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HELENA CASAS PERPINYÀ

La huelga de cuidados somete la casa materna al capitalismo

El pasado 8 de marzo se dijo, y se dijo mucho: ¡Cuando las mujeres paramos se para todo!
No es verdad, el pasado 8 de marzo no paró nada. No paró nada sobre todo porque es imposible paralizar algo que sería absurdo intentar paralizar.
La huelga del 8 de marzo fue una supuesta huelga de cuidados. ¿Qué significa esto? Se trata de un oxímoron, como dijo María-Milagros Rivera, al que es difícil poner palabras. Una huelga de mujeres ¡y de hombres, claro! para visibilizar, decían, el trabajo de las mujeres.
¿Qué trabajo? ¿El trabajo capitalista y precario de nuestro sistema económico? O más bien ¿todo aquello que tiene que ver con la vida y la vida en relación que las mujeres hemos creado con deseo y cuidado a lo largo de la historia?
Una huelga para visibilizar ¿el qué? ¿Hay, de verdad, alguien que no se haya dado cuenta de que son las madres quienes construyen la casa materna?
La huelga de cuidados no visibiliza nada que no esté ya ante los ojos de todos. Lo que hace es someter la casa materna al capitalismo, nombrándola con el régimen masculino de significado, insiriéndola en el mercado del trabajo e imponiendo la moneda como única medida del intercambio.
En un presunto intento de imbricar capitalismo y patriarcado, el pasado 8 de marzo sentí cómo lo maravilloso que puede traer al mundo la presencia en relación de muchas mujeres se convertía en una especie de procesión alegre y enfadada del patriarcado; el discurso de la miseria femenina paseó el ataúd de un moribundo arropado por el lenguaje masculino. Carla Lonzi llamó a esto “una vistosa rebelión dentro de los cánones de la vaginalidad”.
Las huelgas son una herramienta de los trabajadores para mejorar sus condiciones laborales; cualquier reivindicación llevada a cabo a través de la huelga capitaliza su valor, un valor que monetariza así, otra vez, el cuerpo de las mujeres y nuestros espacios simbólicos de relación.
Los cuidados, dicen, son esas tareas que las mujeres desarrollamos en casa para que el trabajo productivo sea posible: sin cena, sin una cama limpia y una casa en orden, el sistema no puede sostenerse. Este intento de llevar a debate la relación entre capitalismo y patriarcado cancela lo libre femenino porque lo capitaliza, lo sitúa en la economía de la miseria y en la lucha institucional masculina: el sentido femenino libre del ser queda anulado porque está mediado por lo productivo patriarcalmente entendido. La política masculina, a la que se le da tan bien el separarse de la política del deseo y de la vida, se convierte en nuevo regente de la casa materna y de todas las relaciones que allí nacen.
La libertad de las mujeres no pasará nunca por la monetarización de los cuidados, porque convertir en trabajo lo que ocurre en la casa materna supone, otra vez más, cargarnos sobre los hombros lo más pesado de este sistema económico masculino y cancelar así el orden simbólico de la madre.
(19/03/2018)

Universitat de Barcelona
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