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La política de les dones

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CAROLINA MORALES MORALES

La política de les dones

Carolina Morales Morales, Alumna del Máster en Estudios de la Diferencia Sexual

La política de las mujeres en la comunidad Menino Chorao

La historia de la comunidad Menino Chorao (Brasil) nace con una mujer, Maria do Carmo. Una historia que llegó a mi vida hace aproximadamente dos años, una historia que para mí es de una grandeza femenina extraordinaria. Una historia protagonizada por mujeres humildes que en su mayoría son analfabetas y que han logrado transformar la relación con la realidad que vivían gracias a la política de las mujeres.
Como tantos otros relatos, el de María empieza cuando ella decide abandonar su ciudad natal (Fortaleza) en busca de mejores condiciones, dejando atrás una historia de abuso, violencia y sufrimiento que vivió a lado de su entonces pareja. Sus siete hijos se quedan al cuidado de los abuelos maternos.
Al abandonar su ciudad, acabó siendo víctima de tráfico de mujeres junto a tres amigas: “Jamás imaginamos que íbamos a caer en algo así, nosotras nunca habíamos escuchado hablar del tráfico de mujeres”1 cuenta María. Afortunadamente, ella pudo huir y denunciar la situación. La experiencia vivida como mujer prostituida le causó traumas que tardaron mucho tiempo en curarse. Con la ayuda de una organización que la acogió, pudo rehacer su vida y decidió quedar a vivir en Campinas (Sao Paulo).
A través de una Oenegé realizó un curso de formación y se puso a trabajar como peluquera. Recuperada de la terrible experiencia vivida, conoció a otro hombre abusador y violento. En esa época uno de sus hijos murió víctima del dengue, regresó a su ciudad natal para enterrarlo. Cuando volvió nuevamente a Campinas para seguir trabajando, el hombre con quien vivía le había robado todas sus pertenencias.
Sin hogar y sin sus utensilios de trabajo se unió a un grupo de familias que habían ocupado un terreno abandonado, pero al poco tiempo fueron desalojados. Empezaron a deambular por las calles en busca de comida para las mujeres, niñas y niños del grupo. Consiguieron un lugar para instalarse hasta que nuevamente fueron desalojados. Fue en ese momento que María se puso a caminar kilómetros y kilómetros por la carretera bajo una intensa lluvia hasta llegar a una zona al costado de la autopista, donde encontró cinco carpas con en las que vivían varias familias. Se acercó a hablar con una mujer que le contó que la ocupación no tenía ninguna clase de líder. Entonces ella decidió instalarse ahí y empezar una nueva vida. María acabó conquistando su espacio y fue reconocida de forma natural como líder comunitaria.
Con el tiempo la comunidad creció, y las mujeres empezaron a traer sus compa-ñeros a vivir con ellas. Entonces un problema apareció: la violencia ejercida por el hom-bre contra la mujer. María cuenta que ella, junto a un grupo de amigas, empezaron a es-tar alertas cada noche por los gritos y discusiones que escuchaban: “Al principio éramos un grupo pequeño, después fuimos creciendo y formamos un grupo de defensa para ayudar a las demás mujeres”.
La violencia contra las mujeres como lo explica María Milagros Rivera "intenta destruir y destruye las prácticas de creación y recreación de la vida y de la convivencia humana, la del conflicto relacional que puede ser enorme pero que no es a muerte, no es guerra para destruir lo otro sino para hacer practicable”.
Cansada de oír los gritos desesperados de las mujeres, María decidió que era hora de actuar porque era consciente de que ni las leyes ni las instituciones patriarcales solucionarían el sufrimiento de esas mujeres. Ella lo sabía porque también lo había vivido con sus anteriores parejas toda esa violencia. Entonces abandonó la queja continua que no solucionaba nada y decidió hablar con las demás mujeres. Puso en práctica, la práctica femenina por excelencia: la práctica de la política de las mujeres, quizás sin dimensionar la revolución simbólica que estaba dando inicio.
Todo empezó con una respuesta inmediata. La violencia ejercida por los hombres preocupaba a todas las mujeres. Ellas sabían que en las comunidades de a lado, muchas mujeres tuvieron sus vidas arrebatadas por culpa de la violencia del hombre contra la mujer. Entonces, María tuvo la idea de dar a cada una un silbato para recurrir a él y así dar la voz de alarma cuando estaban a punto de vivir una situación violenta. Cuando oían el sonido del silbato, las mujeres sabían que era un pedido de auxilio. Entraban en la casa rápidamente para sorprender al hombre en el momento de la agresión.
En un primer momento, intentaban hablar y mediar con el varón. Sin embargo, se dieron cuenta de que la situación no cambiaba entonces, por lo que decidieron que debían actuar de otra manera. De este modo, decidieron responder de la misma manera a la violencia sufrida ya que ni la policía ni las ambulancias acudían a las llamadas de socorro, fue la manera que encontraron ante el grito desesperado de tantas mujeres.
A partir de ahí, se sumaron otras iniciativas de mujeres como la de la dueña de uno de los bares de la comunidad que decidió no vender más alcohol a los hombres violentos. Además, las esposas empezaron a hacer huelga de sexo. Se elaboran reglas, multas y normas de convivencia. Los maltratadores eran expulsados, los que lograban tener una segunda oportunidad y reincidían en la violencia también eran expulsados. En el caso de que la mujer decidiera seguir con su maltratador también debería marcharse de la comunidad. Ningún tipo de violencia era aceptada.
Todo iba variando conforme se presentaban las situaciones. No era algo estático ni jerárquico, había movimiento y había reconocimiento de la autoridad femenina. Además, las mujeres de la comunidad no respondían a ninguna estructura de movimiento social o político. Era algo que pertenecía a ellas, a una práctica que nació entre mujeres de esa comunidad.
Poco a poco, la vida de las mujeres fue cambiando y dio paso a un paisaje esperanzador en medio de un entorno violento. Las mujeres de todas las edades se reunían cada tanto para hablar y para nombrar todo lo que sentían. De esas reuniones espontáneas realizadas en ese lugar común para ellas, nació algo especial entre ellas. Pienso en las palabras de María Milagros Rivera que habla de “un entre mujeres amurallado al abrigo del mundo”.
Con el tiempo, corrió la voz a otras comunidades que había un espacio libre de la violencia del hombre contra la mujer. Cada vez llegaban más mujeres con sus hijos bus-cando un lugar seguro para empezar una nueva vida. Todas eran bienvenidas. De las reuniones nació la necesidad de traer mejoras estructurales para la comunidad, un centro comunitario donde se impartían y se siguen impartiendo talleres lúdicos para los niños y niñas con la ayuda de voluntarios y voluntarias. La comunidad logró construir un huerto comunitario. Además, tanto la red eléctrica y de agua se hizo realidad después de años que las instituciones no contestasen sus peticiones.
Las mujeres crearon una economía común para ayudarse entre todas, algo que posibilitó a que muchas pudiesen acudir a las entrevistas de trabajo y contar con un dinero para pagar el billete de autobús. Algo que fue de gran ayuda cuando el año pasado, la pandemia trajo más desempleo y pobreza. Lograron incluso que las comunidades que estaban controladas por el narcotráfico las dejasen en paz, no sin antes intentar persuadirlas a través del miedo y de las amenazas. No surtió efecto. Lo de ellas fue una revolución sin violencia aunque al principio hayan utilizado la violencia para actuar ante el llamado de socorro de las mujeres. Una revolución que nació del amor entre mujeres. Una revolución simbólica que ha logrado traer paz a las mujeres de la comunidad en un país donde sólo en el 2019, 1.310 mujeres fueron asesinadas por sus parejas 2.
Los hombres que seguían viviendo en la comunidad reconocían la autoridad femenina y esa autoridad circulaba, ellos participaban en el día a día compartiendo las labores y el cuidado tanto del hogar como de toda la comunidad. Los niños y las niñas jugaban sin miedo de que una bala perdida pasara por ahí y les arrebatase la vida porque ya no había disputas entre traficantes y policía. No había riesgo para nadie. Las armas estaban prohibidas en la comunidad.
Es cierto que las dificultades relacionadas con la pobreza y las injusticias sociales seguían ahí, pero todos y todas trabajaban desde la solidaridad, el cuidado y el reconocimiento mutuo. Todos y todas trabajaban para transformar su relación con la realidad y hacer del día a día de la comunidad un lugar más cálido para vivir.
María habla con la misma sencillez y dulzura que la comunidad es un lugar donde la mujer tiene la primera y la última palabra3 . Esta frase llena de sabiduría está puesta en un cartel a lado de las reglas y normas de convivencia que ella enseña con orgullo. Ella no se refiere a una disputa de poder ni la lucha entre sexos. Ella habla de algo mucho más profundo, habla de un orden simbólico, de un equilibrio restituido que trajo a la comunidad paz para las mujeres. Aunque ella lo nombre de una forma distinta, siento en sus palabras la auténtica autoridad femenina y materna que es creadora de vida, de la lengua materna y de la civilización humana.
Cuando escucho la voz de María, siento que habla desde la experiencia vivida, con su don, su amor a su ser mujer y a las mujeres, amor a justicia femenina y a la política primera que siempre es política de las mujeres. Política de mujeres que no hizo cesión alguna a la violencia patriarcal.
En las reuniones, las mujeres practicaban y siguen practicando una escucha recíproca entre ellas. Una escucha que fue fundamental para todas porque ellas estaban acostumbradas a que nadie las escuchase. Luisa Muraro habla que cuando tenemos el sentido de nosotras mismas, de existir y que las palabras de nuestras semejantas nos reconocen “eso hace retroceder la prevaricación, la explotación, la desfachatez de aquellos que tienen poder” sobre nosotras.
Las mujeres de la comunidad Menino Chorao han trabajado juntas para establecer relaciones favorables para ellas y sus semejantas. Relaciones que nacieron de la práctica de relación entre mujeres. Sin pretensión alguna. Sin el deseo de estar bajo el manto de la política de los hombres o de cualquier movimiento social. La preocupación de ellas era y sigue siendo la felicidad de las mujeres porque es así como ellas desean verse. Para ellas como para todas nosotras, la violencia contra la mujer es impensable.
La revolución femenina que vivieron las mujeres de la comunidad Menino Chorao ha hecho realidad la existencia simbólica de esas mujeres porque ellas han podido cambiar el sentido de la vida y de las relaciones. Queda poco patriarcado en una sociedad relacional porque como ha explicado María Milagros: “porque la relación es el verdadero valor político”.
Las mujeres de la comunidad Menino Chorao han demostrado que la libertad y el sentido libre de ser mujer lo han conseguido inventando prácticas nuevas y relaciones nuevas. Además dando a las relaciones antiguas un sentido nuevo. Hasta los hombres han reconocido que son más felices ahora.
La Universidad de Campinas se ha interesado en investigar lo que se considera como un caso único en todo Brasil. Poco saben que cuando la mujer logra la independencia simbólica, cuando una mujer tiene el sentido de sí misma, ella es consciente de que la lucha no ha terminado y que ya no necesita amo, como ha expresado María Milagros Rivera al hablar del final del patriarcado.
Diez años después, en la comunidad viven 381 familias, las mujeres desean conseguir más mejoras estructurales y que se construya una escuela primaria para las niñas y niños. No tengo dudas que lograrán porque la grandeza femenina de estas mujeres es imparable.
1 Vogl, Ingrid: A mulher que luta por direitos e contra a violencia.
2 Cómo Bolsonaro empeora la violencia de género en Brasil.
3 Reportaje realizado por el programa Brasil Urgente Campinas.

Universitat de Barcelona
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