarde y de pronto, he atisbado la repetición de una palabra: reconocimiento. Este vocablo mana del latín, y más concretamente se halla conformado por tres partes de esta lengua que se identifican a la perfección: El prefijo “re”, que es equivalente a “repetición”; el verbo “cognoscere”, que puede traducirse como “conocer”; y finalmente el sufijo “-mento”, que es sinónimo de “instrumento”. Reconocer-instrumento. ¿Qué se vislumbra cuando se exige un reconocimiento? ¿Es acaso el resultado de una relación instrumental donde el fin último es el reconocimiento de la labor del ego?

Algunas mujeres y hombres que de algún modo u otro hemos conocido el Pensamiento de la Diferencia sexual, reconocemos a María-Milagros Rivera, en lo que a saber se refiere; recuperando la metáfora del páramo con la que he abierto este texto, como esa corriente de agua que atravesó nuestro paisaje dinamizándolo y vivificándolo. Pedirle reconocimiento, es instrumentalizar un saber que ella ha dado gratis y por amor, en esa visible vocación de maestra; de quien por amor oye la llamada. Es convertir el intercambio amoroso de pensamiento en trasmisión de conocimiento. Conversión de algo dinámico y vivo, ya que sin relación entre criaturas humanas no es posible, en cosa, objeto al servicio de: Instrumento. Me sitúa en la filosofía del conocimiento del pater. Jerárquica, violenta. Constructor de una realidad con raíz en la escisión de un sujeto; abstracto, neutro, negador de la mismidad y objetivador de la otredad. Asesino de Sofía y de la relación de la criatura humana con la fuente de saber original y por tanto, homicida de la madre; primera maestra.

Considero que una puede reconocerse en el pensamiento de la otra pero es responsabilidad de cada una hacer con ese pensamiento lo que hizo de ella. El Pensamiento de la Diferencia lo ha llamado “partir de sí” y es una determinación propia con y sin coincidencia. Es en este punto donde considero que se ha dado una relación instrumental en relación a María-Milagros. ¿Por qué pedir a alguien reconocimiento cuando llega a ti su pensamiento como un don?

En este texto quise y quiero, expresar el poso de violencia que conllevan las demandas de reconocimiento en cuanto a pensamiento se refiere. Al reescribirlo con el paso del tiempo, como al pelar una cebolla, han aparecido nuevas capas ocultas en las que asoma el daño que el reconocimiento ha intentado hacer a la grandeza femenina y al don que nuestra madre nos da libre y por amor. Cuerpo y palabra. Estas últimas semanas vemos la insistencia en el reconocimiento de la nación como origen. Al leer el texto “Matria” de María-Milagros Rivera Garretas, sentí que encontraba una aguja en un pajar. Me dio calma. También, una conversación con Gloria Luis Peralvo y su regalo de unas palabras llenas de inteligencia, me han ayudado a vislumbrar el eco del deseo del reconocimiento del pater que a mi pesar, aún resuena en mí. Aunque también sé, como muchas y otros, que es posible hacer caso omiso. No oír al moribundo.
Pese a los esfuerzos de algunos hombres, empeñados en poner en pie el cadáver patriarcal, hoy su tufo se hace insoportable. Muchas mujeres y algunos hombres, sabemos que el muerto viviente aunque infecte ya no siembra significados y que su fin, es sólo cuestión de tiempo. Sé que tenemos puesta la mirada en otro sitio. Como dice este fragmento del poema “La mirada” de María Zambrano; “Sólo cuando la mirada se abre al par de lo visible se hace una aurora. Y se detiene entonces, aunque no perdure y sólo sea fugitivamente, sin apenas duración, pues que crea así el instante. El instante que es al par indeleblemente uno y duradero. La unidad, pues, entre el instante fugitivo e inasible y lo que perdura”.
25/09/2017

Universitat de Barcelona
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