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Salvar vidas ¿es lo único importante?

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MARÍA-MILAGROS RIVERA GARRETAS

Salvar vidas ¿es lo único importante?

El caso Aquarius ha desbordado el choque, ya habitual, entre el sentir y la conciencia de muchas mujeres y algunos hombres de Europa en torno a la inmigración ilegal en el Mediterráneo. Nunca me gustó la viñeta de El Roto en la que un hombre con traje y puro le decía a otro, navegando en un yate: “Esos, tal y como son, estarán ya metidos en la economía sumergida”. La crueldad del sarcasmo ofendió mi sentir de mujer, hasta que me di cuenta del motivo: me encerraba otra vez en el pensamiento binario, redil de la masculinidad y su dentro/fuera. La izquierda y la derecha de los partidos políticos, partidos que nacieron –no lo olvidemos– en contra de las Preciosas, siguen hoy en la misma dicotomía: la solidaridad contra la insolidaridad, asfixiando el sentir como camino de sabiduría. Pero la vida está más allá de las antinomias del pensamiento, y de vidas se trata especialmente en esta ocasión.


Como mujer, y sé que no soy la única, siento que con la solidaridad no me basta. ¿Por qué? Porque apela a mi corazón pero prohibiéndole llevar el sentir a la lengua y, así, hacer simbólico de la madre. Lo prohíbe con su antónimo precocinado: la insolidaridad, una amenaza terrible para el corazón, hecho como está para amar. Pequeño mundo es el que alcanza a ver el racionalismo masculino griego y europeo.

Las mujeres, en cambio, tenemos visión y sabemos que la visión es fuente de conocimiento. Sentimos en las entrañas que salvar vidas es esencial pero no es lo esencial. Y sabemos, sobre todo, que salvar vidas no es el objetivo. Lo sabemos porque no tenemos objetivos sino sentir, conciencia y palabra. Lo sabemos porque somos las dadoras de la vida. Y como cualquier dadora o dador de algo, sabemos que ese algo hay que administrarlo y amarlo. Sabemos, por ejemplo, que en la enfermedad incurable el objetivo de salvar la vida de quien la padece suele convertirse en una pesadilla todavía mayor para la víctima. Desenróscate, déjame morir, dice María Zambrano que le dijo su hermana Araceli en este trance, cuando María no le dejaba marchar porque la amaba, aunque menos que a sí misma.

Lo femenino, lo civilizador, no son, en mi opinión, los objetivos, aunque las mujeres solamos cumplirlos todos con paciencia cuando, por ejemplo, la organización (masculina) del trabajo obliga. Lo femenino (y lo más humano) son los contextos relacionales, la atención a ellos (Marirì Martinengo). Por eso, en la inmigración, el salvar vidas no es lo único que importa. Importa la atención a los contextos relacionales, sobre todo a los que en Europa vamos a ofrecer. Pasan los años y cada vez hay más campamentos de refugiadas y refugiados. En los campamentos, el contexto relacional se queda en suspenso. Se han perdido los contextos de origen, no se han alcanzado los de destino. El tiempo pasa. Se vive en la duración: una experiencia insoportable para la criatura humana, “un pecado ni aquí ni allí, tan no en Equidad –” (Emily Dickinson).

Las mujeres ponemos la mesa y damos hospitalidad a más o a menos según la mesa y las sillas que tengamos. Es ahí donde compartimos lo que tenemos y donde nos sentamos a hablar con quienes llegan, a dar y dejarnos dar.

Me gusta inspirarme en lo que hacen las mujeres. Y pensar el presente desde aquí.

(13/06/2018)

Universitat de Barcelona
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